Categoría: Cuentos de El Xiquet (niño) de Columbretes
12 Julio 2009
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Por ser "maricona" acabó en la cárcel más aislada de su querido y retrógrado país. Y lloraba sus penurias mientras le penetraban el cuerpo, una y otra vez, sin su beneplácito, todos los compañeros de celda y algunos más. Soñaba con escapar de aquella calamitosa estructura de poder represor con algún cambalache en el que formara parte primordial su sorprendente cuerpo. Pero lo prometido no siempre es deuda y se retorció de malicia cuando se le esfumaron los sueños después de haber amado a todos y cada uno de los guardas que se le insinuaron.
Perdido en la evocación de los días ardientes de amor y sufriendo el calor infernal de un sol imposible de minimizar, empapado en sudores, miraba por la diminuta ventana de su mísero espacio el desierto interminable que presagiaba una imposible escapada. A pesar de ello, cavilaba constantemente la forma de salir de aquel aterrador lugar. Pero siempre concluía llorando su desgracia por haber terminado en una isla rodeada de dunas imperecederas por todas partes; sólo el azul del cielo le hacía sentir que la esperanza podía llegar a ser una realidad alguna vez.
Una fecha que nunca olvidaría se reencontró con un personaje ya mayor, por el que se dejó amar en su vida libre, hasta hartarse y desaparecer. Su ex-hombre acababa de salir del lóbrego y subterráneo calabozo de castigo, después de habitarlo durante casi dos años. Sorprendentemente, porque nadie lo había hecho con vida. La convivencia en la penitenciaria parece que hizo olvidar viejos rencores y odios, y los volvió íntimos e inseparables. Y quiso el destino que con el tiempo, el viejo le revelara su grandiosa obra: un túnel en el calabozo que atravesaba el subsuelo más allá de la última alambrada. Preguntado por qué no se escapó, le dijo que las inhumanas condiciones de vida y el trabajo descomunal que hizo, le habían dejado disminuido y hecho una piltrafa crónica incapaz de afrontar la durísima marcha del éxodo.
Desde entonces sólo pensaba en ser él quien, como joven y fuerte, aprovechándose de esa milagrosa infraestructura, pudiese llevar a cabo su plan definitivo y abandonar la injusta reclusión. A la espera de que quedara libre el atroz lugar, estuvo aprendiendo durante largo tiempo, junto a su gran amigo, las técnicas de supervivencia en el desierto y el método que tendría que llevarle al otro lado, donde compensaba la terrible soledad y el miedo. Por eso cuando ya estuvo todo claro y dispuesto, protagonizó un conflicto grave para ser castigado con la estancia en el consabido calabozo y así poder descubrir el camino hacia la libertad.
La noche era apacible como su mueca esperanzadora. Mientras fue cruzando el inmenso patio conducido a trompicones por la autoridad, notó un nostálgico y agradable viento dulce y suave del nordeste que le provocó la sonrisa en su maltrecho rostro. Lo bajaron arrastrándole los pies desnudos y sanguinolentos por los peldaños de tierra hasta que fue conducido en volandas al fondo del túnel. A continuación, le dejaron caer violentamente en un foso lúgubre y encharcado de inmundicias, gritándole mientras cerraban la trampilla de hierro colado: "¡maricona, esperamos que te pudras!".
Una vez se supo solo, no pudo contener la alegría y soltó una carcajada histérica al tiempo que rebuscaba inútilmente entre la perpetua oscuridad, el prometido e inexistente camino de la liberación.
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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5 Julio 2009
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Admiraba los majestuosos cipreses del cementerio municipal, árbol de bienvenida -a la muerte y a la vida- esperando que llegara el entierro del padre de un gran amigo. Cuando entré en la necrópolis me dejé llevar de inmediato por el entorno, uniéndome al itinerario del sepelio. El procedimiento para el traslado del cuerpo fue tan atípico que me causó perplejidad. ¿Dónde estaban los voluntarios para llevarlo sobre los hombros? ¿Y los carretones clásicos de ruedas?: lo cargaron sobre un palé de madera transportado por un torito, como si se pasease por última vez a través de la fábrica donde trabajó toda su vida.
