Luchaba por ser una cantante y vivir de ello. Un sueño continuo; y lo priorizaba por encima de todas las cosas. A veces me encerraba en mi habitación días enteros buscando la melodía y la letra acertada para conmover al mundo. Pero todo lo que creaba parecía ser gris, incapaz de mover los sentimientos de nadie. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, se asomó él: joven, esbelto, atractivo y dicharachero. Un tipo con mucha gracia y un cuerpo de gloria. Y acabé echándome en los brazos de su ingeniosa razón.
Entonces empecé a sentir que mi cuerpo emergía entre las tormentosas aguas que me embotellaban y pude hacer flotar la mente y atravesar el cristal. Era tan feliz que pasé de incipiente ave cantora a luciérnaga del humedal de la pasión, iluminándoseme el cuerpo entero. Mientras me volcaba en el amor, sin darme cuenta, se me olvidaron las viejas ilusiones, hasta mi ofuscada vocación. Porque entonces eran tiempos de risas y llamaradas, de sentirme única: su reina. No necesitaba nada más. Y lo quería hasta morir.
Una noche, mi hombre se dejó polarizar por los ojos de otra mujer y se me apagó la luz. Y empecé a tropezar con casi cualquier cosa, perdiendo el equilibrio permanentemente. Hasta caer en el foso de las extraviadas, donde estaba mi vieja guitarra. Y de un modo natural me abracé a ella y empecé a hilar acordes hasta surgir una triste melodía de desamor, a la que le puse mis sentidas letras. La colgué en Internet y fue tal el éxito que, en pocas horas, recibí multitud de llamadas de mil productores de todo el mundo.
Ahora soy un fenómeno de la nueva canción. Hago bolos sin parar. Mi sueño hecho realidad hasta la saciedad. Sin embargo, no soy del todo feliz; me siento rabiosa e intimidada por culpa de un conflicto: mi viejo y ocurrente amor me ha demandado. Pretende una parte substancial de los beneficios de la canción porque él se siente protagonista e inspirador principal del éxito.
Acababa de casarme con mi amor, una rubia joven y hermosa eslava. Para que no se aburriera en casa todo el día mientras estaba ausente en mi trabajo, le regalé una perrita de la que me encapriché en el mercadillo por su apariencia, tan extraña como atractiva. De talla chica, aquel cachorro se empeñó, desde el principio, en estar siempre en el centro, mostrando sus gracias. Como si quisiera ser la artista de la familia a la que se le aplaude constantemente. Si no la tratábamos con gentileza desmesurada y la dejábamos entrar en el comedor cuando quería, mostraba su descontento con actitud hostil.
Como mi mujer aplicó una educación intransigente desde el primer momento, la perra se sintió maltratada y ofendida. Llegó a mostrar su rencor con cierta asiduidad, haciendo boquetes inmensos en el césped del jardín, masticando las llaves automáticas de riego, desgarrando la ropa tendida, mordiendo las mangueras, e incluso, a veces, llevada por el odio máximo, defecando en su propio plato de la comida. Después de hacer esto último, se quedaba sentada, quieta delante de la puerta de cristal con una mirada perversa y desafiante. Mi amor le acabó teniendo tanto miedo que empezó a decirme que no quería a ese animal en su casa.
El colmo llegó el día en que me llamó mi mujer horrorizada y balbuceando, diciéndome que la perra había alineado todas las pelotas de tenis que usaba para jugar en la parcela, creando cuatro letras bastante claras en las que se leía sin grandes esfuerzos la palabra PUTA. Estaba claro que el conflicto había llegado a tomar un cariz desmesurado, desequilibrándola. Cuando llegué a casa, como era lógico, las pelotas estaban abandonadas por todo el jardín y aquel hecho extraordinario del que hablaba mi amor sólo era pura fantasía producida por la tensión de la convivencia.
Dado el marco conflictivo, al día siguiente decidí deshacerme de ella sin llamar mucho la atención. Dejándome llevar por la buena disposición del amigo que se prestó a ayudarme y que vivía a doscientos kilómetros de mi casa, me fui a visitarle con ella. Recuerdo que debía de presentarme con la perra en ayunas para, nada más llegar, darle carne picada llena de pastillas para dormir. Siempre siguiendo sus consejos, después de caer dormida, la introduciría en una bolsa de plástico que sellaría con cinta y en cinco minutos debería morirse de asfixia, sin sufrir.
