Música para una acción desesperada.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
La explosión del cartucho de un arma de fuego, hizo que se apretara contra el suelo hasta volverse extraplano. Décimas de segundo después recibía una lluvia de astillas de nogal que habían estado formando parte, hasta entonces, del robusto marco de la puerta tras la que se parapetaba. A continuación, le empezó a sangrar un costado de la cara intimidándolo de tal modo que lo volvió incapaz de reptar con soltura por aquella estancia repleta de huellas violentas. Hasta que, por fin, con un silencioso esfuerzo, logró protegerse de nuevo.
Cuadros, cortinas, mesas y lámparas mostraban con frialdad las marcas de los perdigones de grueso calibre que les habían perforado, arrebatándoles toda la gracia con la que fueron creados. Y el suelo estaba cubierto por centenares de pequeños vidrios, restos de cálidas paredes trasparentes, que ahora eran frías amenazas.
Se encontraba en las oficinas universitarias de la ciudad donde residía, rodeado de cadáveres indiscriminados que añoraban ser velados por sus familiares. Jóvenes y viejos, trabajadores y alumnos, que ya no madrugarían los días. Se enfrentaba a un asesino despiadado y sólo podía entender tanta agresividad humana desde la distorsión mental que puede llegar a producir una mala educación, la falta de autoridad de la familia.
—¡Seguro que de niño no habrá tenido un padre como Dios manda! ¡Un padre rígido y responsable!- masculló.
Acababa de hacer uso de su pequeño Colt para advertirle al poseso por la locura que él también podía hacerle daño. La reacción de aquel incomprensible ser fue tan desproporcionada que sintió que se le caía la pared medianera, tras la que se cobijaba, al recibir tres disparos seguidos que rompieron una ventanilla corrediza, creando brechas infernales por donde se le fue todo el aliento. Era la primera vez que se hallaba ante una situación tan violenta y, por momentos, quiso imaginarse que era todo producto de un mal sueño; pero la cruda realidad se le imponía de manera determinante.
Cuando intentó quitarse los cristales de todo su cuerpo, notó un dolor agudo en el muslo, que mostraba una herida sangrante.
—¡Sádico homicida! ¡Si hubieras tenido un progenitor con mano dura no te habrías desviado!- maldijo entre dientes.
Pronto se olvidó de sus males al ver como la abundante sangre que manaba de la última victima de ese miserable mal nacido, se acercaba lentamente, amenazándole con teñirle la chaquetilla. Pero no debía moverse, tenía que estar quieto, al acecho; sin provocarle. Era conveniente hacer las cosas bien.
El inconfundible miedo le atravesó como un gran estoque, dejándolo suspendido. Llegó a dudar si valía para su profesión: la vigilancia privada. Mientras rehacía su espíritu combativo, empezó a notar como se le impregnaba el uniforme. Era el reguero de muerte que le había estado acechando. Giró la cabeza y miró hacia su origen: un joven cuerpo rechoncho, con una cara de ángel rubio. Estaba en un rincón con sus miembros desfallecidos, la mirada de auxilio y el gesto de incredulidad y desesperanza.

No podía hacer nada por aquella pobre mujer. Debía de evitar dejarse llevar por los sentimientos; cerró los ojos y apretó los dientes para no llorar. Tenía que estar templado para enfrentarse a aquel criminal.
La planta de oficinas era grande y había conseguido cercarlo antes de que llegara al despacho del rector, permaneciendo esta área fuera del alcance de su fuego. Por allí huían todos los que se libraron milagrosamente de la entrada diabólica. El revuelo que se percibía cesó con rapidez, hasta volver al silencio de lo imprevisible. Parecía que no quedaba nadie y, entonces, se sintió solo.
Era incapaz de olvidar las últimas palabras de su compañero y amigo cuando, poco antes, le hizo portavoz de su despedida, ahogándose en su propia sangre. Entonces, se le humedecieron los ojos al tiempo que su móvil le advirtió de un mensaje. Era su hijo:
—“¡Animo sargento, demuestra lo bueno que eres!” -
—¡Este niño...!- balbuceó.
Frotándose las mejillas pensó, sonriendo, en la suerte que tenía el muchacho, pues en esa jornada carecía de clases; en la abuela, enferma pero viva, y en su mujer; que ya no estaba y que desde el cielo le protegía, aunque seguro que le seguía recriminando su duro carácter.
Todos los intentos por hacerse una idea de cómo era su enemigo fueron en vano; no contestaba a sus ruegos y preguntas y se ocultaba como un experto para disimular su rostro. Había descartado que fuese una mujer o “un mocoso de mierda”, por su forma de moverse y comportarse. Además se había corrido la voz de que iba con el rostro pintado de camuflaje. Quizá se trata de un hombre mayor con experiencia en el combate, posiblemente de la guerra del Vietnam, especuló.
—Tengo que ir con mucho cuidado, no debo de confiarme; un antiguo empleado de esas características, que por resentimiento estuviese dispuesto a vestir su venganza de todos los rojos posibles, podía llegar a ser muy peligroso- concluyó.
Les separaba únicamente la anchura del pasillo central. La tarde estaba pasando y la luz empezaba a escasear haciendo más incómoda la visión y, entre tanto, cavilaba como detenerlo sin correr mayores riesgos. Intentó persuadirle para que saliese con las manos en alto y lo dejara todo, haciéndole creer que estaba rodeado; su respuesta no se hizo esperar. Seis fogonazos proyectaron hacia donde se encontraba, cien bolas de plomo que irrumpieron en la sala, a ras del suelo, abriendo un boquete enorme en el rodapié y dejando un olor a pólvora. Incienso mortal que lo invadió todo.
Sin moverse ni un ápice y con los párpados apretados, disparó su pistola tres veces con el ánimo de recordarle que seguía con vida y que le haría imposible la huída. Abrió los ojos y notó enseguida un picor en el costado y, al palparse, se dio cuenta que estaba tocado. Le pareció que tenía alojada una de esas mortíferas bolas pesadas entre la piel y creyó tener suerte.