Mientras cruzábamos el campo santo, la evidencia del cambio era clarísima. Imposible ver y oler las clásicas velas de cera iluminando las tumbas, que habían dejado el paso a la última generación tecnológica: las luces de diodos led. Las flores naturales, made in china, ahora eran de eterno plástico. Y las fotos sepia ya eran en color y éstas desistían ante el avance de las pantallas lápida que, como vulgares televisores, reproducían con exceso de volumen los momentos estelares de sus vidas, rompiendo el bendito silencio.
Después de un gran trecho donde el voceo sepultó al murmullo, llegamos a un nuevo espacio: cientos de mininichos dispuestos para albergar las cenizas de toda la reducida familia que los quisiera estrenar, y, al final, en una pequeña plazoleta con tres farolas solares, los nichos corrientes, en los que caben los féretros de siempre. Allí estaba dispuesto un grupo de cuarenta.
El de nuestro difunto se encontraba en el último piso, más cerca del limbo, nivel cuatro, y el torito lo subió lentamente como si fuera una ofrenda industrial a los cielos. En ese momento nos percatamos del excelente día soleado, pues los rayos incidían en los muchos adornos metalizados del ataúd: bisagras, cantoneras, asas, pomos..., importunándonos. Ya se comentaba entre la gente del sepelio el excelente nivel y aspecto de su interior: fruncido con seda sobre guata y cubre cuerpo bordado. Todo un lujo para ser del seguro.
Cuando llegó a su cota los operarios se dispusieron a introducirlo por la justa y estrecha boca. Iniciado su ingreso, vieron que el pecho del precioso crucifijo de bronce lúcido que sobresalía de la tapa, tropezaba impidiendo su entrada. Decididos, lo desclavaron de inmediato y una vez la caja en su interior, lo situaron a un costado, donde cabía holgadamente.
La viuda, al ver lo sucedido y adelantándose al sellado y colocación de la lápida, les pidió que se lo entregaran para tenerlo como recuerdo y desde lo alto, uno de ellos le lanzó el cristo al hijo que, asombrado por el hecho y gracias a sus buenos reflejos, lo cogió al vuelo extrañándole su peso. Al entregárselo a su madre y ésta sopesarlo, descubrió que no era de aleación alguna sino de plástico y, sollozando, le salió la destemplanza contenida: "¡coño, si es malo! Que lo entierren también con él". Mientras, desechaba el pañuelo de papel, sacándose del bolsillo uno inmaculado y fino de lino blanco.
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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28 Junio 2009
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Hace ya muchos años, en una playa mediterránea extensa y agreste, plagada de dunas conmovidas por las brisas, las gaviotas de patas amarillas anidaban con agrado al cobijo de los enebros de costa o cercanas a las campanitas rosadas de mar. Allí se las podía ver formando bandadas en la arena, con respeto, esperando la salida del sol. Después, a efectuar espectaculares picados y rapidísimos ascensos sobre las olas, como cometas codiciosos. Y cuando divisaban las barcas de pesca se ponían detrás, en sus popas, siguiendo la estela de agua y espuma, a la espera del descuido.
Frente a ella, los días despejados, mucho más allá de las praderas de falsas algas de Posidonia, en la línea del horizonte del este, donde el cielo se macera, se veían sobresalir los acantilados de unas pequeñas islas volcánicas que gozaban de la paz del retiro. Sus tierras y riscos, salpicados por reprimidos arbustos, repletos de escorpiones y serpientes, emergían de las aguas profundas y enigmáticas donde fosforecía el Pez Hacha. Por encima, en las aguas azul oscuro, invernaba el Pez Ángel, un tiburón rayiforme, y un poco más arriba, cerca de la superficie descarada, donde la luz comenzaba a ser intensa, erraba el enigmático y pesado Mola mola, el Pez Luna.