Pero la realidad se obstinaba en lo contrario: por mucho que se tambaleaba demostrando su inestabilidad por el sueño profundo que se le avecinaba, no acababa de caer de forma definitiva. Hartos de esperar y confundidos por su reacción mi amigo le dio otra tanda de comida, esta vez con todas las pastillas del frasco. La perra no sólo no cayó al suelo anestesiada, sino que, a través de unas arcadas violentas, llegó a regurgitar toda la comida que se le había dado. Y a continuación, se quedó maltrecha pero bien despierta.
Viendo que el sistema ideado había sido un total fracaso y llevados por lo asombroso del hecho, los nervios se adueñaron de nosotros hasta el punto de resolver acabar con el tema precipitadamente. La abandonamos tirándola disimuladamente por la ventanilla del coche sin reducir la velocidad, para que nadie se percatara de nuestra vil acción, en un paraje cercano en el que habían casas de campo. Siempre con la esperanza de que pudiera, una vez pasado el efecto de las drogas, refugiarse en alguna de esas familias.
Ya sosegado, aunque con algún remordimiento, me volví a mi casa y, cuando llegué para darle la buena nueva a mi mujer, sufrí uno de los impactos más fuertes de mi vida: mi amor me acababa de abandonar. En una nota escrita me confesaba que se había enamorado del joven y fornido dueño del gimnasio a donde solía ir a diario a practicar "Pilates", dejándome definitivamente solo, sin ninguna esperanza. Lloré sin parar y las noches las pasaba abrazado a su almohada reviviendo cada instante experimentado con ella. Y, desde aquel día, cerré las puertas y ventanas para que no entrara ni un rayo de sol que pudiera cegarme su deseada visión.
Pasaron muchos meses y mi bloqueo se iba acrecentando por momentos sin reflejar debilidad alguna. Hasta que un día descubrí, por un intenso haz de luz que se colaba a través de una rendija de la persiana, que había llegado la primavera. Al asomarme a curiosear por aquella abertura, contemplé cómo el sol estaba castigando más de lo acostumbrado al césped y que, sobre el mismo, se encontraban unas pelotas de tenis viejas conformando un saludo familiar: HOLA. Mi semblante cambió de repente por aquel impacto paranormal y fui capaz de sonreír con las emociones levitando. Frente a la puerta acristalada del jardín estaba la perra sentada y moviendo el rabo con alegría descontrolada. Había vuelto para pasar el resto de nuestras vidas juntos.
En una conversación entre cañas, hablando del amor que se profesa a la madre, me contaba un conocido con el que he compartido algunos tiempos muertos apoyado sobre algunas barras:
«Cuando mi madre de avanzada edad ingresó en el hospital con una neumonía grave, a las pocas horas acabó en la cinta corredera de la muerte. Llegó a tener las manos y las plantas de los pies violáceas y el ritmo cardiaco por debajo de 35 pulsaciones y con espasmos extraños, moviendo compulsivamente las piernas, con una respiración disipada. Los médicos me dijeron que ya no había nada que hacer y un celador muy experimentado se atrevió a sentenciar más tarde:
-- Tiene la piel fría y húmeda y ya se le notan las pupilas dilatadas y la mirada fija de los que se van.
No pude resistir aquella escena y me marché de la habitación pausadamente. Mientras estaba sollozando en silencio, me vino a la memoria que siempre he tenido una fuerza especial en la mano izquierda. Cuando era joven y me dedicaba a la escalada libre, tenía la capacidad de aferrarme con ella con suma facilidad a cualquier diminuto saliente y quedarme colgado sobre el abismo con la seguridad del que está atado con una buena soga. Era como tener una pinza hidráulica. Y al hacerlo, siempre notaba como si una corriente eléctrica atravesara mis dedos. Me punzaban las yemas. Y durante la noche, si dormía apoyando la cara sobre la misma, al día siguiente me levantaba con los ojos hinchados y como salidos de sus órbitas.
Aquel recuerdo actuó en mi cerebro como una idea brillante y esperanzadora. Y entré de nuevo pensando que podía reintegrarla. Una vez allí, me acerqué a ella y, pasándole el brazo por su cuello, abracé sus muñecas con mi mano bruja y empecé a besarla y a infundirle ánimo:
-- Mamá, mamá, si me escuchas te digo que de esta vas a salir, tienes que salir; venga, ¡con toda tu fuerza! ¡cree en ti, vuelve, te necesito ...!
No paraba de estimularla, de atraerla hacia la vida, donde me encontraba yo. Hacía lo mismo que en un rescate vertical de una sima: cobrar la cuerda de mis palabras con insistencia y técnica, favoreciendo el ascenso.
