La playa del coco. Carta de una cotorrera.
(Colaboración especial de Burriana, París y Londres)
Estimadas busconas:
He estado alojada unos días, invitada por mis amigos Charles Darwin, Thomas Huxley y Ernst Haeckel, en la paradisíaca Isla de Cocos, en donde hemos preparado unas notas de cara a la Asamblea que sobre el origen del hombre se va a celebrar en Oxford durante el mes de junio. Y que después os contaré.
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Frag. de retrato de Charles Darwin, 1840. George Richmond, 1809-1896 (Inglaterra).
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El ambiente está muy caldeado, dicen que mi amigo Charles Darwin afirma que el hombre desciende del mono, que lo de Adán y Eva es mentira, que la Biblia es un cuento y que el mundo no había sido creado a las 9 de la mañana del 23 de octubre del año 4004 AC. Los obispos están que trinan y culpan, además, a un francés llamado Lamarck.
No, no, no, Pablo Iglesias todavía no ha fundado el PSOE.
Las Cocos son unas islas de coral de aguas transparentes, playas de blanca arena y cielos azules y maravillosos. Su vegetación está dominada por los cocoteros. Su clima es uniforme y cálido, benignamente atemperado por las brisas y corrientes del océano Indico. Sin turistas y alejadas del mundanal ruido. Y a solo a unas millas de la costa de Sumatra.
Almejas como no habéis soñado, perros que pescan, tortugas marinas tan grandes que sirven de calesas, nativos de ensueño que ni os cuento, y un cangrejo comedor de cocos, que os gustaría conocer- con las patas en forma de pinzas, atenaza al coco, le da la vuelta y le extrae la carne-, una admirable perfección de la naturaleza. ¿ Acaso un antecesor de nuestra especie cotorrera?
El viaje según lo previsto lo efectuamos desde las costas australianas a bordo del bergantín “Beagle” capitaneado por Robert Fitz-Roy a finales de abril. La singladura fue tranquila, salvo en una zona de baja presión acompañada por vientos fuertes que superaban los cuarenta nudos, y que gracias a la autoridad y al arte de navegar de nuestro experto capitán pasó desapercibida.
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Portada de la edición original de El origen de las especies, 1859. Charles Darwin, 1809-1882 (Inglaterra).
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Estos son mis amigos y conocidos:
Charles Darwin, 5 años viajando por todo el mundo, a bordo del Beagle, como naturalista. Su excitante y extraordinario periplo fue el inicio de una nueva concepción en el origen y evolución de las distintas formas de vida de la Tierra. En un solo día se agotó la primera edición de El origen de las especies.
Decía que todas las especies vivientes proceden de otras anteriores y solo sobreviven los más fuertes. Y además toda esta fortaleza se heredaba y se transmitía a su descendencia.
Todo era nuevo para mí. Charles me explicaba: imagínate cotorrera una zona de la tierra donde hace mucho calor, tú sabes que cuando tomas mucho el sol te vuelves morena, casi negra. Y si hace mucho, mucho sol el hombre se vuelve negro para poderse defender de los rayos solares. Y en esas circunstancias los hombres blancos desaparecen quemaditos o agotados por su poca resistencia. ¿Y quien sobrevivirá en esas condiciones? Pues aquellos que por la razón que fuera se han vuelto negros. Y a follar y a reproducirse, y una raza nueva. Vivir para ver.
El amigo Huxley comentaba que en todos los cerebros que había examinado de monos catarrinos (los del Viejo Mundo, decía) y platirrinos (los titís o monos americanos) no había encontrado ninguna diferencia con el cerebro de los cadáveres de humanos que había analizado en el cementerio civil de Londres. Un activo propagandista.
De Ernst Haeckel no me fiaba, alemán, chulo, se creía superior a nosotros, se encantaba con las medusas, defensor de las clases sociales y de la “lucha de la existencia”, y en un alarde de imaginación dijo aquello que el “hombre desciende del mono”. Y sin televisión se hizo más famoso que Maradona.
Yo no entendía nada, estaba más preocupada por mi bronceado y por mi malayo que por estos tres locos. Con el capitán hice varias excursiones cortas por el interior de la isla, y me enseñó a distinguir el alcatraz rabilargo del diminuto y tentador alcatraz falicorto. Yo creo que tenía celos del isleño.
La asamblea de Oxford.
La Universidad de Oxford fue el escenario. Se habían reunido todas las mentes privilegiadas de las ciencias y de la religión, para poner a parir a los tres. A la cabeza su obispo, Samuel Wilberforce, con porte episcopal y seguro de sí mismo.
Los estudiantes aplaudían y gritaban, el clero pedía cabezas, las damas agitaban sus pañuelos, los niños llorando y dando por el culo como siempre. Gresca total.
Charles Darwin calladito, y de pronto el obispo que reconoce al joven biólogo Thomas Huxley le espeta irónicamente: “¿ Sostiene usted acaso que desciende de un mono por parte de su abuela o por parte de su abuelo?”, Huxley replica: “Preferiría descender de los monos, tanto por línea paterna como materna, que descender de un hombre culto que prostituye la cultura y la inteligencia al servicio del prejuicio y de la falsedad”. Alboroto espectacular. Las guardias desalojan la sala. Se acabó.
Darwin es ahora reconocido como el creador de la biología moderna. Durante su vida no recibió honor oficial alguno. Eso sí , está enterrado en Westminster.
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Fotografía de Samuel Wilberforce, 1805-1873, con su perro favorito. Dean de Westminster y Obispo de Westminster y de Oxford (Inglaterra).
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Ernst Haeckel agonizó sin pena ni gloria.
El nieto de Thomas, Aldous Huxley, murió de una sobredosis de LSD.
Fitz-Roy se cortó el cuello un domingo 30 de abril.
Y Lamarck, lo averiguáis vosotras.
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Burriana, París y Londres (2006). Todos los derechos reservados.
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Ricardo dijo
Un trabajo extraordinario.
Simplemente eso.
Enhorabuena.
Ricardo.
29 Abril 2006 | 02:54 PM