Cantantes y futbolistas en vaqueros
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Han fallecido tres grandes: José Luis López Vázquez [España, 1922-2009], Claude Lévi-Strauss [Francia, 1908-2009] y Francisco Ayala [España, 1906-2009].
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El óbito de la cultura general
Si en España preguntas a la gente mayor por López Vázquez, Lévi-Strauss y Ayala, sólo los mayores recordarán al primero y prácticamente nadie a los otros dos.
Si tal interrogante se lo formulas a la juventud, es muy posible que te digan que el primer personaje es Rosa, la de Operación Triunfo; el segundo sus vaqueros soñados; y el último el defensa argentino del Zaragoza.
Esto es lo que hay.
El otro día. con motivo de la festividad de todos los santos, los medios se hartaron de decir que los cementerios estaban invadidos de familiares, plenos de recuerdos y cariño. Otra tradición a extinguir porque, que yo sepa, en las grandes ciudades, salvo excepciones menguantes, sólo los ricos se inhuman. El resto, ¡al crematorio!
Con la pérdida de la cultura general -es el sino pretendido- acaban desapareciendo las particulares. Entre ellas, la cultura de la muerte. Y no será por la falta de fallecimientos. Ahora se muere uno en dos ocasiones: a partir de los 60, lentamente, entre la general indiferencia, y bastante más tarde, cuando, casi centenario, te acabas muriendo de una puñetera vez.
Pronto, ni te acompañara el crucifijo en la caja.
El consuelo
Hermann Tertsch en ABC, 04-11-09.
EN dos días nos han dejado tres personalidades muy distintas. Pero todos ellos con ese algo en común que es la excelencia, en lo que hacían y en lo que eran. Y la admiración profesada hacía ellos. Murió antes, el domingo, el antropólogo Claude Levy Strauss. Nos enteramos ayer. Iba a cumplir los 101. Un día después murió aquí en Madrid José Luis López Vázquez, uno de los grandes de la escena española. A los 87. Y ayer moría Francisco Ayala, un granadino universal que tenía todo el siglo XX español en su magnífica y generosa cabeza, lúcida hasta días antes de morir. Había cumplido 103 años. No hace mucho que le saludé por última vez junto a su casa de la calle Orellana en la terraza de la cervecería Santa Bárbara.
La muerte de personas admiradas, como la de las más cercanas, nos produce una impresión que trasciende a nuestra admisión lógica de la muerte como final irremediable de todo ser humano, más allá de las creencias. Despierta además una especie de consuelo por la convicción de que pronto o tarde compartiremos su suerte. En estos casos siempre recuerdo las palabras del poeta checo Jaroslav Seifert viendo en sueños a un amigo asesinado durante la ocupación nazi:
«Veía los gestos familiares de sus manos, pero cuando quería dirigirme a él, se marchaba hacia su oscuridad», escribía Seifert.
Y luego añadía:
«No soy muy riguroso cuando digo que los muertos vienen a nosotros. No es así. Eso es un engaño que nos hacemos porque en realidad somos nosotros los que vamos hacia ellos. Cada día estamos más cerca. Un día engrosaremos sus filas y entraremos en los sueños de quienes dejamos atrás».
Biografías [wikipedia]
José Luis López Vázquez de la Torre (Madrid, 1922 - Madrid, 2009) fue un actor español que se formó en el Teatro de las Organizaciones Juveniles y en el TEU, pero también era figurinista y escenógrafo, faceta en la que destacó durante los años cincuenta y sesenta en obras como El casamiento engañoso de Gonzalo Torrente Ballester, Adèle o la margarita, de Jean Anouilh, El grillo, de Carlos Muñiz o Clerambard, de Marcel Aymé. Fue ayudante de dirección de Pío Ballesteros y Enrique Herreros y en 1946 debutó como actor con la obra El anticuario, en el Teatro María Guerrero; su carrera cinematográfica comenzó en 1951.