Las yemas de mis dedos me producían un picor doloroso, con más intensidad que nunca, y a la media hora ella empezó a reaccionar. Esa misma tarde ya charlaba por los codos. El personal sanitario se quedó estupefacto. La salvé y no me lo creía. Mi idea había surtido efecto. La tenía de nuevo conmigo. ¡Era el hombre más feliz del mundo!
Después vinieron años de maravillosa convivencia pero con el consiguiente deterioro para mi madre: perdida grande de la visión, sordera, limitaciones y dolores por la artrosis.... A veces se le iba la chaveta y en esos momentos me decía:
-- Maldita la hora en que me salvaste, hijo.
Y se me pudría el alma.
Cuando cayó enferma de nuevo, en el hospital me espetó:
-- Ni se te ocurra cogerme con tus manos; ya he tenido bastante con el sufrimiento de estos años de más. Esta vez no quiero seguir viviendo. No me vuelvas a salvar.
Y, saliendo de su habitación, comencé a llorar desconsoladamente.»
Eran días de pura y dura depresión. El cielo siempre estaba encapotado y los rayos del supuesto sol se extraviaban buscando con ansia la salida. Los servicios sociales prácticamente se habían extinguido; y yo: un pestilente inmigrante intentando sobrevivir en la madre patria. Sin trabajo ni hogar y en la más absoluta soledad. Nadie se hacía cargo de mis necesidades y me estaba muriendo de hambre porque a pesar de las largas colas, cuando llegaba mi turno, en los pocos comedores de beneficencia que quedaban, nunca me abrían la puerta.
Mis carnes se acobardaron y, ajado y débil, llegué a sentir la inverosímil pesantez del aire. Era tan frágil que ya no podía afrontar una lucha abierta y encarnizada por hacerme un hueco en la angostura de los basureros y mi porvenir se cerraba como el cuello sucio y largo de una vulgar botella abandonada en la escombrera más lóbrega.
Arrastrado por las arrugas brumosas de la gran ciudad mis días estaban contados, pues sólo tenía acceso a lo indigerible; ponzoña que podía matarme en cualquier momento. Y estando encomendándome a todos los dioses habidos y por haber sin recibir ninguna bendición, alguien que habitaba en una profunda cloaca más allá de la muerte, me dijo:
-- ¿Por qué no ruegas al dios-cerdo? él te ayudará.
Nunca había oído hablar del tal dios y me quedé escéptico, sin saber qué hacer. La voz apagada y crujiente, con un débil eco, se escuchó de nuevo:
-- ¡Pídeselo al dios-cerdo! --insistió.
Y decidí cerrar mis oídos apretándolos con las palmas de mis sucias y huesudas manos.
Mas cuando me estaba desintegrando por la inanición me dije: ¿qué mayor mal me puede hacer ya rogar a un dios tan extraño? Entonces, alcé la voz y, mirando a las entrañas negras y malolientes de la tierra, comencé a rezarle. Enseguida se presentó detrás de mí y, sin dejarme observarle, me abrazó y puso su pezuña hendida en mi vientre. De inmediato sentí una presión irresistible. Me daba la sensación de que mi estomago se constreñía para después holgarse infinitamente.
-- Te he cambiado el aparato digestivo y te he puesto uno de cerdo. Debes de estar contento pues podrás comer sin problemas lo que los humanos tiran y ya no te morirás de hambre --aseveró con firmeza.
Cuando quise agradecérselo ya no estaba y lo único que pude articular tras un largo esfuerzo fue un fuerte gruñido:
Dicen que todo empezó poco a poco. Y que un día, cuando se acababa de levantar y después de tirarse agua fresca en la cara, mientras se secaba con suavidad, no quiso mirarse al espejo. La hora del día en que más se asemejaba a su desaparecida madre. Eso era lo que veía con amargura. Por eso evitaba hacerlo. Pero esa mañana tuvo las suficientes dudas y volvió a observarse. Cuando se reconoció idéntica a ella, rompió el espejo con tanta violencia que le saltaron algunas esquirlas de cristal hiriéndole superficialmente, hasta hacerla sangrar.
Procedente de un pueblo distante de donde actualmente vivía, proclamaba que desde que su madre abandonó a su padre y hermanos pequeños sintió un rechazo tan brutal que no quiso saber nunca más de ella. Todo ocurrió estando fuera. Como hermana mayor intentaba aportar algo de dinero a la casa trabajando como sirvienta en una casa próxima. La noticia le hizo sufrir tanto que acabó perdiendo el trabajo. Renegaba de una madre irresponsable: "jugadora, bebedora y juerguista". Una fría canalla enamorada de los placeres de la noche, que merecía su eterno desprecio.
