No es fácil resurgir.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Cuento.
Se fue de casa, partió sin estar yo, aprovechando mi ausencia, como hacen los ladrones. Me robó el esfuerzo de muchos años, de casi toda una vida. Ilusiones..., expectativas incumplidas día tras día y ruegos al dios de turno para que no me abandonara; todo fue baldío.
No lloré. Sólo encharque los ojos, sin llegar a desbordarlos. No se puede llorar cuando ya está todo muy seco. Además, los lloriqueos son para las mocosas confiadas, las que no se esperan los acontecimientos que alcanzan a desmoronar la estructura de la mente.
Recuerdo la primera vez que le vi como me impactó su imagen; me convirtió de inmediato en suya. Ese día descubrí que los flechazos existían y, herida por la pasión, quise que la saeta fuera infinita para que me siguiera traspasando continuamente, hasta mi muerte.
Desde entonces surgieron los problemas de trato diario, llegando a establecer años de incomprensión. Pero lo ambicioné tanto que jamás permití que se desmoronase nuestra convivencia.
No quiso que lo viera alejarse, ver su espalda convertirse en un punto y después... en recuerdos. Me dejó sola, con su olvidado transistor, el que utilizaba en el lecho para evitar quererme.
Ahora, las noches con su radio son menos oscuridad y más madrugada. Siempre la misma emisora de FM, hablando de fútbol. Como cuando estaba a mi lado, presente en mi vida. Y me duermo acunada por los comentaristas deportivos, mis padres de fortuna.
Ha pasado el tiempo y soy incapaz de alejarme del aparato, lo llevo a todas horas encima, haciéndome compañía, viviendo una ficción que me está desequilibrando. Por eso he resuelto abandonarlo en el contenedor de la basura. Librarme de él definitivamente. Curarme esta locura.
El dormitorio está a oscuras, con el ventanal abierto entrando el aire fresco del silencio y yo sin dormirme, luchando contra mis fantasmas.
Dependencias incesantes que me apretujan los pensamientos.
Cuando la serenidad de la noche logra relajar mis párpados creo oír una música que de inmediato me despeja, reconociendo claramente la sintonía del programa deportivo. Es el receptor de mi hombre que me llama.
Bajo de inmediato hacia el basurero, miro el transistor y no lo toco, me da miedo. No entiendo el misterio de su puesta en marcha, lo dejo como estaba, con su programa favorito, y me alejo esperando que se agote su energía.
Apoyo la cabeza sobre la almohada y cierro los ojos, he decidido olvidarlo para siempre. Ya no me queda tiempo que perder. Me siguen llegando voces de las ondas que no quiero escuchar, es tarde y atranco la ventana.
¡Que me releven las estrellas! Y, por fin, me duermo.
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Imagen de radio con mantón de Manila. Colección Pepe Camacho (España).
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rosa dijo
Muy bueno columbretes, eso se llama fertichsmo o así ¿no?
A mi me pasa con el olor de mi hombre.
Huele fuerte, a trabajo, y
me gusta que me toque antes de ducharse.
Pero no se lo puedo contar a nadie por que parece una cochinería.
Rosa
12 Mayo 2006 | 09:56 AM