Tuteos de café.

elquicio310307.
Hasta hace cuatro días como quien dice, los hijos hablaban de Vd. a los padres, los empleados al jefe, los alumnos al profesor, los ciudadanos a sus representantes y, así sucesivamente.
Por el contrario, los padres hablaban de tú a sus hijos, el jefe a sus empleados, el profesor a sus alumnos y los maleducados a todo Dios.
Resumiendo: Te trataban y tratabas de Vd. cuando se consideraba que interlocutor no te daba la confianza para el tuteo [te apeaba del Vd.] o porque su rango no lo permitía.
¿Norma que se mantiene? A duras penas, bien es verdad, y que comenzó decayendo en el trato familiar a los mayores y, desgraciada y significativamente, en el mundo educativo [lo que nos hace temer los peores augurios, que ya comienzan dejar de serlo, para convertirse en 'realidades nacionales'].
De modo que hoy en día, cuando un 'confianzudo' [lease maleducado] te tutea es por eso, por su mala educación.
Los manuales de educación [no se si la nueva asignatura prevista en educación priimaria, de Educación para la ciudadanía, incluirá tales aspectos] resaltan la importancia del tratamiento como instrumento mutuo de respeto: El Vd. usado con toda persona recién conocida; cuya edad sea claramente superior a la nuestra; merezca nuestro respeto por su condición; que nos presta o a la que prestemos un servicio.
Cuestión aparte es aquel trato no sujeto a estas normas precisamente porque el poderoso se las salta y te tutea, sin apearte a ti del Vd.: eso ha sonado siempre a maltrato [o peor].
Por eso, como veremos a continuación, ha sido muy criticada la postura del Presidente del Gobierno, en el programa de TVE "Tengo una pregunta para usted", aceptando plácida y debidamente que le trataran de Vd. mientras se dedicaba a contestar con el tuteo, con el pretexto [al parecer sólo válido para sus respuestas] del que el 'Vd.' es una 'cortesía francesa'.
Lo que vale un café.
Martín Prieto en El Mundo, 300307. Vía Reggio.
En nuestros libros de caballería se leía que por un clavo se perdió una armadura, por una herradura se perdió un caballo, y por un caballo se perdió un caballero. Es una exigencia algo onírica de tener las cosas a punto y no ceder nada sujeto a la improvisación.
Pero el café ya no es exactamente el clavo. El ex presidente Adolfo Suárez trasegó en La Mocloa hectómetros de café sin que, creo, supiera nunca su precio. En estas puntillosidades les gana de sobrado a todos don Juan Negrín, primer ministro de la II República, quien con los cafés consumía las aspirinas por tubo y las pagaba a toca teja al mandadero presidencial.
El de la pregunta del precio del café era un infiltrado, porque se atrevió a replicar y además tenía cara de mihura en mala tarde. ¿Pero se han fijado ustedes en la unánime cara de mala leche de todos los varones y bastantes mujeres que le hacían de público al presidente Zapatero? Muy mal formato, peor copiado del de Francia. Muchos presidentes acuden de vez en cuando a una escuela a charlar con los alumnos y mostrarles los secretos. Rodríguez Zapatero se mostró feliz ante una clase de párvulos, sensación acentuada por su confianzudo tuteo mientras los demás le trataban de usted.
Ségolène Royal, candidata a la Presidencia francesa por el socialismo canta La Marsellesa y ondea la bandera mientras a ZP le ponen unos tonos rojos y azules como si quisieran cazar la bandera francesa y no le saliera. Tampoco les hubiera pasado nada a los del invento si hubieran colocado junto al atril una bandera de España. El público preseleccionado formulaba preguntas interesantes y hasta inquietantes pero eran rápidamente despachadas por el presidente sin límite de tiempo, obviadas y tratadas en general como una clase de educación cívica a unos mamoncetes.
El café no es moneda de cambio; tendría que haberle preguntado por el valor de una caña y un pincho de tortilla o uno de esos bocadillos de calamares que se venden en Atocha y que son el engrudo estomacal de los más hambrientos. ZP ni siquiera contestó todas las posibles preguntas, alargándose indecorosamente en las primeras. Lorenzo Milá, trepado a un taburete como una cacatua, no tuvo nada que moderar ante la verborragia monclovita.