Cuando el verano incitaba a mojarse, aquella playa salvaje mudaba su espectáculo pausadamente, llenándose de sombrillas que se abrían de inmediato hasta configurar un campo de flores gigantescas, urgentes, de múltiples colores y dibujos geométricos; extraños pétalos con flecos movidos por el viento. Y las gaviotas dejaban el lugar a los bañistas que, ansiosos por tantear sus olas, se agolpaban en las aguas trasparentes brincando con divertimento. Algunos se refrescaban haciendo pie y pasándose pelotas alegres de diversos tamaños que a veces eran llevadas por las corrientes lejos de sus despagados dueños
Una vez yo estuve allí, con toda esa gente y se me acercó un periodista de la cadena de radio local. Estaba formulando preguntas en directo a cualquiera que se le arrimara para, a través de su programa, dar testimonio de la actualidad turística de la zona. Y micrófono en mano se interesó acerca de lo que pensaba sobre el ambiente. En un segundo, me puse serio y le señalé que el día estaba siendo preocupante porque la Mosca Tigre estaba atacando abiertamente en la zona.
Se quedó extrañado y atento, pues nunca había oído hablar de dicha mosca e insistió que le hablara sobre el tema. Con voz clara y rotunda le dije que a pesar de ser un insecto volador exclusivo de las islas y de reducida resistencia de vuelo, los del club deportivo habíamos comprobado que últimamente se alojaban en los hoyaos de las velas multicolor de los catamaranes que navegaban cercanos a sus costas. Así llegaban descansadas a nuestra playa con la intención de morder los pechos de los bañistas y chupar su sangre caliente.
La noticia resonó por todos los aparatos de radio y transistores de los oyentes que atentos a mis explicaciones aumentaron el volumen. El presentador insistió que siguiera, lo cual hice después de sacudir en el aire a una incierta Mosca Tigre que me rondaba. Le comenté que el mayor peligro lo corrían las mujeres cuando llevaban los bañadores mojados, recién salidas del mar. E insistí: "a estos insectos malditos les gusta introducirse por el interior del bañador húmedo hasta el pliegue de la base del pecho y allí, a gusto bajo la tela fresca, iniciar su dolorosa incisión.
Mis palabras, a través de la ampliación de las ondas y las continuas repeticiones con exceso de énfasis del entrevistador que advertía, una y otra vez, del peligro que suponían las telas húmedas en los pechos, empezaron a causar un revuelo que alteró a todo el mundo. Por momentos vi, con verdadera expectación y asombro, cómo todas las mujeres que abarrotaban la playa iban despojándose poco a poco de la parte superior del bikini y las que vestían bañador se lo bajaban hasta el talle sin ningún pudor. Parecía que ya tenían la excusa para sentirse más bellas y seguras que nunca.
Aquel hecho provocado por una broma de verano revolucionó a la gran ciudad y desde entonces abrió los ojos a las mujeres aceptándolo como un símbolo de libertad y en los meses de agudo calor, todo el arenal se engalana de hembras descubiertas. Como siempre ocurre, algún avispado quiso promocionarlo por todo el mundo. Y como decir ‘desnudez de cintura para arriba de una mujer' era complicado, le llamó topless. Y yo, gracias a mi sentido del humor y fantasía, estoy orgulloso de ser el máximo responsable de una moda universal.
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Catamaranes varados en la playa de El Gurugú [Castellón, España]. Fotografía del autor del relato [original en color].
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21 Junio 2009
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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A Serafín su protectora madre le dijo un día de cielo vivo y extremado azul, que lo había parido en un autobús de la línea 6: "Lo reconocerás porque aún tiene una pequeñísima grieta en el parabrisas, en el lado del conductor. No dejes de ir y observar el asiento número 13: allí naciste tú", acabó diciéndole. Y desde entonces, cuando juntaba unas monedas, subía y se sentaba en él, asomado a la ventanilla. Si estaba ocupado, se mantenía a la espera en el pasillo y cuando quedaba vacante ¡zas! se dejaba caer de satisfacción. Era capaz de voltear la ciudad varias veces sin bajarse de aquella plaza.
