Nieves.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
Está empezando a rayar el día y me invade una inmensa envidia al admirar la valentía del Sol por darse a conocer en toda su desnudez, mostrando lo que es: pura energía. No le importan las nubes por negras que sean; sus rayos, como alfileres, siempre acaban hilvanándolas de luz. Seguridad infinita para encenderse y brillar cegando a los que miran. Descaro diario de una fuerza que se consume.
Por el contrario, la timidez es el marco de mi existencia. Siempre he querido salir de mi calidad temerosa estirando el ánimo para llegar más allá, sin conseguirlo. Me enfurece saber que viviría mas intensamente sin el lastre de la cobardía. Por que eso es lo que soy: un cobarde que no se atreve a enfrentarse a los problemas, a las nuevas situaciones que se me presentan. Y si hablo de amor... ¡Madre mía¡ Es... como tener una soga en el cuello, que te ahoga la confianza impidiéndote llegar al otro lado, donde se da todo.
El aire puro que viene del mar se cuela por los dos dedos que he dejado libres en la ventanilla, refrescando la cabina y despertándome del hipnotismo de la autopista. Llevo dos horas al volante y me queda otra más para llegar al área de servicio, donde está Nieves.
Sé su nombre por casualidad; se lo oí decir a una compañera suya. Desde que me la encontré al final del self-service, con su máquina registradora esperando valorar mi bandeja, no he sido el mismo. ¡ Dios mío ¡ No me la puedo quitar de encima. Siempre estoy pensando en ella.
Voy sentado sobre toneladas de hierro, controlando una gran potencia capaz de marear a todas las ruedas con la mínima presión del acelerador. Desde aquí arriba domino todo, pero cuando aparco y bajo a la realidad, eso se acaba. Como si me volviese más pequeño, más débil, sin fuerzas para seguir como antes. El camión continúa siendo el mismo, imponente, y yo desaparezco víctima del nuevo nivel de sustentación.

¿Por qué esta manera de ser? La gente, habitualmente, se comunica sin problemas y cambia de amistades con cierta facilidad; sin embargo, yo me aterrorizo sólo en pensar que puedo perder las pocas que tengo.
Hoy hace seis meses que la conocí y todas las semanas, desde entonces, paso a verla a la ida y la vuelta de mis viajes. Nunca he sido capaz de decirle nada. Cuando llega el momento crucial, me arrugo hasta volverme mudo, pero esta semana he acumulado el valor necesario. Siento que lo llevo en la espalda, como una mochila de esperanza que me hace sentirme feliz y seguro.
Un verdadero amigo me hizo el favor de hacerle una foto sin que se enterara y la he convertido en mi estampa preferida. Imagen robada que endulza mi trabajo y mi sueño. Siempre está a mi lado. Forraría todo el parabrisas con ella para no poder ir a ninguna otra parte. Esos ojos oscuros, llenos de luz. Esas pequeñas manos de largos dedos calientes. Sé que lo son por que así se lo hizo saber a una compañera, que los tiene siempre fríos:
—Ese problema únicamente lo tengo en los pies— le dijo.
Pero lo que más me atrae es su sonrisa. No se como definirla..., es del todo imposible. Hay mujeres que no son nada hasta que sonríen. No es el caso, aunque para mí podría perfectamente perder todo y quedarse con la sonrisa. Con ella lo dice todo. No le hace falta hablar. Sé que es dulce, alegre y paciente, sólo con el preludio de su risa.
Me gustan sus maneras. Su gracia, su belleza, su sencillez; es elegante sin pretenderlo. Todo tan natural en ella... . Tengo suerte de tenerla en mi ruta, pero si no fuera así no me importaría distraer todos los kilómetros del mundo para sentirla cerca. Estoy necesitando tanto contemplarla, que me está entorpeciendo la mente.
El tiempo pasa y el primer aviso lo marca una señal informativa: “A cinco kilómetros, área de servicio Los Madroños” Disminuyo la velocidad. Quiero centrarme en el momento que voy a vivir. Sumar toda mi energía para el instante en que me encuentre frente a ella. Tengo que repasar una a una las palabras que debo decirle. Sería más natural que la invitara a tomar un café fuera de su trabajo, naturalmente. Si accediera me gustaría decirle tantas cosas...

