Escritos a la muerte de un dictador.
Jorge Edwards en El País, 121206. Vía Caffè Reggio, 121206.
La Plaza Italia de Santiago de Chile, límite entre el centro de la ciudad y los sectores del oriente precordillerano y de más altos ingresos, ha sido invadida por los enemigos de Augusto Pinochet. Hay grupos que celebran con champaña, gente que salta y que canta, fotografías de Salvador Allende, banderas chilenas y de los partidos socialista y comunista, mezcladas con alguna bandera venezolana, boliviana, argentina.
Todas flamean al viento primaveral, en medio del bullicio; la emoción es compartida, solidaria, profunda, y podríamos agregar que tranquila. Una joven periodista de la televisión, hija y nieta de abogados comunistas, se exhibe encima de una camioneta envuelta en el pabellón tricolor.
La desaparición del general Pinochet es una fiesta popular, con ribetes folclóricos, pero más pacífica, por lo menos hasta este momento, que los triunfos del equipo de fútbol de Colo Colo. Lo que llama la atención es lo siguiente: que muchos de los gritos están dirigidos contra Lucía Hiriart, la viuda. Algunos piden que devuelva el dinero que se robaron, que "nos robaron". Otros esperan que llegue pronto el turno de ella.
Los partidarios del general, que han salido en buen número de sus madrigueras y que se reúnen en las calles adyacentes al Hospital Militar de Santiago, lloran en forma histérica y exhiben fotografías de su ídolo en uniforme de gala. Aquí hay una característica que se repite: atacan a los periodistas con furia, a botellazos y pedradas. Parece que el desprestigio mundial del dictador se debe a la prensa, o a dos bestias negras conjugadas, a dos conspiraciones: la del comunismo y la de los medios internacionales.
Todavía no tenemos noticias sobre los funerales, decisión en apariencia difícil, y que el Gobierno, hasta el momento en que escribo estas líneas, no ha dado a conocer. Pero me imagino que se hará un funeral con honores de comandante en jefe del Ejército y con asistencia de la ministra de Defensa. Más no se justificaría.
Pinochet fue jefe de Estado de hecho, reconocido así por buena parte de la comunidad internacional, pero no llegó a la presidencia de la República por los caminos que indicaba la Constitución política vigente. Fue un producto de la fuerza, de la coyuntura histórica, de la anarquía económica y social que había llegado a imponerse en los últimos meses del régimen de Salvador Allende, factores que explican su aparición dentro del horizonte político chileno. Pero una explicación no alcanza a ser una justificación, y esto tendríamos que entenderlo ahora nosotros mismos.
Mi impresión personal es que la emoción, el rebrote de la polarización, de la guerra civil larvada, que estuvieron en las raíces del drama chileno, durarán pocos días y darán paso a otra cosa.
Casi fui agredido, una hora después de conocerse la noticia, en el ascensor de mi edificio por un joven violento, absolutamente alterado, que sostenía que los muertos de la dictadura se podían contar con los dedos de la mano, que habían sido demasiado pocos, pero pienso que quizá salir al exterior con la noticia tan fresca suponía una imprudencia. En todo caso, las emociones de ambos extremos pasarán, los sectores equilibrados, racionales, democráticos, asomarán a la superficie a fines de la semana, y la posibilidad de que Chile se transforme en una democracia desarrollada, bien incorporada al siglo XXI, será mucho más sólida, más visible, dentro de pocos días.
La muerte del general nos ayudará mucho, en esta periferia del mundo occidental, a superar y a cancelar de una vez por todas la guerra fría. No es poco decir. Es una manera de mirar el momento con optimismo. Y esta superación de toda una época, esta salida de los anacronismos, será útil para nosotros y podría convertirse en un modelo para la región. También hay que salir del anacronismo en Bolivia, en la guerrilla colombiana, en la Venezuela de Hugo Chávez, y hasta en Brasil y México. De una vez por todas.
Augusto Pinochet Ugarte estuvo muy lejos de ser un personaje excepcional. Le tocó estar colocado en circunstancias históricas excepcionales, pero esto es enteramente diferente. En los últimos días de Allende, fue el último de los jefes militares importantes en decidirse por el golpe de Estado; actuó en los primeros momentos con inseguri
-dad, con suma precaución, con probable miedo, pero cuando ya no hubo retroceso posible, fue el más cruel y el más extremo de todos.