Pasaron apenas dos meses y después de una jornada de trabajo en la que su madre no regresó, cambió el descanso por el insuficiente quietismo y estuvo contemplando la noche plagada de inmortales estrellas. Fue tan duro sobrellevar su abandono que necesitó más que nunca encontrar un gran aliento en su autocar, y empezó a reiniciar sus visitas. Rara era la semana que después del colegio no se paseara al menos una vez desde aquel pedestal. Allí veía las cosas de otra manera, quizá más resplandecientes, con mayor seguridad y encontraba la esperanza de hallarla a ella en alguna calle de la gran ciudad.
El tiempo hizo transcurrir los años y cambiar su cuerpo que ahora era grande, recio y fuerte. Sin embargo, su mente seguía debilitada por la ausencia inexplicable del amor materno. El cariño y afecto de su padre no eran suficientes y las sacudidas de culpa le constreñían el alma martirizándose de continuo. Por ello necesitaba frecuentar aquel asiento que le irradiaba una energía especial, como si estuviera abrazada a ella. Era una bendición, una fuente de vida. Y eso le creó una necesidad desmedida, una obsesión que le obligaba a tenerlo siempre presente.
Una tarde avanzada de intensa lluvia, esperando en la parada a que llegara su maravillosa poltrona, se le hizo el cambio de día. Con la esperanza rota y calado hasta los huesos, volvió a su casa. La próxima jornada, al repetirse la ausencia, temió lo peor y durante la noche sólo quiso ver la confusión. A la mañana siguiente se trasladó a la empresa de transportes y le dijeron que por su vejez lo habían retirado de la circulación. Que se encontraba en un desguace de las afueras de la ciudad.
No tardó nada en presentarse en las oficinas de aquella infinita explanada, afirmación callada y detenida de hierros y motores avejentados, a preguntar por su autobús de línea. Esa mañana se había adueñado del escenario un viento que levantaba nubes intensas de tierra. A pesar de sufrir molestas rachas que le cegaban, llegó a localizarlo. Cuando lo hizo, se sentó en su zona 13 del alma y las lágrimas arrastraron los restos de polvo rojo de sus mejillas. Enseguida notó su particular sensación benéfica.
Estuvo mucho tiempo visitando aquel desguace del extrarradio hasta que su vital vehículo desapareció. Sólo supieron decirle que lo habían vendido a un chatarrero que se dedicaba a exportarlos a un lejano país. Allí, dada las circunstancias de pueblo subdesarrollado, sería útil unos años más. No podía quedarse de brazos cruzados. Para él era una misión de vida o muerte localizar su sillón mágico donde nació y, si Dios quería, en el que morir con el recuerdo de su madre, gozando de una paz inolvidable. Por eso tenía que ponerse de inmediato en su búsqueda. Dedicó sus vacaciones íntegras a patear la totalidad del tercermundista Estado, hasta hallarlo en los maltrechos hangares metropolitanos de una histórica ciudad.
Ante la delicada situación decidió urdir un plan para, amparándose en la noche, desmontar el asiento y recuperar su imprescindible trono. Parece que las estrellas no quisieron ver tal irresponsabilidad y decidieron ocultarse tras unas nubes invisibles que sólo mostraban, de tarde en tarde, una luna tan menguante que era talmente un hilo fino y retraído de luz.
Con determinación y sutileza logró saltar la alambrada sin hacer ruido y entrar en el espacioso vehículo. Ayudado por una llave inglesa lo desmontó y cuando decidía irse, se dio cuenta de un extraño y diminuto sobre de plástico bien sujeto y oculto en el reverso de la base. Lo arrancó de inmediato, extrajo una tarjeta descolorida e iluminándose con la pequeña linterna leyó: "Serafín, hijo mío, cuando leas esta nota tu padre ya me habrá matado y enterrado en algún lugar oculto. Así que no podré volver, pero nunca te olvidaré. Te quiero y siempre te querré".
Una mezcla de sosiego y de rabia contenida le hizo debilitarse y empezar a sudar. El liberador silencio incrementó su extraña armonía mientras repasaba una y otra vez aquella milagrosa y sorprendente nota póstuma. Cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, sobre el respaldo de su asiento, al mismo tiempo que apretujaba con fuerza la tarjeta, como si esperara sacar algo más de ella. En ese instante resonó en el interior de aquel viejo autobús los gruñidos graves y amenazadores de tres enormes perros de guarda, no tardando un segundo en lanzarse sobre él hasta destrozarle. Decidió la indefensión. Y sólo quedó la luz tenue de la linterna que, acomodándose a su pulso, se fue extinguiendo lentamente, mientras dirigía su débil foco sobre el secreto que Serafín se llevaba pletórico de paz.