Formó parte de las compañías de Conchita Montes y de Alberto Closas. En esta faceta de actor teatral se recuerdan especialmente sus actuaciones en La plaza de Berkeley, El vergonzoso en palacio, Crimen y castigo, Historia de una escalera, Después de la niebla, Don Juan Tenorio, El calendario que perdió siete días, La dama boba, Las maletas del más allá, El abanico, Kean, Cena de matrimonios, Cartas credenciales, ¡Amoor!, Equus, La muerte de un viajante y El manifiesto, entre otras. En el cine interpretó en un principio papeles cómicos haciendo pareja con Gracita Morales, pero hacia los años sesenta empezó a actuar en películas dramáticas y llegó a aparecer en más de 200 largometrajes, de los que rodaba varios al año; en 1971 apareció como actor en nada menos que once filmes. La mayoría son comedias al uso firmadas por los prolíficos directores José María Forqué, Pedro Lazaga y Mariano Ozores, pero otras veces son trabajos de más entidad para directores como Carlos Saura, Jaime de Armiñán, Pedro Olea, Antonio Mercero, Manuel Gutiérrez Aragón, Mario Camus, Juan Antonio Bardem, Marco Ferreri y Luis García Berlanga.
Entre sus trabajos para el cine destacan títulos como Plácido, El verdugo, Peppermint Frappé, Atraco a las tres, La prima Angélica y la trilogía de Patrimonio nacional, de Luis García Berlanga, con quien llegó a rodar diez películas. También interpretó mediometrajes; en este género fue el protagonista de La cabina, de Antonio Mercero, que ganó un Emmy en 1973 y es considerado hoy por hoy un clásico del género del terror. También ha trabajado con directores americanos, como George Cukor en Viajes con mi tía (1972), quien intentó llevárselo a Hollywood, aunque López Vázquez prefirió quedarse en España; en televisión ha protagonizado las series Este señor de negro (1975-1976) y Los ladrones van a la oficina (1993-1996). Estuvo casado con la actriz Ana María Ventura, y luego se relacionó con Catherine Magerus, con la que no pudo casarse debido a la inexistencia de divorcio y de la que tuvo dos hijos, José Luis, dedicado al cine y Virgina, fallecida en 1994. Posteriormente tuvo otras dos hijas con la periodista Flor Aguilar; en sus últimos días se le relacionó con la actriz Carmen de la Maza.
Entre otros premios obtuvo el Ricardo Calvo (1982), el del Espectador y la Crítica (1982), la Medalla de Oro al Mérito en la Bellas Artes, la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo y el Premio Nacional de Teatro. También le concedieron la I edición del Premio Nacional de Teatro Pepe Isbert, que otorga la Asociación de Amigos de Teatro Circo de Albacete, hoy Amigos de los Teatros de España (AMITE)
Claude Lévi-Strauss (Bruselas, 1908 - París, 2009) fue un antropólogo francés, una de las grandes figuras de su disciplina, fundador de la antropología estructural e introductor en las ciencias sociales del enfoque estructuralista basado en la lingüística estructural de Saussure. Dado el peso de su obra, dentro y fuera de la antropología, fue uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX.
Hijo de padres judíos franceses de origen alsaciano. Realizó sus estudios en París, en los liceos Janson de Sailly y Condorcet. Estudió Derecho y Filosofía en la Sorbona. No continuó sus estudios de Derecho, solo los de Filosofía en 1931. Después de trabajar unos pocos años de docencia en enseñanza secundaria, aceptó una oferta de última hora para ser parte de la misión cultural francesa en Brasil, país al que serviría como profesor visitante en la Universidad de São Paulo.
Vivió en Brasil desde 1935 a 1939, y allí llevó a cabo su primer trabajo de campo etnográfico, dirigiendo exploraciones periódicas en el Mato Grosso y la selva tropical amazónica. Ésta fue la experiencia que cimentó su identidad como profesional de la antropología.
Volvió a Francia en la víspera de la Segunda Guerra Mundial y fue movilizado de 1939 a 1940 al estallar ésta. Después del armisticio se trasladó a Estados Unidos, donde impartió clases en la New School for Social Research de Nueva York. En esta ciudad conoció y trató al lingüista Roman Jakobson, cuya obra fue fundamental para la evolución de sus ideas.
Llamado a Francia en 1944 por el Ministro de Asuntos Exteriores, regresó a Estados Unidos en 1945. Tras un breve paso por la embajada francesa en Washington como agregado cultural (1946-1947), regresó a París para doctorarse en la Sorbona tras presentar tesina y tesis (1948): La vida familiar y social de los indios Nambikwara y Las estructuras elementales de parentesco.
La primera obra fue publicada al siguiente año, e instantáneamente reconocida como una de las más importantes de la antropología, con una crítica favorable de Simone de Beauvoir, que la vio como un importante estudio de la posición de la mujer en las culturas no occidentales.