Augusto Pinochet Ugarte entró a la Escuela Militar de Santiago en su adolescencia, pocos días después de la caída de la dictadura del general Carlos Ibáñez, en momentos en que los militares no podían usar el uniforme en las calles, en que la profesión de las armas era la más desprestigiada del país. Esto, para decir lo menos, revela una vocación a contracorriente, a toda prueba. Fue un profesional, un hombre de cuartel, un aficionado a las artes marciales. Hizo clases de geopolítica en la Academia de Guerra y le regaló un manual de autoría suya de esta disciplina, al final de su larga y desafortunada visita a Chile, a otro comandante de terquedad parecida, pero de ideas muy opuestas, Fidel Castro Ruz.
La ferocidad de la represión pinochetista sólo se puede entender de una manera. El general tenía un miedo visceral de que la guerrilla, apoyada por el castrismo y que florecía en los años setenta en Colombia, en el Perú y Argentina, en casi toda América del Sur, se instalara en Chile. A fines de 1978, cuando hubo peligro real de guerra entre Argentina y Chile, maniobró con tranquilidad, con astucia, y consiguió que la mediación papal, manejada por el cardenal Samoré con inteligencia florentina, evitara el conflicto.
No es fácil entender en todos sus matices los mecanismos mentales, sociales, de todo orden, que llevaron al Gobierno de Pinochet a imponer en Chile una economía abierta, de mercado, que seguía en su línea gruesa los postulados del recién fallecido Milton Friedman y de los economistas de la Universidad de Chicago. Fue, en su época, un cambio económico revolucionario, para bien y para mal, y que exigió decisiones radicales, endiabladamente difíciles. El general dio su apoyo a los economistas y los empresarios neoliberales sin la menor vacilación, en un proceso interno que no se conoce en todas sus vueltas. Muchos juristas de prestigio, miembros del centroizquierdismo actual, sostienen que todas o casi todas las privatizaciones de aquellos días fueron ilegales.
De ahí, de ese proceso de privatización a tambor batiente, salieron muchas de las nuevas fortunas del Chile de ahora. La fórmula, probablemente ilegal, fue sin duda inmoral, pero el funcionamiento más o menos bueno de la economía chilena de estos días tiene esos orígenes. A veces no conviene escudriñar demasiado en el pasado, y a veces los malos pasos iniciales reciben al cabo de los años la absolución histórica.
Los robos de Pinochet y de su familia, la cuestión escabrosa y vergonzosa de las cuentas del Banco Riggs, han sido un capítulo más reciente. Han sido, para decir lo menos, el desenlace turbio de una historia personal oscura. Muchos personajes pinochetistas de toda la vida, que no se habían escandalizado con el detalle de los crímenes, se rasgaron las vestiduras al conocer los latrocinios. El asunto tiene su sentido: el crimen se presentaba como una necesidad, por monstruoso que esto parezca. Era la razón de Estado clásica frente a la deleznable corrupción.
El general había querido proteger la retirada suya y la de su familia con un colchón de dinero. Él sabía lo que le esperaba si tenía que abandonar el poder. En estos últimos días, desde el hospital, le dijo a su familia que prefería que cremaran su cadáver y esparcieran sus cenizas para que sus enemigos no profanaran su tumba.
En su final, sus antiguos colaboradores y amigos de derecha, salvo excepciones, han preferido no dar la cara. Han sido prudentes, oportunistas. Aunque parezca extraño, el pinochetismo que ha salido a la calle es más bien populachero, de nivel francamente bajo. Y se ha manifestado con lágrimas y con insultos, con irrefrenable grosería. En resumidas cuentas, la muerte del general ha sido una nueva lección, y podría convertirse, para tirios y troyanos, para chilenos y no chilenos, en una lección bien aprendida.

Jorge Edwards, escritor, crítico literario, periodista y diplomático chileno.
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Antonio Skármeta en El País, 121206.