Tanta modernidad televisiva para quedarnos con el precio de un café. Y estaba encima aguado.
Los republicanos dicen de usted.
Raúl del Pozo en El Mundo, 300307. Vía Reggio.
Mientras Otegi acataba la Ley de Partidos y ETA amenazaba volver a Santa Bárbara (siete detenidos del complejo Donosti), yo estaba en la grada de los leones junto a Cósima, una delicada muchacha que vive la edad de las grandes pasiones. Los deseos los ha dirigido, por ahora, a la política. No era Cósima Wagner, ni llegó con un pavo real, un espejo y un arpa, como suele retratarse a la adolescencia, pero siguió con atención litúrgica el debate, como si fuera un concierto sinfónico.
- ¿Te gusta la política?
- Sí.
- Si un día te sientas en el Hemiciclo, ¿en que bancada?
- Eso está por decidir.
Mal ejemplo le dieron sus señorías a Cósima. Se decían oreja a oreja que pueden volver las pistolas. Una jefa de prensa comentaba en la tribuna que iba a mostrar la Visa Oro de Caldera como respuesta a las acusaciones que hacen a Zaplana. Manuel Marín, entre una algarada de insultos y patadas, estuvo a punto de interrumpir el Pleno. Qué estériles, broncos e inútiles resultan estos debates con su escabechina retórica y el vocerío de taberna. ¿Es así -se preguntaría Cosima- como hablan los padres de la patria? Mariano Rajoy dijo que el presidente no ha impedido que Otegi vaya a la cárcel y ha querido que De Juana esté en la calle. La vicepresidenta del Gobierno acusó a Zaplana de confundir sus intereses personales con los generales y de aplicar la legalidad a su antojo. Y Acebes hizo sarcasmo con el precio del café de Zapatero: «Ni los españoles le van a votar por lo que está haciendo ni el café vale 80 céntimos».
Al despedirme de Cósima, ella me dijo con insidia británica: «To esto me ha parecido muy gracioso».
Fue entonces cuando el presidente del Gobierno nos invitó a la tercera planta para demostrarnos que el café vale 0,70, 10 céntimos menos de lo que anunció en televisión. Sacó dos billetes de 20 euros y nos invitó a Azpiolea (El País), a Julián Lacalle y a mí, mientras llegaban los otros compañeros.
Cuando íbamos hacia el bar, le dije:
- Señor presidente: los republicanos hablaban de usted.
Aún no había nacido el presidente cuando veíamos anuncios de chapiris que decían: «Los rojos no usaban sombreros». Los rojos contestaban a la provocación en los grafitis de los retretes: «Los republicanos no tratan a la gente de tú».
- ¿Qué dices de los republicanos?
- Que no tuteaban.
- Lo hice por cercanía. El usted me sale más forzado. Eso de usted es más bien una cortesía francesa.
- Pero cuando habló de la República se le iluminó la cara.
- Es que fue la pregunta que más me sorprendió.
Sus hijas lo bajaron a la tierra cuando le aclararon que un café cuesta un euro. Él sabía que la taza cuesta, en Moncloa, 0,65, y en el Congreso, 0,70. El programa lo vieron siete millones de espectadores. «Ese debate supone un cambio profundo, que no tiene marcha atrás. Desmiente la desafección por la política. Marca un antes y un después. La democracia gana, gana el país. Ha sido lo más libre que alguien ha podido ver nunca. Tuve la fortuna de ser el primero. Que tomen nota algunos grupos políticos de la cortesía de los ciudadanos».
Le hablé del impasse en el proceso y de los presagios funestos que anuncian que otra vez podemos andar sobre las tumbas. El presidente me dijo que el final de la violencia hay que verlo con perspectiva de 10 años, pero lo dijo con ojos de ánimo y certeza.
