La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

Categoría: Cuentos de El Xiquet (niño) de Columbretes

13 Septiembre 2009

El gran jodido

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.
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Su padre, encima de una camioneta desvencijada, era un artista, el mejor charlatán. Daba igual que ofreciera mantas, cristalerías o un juego completo de peines de tortuga. Siempre acababa con la totalidad de las existencias. La gente se aglomeraba para oír sus ocurrencias como lo haría ante un predicador: con devoción. Él y su inseparable micrófono eran una pareja que embaucaban a la muchedumbre a través de una voz rota por el énfasis continuado.

Su madre, la mujer barbuda: orgullosa, seria e impertérrita en su barracón rosa, el más visitado de la feria, contiguo al de los liliputienses. Sostenían las lenguas viperinas que esa ofuscación del charlatán por las ventas, le restaba demasiado tiempo para el amor y que su único hijo, el enano, era fruto de tal desidia. Por eso, el chico se había convertido en el hazmerreír del vecindario.

El diminuto, ya hombre, harto de la presión social, decidió abandonar a la familia y escudriñó la vida hasta descubrir el circuito taurino musical del país. Allí luchó para conseguir el mejor trabajo: artista principal del Barbero Torero. Su cara aniñada, junto a su timidez con las mujeres, le daba un aire desvalido que encantaba a muchas de ellas, por lo que vivía siempre bien acompañado. Y cuando tuvo que elegir definitivamente, pensando en mejorar la estirpe, lo hizo con una rubísima súper miss.

Tuvo suerte en la elección y la convivencia cristalizó con inmejorable brillo. Pero el infortunio se asentó categóricamente cuando quedó patente la fuerza genética de su madre, que no contenta con ello, lo hizo por partida doble y con una nota de exotismo. Sí; peor no podía ser para él: gemelas, enanas, barbudas y prietas. Estaba claro que la extirpe familiar que pretendía mejorar era una encrucijada de senderos en la que todos se dibujaban excesivamente empinados y sombríos.

No obstante, inmerso en su querida profesión de riesgo, con el tiempo, consiguió aunar más a la familia, innovando día a día su espectáculo, que ya empezaba a ser conocido en todo el país. Para ello, incluyó en el mismo a sus niñas disfrazadas de chimpancés que, con aprendida técnica, eran capaces de montar a las inquietas becerras, mientras a su mujer, esplendorosa, la responsabilizó de la presentación y comentarios de cada uno de los números del espectáculo.

Gran parte del beneficio obtenido lo ingresaba en una cuenta de ahorro para que las hijas pudieran mejorar su aspecto en una famosa clínica de EE.UU. La ilusión por someter a sus gemelas a las diversas operaciones de estiramiento y depilación definitiva, era una prioridad en su vida. Pero los tiempos cambian y los colores, pese a ser los mismos, llegan a tener matices que los hacen diferentes. Y los políticos a los que votó, tan aficionados, como todos, a introducir cambios inesperados en el lienzo de la sociedad sin medir sus consecuencias, decidieron prohibir su trabajo por considerarlo indigno del ser humano.

Incapaz, acabó en manos de los psicólogos de la Seguridad Social que, desde entonces, intentan estabilizar a este pequeño gran hombre que no soporta lo acaecido. Y se desespera viendo aquello que tiene que hacer su mujer por razones de pura subsistencia familiar: crea posturas imposibles sobre una barra vertical exhibiendo su hermosísimo y elegante cuerpo en el mejor club de la gran ciudad. Y lo peor: ella sufre lo inconfesable porque no tiene valor para decirle a su marido que hace pases privados a los nuevos legisladores.

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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1000 Clowns. Heimann, Jim (ED) y H. Thomas Steele. Taschen, 2004. Libro de fotografías e ilustraciones de payasos, principalmente americanos. Vía Taschen.

 

NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.