—No entiendo como todavía no ha venido la policía, seguro que están todos los medios de comunicación, y ellos sin presentarse- musitó desesperado.
Inmediatamente se puso a alimentar el tambor de su revolver. Respiró con profundidad para relajarse y después de superar su desconfianza puso en práctica una idea. Hizo sonar, al máximo volumen, un reproductor de música que yacía en el suelo, para evitar que el silencio delatase sus movimientos y decidió introducirse en el conducto del aire acondicionado para, así, cruzar el pasillo hasta sorprenderle.
Lo había visto numerosas veces en las películas de acción; era su secuencia preferida y estaba convencido de que podía hacerlo. Su complexión y agilidad le facilitarían el acceso. Estaba decidido a acabar con aquel pistolero hijo de puta.
El compacto, una inesperada versión tropical de las canciones de Los Beatles, empezó a girar reproduciendo And i love her. Al mismo tiempo intentaba, con muchas dificultades, colarse por el conducto, subido a una mesa deteriorada por la refriega. Las heridas le empezaban a molestar más de lo esperado y cuando hubo embutido la mitad de su cuerpo finalizó la canción, teniéndose que quedar colgado junto al mutismo. Completamente inmóvil, sin hacer ruido, esperaba impaciente el siguiente tema del CD, para poder continuar. Era un momento crucial. En ese instante, dos tiros de escopeta rompieron el silencio arrebatándole el zapato derecho y destrozándole los dedos del pié.
El inicio de Ob-La-Di, Ob-La-Da, le permitió explayar su dolor insultándole con la voz exaltada:
—¡Cabrón, cabrón! ¡Cien veces cabrón, hijo de puta! ¡Voy a terminar contigo!-
A continuación, empezó a arrastrarse por el oscuro y reducido conducto que le dirigía hacia el homicida, sufriendo el padecimiento de sus múltiples heridas, que dejaban un cruel reguero de sangre.
Se impulsaba con los codos silenciosamente, bañado en su sudor, por encima de aquel canalla desnaturalizado al que no tardaría en ver a través de la rejilla. La melodía continuaba cubriendo su difícil y ajustado trayecto y el delincuente seguía callado, sin decir nada.
Cuando faltaba menos de un metro para llegar a la ventanilla quiso la fatalidad que un nuevo tiempo muerto del compact disc coincidiera con el arrastre de su pierna mal herida. El minúsculo sonido hizo girar bruscamente al pistolero que, como un autómata, disparó al techo todo su mortífero cargador, haciéndole revolverse de dolor oyendo los compases de Yesterday.
La policía, recién llegada, asaltó la zona barriendo con fuego cruzado el pequeño despacho donde se encontraba el pistolero. No le dieron cuartel, ni siquiera dudaron un momento; acabaron con él en pocos segundos. Posiblemente una bala piadosa fue la causante del violento silencio de los Beatles
Mientras, en el interior del conducto del aire, al guardia jurado le abandonaba urgentemente su sangre al unísono que lo hacía la vida, y asomando su última mirada por uno de los boquetes se quedó perplejo, enmudecido ante el inexplicable hallazgo. El asesino que estaba en el suelo en posición fetal y acribillado, con una escopeta automática entre sus brazos, era su propio hijo.
El Xiquet de Columbretes (2006). Todos los derechos reservados.
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Celia Cruz 1925-2003, (Cuba). Tropical Tribute To The Beatles
(1996). Ob-La-Di, Ob-La-Da [4:42]. Original de The Beatles, en
The White Album, 1968.
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NOTA.- Las imágenes y música son de la exclusiva responsabilidad de elquiciodelamancebía. Fuentes del rifle y pistola.


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gloria dijo
formidable mezcla de literatura y música.
gracias.
22 Octubre 2006 | 12:27 PM