En los momentos cúspides de su poder Pinochet solía imaginar cientos de conspiraciones en su contra organizados por los "siñores políticos". Por algún motivo extraño, acaso dental o estilístico, no podía decir correctamente la palabra señores. Para demostrar que los "siñores políticos" querían destruir la libertad y el orden que él representaba en un célebre discurso pronunciado en el conservador Club de la Unión se convirtió en un promotor de la lectura revolucionaria: "Hay que leer a Lenin, siñores".
Bastaría leer a "Linin", afirmó, para que todas las tácticas terroristas de sus adversarios quedaran claras. No se equivocaba. Fueron los "siñores políticos" chilenos de todas las tendencias,unos primero, otros muchos después, quienes terminaron por disolver al antiguo hombre fuerte en el fetiche de una docena de ancianas.
Me imagino que esto es lo que estará en boga en la prensa hoy día: el dictador Pinochet murió políticamente antes de su muerte física. Para usar una imagen muy folklórica en Chile, el choclo, que es una pieza de maíz, se le fue desgranando poco a poco. Al final le quedaron tan pocos aliados como dientes en la boca. Esa es su derrota.
En la medida que desde 1989 se restituyó la democracia en Chile los políticos que lo apoyaban, para hacerse compatibles con las nuevas reglas del juego se fueron distanciando sin remilgos del general.
Ya en el plebiscito que lo sacó del gobierno en 1988 el connotado empresario derechista Sebastián Piñera votó contra él. Pero la novedad de este año fue que el líder del sector más conservador de la derecha, Joaquín Lavín, que perdió con el 48% de los votos la presidencia contra el socialista Ricardo Lagos el 2000, también se desmarcó del general. Movimiento tardío, pero el hombre, que aún mantiene esperanzas de aglutinar fuerzas para ser algún día presidente, estimó oportuno aplicarse una dosis fuerte de despinochetización.
Con justa razón una compungida dama pinochetista que se acercó al hospital donde agonizaba su ídolo, desplegó un artesanal cartel acusando: "Derecha dormida, Pinochet te salvó la vida". Si con la excepción de esta dama que sostenía su cartelito sufriendo estoica los 32 grados primaverales, nadie más, aparte de su familia, llora por Pinochet, ¿se puede entonces dar por buena la frase de que Pinochet murió antes de morir?
Lo cierto es que ese cartelito no es lo único que queda de él en Chile. Pinochet fue determinante, con el estilo de su retirada, en el carácter prácticamente de "unidad nacional" que el gobierno chileno tiene hoy . Aparte de cuestiones, aquí llamadas valóricas, como el aborto, la eutanasia, la píldora anticonceptiva, acerca de todos los otros temas reina un consenso básico entre gobierno y oposición, sobre todo en torno a la economía que mueve a este país. Tanto los presidentes socialistas, como los anteriores democratacristianos, fueron ovacionados por los empresarios.
El hombre fue retirándose a pasitos. Cuando el pueblo lo rechazó en el plebiscito de 1988, se reservó el título de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Cuando terminó su mandato militar que le daba esa Constitución que él mismo se había mandado hacer a la medida, se hizo designar senador vitalicio de la República. Y acaso aún hoy estaría en ese escaño parlamentario, si no hubiera tenido la peregrina idea de viajar a Londres, donde la disposición alerta del juez español Garzón lo hizo detener invocando sus reiteradas violaciones a los derechos humanos.
El mundo aplaudió con júbilo: por fin un dictador de la calaña de Pinochet, en cuyo régimen se hizo desaparecer personas, se torturó, se fusiló indiscriminada y arbitrariamente, se expulsó a decenas de miles de sus trabajos, se provocó el exilio de cientos de miles, podía ser juzgado lejos de la protección de sus camaradas de armas.
La alegría duró poco: el mismo Gobierno chileno democrático, compuesto por quienes habían sido perseguidos por Pinochet, oficiosamente actuó ante las autoridades inglesas para conseguir que al anciano "enfermo y moribundo" se le devolviera a Chile donde sería juzgado.
Cuando pisó territorio nacional en el aeropuerto de Santiago y vio que era recibido con sones marciales por sus compañeros de armas, se levantó cual Lázaro de la silla de ruedas y caminó a abrazar a su sucesor en el mando de comandante en jefe de Santiago. Un periódico ironizó con un genial titular que aludía a un film de moda con la actuación de Sean Penn: "Hombre muerto caminando" (Dead man walking).