 

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6 Septiembre 2009

Amarillo Pastel

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve, de ficción.
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Poseo una vespa, mejor dicho: disfruto de una vespa. Tiene veinticinco años y ahora luce de color amarillo pastel. Rubio travesti, dicen con sorna los compañeros del club. Con su arrojo cromático resalta en cualquier ambiente y no digamos sobre el gris y neutro asfalto. Nadie me ignora. Y llevo un casco blanco similar al de la policía para que el despistado y el abusón se acuerden de la autoridad de los caminos. Los centra al instante. Todo sea por la seguridad.

Esta motocicleta de cuadro abierto, a pesar de tener la delantera excesivamente plana llega a conquistarme con su aspecto femenino. Quizás su culo sea lo excelente: “cofanos” curvilíneos cual glúteos turgentes que ensalzan el bastidor y alcanzan su punto álgido cuando se sobre ilumina el piloto carmesí. Y esos intermitentes traseros que parecen guiños pícaros. ¡Qué cantidad de sugerencias, contorneándose a modo de una bailarina de estriptis, en las dobles curvas!

Sorprende la postura para montarla; digamos que es familiar. Como si estuvieses sereno en la silla del comedor consumiendo un bocadillo o el mejor plato del universo. Apuesto a que podría hasta fumar una pipa, conduciéndola. Esa es la gracia de la vespa, se maniobra con tanta facilidad… Mientras la conduces es puritana: apenas te deja tenerla entre las piernas y menos si se trata de su zona caliente, pero te sientes libre, puedes cruzarlas, inclinarlas hacia cualquier lado o simplemente, dejarlas enfrente, tal que si estuvieras delante del ordenador enredando con un viaje virtual.

Sobre ella, todo se vuelve grande: los pequeños baches, la reducida velocidad, las mínimas frenadas… Y por ende, te creces. No paras de hacerlo hasta iluminarte en cuarta. Entonces, ya no piensas en el peligro, sólo en que se turban los rizos de la mente. Observar las pinceladas del paisaje al son sereno de sus revoluciones me place y por eso la deseo tanto.

Bueno, me estoy extendiendo demasiado, el amor que le tengo a mi vespa me impide centrarme en lo que quería contar. Desde hace poco, a pesar de nuestra llamativa estética, se han ido incrementando los casos de abuso en carretera. Mi arrebato hacia aquellos prepotentes que, amparándose en su supremacía mecánica y de tara, siguen poniendo en peligro constante nuestra integridad se ha agrandado hasta el punto de que decidí tomar cartas en el asunto: pasar de los insultos a los hechos.

Al principio llevaba escondida en el cofre una pistola de pega y en el instante que sufría el poderío de algún tarado, sacaba el arma y le asustaba, apuntándole con ojeriza. Mi desasosiego se volatizaba de inmediato y sentía una paz interior indescifrable al preguntarle: "¿quién es ahora el más fuerte? ¡Gilipollas!" Y se quedaba mudo de espanto mientras me carcajeaba sin control.

Pero estoy notando que últimamente, después del suceso de acción-reacción, me quedo triste, como si sintiera la necesidad de continuar mi asustadizo juego. Parece que no exprimo del todo mi cólera y se queda el vaso medio vacío, percibiendo una brusca oscilación interior que me oprime la mente. Y he decidido seguir aumentando la presión cambiando la herramienta.

Ahora, cuando se cierra la noche, mi querida vespa y yo nos envolvemos con sendas capas de rafia negra y recorremos todas las rotondas de la gran ciudad a la búsqueda y captura de los hijos de puta que nos avasallan sin piedad. Con rutilantes gafas negras y nariz extremada, de esas de carnaval, me enfrento a los desalmados de la carretera hasta pegarles un tiro a bocajarro y cagarme de risa mientras se desangran.

Si, ya sé que puede resultar un poco desproporcionado pero no puedo defraudar a mi compañera. Es imposible mirar hacia otro lado. Es tan bella y delicada que no soportaría verla magullada y por los suelos. Además, me ha embrujado de tal forma que necesito asegurarme que voy a poder seguir acariciando sus empuñaduras indefinidamente.

