El auténtico centro.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
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Cuento.
(En homenaje al poeta Charles Baudelaire)
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Esperó a que la noche velara las montañas y a que las estrellas crearan la única discordancia. Y cuando las ventanas del pueblo se apagaron salió hacia el pequeño cementerio saltando su viejo muro desconchado, dejándose caer en el campo santo.
Una paz se instaló en su ánimo. Hacía tiempo que estaba solo y quería estar acompañado de sus muertos, y de nadie más. Dos colosales cipreses permanecían quietos en la noche calma, presidiendo el centro geométrico. Sus ramajes tupidos impedían ver sus espíritus, nutridos de presencia humana.
Se acercó a aquellos árboles de porte columnar crecidos con llantos y acarició sus hojas deprimidas, y sus esféricos frutos, diminutos globos inflados de lágrimas secas. Sintió cargarse de su energía, consecuencia del dolor perenne, el que les había hecho fuertes.
Después recorrió una por una, todas las tumbas de sus amigos muertos recordando momentos jóvenes y cumbres, vividos con regocijo y tristeza; sonriendo y frunciendo el ceño. Que pandilla de tallos tiernos.
Pasó frente a los suyos, aquellos que fueron de la familia, que la crearon día a día hasta hacerla grande, extensa y unida en su variedad. Como los colorines, juntos en el mismo estuche. Hablillas, intrigas, amor... Hubo de todo, para aprender de todos. Maestros de la vida.
Dejó para el final la visita a su mujer: hermosura por todos los lados. Anverso y reverso idénticos, limpios, suaves. Ningún paraje oscuro. Siempre alegrando a la desafiante vida.
Se sentó en la lápida y cerró los ojos. Sus dedos acariciaron el nombre labrado. Braille de la añoranza. Cuanto te echo de menos...
A continuación, extrajo dos botellas de vino tinto y empezó a gozarlo. Seguía la quietud del aire y sin embargo las ramas de los cipreses se agitaron de arriba a bajo. Dos sombras se deslizaban sobre ellas. Cuando hubieron descendido se fueron a su lado y lo abrazaron.
Parecían mirarle, y mientras absorbían sus lágrimas, les propuso beber la noche. Ahogarse hasta perder la vista de lo cercano y descuidar la nostalgia.
Cuando brotó la mañana en la tierra de los difuntos él, dormitando la embriaguez entre los fabulosos cipreses, ocupaba el auténtico centro: la vida.
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El Xiquet de Columbretes (2006). Todos los derechos reservados.

Título de propiedad de sepultura del siglo XIX (para ver ampliada).
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sangonereta dijo
Solo en el amor y en los cuentos de hadas, la muerte es el penúltimo capítulo de una resurrección final.
Vivan las ideas, que nunca mueran, porque es la peor de las muertes.
Y en el xiquet ideas: haberlas,haylas.
4 Abril 2006 | 12:23 PM