Amores que matan de verdad.
(Colaboración especial de El xiquet (niño) de Columbretes).
Hay tantas mujeres a quienes rondar, que genera cavilación.
Pero cuando la adolescencia quema como un Piquillo de Lodosa no importa: todas son deseables.
Uno, entonces, es capaz de disimular los defectos y potenciar las virtudes hasta hacerles brillar sus ojos.
Qué bueno ganar amores y conseguir retozar con ellos.
No afecta el riesgo.
Sentir que vibra el cuerpo de inmediato, es básico.
Que la vista pierda campo y se cierre en un ángulo agudo sobre ella, lo único que se desea en ese instante.
Sólo se es capaz de oír las frecuencias que seducen.
En cambio, un hombre maduro hará sus oportunas reflexiones antes de adentrarse en lo desconocido.
Recelará de la pasión porque sabe que le puede arrastrar a un exceso de confianza; encontrarse con el fracaso más rotundo y caer lesionado.
Pero cuando la sobrada experiencia no es capaz de frenar el ímpetu que aún queda en el cuerpo y la fascinación obsesiva por el riesgo obliga a dar siempre un paso más, puede ocurrir que se acabe cortejando a la puta muerte.
Si, sucedido el caso, brotara el delirio de retirarla de la profesión, el peligro se volvería tan amenazador que su hedor se adentraría hasta en su propia familia y los límites se diluirían con las lágrimas, borrando el camino de vuelta.
Y ya nadie en su sano juicio concedería crédito alguno.
¿Por qué, entonces, ese galanteo con la banda terrorista?
En este caso, ¿Audaces fortuna iuvat? (la fortuna ayuda a los audaces. (Virgilio, Eneida, X, 284).

Atrapada (2003). Lijohan M. López. (Venezuela).


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