A veces, se me antoja una romántica carabela y me dejo llevar por el viento hacia un nuevo mundo. Su frontal parece talmente el trapo de un aparejo redondo de esas históricas naves. La empopada bajando un empinado puerto es demasiado. En tales circunstancias, renuncio al acelerador y mis protegidas piernas se duermen para activar el cerebro, mientras los badenes se hacen olas y las curvas me obligan a escorar al límite. Gobernarla es toda una aventura, un placer, mi vida…

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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El autor del relato de ficción recorriendo, con su inseparable vespa, los caminos salvajes de arundo donax, "cañabrava", en el norte de África. Fot. de Coliflor.

 

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2 Agosto 2009

Saludos, desde Columbretes

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Ayer, 1º de agosto, puse pie, una vez más, en las Islas Columbretes [Castellón, España]

[Fot. [2008] de Ramón Usó, con motivo del 20º aniversario de la protección de las Islas Columbretes]

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He venido, como tantas otras veces, para navegar a vela, bucear y pescar. Es decir, para descansar en contacto con la naturaleza.

Descanso y recuperación que deseo a todos mis lectores.

Un abrazo y hasta septiembre.

El Xiquet de Columbretes.

pd.- Si pueden y tienen ocasión, no dejen de visitar este impresionante parque natural.

 


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26 Julio 2009

Celos

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.
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Tiene en su haber una peluca oscura de cotillón y muchos amores muertos. Siempre procede del mismo modo: cuando determina que se ha enamorado de una muchacha, la sigue sigilosamente hasta cercarla en algún lugar invisible. Allí la hace suya amenazándola y como sus celos son tan rabiosos, a continuación, para no sufrir con la permanente sospecha, la degüella.

La última víctima le ocasionó un deleite extraordinario, pero con sus ojos lóbregos le ha manchado el cerebro de negro. Y ahora no hace otra cosa que resonar con ella repitiendo la secuencia, como lo haría una vulgar moviola, frente a su lápida, en el cementerio. Además, empieza a sufrir recelando de los difuntos que la rodean y ante el temor de que los fantasmas de la noche se sobrepasen, la vela alumbrado por la menguada Luna.

Lleva muchas noches al aguardo y los percibe, pero no los ve. Así que cada vez está más ofuscado por la desconfianza y esta noche ha decidido levantar la losa y desenterrar el cadáver. Cerciorado de que no hay rastro de semen en su vagina, cabizbajo, aún cree que los malos espíritus la gozan a escondidas, burlándose de él. Por eso ha decidido ir a por ellos, anegando la tumba con toda su sangre.

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Grito. Vía.

 

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19 Julio 2009

Sones mágicos

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.
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Yo creía un error tratar de vivir cada día como si fuera el último. Estaba seguro de que la existencia debía de tener un ritmo equilibrado con lo que se pretende alcanzar y lo mío era la felicidad sostenida. Por otro lado, siempre pensé en lo efímero de nuestra existencia sin obsesionarme; de hecho, nunca hice el famoso test : "¿Cuánto tiempo te queda de vida?".

Después de lo ocurrido, ahora cavilo de otra manera. La rapidez con la que, a veces, suceden los hechos, me ha cambiado la percepción del tiempo. ¿Qué son los ritmos naturales? ¿Qué sincronía debemos tener con ellos? Palabrerías de gente que se olvida de que el ser humano carece de verdaderas opciones ante su propia vida.

Todo empezó cuando mi sociable y elocuente amigo me contaba con su simpatía habitual, en el café donde solíamos coincidir a la hora de almorzar, algunas aventuras vividas durante sus recientísimas vacaciones en el interior del gran desierto: el Sahara. Siempre había sido un trotamundos y en esta ocasión no lo fue menos. Afrontar el último reto en solitario le pareció toda una machada y recorrió de tal guisa con su todoterreno misteriosas rutas por un mar repleto de olas de arena dorada y así me lo contaba:

"Un día me pasó algo muy grande e inexplicable; llevaba atascado en la cresta de una duna gigantesca varios días sin poder salir de ella, a pesar de mi experiencia y de todas las técnicas empleadas hasta la saturación. Ya derrotado, acabada el agua y advirtiendo que cambiaría el tiempo, me introduje en el vehículo a la espera de que pasara el destino y dejara alguna puerta abierta por la que poder escapar de tanta ansiedad.