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Frag. de fot [original en color] de un viejo autobus en Cuba. Vía therealcuba.
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14 Junio 2009
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Era un esplendor en la hierba y fuera de ella. Los cabellos le brillaban hasta en la noche y cuando movía su cuerpo a él se le agitaba mil veces el corazón. Soñaba con su sonrisa de limonada. Por todo ello la eligió, convencido de ofrecerle el alto nivel de vida y seguridad que solicitaba.
Los que la querían le aconsejaron que no lo amara en exceso, ni todos los días. Que evitase entrelazarse a menudo con él, fomentando sólo la compañía; que era un hombre expuesto en demasía a la muerte, que sus negocios pintaban oscuros. Aunque siempre pensó que eran exageraciones cargadas de prevención.
Poco después, en tiempos eufóricos de amor, se lo mataron. Es costumbre decir que habiendo querido mucho a alguien, cuando falta se crea un vacío imposible de llenar. Y ella vio un hueco convertirse en abismo, tan cerca de sus pies que se desplomó irremediablemente en él.
Durante la caída tuvo la suerte de asirse a un saliente quebradizo e inestable, quedándose colgada sobre el precipicio. Pareció que todo iba a depender de su resistencia, a la espera de que alguien percibiera su resplandor y la rescatara de allí con premura. Pero el primero que se le acercó fue para concluir el ajuste de cuentas.
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Fot. de un precipicio en la República de Jakasia [Siberia, Rusia]. Vía Олег Добров (Oleg Dobrov).
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7 Junio 2009
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Yo lo vi todo, fue un abrir y cerrar de ojos, un cambio brusco, de los que suceden en esta incierta vida. El día era gris y dentro de la temporada cinegética mi amigo y yo habíamos decidido participar en una batida de jabalíes cerca de la costa del Mediterráneo. Nos unía, además del amor al campo, el rechazo de nuestras mujeres a la caza y los perros. Estábamos en un puesto fijo, aguardando detrás de unas piedras desordenadas. El lugar: una muela limpia de árboles y repleta de arbustos almohadillados y espinosos que, a modo de alfombra erizada, cubrían casi todo el suelo de la zona. Asientos de pastor, decían los del terreno con guasa.
Éramos ya de una edad avanzada para subir montañas e ir detrás de la jauría; de hecho resolvimos que, después de esa jornada, colgaríamos el equipo en la entrada de nuestras casas como recuerdo de las múltiples experiencias compartidas. Allí estábamos por última vez y, pese a no necesitar perro alguno, mi amigo llevaba a su podenco andaluz de pelo duro y ojos de miel. Era un animal tan perspicaz que, consciente del silencio que se debía de guardar en aquella espera, se quedó quieto y mudo tumbado a nuestro lado.
Esa mañana habían apretado a los jabalíes desde el valle y, forzados por los ladridos, ascendieron las vertientes a través de la red de trochas cubiertas, cruzando encinas, acebuches y lentiscos y arrollando romerales. Pero dio la casualidad que frente a nosotros, donde empezaban las coscojas, en la línea de tiro, no pasó ninguno. Fue una jornada aburrida, como si el destino quisiera acabar nuestra afición con un gran chasco.
El cielo mostraba deslucidas nubes finas y largas de aspecto extraño y el viento empezó a hacerse fuerte en la cumbre descaradamente abierta. Mi amigo había encendido su inseparable pipa mientras, sentado en una piedra caliza, descansaba el arma sobre el cuerpo, entre las piernas. El perro, sentado frente a él, con las orejas recelosas, no le perdía de vista, atento como nunca a sus movimientos. Quizás rumiaba sobre su denegrido futuro tantas veces sentenciado y definido por su dueño.