Efectivamente se le hicieron variados cargos y la mayoría de ellos están aún en proceso. Un día lo condenaban, otro día lo absolvían, un día tenía buena memoria, otro día olvidaba. Entre tanto, aquellos chilenos que aún preferían ignorar los daños que había hecho tuvieron que convencerse que su ídolo había sido un baluarte contra los comunistas, pero no contra la corrupción: no sólo se exhibieron ante la opinión pública las atroces violaciones a los derechos humanos, sino que se develó una serie de cuentas secretas que lo implicaron en juicios de corrupción.
El dictador tuvo la buena idea de ausentarse de las sesiones del Senado. Pero si algunos de sus secuaces desembocarán a la larga en la cárcel, Pinochet en persona no la conoció: temporadas de arresto domiciliario en su mansión, breves pasantías en el Hospital Militar.Digámoslo claramente, la democracia chilena nunca tuvo fuerza para encerrar a Pinochet. Mejor aún, digámoslo aún un poco más claramente, la democracia chilena nunca quiso encerrar a Pinochet.
Esta ambigüedad es acaso, paradójicamente, la más sublime estrategia de consolidación de una unidad nacional que explica la destacada y celebradísima estabilidad y bienestar del Chile actual.
Hasta el mismo Ejército se distanció de Pinochet, pero Pinochet mismo siguió intangible, intocable, corroído pero soberano.
Sé que muchos políticos que pudieron más e hicieron menos se tragaron píldoras amargas. En su conciencia hay una desazón que no se consuela con las poderosas "razones de Estado". Aquí y allá emiten hoy consignas libertarias con singular retórica, pero éstas no cubren la melancolía de una decisión que no se tuvo.
Es el reino tortuoso de la ambigüedad. Estamos bien, estamos mal. Hicimos mucho, hicimos lo que pudimos. Del corazón para dentro sentimos de una manera, de los dientes para afuera actuamos de otra. En nuestra actual grandeza, hay mucho de pequeñez. En nuestra pequeñez hubo bastante astucia.
Esta ambigüedad hará rechinar los dientes de las autoridades que optarán hoy "por rendirle y no rendirle" simultáneamente honores de comandante en jefe y de ex presidente.
Hoy murió Pinochet. Destrozó la vida de muchas familias chilenas resolviendo, con su brutal golpe, de forma desproporcionada los problemas reales que había en la sociedad en 1973. Su herencia es por tanto más poderosa y sutil que aquel cartelito de la vieja solitaria frente al hospital. Es cierto que Pinochet terminó solo, perdiendo la batalla. En este sentido, hicieron muy buen trabajo los "siñores políticos", hayan leído o no a "Linin".
Y sin embargo, su fuga final de la justicia que no pudimos ni quisimos hacer nos deja comprometidos con la derrota, con la melancolía. En su discurso fúnebre en Julio César, Marco Antonio frente al cadáver del emperador sentencia: "El mal que los hombres hacen sobrevive a su muerte, el bien es enterrado junto a sus huesos". Enterremos a César.

Antonio Skármeta, escritor chileno.
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Arcadi Espada en El Mundo, 121206. Vía ¡Basta Ya!, 121206.
La alegría por la muerte del dictador Pinochet (abreviemos: porque ahora ya no sólo sería ex dictador sino también ex Pinochet) se extiende de lado a lado del orbe progresista. Se trata de una alegría contenida, pero perceptible en múltiples artículos periodísticos y llega al descorche en algunas calles chilenas. Incluso cuentan que, en España, un programa de televisión de claro clarín orwelliano interrumpió sus emisiones para proclamar su satisfacción, así, sin complejos.
Entre los criminales de su especie el valor simbólico de Pinochet es incuestionable. Entre otras razones porque acabó trágicamente con «la vía chilena al socialismo» y esas palabras eran muy queridas entre la izquierda, cuya única vía al socialismo, hasta aquel momento, habían sido las armas. En España Pinochet gozó de una atención suplementaria. Entre 1973, el año del golpe, y la muerte de Franco, en noviembre de 1975, se le dijo al dictador chileno todo lo que no podía decirse al dictador patrio: algo parecido a lo que había hecho Calvo Serer con De Gaulle, aunque sin la consecuencia de que volaran el edificio de ningún periódico o revista ilustrada.