Los cielos no tardaron en tupirse vistiéndose de gris perla brillante con nubes extrañas y largas, como cuerdas de cáñamo, ásperas y deshilachadas. El viento que soplaba se volvió inquietante e incisivo, limando las aristas de mi coche; y yo dentro, tras el cristal protector observando como, poco a poco, el arenal iba trepando sobre la carrocería con el ánimo de engullirme sin miramientos.

Por instantes, la cúpula cenital pareció transformarse en un inmenso espejo que reflejaba la furia del desierto, alumbrándose de oro rojo; y las nubes ahora eran colinas movedizas plagadas de surcos cada vez más profundos, deslizándose con furia de huracán. Parecía estar asediado por gigantescas serpientes agrietadas reptando y huyendo del más perverso de los dioses. Todo empezaba a ser excesivamente espeluznante; y yo, inmóvil, encerrado.

Era un hecho que el Sol se había aliado con el temporal incrementando el ímpetu de sus rayos para así agotarme de ardor diabólico hasta partirme los labios y desecar mi alma. Estaba desaparecido por todo el sufrimiento, en aquella inmensa soledad que no dejaba de ajarme. Acabé sintiéndome un trozo de carne en un horno avivado hasta el infinito.

Cuando ya no aguardaba nada inverso, entre el sonido fuerte del paisaje trastornado creí oír la reverberación penetrante de una chirimía. No acertaba con la dirección pero estaba claramente llegando a mis oídos, unas veces con mayor intensidad y otras, más apagada. El misterioso instrumento sonaba con insistencia hasta que, de pronto, por el último resquicio del parabrisas, vi una figura humana diminuta sobre un camello de tres jorobas y, de inmediato, se obstruyó el paisaje dejándome sepultado por los infinitos y minúsculos granos, empapado en un sudor pesado.

Sin saber por qué, se instaló el silencio e intuí que en el exterior una gran calma presidía el vacío, como si la última racha violenta hubiera acarreado con la pesadilla, dejando dormidas a las mil colinas de oro. Ante la pertinaz tranquilidad decidí salir de mi refugio para confirmarlo y fue entonces cuando descubrí que había finalizado todo. Frente a mí estaba el misterioso y pequeño hombre vestido de puro blanco que, al verme tan desfallecido, me saludó con un gesto amigable y calmoso.

Aquella tranquilizadora presencia fue como encontrar un trébol de cuatro hojas. Y cuando le supliqué un poco de agua, sosegadamente, descargó de su montura unas cañas de bambú, cuerdas y telas. A continuación, montó una estructura que recordaba a los cometas pero mucho más grande y, aprovechando las reminiscencias de la tormenta, la hizo volar sobre las corrientes de aire tenue hasta recibir los fuertes vientos de la gran altura y arribar a la nube más oscura del firmamento.

Una vez allí, el gran artefacto desapareció en su interior y el hombrecillo creó un seno con la interminable soga, me lo puso en la boca y... ¡milagro!: empezó a chorrear agua. ¡Agua bendita! ¡Maravilloso líquido que da la vida! No paraba de gritar de entusiasmo mientras bebía hasta saciarse, llenaba mis depósitos y retozaba locamente con aspavientos de alegría."

Sin darme tiempo a asimilar lo acontecido, redujo la altura del cometa y lo dirigió hacia una turbulencia y, mientras lo mantenía girando como loco, amarró el cabo al parachoques de mi coche, y con un giro de muñeca hizo que el artefacto diera un tirón tan fuerte que extrajo de inmediato el vehículo de su prisión dorada, como si hubieran arrastrado de él un numeroso grupo de fornidos camellos. La facilidad con la que gobernaba aquel complejo de fuerzas me dejó atónito. ¿Cómo podía dominarlo un hombre solo y tan pequeño? El desierto siempre te fascina con sus misterios."