Ahora, en la madurez, muerto su hermoso padre, veía como, con siniestra celeridad, se iba pareciendo cada vez más a ese desagradable y feo rostro que despreciaba y odiaba tanto. Y no podía soportarlo; por eso intentaba cambiar algunos aspectos de su cara; mas era muy difícil invertir esa tendencia que le estaba convirtiendo en una fotocopia arraigada de la que llamaba, con repulsa, "la lerda del infierno".
Harta de su parecido y espoleada por las noches repletas de espejos rotos, decidió reconstruirse el rostro sometiéndose a todo tipo de cirugía. Pero, inexplicablemente, a los pocos días de cada operación sus facciones iban avanzando hacia el parecido de nuevo, hasta acabar teniendo idénticos rasgos que ella. Y entonces, usaba las paredes de la casa como una vulgar goma de borrar y se volvía loca restregando su cara por ellas hasta hacerla sangrar una y otra vez, con la obsesión de deshacer cualquier semejanza con esa maldita mujer. Al final, tuvo que ser internada y ahora se pasa los días mirando al cielo en una reducida celda de paredes acolchadas con su careta de cuero.
Pasados unos años, alguien decidió hacer pública la verdadera historia:
"La madre, efectivamente, no era muy agraciada; no obstante, su responsabilidad era manifiesta y su entrega por su familia fue el vial de su vida. Enamorada de su marido y de su única hija, que jamás trabajó, nunca hizo nada que pudiera oscurecer el buen nombre de ellos. La niña, al llegar a la edad de la pubertad resultó ser una hermosísima "Lolita", engatusando a su padre con tanta fuerza que hizo que expulsara a su madre. Ésta, que murió de pena, en el último instante consiguió cobijarse entre las alas de Némesis, la diosa de la venganza, logrando no tener nunca un nieto incestuoso y que el rostro de su hija acabara siendo idéntico al de ella, para recordarle todo el mal que le había hecho."
Iban a dar las dos de una noche húmeda y cerrada. Mis pies vacilantes se hallaban sobre los adoquines de una calle solitaria, frente a su casa. Estaba soñando encontrarme con ella, mi desamor. Verla aunque sólo fuera un instante. Mas no estaba. Y la esperé escudriñando con mi etílica visión el horizonte circundante, a ver por donde aparecía. De pronto el exceso me produjo hipo y, con él, se me incrementó el sueño: quería estar junto a ella, al menos una hora.
Entonces, no se sabe cómo, surgió con su lindura endomingando la noche. La vi pasar sin mirarme siquiera, fría, distante, ligera; con zancadas esbeltas y cuerpo vibrante, y no lo dudé ni un segundo: me encaramé a su cuerpo como si fuera una guagua. Me era indiferente que estuviera ocupada, que no me abriera las puertas ni las ventanas, que faltara espacio para mis sentimientos. Quería ser transportado hacia la gloria y ver los planeos del alma, estallar mi cuerpo durante esa hora fantaseada.
Sentí un escalofrío y abrí los ojos. Me encontré aturdido y quebrantado en el suelo. No sé qué pasó. Debí reencontrarme con la veta del placer. Gozar hasta desvanecerme sobre el pavimento. Y, después, abandonado a mi suerte. El reloj del campanario se hizo oír: las tres de la madrugada. ¡Había logrado estar una hora con ella! ¡Bendita fortuna la mía! Por eso experimentaba mi cuerpo desarmado, inerme, despojado de toda energía. No me acordaba de nada pero el milagro se había cumplido. Lo que nació como una hora quimérica, ¡se había hecho realidad! ¡Era el hombre más feliz del mundo!
Al incorporarme e ir a mirar mi reloj de pulsera, alguien que se preocupó por mí ayudándome a ir hacia la acera, me dijo:
-- ¿Se ha hecho daño? ¡Joder, es usted un hombre de mucha suerte! -- Y tanto -le respondí yo sonriendo con guasa, pensando en la hora que había gozado. -- ¿Entonces se encuentra bien? -- Sí, Sí. No se preocupe. -- Ha estado a punto de que lo mataran. Es un milagro. Le ha arrollado una camioneta. Los atropellos no siempre acaban así de bien. No se olvide de adelantar una hora. Esta noche es el cambio horario.
Y se perdió en la oscuridad acuosa y lacrada, dejándome enrevesado.
