El calendario.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato Breve.
Se llamaba Lorenzo, como el gran río de América del Norte. Por el contrario, era bajo, enjuto y retraído hasta casi disiparse. Acababa de entrar en el mundo del retiro. Toda una jornada de trabajo de sesenta y cinco años, para culminarla con una pensión que era incapaz de suavizarle el rostro de cansancio infinito.
Hacía poco tiempo que ya no disfrutaba de lo único querido: su madre. Decidió dedicarse en exclusiva a ella, hasta que se ausentó de la vida; desde entonces, es una tragedia que la intuye infinita.
El piso en el que se le eternizaban las horas aún mantenía el olor de la que fue su única protectora, que procuraba retener no abriendo las ventanas. Se pasaba parte del día en el balcón, robando energía reparadora al sol. La exposición era tan frecuente que los senos de sus arrugas se veían puro blanco. Intentaba apropiarse de todos los rayos de luz caliente, para no sentir el frío de los que se quedan.
No quería tocar nada de aquel piso. Como si no se sintiera dueño de todas sus pertenencias. Siempre había estado así y no pretendía cambiarlo. En el dormitorio, frente a la cama, pensaba colgar, eso sí, aquella hoja vieja de calendario que guardaba celosamente desde su juventud. Ahora podía hacerlo. Y desnudó un marco de su paisaje, que presidían el comedor, para vestir al primero de ceremonia, con la reproducción de sus sueños: una mujer.
Aquel cuerpo de hembra desvergonzada no tenía nombre, o quizás demasiados. Esa figura exuberante y a la vez perfecta, bañada por un mar irreal, era la promesa de su mirada; y la sonrisa cómplice, la garantía del clímax. La utilizaba como una muleta en las noches grises y cojas de amor, donde sustentar su alma repleta de fantasías.
Había decidido el lugar exacto donde realizar el agujero y, al taladrar con fuerza, perdió el control sobre una broca excesivamente larga. Cuando notó que traspasaba la profundidad esperada, sorprendido, la extrajo con el temor de haber invadido al vecino. Tapándose un ojo con la mano (nunca había sido capaz de guiñar), observó la oscuridad y sintió un relajo. Minutos después colgó la alegría de su vida.
Esa misma noche Lorenzo, mientras admiraba a "su mujer", no pudo resistir la tentación de comprobar de nuevo el orificio. La descolgó y, quitando la alcayata y el taco, volvió a asomarse a la oscuridad; cuando estuvo convencido de ella y estaba por retirarse, apareció de repente la luz con la realidad más hermosa que jamás había visto. Descubrió, entonces, que el agujero comunicaba con el interior de un armario que se abría a voluntad de una juventud excitante.
Gracias a la generosidad de una puerta, supo del amor más allá del muro. De un amor de pareja con la entrega descarada, en una reciprocidad intensa. Lo soñado se hundía con el peso de la realidad de la carne, tersa y firme, que humedecía sus ojos. Se encontró viviendo con una intensidad tal, que sus piernas temblaban temerosas de no poder resistir el peso de tanta excitación, haciéndole perder, de vez en cuando, la imagen de su gloria. Ya no pudo dormir.
Las emociones sentidas en la noche de los descubrimientos borraban sus primitivas fantasías. Sólo vivía para su nuevo destino, el que lo alejaba de su vieja y enmarcada litografía. Se pasaba las horas vigilante frente al orificio de sus nuevos sueños. Ya no le interesaba el sol. Su temperatura era alta y la energía le rebosaba por todo el cuerpo. Cada minuto del día observaba impaciente las puertas del alma.
No había horario fijo para el amor y todos los días le sorprendía la belleza carnal de su juvenil vecina. Sentía la necesidad de estar más despierto que nunca, temeroso de perderse algo que sabía efímero. Pasaron los días y las semanas de ternura, al mismo tiempo que enfermaba de una pasión descontrolada. Era una locura.
Mientras las manecillas del reloj copulaban a las doce de la noche, Lorenzo, que había estado de guardia todas las horas del día, se encontraba jadeante, apoyado sobre su obsesión. La larga espera dio su fruto, y, en un instante, se iluminó todo como en el cielo. Momentos sublimes dieron paso a imágenes de tanta dulzura sexual que las delicias le entraban a raudales, produciéndole levitaciones de amor deseado.
Cuando llevaba unos minutos gloriosos y su pupila se había dilatado para dejar entrar lo más expresivo del momento, el anhelo le produjo una contracción de placer, desahogándolo sobre el estuco desconchado de la pared. En ese instante sintió un enorme e intenso pinchazo en el ojo, que le hizo retroceder de dolor, comprobando, con espanto, que le habían clavado una aguja de ganchillo. La reacción inmediata fue quitársela. Lo hizo tan violentamente que se reventó el globo ocular. Los gritos de furia y dolor se mezclaron con la ceguera, y el escándalo de sus fluidos le arrastró al espejo donde certificó su tragedia.
Después de un periodo largo de convalecencia volvió a su casa completamente restablecido, con un ojo de cristal. Un ojo que se veía pero no miraba, como un tapón que guardara eternamente la última imagen percibida.
A los pocos minutos entró en su habitación, advirtiendo que el agujero seguía intacto y que las puertas del armario estaban abiertas de par en par.
El Xiquet de Columbretes [2007]. Todos los derechos reservados.
¿Curioseando?. Max nude calendar 2000. Vía itsvery.
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



Luisa dijo
La avaricia rompe el saco. Me imagino que ahora pondrá un cristalito en medio para no perder el otro ojito. Me gustó y me lo he imaginado.
18 Febrero 2007 | 01:41 PM