Después de contarme el asombroso relato, me confesó que no le fue posible cruzar ni una sola palabra, que los intentos por saber quien era fueron inútiles. Se marchó montando su irreal camello. Y al desaparecer en el horizonte ondulado dejó una estela melodiosa repleta de notas mágicas de aquel instrumento del desierto, que se mezclaron con los reflejos de un espejismo. Mi amigo, tras quedarse agradablemente suspendido, emprendió de nuevo la partida. Pero esta vez no iría solo: esa música melodiosa se adueñó de él y la tuvo como compañera el resto de la travesía.

Pasados unos días, en plenas fiestas de la ciudad y en la misma cafetería, coincidí con él. Estaba sentado en la barra amplia y caliente de madera de Oregón. Su natural saludo efusivo hizo que me acercara y pidiera unas cervezas frías para los dos. Después de comentar los últimos acontecimientos festeros estuvo en silencio más de lo acostumbrado, sosteniendo su vaso, mirándolo con insistencia. A la vez que, ensimismado, pasaba un dedo sobre el vaho del cristal.

Cuando se dirigió de nuevo a mí lo hizo muy serio y, con un inusual susurro, me dijo: "oye, si te interesa, tengo unos tanques de puta madre a buen precio". Lo miré detenidamente pensando que estaba bebido o bromeando y, al percatarme que no era así, mis piernas temblaron y la mente se vació de contenido. Volvió a insistir: "son una ganga, he pensado que por el mismo precio podría incluirte algún que otro carro blindado". Salí de allí como alma que lleva el diablo. Preguntándome cómo puede mudar de aires una mente lúcida, repentinamente, de la noche a la mañana.

Desde entonces, cuando lo dejan libre, sigue ofertando sigilosamente por todos los bares de la ciudad su armamento pesado. No sé si lo han hipnotizado los infinitos arenales, las noches plagadas de estrellas mágicas del gran desierto o sus oscuros vientos. Apesadumbrado, dudo que pueda salir de ese laberinto sinuoso que le hace subir y bajar constantemente en un camino eterno donde se hunden las pisadas. Y pido que escuche de nuevo los sones mágicos de aquella chirimía para que le remedie la vida el misericordioso y divino enano.

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Imagen de Chirimías. Estas son peruanas [instrumento declarado allí patrimonio cultural], aunque dos conservan el nombre morisco [zurna, ghaita o mizmar] y otras dos el de la sierra [chirisuya]. Con orígenes en el s VIII, es antecesor del oboe y de la dulzaina. Aquí ya se comentó su importancia en la música otomana y, posteriormente, en las fanfarrias y los pasacalles. Pueden escuchar algunas interpretaciones de España, México o Perú, así como su relevancia en la música árabe actual. Vía cantera de sonidos. [+]

Solo de chirimía. Vía Demo synth new. [+]

 

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12 Julio 2009

“La maricona”

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.
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Por ser "maricona" acabó en la cárcel más aislada de su querido y retrógrado país. Y lloraba sus penurias mientras le penetraban el cuerpo, una y otra vez, sin su beneplácito, todos los compañeros de celda y algunos más. Soñaba con escapar de aquella calamitosa estructura de poder represor con algún cambalache en el que formara parte primordial su sorprendente cuerpo. Pero lo prometido no siempre es deuda y se retorció de malicia cuando se le esfumaron los sueños después de haber amado a todos y cada uno de los guardas que se le insinuaron.