Dicen que todas las emociones que se sienten durante los sueños son idénticas en intensidad a las que se experimentarían en la vida real. Yo puedo confirmarlo, pues siempre soñé mucho o, lo que es casi lo mismo, siempre me acordé de los sueños que tuve. Y pude apreciar que su fuerza es auténtica. Pero les voy a narrar únicamente los tres últimos que experimenté durante el transcurso de quince días. Algo insólito. Les cuento:
En el primero, paseaba por el campo relajadamente cuando, de golpe, me salió al encuentro un enorme perro de presa amenazándome con malicia. Mostraba unos caninos sobredimensionados y el gruñido que emitía era tan brutal que me dejó paralizado del todo. Cuando con un salto poderoso se abalanzó sobre mi yugular, me desperté violentamente y, jadeando de terror, observé a mi mujer amodorrada y produciendo un sonido exacto al de aquella bestia ficticia. No quise despertarla, pero me intrigó aquellas extrañas e intimidatorias ondas guturales que emitía sin darse cuenta.
Recuerdo que pasados siete días, esa noche soñé que estaba en el suelo gritando desesperadamente y defendiéndome de alguien irreconocible. Daba patadas y puñetazos al aire de manera aleatoria con la intención de que no se acercara a agredirme. Hasta que uno de mis miembros chocó con algo sólido y al despertar contemplé a mi mujer chorreando sangre por la nariz. Aquello me costo un verdadero disgusto. Tuve que pedirle disculpas reiteradamente y sorprenderle con un regalo que me costó un pico y, naturalmente, me vi obligado a darle explicaciones a mi suegra, que todo hay que decirlo, no se quedó muy satisfecha.
Lo peor fue cuando a los quince días del primero, cogido el profundo sueño, imaginaba que tenía trabajo, que era un torero de fama. Me había situado a porta gayola a esperar la salida de un toro bravo y cinqueño. Yo estaba de rodillas dispuesto a ejecutar la peligrosa suerte de una larga cambiada. Cuando ya era inminente su aparición, recuerdo que me era imposible controlar el ajetreo de mi cuerpo y al ver que lo que salía al galope, por la incierta puerta oscura, era una vaca lechera blanca y negra, con unas ubres descomunales, me quedé anonadado. Aquello me distrajo lo suficiente para perder la realidad del instante. Y antes de recobrar mi concentración, mientras me alcanzaba, clavó uno de sus diminutos cuernos mochos en el centro de mi corazón.
Abrí los ojos en el momento que sentí sangrar. Allí estaba yo: de rodillas sobre el colchón, con mi sábana entre las manos y una zapatilla de montera. Y mi mujer, de pie, junto a la cama, vistiendo un camisón corto, de entregado escote por el que se manifestaban sus grandes pechos, con un cuchillo romo de mesa en sus manos ensangrentadas. Todo aparentaba que había llegado mi fin.
MÁXIMA: si durante las noches sueñas que te amenazan y agreden, huye de la habitación y, sobre todo, de tu mujer. Porque no se presume buen pronóstico si te acabas despertando de tal guisa...
Amigos, no me he querido marchar a ninguna parte; sigo en Castellón dedicado a vivir estas fechas en contacto con todas las tradiciones. Deseo volver a oír la percusión santa de las Cofradías que, por toda la provincia y en número creciente, hacen sonar sus grandiosos bombos y tambores. Los silencios inmersos en el misterio de los encapuchados de colores apagados y solemnes.
Y sobre todo, ver salir al Cristo Yacente de la Sangre: cruda y fuerte imagen elegante. Dramático y sosegado realismo cuya expresión te deja abrumado. Hay que verla, aunque sólo sea una vez en la vida. Quizás sea una de las piezas escultóricas más impresionantes de España. No se sabe quien fue su autor.
Pero dice la leyenda que coincidiendo con la Semana Santa, en un hospital contiguo a la Iglesia de la Purísima Sangre de Castellón se hospedaron tres peregrinos a los que no se les volvió a ver. Cuando a los tres días, extrañados, fueron a su habitación para saber de ellos, se la encontraron vacía y en su lugar, una imagen bellísima del Cristo en el Sepulcro que emitía una intensa luz y olor a incienso.
Sólo había un posible razonamiento a lo sucedido: los tres peregrinos eran en realidad tres ángeles que habían estado esos días dedicados a tallar la maravillosa imagen.
Os invito a que el año que próximo, s.D.q., vengáis a sentirlo.
Apoyado en el quicio, perplejo y preocupado ante una sociedad blanda que pasa de historias, tratando de averiguar por qué chirría con su amado óxido. Para mis adentros. Será la edad (España).
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