Su obra con título análogo a la famosa Las formas elementales de la vida religiosa, de Émile Durkheim, Las estructuras elementales de parentesco, reexaminó cómo las personas organizaban sus familias en un trabajo muy técnico y complejo. Mientras los antropólogos británicos como Alfred Reginald Radcliffe-Brown sostenían que los parentescos estaban basados en la ascendencia de un ancestro común, Lévi-Strauss pensaba que estos parentescos tenían más que ver con la «alianza» entre dos familias, cuando la mujer de un grupo se casaba con el hombre de otro. A diferencia de Radcliff-Brown, quien consideraba a la familia nuclear como la unidad del sistema de parentesco, Lévi-Strauss pensaba que no era la familia nuclear la unidad, sino la relación entre dos familias, es decir, la alianza que se produce entre dos familias cuando un hombre entrega a su hermana a cambio de otra mujer.
Entre 1940 y principios de 1950, Lévi-Strauss continuó publicando y cosechó éxitos considerables. Con su regreso a Francia, se implicó en la administración del CNRS y el Museo del Hombre, antes de llegar a ocupar un puesto en la École Pratique des Hautes Études.
Siendo Lévi-Strauss ya conocido en los círculos académicos, en 1955 publicó Tristes trópicos. Este libro era esencialmente un viaje novelado, sobre sus expediciones etnográficas en Brasil entre 1935 y 1939. En él hizo un uso exquisito de la prosa, la filosofía y el análisis etnográfico, hasta lograr una obra maestra. Los organizadores del Premio Goncourt, de hecho, lamentaron no estar capacitados para premiarlo, porque Tristes trópicos era técnicamente un relato de no-ficción.
El pensamiento salvaje, de 1962, supuso una verdadera conmoción en las ciencias humanas, por su reconocimiento del trabajo mental del mal llamado «primitivo», por su defensa de una ciencia del neolítico, heredera además ya de una tradición investigadora anterior, que conseguía clasificaciones de toda la realidad natural (y social) mediante el uso de 'propiedades sensibles', de procedimientos analíticos no tan alejados de su objeto como hará la ciencia moderna.
Los cuatro tomos de sus Mitológicas (1964-1971) constituyen una de las obras más decisivas y originales de la antropología del siglo XX, con su acercamiento singular a la mitología americana; analiza en ellas los «mitemas» o elementos significativos de miles de éstos por medio de todo tipo de oposiciones (alto/bajo, crudo/cocido, seco/húmedo, etc.).
En 2008, al cumplir los cien años, apareció una selección de su obra en la colección de La Pléiade, que está dedicada habitualmente a ciertos escritores consagrados. En ella se recogían asimismo piezas inéditas.
Las teorías de Lévi-Strauss se exponen en Antropología estructural (1958). En sus obras, influido por Durkheim y Mauss, preconiza la aplicación del método estructural de las ciencias humanas. Asevera que un auténtico análisis científico debe ser explicatorio.
Lévi-Strauss ha gozado de un lugar preeminente entre los investigadores que afirman que las diferentes culturas de los seres humanos, sus conductas, esquemas lingüísticos y mitos revelan la existencia de patrones comunes a toda la vida humana. Gracias a él, hoy se tiende a rechazar los enfoques etnocentristas en la investigación etnológica humana a favor de los estudios orientados a comparar las tecnologías de los pueblos otrora primitivos en oposición a Occidente; se valorarían sus clasificaciones de la naturaleza o el diagnóstico de enfermedades, por ejemplo.
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Francisco Ayala García-Duarte (Granada, España, 1906 - Madrid, 2009) fue un escritor español.
A los dieciséis años se trasladó a Madrid, donde estudió Derecho y Filosofía y Letras. En esta época (1922/23) publicó sus dos primeras novelas, Tragicomedia de un hombre sin espíritu e Historia de un amanecer.
Colaboró habitualmente en Revista de Occidente y Gaceta Literaria. Residió en Berlín entre 1929 y 1931 durante el surgimiento del nazismo. Se doctoró en Derecho en la Universidad de Madrid e impartió clases en la misma.
Fue letrado de las Cortes desde la proclamación de la República. En el comienzo de la Guerra Civil se encontró dando conferencias en Sudamérica y, durante la misma, ejerció como funcionario del Ministerio de Estado.
Al caer la República se exilió en Buenos Aires, donde pasó diez años trabajando y colaboró en la revista Sur, en el diario La Nación y en la editorial Losada; asimismo, cofundó con Lorenzo Luzuriaga la revista Realidad.