Perdido en la evocación de los días ardientes de amor y sufriendo el calor infernal de un sol imposible de minimizar, empapado en sudores, miraba por la diminuta ventana de su mísero espacio el desierto interminable que presagiaba una imposible escapada. A pesar de ello, cavilaba constantemente la forma de salir de aquel aterrador lugar. Pero siempre concluía llorando su desgracia por haber terminado en una isla rodeada de dunas imperecederas por todas partes; sólo el azul del cielo le hacía sentir que la esperanza podía llegar a ser una realidad alguna vez.

Una fecha que nunca olvidaría se reencontró con un personaje ya mayor, por el que se dejó amar en su vida libre, hasta hartarse y desaparecer. Su ex-hombre acababa de salir del lóbrego y subterráneo calabozo de castigo, después de habitarlo durante casi dos años. Sorprendentemente, porque nadie lo había hecho con vida. La convivencia en la penitenciaria parece que hizo olvidar viejos rencores y odios, y los volvió íntimos e inseparables. Y quiso el destino que con el tiempo, el viejo le revelara su grandiosa obra: un túnel en el calabozo que atravesaba el subsuelo más allá de la última alambrada. Preguntado por qué no se escapó, le dijo que las inhumanas condiciones de vida y el trabajo descomunal que hizo, le habían dejado disminuido y hecho una piltrafa crónica incapaz de afrontar la durísima marcha del éxodo. 

Desde entonces sólo pensaba en ser él quien, como joven y fuerte, aprovechándose de esa milagrosa infraestructura, pudiese llevar a cabo su plan definitivo y abandonar la injusta reclusión. A la espera de que quedara libre el atroz lugar, estuvo aprendiendo durante largo tiempo, junto a su gran amigo, las técnicas de supervivencia en el desierto y el método que tendría que llevarle al otro lado, donde compensaba la terrible soledad y el miedo. Por eso cuando ya estuvo todo claro y dispuesto, protagonizó un conflicto grave para ser castigado con la estancia en el consabido calabozo y así poder descubrir el camino hacia la libertad.

La noche era apacible como su mueca esperanzadora. Mientras fue cruzando el inmenso patio conducido a trompicones por la autoridad, notó un nostálgico y agradable viento dulce y suave del nordeste que le provocó la sonrisa en su maltrecho rostro. Lo bajaron arrastrándole los pies desnudos y sanguinolentos por los peldaños de tierra hasta que fue conducido en volandas al fondo del túnel. A continuación, le dejaron caer violentamente en un foso lúgubre y encharcado de inmundicias, gritándole mientras cerraban la trampilla de hierro colado: "¡maricona, esperamos que te pudras!".

Una vez se supo solo, no pudo contener la alegría y soltó una carcajada histérica al tiempo que rebuscaba inútilmente entre la perpetua oscuridad, el prometido e inexistente camino de la liberación.

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Mazmorra, en el suelo y con trampilla de hierro, del Castillo de Blackness, fortaleza escocesa del siglo XV. Imagen original en color, de Brian Harris,  vía Ovejas Eléctricas.

 

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5 Julio 2009

Nuevas despedidas

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.
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Admiraba los majestuosos cipreses del cementerio municipal, árbol de bienvenida -a la muerte y a la vida- esperando que llegara el entierro del padre de un gran amigo. Cuando entré en la necrópolis me dejé llevar de inmediato por el entorno, uniéndome al itinerario del sepelio. El procedimiento para el traslado del cuerpo fue tan atípico que me causó perplejidad. ¿Dónde estaban los voluntarios para llevarlo sobre los hombros? ¿Y los carretones clásicos de ruedas?: lo cargaron sobre un palé de madera transportado por un torito, como si se pasease por última vez a través de la fábrica donde trabajó toda su vida.

Mientras cruzábamos el campo santo, la evidencia del cambio era clarísima. Imposible ver y oler las clásicas velas de cera iluminando las tumbas, que habían dejado el paso a la última generación tecnológica: las luces de diodos led. Las flores naturales, made in china, ahora eran de eterno plástico. Y las fotos sepia ya eran en color y éstas desistían ante el avance de las pantallas lápida que, como vulgares televisores, reproducían con exceso de volumen los momentos estelares de sus vidas, rompiendo el bendito silencio.