Recuerdo que una racha fuerte se llevó de inmediato el humo de la última bocanada y al seguirlo, descubrí sobre las alturas insólitas una poderosa y esbelta águila perdicera que planeaba mostrando su vientre blanco y brillante, jalonado con lágrimas oscuras hasta el pecho. No se por qué volví a fijarme en el perro cuando éste ladeó su cabeza con la mirada perdida. Mi amigo le llamó por su nombre y, entonces, el podenco se abalanzó hacia él con un saltito, como hacía siempre; pero esta vez, uno de sus pies de liebre acabó dentro del guardamonte, accionando el gatillo con su peso, produciéndose un disparo mortal.
Si, yo estaba allí y lo vi todo. Mi amigo se desplomó contra las matas punzantes. Fue horrible: el rojo predominó sobre las piedras y por un momento alcé la mirada y el águila entró en picado descendiendo vertiginosamente mientras el cielo emulaba el color de la muerte. ¿Fue el albur el que quiso cambiar las cosas o el instinto de supervivencia de un perro amenazado? Nunca lo sabremos y yo, lo viví para no olvidar jamás el hecho.
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Fragmento de Escena de caza del Barranco de la Valltorta, en Castellón, España. Arte rupestre levantino de tipo parietal, durante el Mesolítico [10.000 ac - 5.000 ac]. Vía educarex. [+].
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31 Mayo 2009
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Para Ángi - Gali
Te conocí con calcetines de espuma en el arrecife, sobre una piedra fresca, un domingo recién despertado. El sombrero se fue con el viento para mostrar tu belleza y se hubieran marchado tus sedosos cabellos, de ser libres. Me aproximé con el fin de devolvértelo ansiando que fueras real y cuando te dignaste mirarme, plena de música, un estremecimiento me hizo perder el equilibrio cayendo en tus brazos. Y te dije: "llévame contigo"
Me cogiste de la mano hasta llegar a tu lancha fueraborda y rompimos todas las olas del mundo con la furia y potencia de nuestros motores. Bien juntos, prietos, disfrutando de los pantocazos. Con rumbos vírgenes, mar adentro y pegando tumbos, nos envolvimos de sol y agua sobre la cubierta blanca. Y decidí no volver a pisar tierra firme jamás.
Pasó el tiempo y la piel nos cambió con la luz intensa que reflejaba el océano, como nuestro barco que se hizo velero. Su suave bamboleo nos embriagó de arrimos, navegando por las aguas tranquilas, costeando el amor. Vientos serenos que empopábamos con los corazones, dejándonos llevar por el placer del silencio; y tú, como los buenos timoneles, observando eternamente el horizonte; y yo, a salvo a tu lado.
Ahora nuestras velas ya no resisten remolcarnos: son toldos blancos que nos resguardan del Sol. Y el casco es sólo una veleta de agua. Nos deleitamos con la infinidad, fondeados en la cala de anclas descaradas, donde mostramos las hilazas de verdín sin pudor. Y con el ligero vaivén imperecedero que convierte al palo en nuestro índice, señalando arbitrariamente las constelaciones de la noche. Mientras dormimos la vida entrelazados con afecto, sin partida, porque no codiciamos llegar a ningún puerto.
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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¿Observando el horizonte?. Fragmento de Imagen simulando cómo se vería un agujero negro con una masa de diez soles, a una distancia de 600 kilómetros, con la vía láctea al fondo. Vía wikipedia.
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24 Mayo 2009
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Últimamente empezaba a cuestionar mi vida. Reflexionaba sobre mi forma de entender los afectos y me sentía un necio que no lograba apreciar a la humanidad. Mi fortuna económica había crecido alimentándose de la sangre de los débiles. Desde pequeño, hacer negocios era algo natural en mí. Creía ser diferente, frío, incapaz de sintonizar con las frecuencias de la misericordia. No podía vivir sin aprovecharme de las deficiencias de los demás. Mi lema: servirme de todo. Constreñir a la gente y violentar las normas había sido un error que ahora me lastraba la conciencia. Y estaba hastiado de mi mundo, del aura de egoísmo que anulaba mis sentimientos. Y cada vez lo tenía más claro: debía de cambiar radicalmente.