El Pueblo Pachi. Arcadi Espada en El Mundo, 300307. Vía su blog. Hemos tenido paletadas de la habitual y relamida modestia periodística, golpes de pecho y hasta circuncisiones a propósito de la entrevista que el presidente del Gobierno concedió la otra noche al pueblo. Dos mensajes destacan. El primero, y principal, que los periodistas hemos recibido una profunda lección de los ciudadanos. El segundo, y derivado, es aún más estupendo: ¿cómo es posible, se sobresaltan, que con estas preguntas (fueron 42) los periódicos titulen al día siguiente con lo que cuesta un café? Las dos preguntas tienen una sola respuesta. Porque lo único de interés informativo que tuvo el corro fue saber que el presidente del Gobierno bebe el café barato. De ahí el titular de los periódicos. Aunque habría que reconocer que, a falta de otras honduras, el programa informó, y bastante, sobre el pueblo. García-Abadillo señalaba ayer el "qué hay de lo mío", como estrategia fundamental del pueblo periodista. Pero no debe olvidarse el casi bravucón "eso sería en los tiempos de Pachi", o quizá fuera en los de Patxi, ejemplo paradigmático de adónde lleva la autogestión del carácter, la disminución de la imprescindible distancia que debe separar a gobernantes y gobernados, todo ello facilitado, desde luego, por el tuteo unidireccional y aristocrático que impuso el Presidente, para el que el trato de usted, ha dicho, "es cosa de franceses". La pregunta del café ha sido alabada por algún comentarista para exponer también cómo sólo el pueblo puede hacer este tipo de preguntas. Pero el pueblo Pachi, en ésta como en la inmensa mayoría de preguntas, sólo hace que imitar los usos de los periodistas. Porque la invención de la tradición, al menos europea, de las preguntas castizas corresponde a una periodista llamada Françoise Giroud, que en 1980, y como directora de L'Express, le preguntó a Valéry Giscard d'Estaing cuánto valía un billete de metro, obteniendo de éste la preciosa respuesta del desprecio. De Giroud a Pachi la pregunta ha seguido un camino similar al de expresiones tipo "las perlas de tu boca". El primero fue un genio. Pero lo peor no es la erosión de las metáforas. Lo peor es ver a los ciudadanos haciendo de pueblo, en una tesitura similar a la de las risas enlatadas haciendo de risas. Y el inenarrable espectáculo de los periodistas cediendo el paso, aduladores (mira tú, el pueblo qué majo), pero cobrando. (Coda: "La directora de L'Express fue aplaudida por su insolente pregunta a Giscard --se quedó seco-- sobre el precio del billete de metro. Por el contrario Mitterrand no se cortó cuando ella le pidió, sobre la marcha, el presupuesto de la Seguridad Social. Y con razón, confesó recientemente, porque no en vano ella le había hecho pasar, justo un momento antes, un papelito con la respuesta". L'Express, enero de 2003). El abuso del tuteo. José María Romera. Vía comprasyexistencias. "Todas las lenguas poseen fórmulas de tratamiento para marcar grados de respeto o jerarquía en la relación entre interlocutores. La comunicación simbólica propia del lenguaje concede a estas convenciones un valor que trasciende al lenguaje mismo, de tal manera que su empleo no solo se rige por las leyes de la corrección gramatical o léxica, sino que también pone Elegir entre una fórmula y otra puede tanto ser muestra de afecto como indicar menosprecio y a menudo esto ocurre fuera de la voluntad de quien las usa. Pues el código del tratamiento, aparentemente bien acotado por reglas precisas, en la práctica es un código subjetivo que depende de individuos, grupos, ambientes o costumbres particulares. En el caso del castellano, el problema se ciñe básicamente al uso del "tú" y del "usted". ¿Cuándo debemos tratar de usted a una persona y cuándo es más adecuado tutearla? Los clásicos manuales de buenas maneras daban orientaciones muy concretas y generalmente infalibles al respecto. Más allá de los formalismos, se trataba de una cuestión de etiqueta elemental consolidada en la costumbre. En la Sociedad cerrada y fuertemente jerarquizada, era casi un acto reflejo favorecido por el hábito y el ambiente. Todo el mundo sabía cómo