Después de un gran trecho donde el voceo sepultó al murmullo, llegamos a un nuevo espacio: cientos de mininichos dispuestos para albergar las cenizas de toda la reducida familia que los quisiera estrenar, y, al final, en una pequeña plazoleta con tres farolas solares, los nichos corrientes, en los que caben los féretros de siempre. Allí estaba dispuesto un grupo de cuarenta.

El de nuestro difunto se encontraba en el último piso, más cerca del limbo, nivel cuatro, y el torito lo subió lentamente como si fuera una ofrenda industrial a los cielos. En ese momento nos percatamos del excelente día soleado, pues los rayos incidían en los muchos adornos metalizados del ataúd: bisagras, cantoneras, asas, pomos..., importunándonos. Ya se comentaba entre la gente del sepelio el excelente nivel y aspecto de su interior: fruncido con seda sobre guata y cubre cuerpo bordado. Todo un lujo para ser del seguro.

Cuando llegó a su cota los operarios se dispusieron a introducirlo por la justa y estrecha boca. Iniciado su ingreso, vieron que el pecho del precioso crucifijo de bronce lúcido que sobresalía de la tapa, tropezaba impidiendo su entrada. Decididos, lo desclavaron de inmediato y una vez la caja en su interior, lo situaron a un costado, donde cabía holgadamente.

La viuda, al ver lo sucedido y adelantándose al sellado y colocación de la lápida, les pidió que se lo entregaran para tenerlo como recuerdo y desde lo alto, uno de ellos le lanzó el cristo al hijo que, asombrado por el hecho y gracias a sus buenos reflejos, lo cogió al vuelo extrañándole su peso. Al entregárselo a su madre y ésta sopesarlo, descubrió que no era de aleación alguna sino de plástico y, sollozando, le salió la destemplanza contenida: "¡coño, si es malo! Que lo entierren también con él". Mientras, desechaba el pañuelo de papel, sacándose del bolsillo uno inmaculado y fino de lino blanco.

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Dibujo sobre proyecto de elevador mecánico tipo torito. Grafismo vía wikitecno [original en color]. Existen otros tipos también utilizables en campos santos, más apropiados.

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28 Junio 2009

La mosca tigre

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.
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Hace ya muchos años, en una playa mediterránea extensa y agreste, plagada de dunas conmovidas por las brisas, las gaviotas de patas amarillas anidaban con agrado al cobijo de los enebros de costa o cercanas a las campanitas rosadas de mar. Allí se las podía ver formando bandadas en la arena, con respeto, esperando la salida del sol. Después, a efectuar espectaculares picados y rapidísimos ascensos sobre las olas, como cometas codiciosos. Y cuando divisaban las barcas de pesca se ponían detrás, en sus popas, siguiendo la estela de agua y espuma, a la espera del descuido.

Frente a ella, los días despejados, mucho más allá de las praderas de falsas algas de Posidonia, en la línea del horizonte del este, donde el cielo se macera, se veían sobresalir los acantilados de unas pequeñas islas volcánicas que gozaban de la paz del retiro. Sus tierras y riscos, salpicados por reprimidos arbustos, repletos de escorpiones y serpientes, emergían de las aguas profundas y enigmáticas donde fosforecía el Pez Hacha. Por encima, en las aguas azul oscuro, invernaba el Pez Ángel, un tiburón rayiforme, y un poco más arriba, cerca de la superficie descarada, donde la luz comenzaba a ser intensa, erraba el enigmático y pesado Mola mola, el Pez Luna.

