¡Me dejáis solo, compañeros!
En 1937, con veintisiete años, Miguel Hernández escribía en Nuestra Bandera sobre su participación en los combates librados en los alrededores de Madrid, Boadilla del Monte, Pozuelo:
“En una de las forzosas retiradas que tuvimos hacia Madrid, en la primera en que me vi envuelto, me sucedió algo significativo. La artillería, la aviación, los tanques enemigos se cebaban en nuestros batallones, sin más armas que fusiles y algún que otro cañón, que no volvía el alma al cuerpo al oírlo de tarde en tarde. Nos retirábamos, por no decir que huíamos, dentro del más completo desorden. Las encinas de las lomas de Boadilla del Monte temblaban a nuestro paso enloquecido, y algunos troncos se precipitaban degollados bajo las explosiones de las granadas.
En medio del fragor de la huida, de los cartuchos y los fusiles que los soldados arrojaban para correr con menor impedimento, me hirió de arriba abajo este grito: “¡Me dejáis solo, compañeros!”. Se oían muchos ayes, muchos rumores sordos de cuerpos cayendo para siempre, y aquel grito desesperado, amargo: “¡Me dejáis solo, compañeros!”. ¡A mí me falta y me sobra corazón para todo!
En aquellos instantes sentí que se me desbordaba el pecho; orienté mis pasos hacia el grito y encontré a un herido que sangraba como si su cuerpo fuera una fuente generosa. “¡Me dejáis solo, compañeros!”. Le ceñí mi pañuelo, mis vendas, la mitad de mi ropa. “¡Me dejáis solo, compañeros!”. Le abracé para que no se sintiera más solo. Pasaban huyendo ante nosotros, sin vernos, sin querer vernos, hombres espantados. “¡Me dejáis solo, compañeros!”. Le eché sobre mis espaldas: el calor de su sangre golpeó mi piel como un martillo doloroso. “¡No hay quien te deje solo!”, le grité. Me arrastré con él hasta donde quisieron las pocas fuerzas que me quedaban. Cuando ya no pude más le recosté en la tierra, me arrodillé a su lado y le repetí muchas veces: “¡No hay quien te deje solo, compañero!”
Y ahora, como entonces, me siento en disposición de no dejar solo en sus desgracias a ningún hombre.”

Miguel Hernandez (1910-1942) poeta y dramaturgo (España).
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El relato es de una belleza, ritmo y dramatismo sin igual. Es la guerra hecha realidad. La crueldad de las guerras, de todas las guerra: incluso las diarias, aquellas por las que nadie sale a la calle protestando.
Porque la gente muere y mata por sus ideales, pero también por intereses o necesidad. Y siempre hay heridos. En todas las guerras.
Guerra es la disputa despiadada por un poco de alimento lanzado desde un opulento helicóptero occidental; la contienda egoista por un puesto de trabajo; la legítima defensa; la liza por el favor de una mujer; La pugna por un mejor salario...
Ahora a eso se le llama competencia, disfrazando de eufemismos la desigualdad. Y a la matanza del cerdo, tradición, mientras sacrificamos, no siempre con estricto control veterinario, millones de animales, que nos sustentan aterrorizados.
Por eso me asombra la facilidad con que se vende el 'no a la guerra', pretensión tan ilusa como el sí a la justicia, a la solidaridad, a la paz.
Olvidando, de paso, las beligerancias colectivas: la lucha de clases, de civilizaciones, de culturas, de creencias, todas inherentes a la condición humana.
Si malo es no tener ideales, mucho peor siquiera ideas.
Educados, plácidamente, estúpidamente, en el ¡No a la guerra! -que no es lo mismo que el tratar de evitarla- sin saber la majadería que estamos diciendo, al vivir en la permanente batalla de todos los días y de todos los hombres (y mujeres).


Carlos dijo
Terrible y estremecedora la descripción poética de M. Hernandez.
Sobre la reflexión posterior de elquicio, sólo me cabe añadir que cada vez es más evidente que la gente no tiene ni puta idea de nada.
Porque no tiene ni puta idea.
13 Junio 2006 | 09:56 AM