dirigirse a unos u otros, en qué circunstancias era lícito pasar del tú al usted y era asimismo consciente del efecto favorable o desfavorable de su elección. La invasión arrolladora del tuteo ha desbaratado el viejo código. Ya no hay reglas. Hoy es tan frecuente recibir el tú de un desconocido como ver a un muchacho que tutea a un anciano. En muchos hospitales, las enfermeras y no pocos de los médicos tienen por norma dirigirse con el tú a sus pacientes, con una familiaridad que se nos antojaría insolente si no fuera porque lo hacen con la sonrisa más zalamera. Los alumnos tutean a sus profesores, los empleados a sus jefes, los jefes a sus empleados, los funcionarios a los ciudadanos y los camareros a los clientes. Y, sin embargo, flota en la atmósfera la sensación de extrañeza, algo perturbador y titubeante que a menudo nos hace dudar de si hacemos bien. Como en tantos otros órdenes de la vida, hemos abolido reglas que creemos caducas sin reemplazarlas por otras. No sabemos dónde están los límites, pero intuimos que debería haberlos. ¿Por mantener las jerarquías, por delimitar escalas, por perpetuar diferencias de clase o condición? No forzosamente. La necesidad de disponer de alguna norma viene dada por la conciencia de que existen unos sutiles límites de intimidad o respeto que debemos observar para no caer en el descaro o el equívoco, límites que constituyen algo más que simples pautas de estilo comunicativo. [...] Si bien resulta inadmisible diferenciar el trato por razones exclusivamente jerárquicas, el hablante ha de ser consciente de que tanto el tú como el usted se siguen rigiendo por ciertos principios. Por ejemplo, que no se debe abusar de la confianza, que a las personas de edad hay que tratarlas de usted, que no se puede responde con el "tú" al camarero o al taxista que se dirigen a nosotros de usted, etcétera. Bien es verdad que muchos de los tratados de "usted" se sienten incómodos en el formulismo, pero siempre hay tiempo para rectificar, cosa que no ocurre con el "tú". En las relaciones familiares, amistosas o de trabajo dentro de un mismo grupo o nivel, en cambio, no sólo es recomendable el tuteo sino que el "usteo" denota distancia, hostilidad o rechazo. En las relaciones sociales y formales, y en tanto no conozcamos mejor a nuestro interlocutor, emplear el "usted" es una garantía de acierto que debe mantenerse hasta que el otro no proponga el tuteo o nos abra la puerta del clásico "apéeme el tratamiento". Pero ha de quedar claro que la invitación parte del otro; no es educado saltarse el trámite por la brava diciendo "bueno, te voy a tutear, ¿vale?" o "yo es que trato de tú a todo el mundo". La reciprocidad no forzada es la regla de oro en todos los casos. No se sabe a ciencia cierta de dónde ha obtenido su licencia el tuteo indiscriminado. Algunos sociólogos e historiadores se remontan más de medio siglo atrás para ver su origen en los usos igualitaristas de la II República, pero también en las llamadas belicosas a la camaradería de los textos falangistas, para quienes el "tú" era marca de audacia juvenil. El tuteo no es de izquierdas ni de derechas, pero sí guarda cierta relación con ese populismo castizoide con que a veces se revisten las progresías doctrinarias, tendentes a identificar lo ordinario con lo revolucionario. No reparan en que un "tú" asestado de buenas a primeras es mucho más clasista ("el que empieza tuteándote acabará puteándote", reza un proverbio popular) que un cauto y respetuoso "usted", y en que uno de los mejores modos de alcanzar la igualdad es empezando por reconocer de palabra la dignidad del otro." NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.
de manifiesto los principios, valores y actitudes del hablante.



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María dijo
Yo lo vi y me quedé dormida.
El soltaba cualquier cosa preparada fuera la pregunta que fuera.
Una desverguenza.
Y encima, les trataba de tú, con ese coleguismo propio de la paz y el buenismo que el predica.
Pero el pueblo le llamaba de Vd y SR y él feliz.
Así trataban antes los señoritos a mi abuelo y los fascistas a mi padre.
31 Marzo 2007 | 06:36 PM