El sonido descarado del intermitente me recuerda los segundos que pasan y los pocos que me quedan. Mientras entro en la zona de aparcamiento pienso en todo lo que te debería decir, Nieves.
Me encantaría decirte lo que te quiero, Nieves. Calentar tus fríos pies con mi aliento hasta derretirte entre mis brazos, Nieves. Hacerte ver que estás en mi maravilloso futuro. Que serás la primera en sentir mi verdadera ternura. Cubrirte con mi cuerpo para llenarte los oídos de nubes y decirte despacito que mi camión llevara tu nombre, Nieves.
El nerviosismo me obliga a pasar por los servicios y aprovecho para asearme adecuadamente. El pelo recién cortado me da un aire más joven y la americana un porte más elegante. No quiero causar mala imagen.
Cualquier detalle puede ser fundamental para mi suerte. Aprovechando una automática he sacado lustre a mis viejas botas. Se dice con frecuencia que es muy importante sonreír aunque no hables; lo hago frente al espejo y efectivamente soy otro; así es que salgo descarado de dentadura.
No quiero pensar que estoy desnudo sin mi camión. Mi paso es decidido y mi voluntad definitiva. Abro la puerta del restaurante y al fondo está ella. Sabía que no me iba a fallar. Tenía que estar esperándome, sin saberlo, porque en el fondo, hoy, comienza algo grande.
Me pongo en la cola como uno más y mientras voy escogiendo entre los diferentes platos del día, procuro no mirarla. Tengo que hacerlo de sopetón, sin prepararme nada, cuando le presente la bandeja, o mejor... después, sí, cuando le pague será el momento idóneo. Elijo agua mineral, no quiero que piense que estoy bebido, además siempre daré mejor impresión.
Me siento tan nervioso que las piernas empiezan a fallarme y tengo que asirme con fuerza al mostrador. Por momentos noto que muero de vergüenza. Estoy obligado a seguir el ritmo trepidante de la cola y al verme tan cerca del final me desinflo tanto, que dejo pasar a una pareja con un niño. No sé lo que me está pasando, pero mis fuerzas se desvanecen por momentos. Quiero ir hacia ella y al mismo tiempo escapar de todo esto que me está trastornando la vida.
Debo ser fuerte y afrontar el reto como lo tenía previsto. Para eso he estado preparándome todo este tiempo. ¡ Cómo voy a dejar pasar la ocasión!
Mientras reflexiono sobre mi gran momento, mis contradicciones me machacan y mil dudas se mezclan con la voluntad de vencerlas. Me da la sensación de que toda la gente sabe lo nuestro, menos ella. La cola continúa y deslizo mi menú con parsimonia, sin querer llegar antes de lo previsto por mi ánimo.
Estoy tan cerca, que sólo me separa de ella un hombre joven y bien vestido. Parece decidido y simpático, pues no paran de hablar y reírse. No cabe duda, se conocen y se tienen confianza. No siento ningún parecido con él; me veo tan mesurado, tan prudente... . Soy un aburrido que está dispuesto a una locura imposible. Sufro un peso exagerado en la misma boca del estómago. Quisiera diluirme, camuflarme, escapar, para no ser visto por nadie.
No me atrevo a mirarla a los ojos. Le presento lo que he decidido tomar y oigo teclear con decisión el ordenador. En un instante me entrega el recibo de caja. Por parte de ella no ha habido ningún detalle especial. No me ha sonreído ni me ha dirigido la palabra. Claro, no sabe nada. La veo absorta en su trabajo. Saco el monedero y le pago con exactitud.
¡Ahora es el momento! —me digo. ¡Ahora es el momento! —vuelvo a decirme mientras retiro la bandeja. ¡Ahora es el momento! —me reitero, huyendo tímidamente del lugar y reafirmándome con insistencia.
Sólo la proximidad de mi mesa preferida me alerta del nuevo fracaso.
El Xiquet de Columbretes (2006). Todos los derechos reservados.

Frag. de 'Nieves' (1919) de Julio Romero de Torres.
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Foto 1. Foto 2. Foto 3.


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Elisa dijo
Cuando uno de los dos transmite al otro exceso de energía positiva, o sensación de transmitirla, el receptor de esa realidad o perceptor de tal virtualidad nunca será feliz.
Y lo que es peor, nunca poseerá ni siquiera convivirá con la persona que tanto nirvana le proporciona.
Por eso, al llegar junto a ella, se desmorona. Es demasiado para él, aunque sea irreal, y su mente se defiende de la gran diferencia.
Los que, desgraciadamente, siguen adelante, acaban siendo unos desgraciados, porque el amor desequilibrado les convierte en peleles y la pareja involuntariamente dominante quiere una caña que no recibe.
Me encantó cómo lo cuentas.
Precioso.
19 Noviembre 2006 | 09:27 AM