Cuando el verano incitaba a mojarse, aquella playa salvaje mudaba su espectáculo pausadamente, llenándose de sombrillas que se abrían de inmediato hasta configurar un campo de flores gigantescas, urgentes, de múltiples colores y dibujos geométricos; extraños pétalos con flecos movidos por el viento. Y las gaviotas dejaban el lugar a los bañistas que, ansiosos por tantear sus olas, se agolpaban en las aguas trasparentes brincando con divertimento. Algunos se refrescaban haciendo pie y pasándose pelotas alegres de diversos tamaños que a veces eran llevadas por las corrientes lejos de sus despagados dueños

Una vez yo estuve allí, con toda esa gente y se me acercó un periodista de la cadena de radio local. Estaba formulando preguntas en directo a cualquiera que se le arrimara para, a través de su programa, dar testimonio de la actualidad turística de la zona. Y micrófono en mano se interesó acerca de lo que pensaba sobre el ambiente. En un segundo, me puse serio y le señalé que el día estaba siendo preocupante porque la Mosca Tigre estaba atacando abiertamente en la zona.

Se quedó extrañado y atento, pues nunca había oído hablar de dicha mosca e insistió que le hablara sobre el tema. Con voz clara y rotunda le dije que a pesar de ser un insecto volador exclusivo de las islas y de reducida resistencia de vuelo, los del club deportivo habíamos comprobado que últimamente se alojaban en los hoyaos de las velas multicolor de los catamaranes que navegaban cercanos a sus costas. Así llegaban descansadas a nuestra playa con la intención de morder los pechos de los bañistas y chupar su sangre caliente.

La noticia resonó por todos los aparatos de radio y transistores de los oyentes que atentos a mis explicaciones aumentaron el volumen. El presentador insistió que siguiera, lo cual hice después de sacudir en el aire a una incierta Mosca Tigre que me rondaba. Le comenté que el mayor peligro lo corrían las mujeres cuando llevaban los bañadores mojados, recién salidas del mar. E insistí: "a estos insectos malditos les gusta introducirse por el interior del bañador húmedo hasta el pliegue de la base del pecho y allí, a gusto bajo la tela fresca, iniciar su dolorosa incisión.

Mis palabras, a través de la ampliación de las ondas y las continuas repeticiones con exceso de énfasis del entrevistador que advertía, una y otra vez, del peligro que suponían las telas húmedas en los pechos, empezaron a causar un revuelo que alteró a todo el mundo. Por momentos vi, con verdadera expectación y asombro, cómo todas las mujeres que abarrotaban la playa iban despojándose poco a poco de la parte superior del bikini y las que vestían bañador se lo bajaban hasta el talle sin ningún pudor. Parecía que ya tenían la excusa para sentirse más bellas y seguras que nunca.

Aquel hecho provocado por una broma de verano revolucionó a la gran ciudad y desde entonces abrió los ojos a las mujeres aceptándolo como un símbolo de libertad y en los meses de agudo calor, todo el arenal se engalana de hembras descubiertas. Como siempre ocurre, algún avispado quiso promocionarlo por todo el mundo. Y como decir ‘desnudez de cintura para arriba de una mujer' era complicado, le llamó topless. Y yo, gracias a mi sentido del humor y fantasía, estoy orgulloso de ser el máximo responsable de una moda universal.

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Catamaranes varados en la playa de El Gurugú [Castellón, España]. Fotografía del autor del relato [original en color].

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Sobre mí

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El quicio de la mancebía (EQM)

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Apoyado en el quicio, perplejo y preocupado ante una sociedad blanda que pasa de historias, tratando de averiguar por qué chirría con su amado óxido. Para mis adentros. Será la edad (España).



La partida continúa hasta la derrota del terrorismo. Fot. Mitxi.

Algunas versiones de 'Ojos verdes' ['Apoyá en er quisio de la mansebía...']:

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Dña. Concha Piquer. Vía Aiseilles.

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Aquí para escuchar el collage digital [dueto] de Rocío Jurado & Pasión Vega.

Aquí para escuchar a Isabel Pantoja.

Aquí para escuchar a Carlos Cano.

Aquí para escuchar a Amália Rodrigues.

Aquí para escuchar a Concha Buika.

Aquí para escuchar a Martirio.

Aquí para escuchar a Rocío Jurado.

Aquí para escuchar a Plácido Domingo.


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