Del mismo modo, y con la participación activa del juez Garzón, se le quiso juzgar por los crímenes de Franco, pretextando los suyos. Y ahora que ha muerto, corre públicamente (en grandes fotografías en los periódicos) el champán que en noviembre de 1975 sólo corrió en privado.
Todos estos detalles, incluidos los paradójicos atenuantes del caso español, basados en la evidencia de la persona interpuesta, no pueden hacer olvidar la profunda inmoralidad que conlleva la alegría por la muerte de un hombre. Tal vez se trate de un non sequitur moral, aunque lo he mirado lentamente por el derecho y por el revés. Pero todos los que exhiben la alegría de la muerte deberían hacerlo también en la hipótesis de una muerte violenta.
Es más: en la medida de sus posibilidades deberían haber contribuido a que esa muerte se produjera. Y desde luego deberían absolver a sus autores de cualquier responsabilidad en el crimen. No tengo posibilidad de discutir el tema clásico, si hay razones (y cuáles son) para justificar el asesinato del tirano, e incluso del ex tirano (este ex... ¡oscura marca de legitimidad!). Sólo que este champán desbordante, esta refundación de la necrología y este repugnante «¡viva la muerte!» son propios, peor que de un asesino, del que contrata un matón a sueldo.
(Coda: «El franquismo nos enseñó el odio, la violencia y la muerte. Pero nuestra generación no tiene otro lenguaje que el de la dignidad; en su nombre, proclamo que la muerte de Franco no es una victoria ni del pueblo español, ni de la libertad. Por tanto no celebraré esta muerte. No quiero lanzar el grito que escuchábamos hace 40 años: «¡Viva la muerte!» (Fernando Arrabal, Le Monde, 22 de noviembre de 1975.).

Arcadi Espada, periodista español.
Ver 'Yo no celebraré esta muerte' (Fernando Arrabal, Le Monde, 26 de noviembre de 1975).


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valeria dijo
LA MUERTE DEL DICTADOR
Por Valeria Bustos
Vengo llegando de las afueras de La Moneda,
(temprano estuvimos en Plaza Italia)
la emoción me embarga,
eramos miles de chilenos festejando,
con cantos , consignas, bailes, abrazos, champaña,
cervezas, challas y globos...
El Pueblo en su conjunto celebrando la muerte de Pinochet.
rostros alegres, niños, mujeres, ancianos, punks,
los del Colo y la Chile,artesas y cuicos, universitarios y obreros
madres de Detenidos Desaparecidos
con sus fotos prendidas al pecho
y sus ojos enrojecidos por las lágrimas de felicidad.
Tanta rabia contenida por mas de 30 años,
generación tras generación,
dolor tras dolor, angustias, miedos, esperanzas...
En Chile no hubo Justicia...
espero que exista otra vida
y en ella se juzgue al Tirano que tanto daño nos hizo ,
de una u otra manera, en mayor o menor grado
todos fuimos afectados por la cruel dictadura:
Ejecutados Políticos, Detenidos Desaparecidos,
Presos Políticos, Exonerados, Torturados, Exiliados,
Marginados, Excluidos...Hijos de, Padres de,
Hermanos de, Amigos de, Parejas de...
Millones de chilenos "marcados" por los aparatos represivos,
Millones de chilenos amenazados,
durmiendo a saltos hasta el día de hoy,
Millones de chilenos nacidos en la Cultura del Terror...
Chile es un Pueblo herido que hoy festejaba en el Centro
con banderas Chilenas, Venezolanas, Socialistas,
Comunistas , de La Gran Gladys Marín,
de la histórica Izquierda Cristiana,
Sólo una bandera extrañé...
de "mi querido Pueblo PPD".
Pese a ello tengo la certeza que no eramos pocos los compañeros
que allí sin banderas partidarias
o con banderas chilenas, celebrábamos junto
al Pueblo el principio del resto de nuestras vidas.
Viva Chile,
Viva la Democracia,
Viva el Pueblo Alegre
Cantando en las Anchas Alamedas.
Un abrazo fraterno y rebelde...
Valeria Bustos Arriagada
Consejera Nacional PPD
12 Diciembre 2006 | 08:45 PM