Posteriormente, aún en la década de los cincuenta, Ayala se trasladó a Puerto Rico, país en el cual impartió cursos en la Facultad de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, invitado por el Decano de dicha institución, el renombrado jurista Manuel Rodríguez Ramos. Desde el archipiélago de Puerto Rico viajó a Estados Unidos de América, donde impartió clases de Literatura española en las universidades de Princeton, Rutgers, Nueva York y Chicago, aunque también mantuvo estrechos lazos intelectuales y culturales con Puerto Rico, donde igualmente vivieron largos exilios los renombrados Pau Casals y Juan Ramón Jiménez, entre otros españoles.
En 1960 regresó por primera vez a España. Desde entonces, volvió todos los veranos y compró una casa. Se reintegró a la vida literaria. En 1976 se instaló definitivamente en Madrid, donde continuó su labor de escritor, conferenciante y colaborador de prensa. En 1983, a los 77 años, fue elegido miembro de la Real Academia Española; leyó su discurso de ingreso un año después. Hasta muy avanzada edad ha seguido escribiendo con plena lucidez. En 1988 obtuvo el Premio Nacional de las Letras Españolas; en 1990 fue nombrado Hijo Predilecto de Andalucía; en 1991 fue galardonado con el Premio Cervantes y en 1998 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
La crítica ha dividido generalmente la trayectoria narrativa de Francisco Ayala en dos etapas: la anterior y la posterior a la Guerra Civil Española.
En la primera etapa, anterior a la Guerra Civil, escribió Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925) e Historia de un amanecer (1926), que se inscriben en una línea narrativa tradicional. Con El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930) abordó la prosa vanguardista. En ambas colecciones de cuentos predominan el estilo metafórico, la brillantez expresiva, la falta de interés por la anécdota, la fascinación por el mundo moderno.
Tras un largo silencio, Francisco Ayala inició su segunda etapa en el exilio con El hechizado (1944), relato sobre el intento de un criollo de entrevistarse con el rey Carlos II que formó parte en 1949 de Los usurpadores, libro compuesto por siete narraciones cuyo tema común es el ansia de poder. La historia sirve aquí para reflexionar sobre el pasado, a fin de conocer con mayor profundidad el presente. También en 1949 publicó La cabeza del cordero, conjunto de relatos sobre la Guerra Civil, en los que presta mayor atención al análisis de las pasiones y comportamientos de los personajes que a la crónica de unos acontecimientos externos. Muertes de perro (1958) constituyó una denuncia de la situación de un pueblo sometido a una dictadura, al tiempo que presentó la degradación humana en un mundo sin valores. El fondo del vaso (1962) es un complemento de la novela anterior, que está presente en este nuevo relato a través de los comentarios que de ella hacen los personajes. La ironía se convierte en el recurso central de esta obra, aunque una mayor comprensión hacia el género humano va sustituyendo al desprecio. En algunas ocasiones, como en El hechizado, se acercó al mundo existencial y absurdo de Franz Kafka, con una denuncia implícita de la inmoralidad y estupidez del poder.
Después de estas novelas Francisco Ayala siguió publicando relatos, como los recogidos en El As de Bastos (1963), El rapto (1965) y El jardín de las delicias (1971), libro que se basa en el contraste entre la objetividad satírica de la primera parte, «Diablo mundo», y el tono evocativo, subjetivo y lírico de la segunda, «Días felices». En 1982 apareció De triunfos y penas, y en 1988 El jardín de las malicias, donde recogió seis cuentos escritos en diferentes épocas de su vida.
Gran importancia tiene también su obra ensayística, que abarca temas políticos y sociales, reflexiones sobre el presente y el pasado de España, el cine y la literatura.
Escribió unas memorias: "Recuerdos y olvidos" (1982, 1983, 1988 y 2006). Fue miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada. En noviembre de 2003 recibió en su ciudad natal el nombramiento de Socio de Honor de la asociación Granada Histórica, manifestando que ese, «tal vez, había sido uno de los momentos más bellos de la última etapa de su vida, pues tras casi un siglo de sentirse granadino por el mundo entero, ahora se reconocía por los propios granadinos».
Su relato El tajo fue seleccionado en la antología de cuentos de la Guerra Civil Partes de guerra, a cargo del escritor Ignacio Martínez de Pisón.
Fue miembro de la Academia Europea de Ciencias y Artes desde 1997.
El 15 de febrero de 2007 se convirtió en el primer depositario de la Caja de las Letras del Instituto Cervantes de Madrid.
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NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.




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