Alguien me habló del aislamiento para mudar corrientes y abandoné el pasado y mis negocios para elegir una montaña desierta repleta de coscoja y experimentar en la soledad, lejos del materialismo envolvente. Desde ella se veía un renovado mar de azules volubles que articulaba con el cielo apareciendo como un solo mundo etéreo. La vista me relajaba el espíritu y las brisas limpiaban mis vanidades. Más no sentía la fuerza suficiente para renacer en un plano superior.
Una noche cerrada de calma absoluta, refugiándome de la precipitación suave pero persistente, acabé en una reducida gruta de los roquedos que culminaban las vertientes. Desde allí, y sin saber por qué, me introduje en una galería siguiendo a un escarabajo de cuerpo convexo y muy brillante que con sus largas antenas parecía querer dirigirme. A continuación: la oscuridad, reflejo de mi propia vida. Y en ese mismo momento, el escarabajo se iluminó como cien luciérnagas creando un lugar lineal y despejado: el camino de mi destino.
Siguiendo la extraña luz, llegué a una zona circular y espaciosa donde las paredes atestadas de columnas y cortinas estalagmíticas, estaban repletas de idénticos insectos errantes, fosforeciendo el recinto. Allí me quedé, en el centro, sobre una piedra plana cercada por la arcilla húmeda. La bóveda cárstica de la cavidad era como un cielo radiante de estrellas y el vuelo de los murciélagos parecía resonar multiplicando sus chirridos cuando pasaban rasantes una y otra vez sobre mi cabeza.
Después, cerré los ojos y vino el silencio, sólo roto por el crujir de alguna pared y el audible goteo de las minúsculas filtraciones. Tenía mi cuerpo relajado y atento a la recepción de sensaciones nuevas. Sabía que me encontraba en la médula de un complejo de redes compartidas: fisuras, fracturas, galerías profundas con sifones, túneles y pasillos, muchos ramificados hacia la nada; y seguí en la total quietud, absorbiendo su energía.
Era el momento para estar solo en el presente, sin nada más. Como el que piensa sin enjuiciar. Aceptarlo tal y como se mostraba. Vencerme a ese instante para que no me afectara el pasado y potenciar la fuerza que fluía de mis renovados sentimientos. Al poco, mi conciencia se liberó de la resistencia a la alteración y empezó a ser diferente. Pasaron las horas y el ayuno creó la debilidad que me hizo temer por mi deseada transformación. Si bien una fuerza inusitada que surgió de los laberintos oscuros del macizo calcáreo me llevó a profundizar en la eliminación de los signos físicos hasta notar como se disolvía mi cuerpo. Percibí que morían mis formas y quedaba mi yo energético. Pasada una estación, logré escuchar por un segundo el rumor de las aguas cavernícolas profundas y razoné la verdadera paz, convirtiéndola en sublime y espiritual hasta llegar a ser la luz misma y, entonces, los escarabajos se apagaron como linternas consumidas por el tiempo. Era la hora de salir al exterior, de reencontrarme con el mundo de los albores.
Cuando emergí, ahí estaban, junto a mis pies: el poleo blanco y el té de roca; y más allá, los coscojos, lentiscos, jaras y un dosel de pinos carrascos; y en las riberas de la rambla, los alegres colores de las adelfas. Noté como el viento mecía el paisaje repartiendo sobre todos los bichos vivientes la paz que emanaba de mí ser. Paz elevada y hechizadora que dejaba fluir mi compasión volviéndome sanador. Entonces, cavilé que todas las criaturas que vinieran a verme se sentirían emocionadas por la armonía que les produciría. Y me di prisa en habilitar un buen sendero que llegara a la carretera más próxima.
Aquí vivo ahora, en La Gruta de los Escarabajos, bajo tierra, más cerca del cielo; en compañía de la energía piadosa. Y quiero que las gentes vengan, me conozcan, que se aprovechen de mis virtudes hasta paliarles el sufrimiento. Por eso, temporalmente, he dispuesto un precio asequible: veinte euros.
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Ceremomia de sanación en la mitología Huichol [México]. Antonio Carrillo de la Cruz [México, 1934]. Vía Real de Catorce.
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