Zumo de naranja.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato Breve.
Su cuerpo voluptuoso sobresalía en la distancia y, al reducir ésta, su sensual y cándido rostro dilataba incluso las pupilas más apocadas. Sentada sobre una caja de fruta bajo una vieja sombrilla descolorida, desparramaba sus largas y adolescentes piernas al intenso sol.
Se había hecho mujer en aquel lugar, al borde de la carretera, en aquella recta interminable que se perdía en la llanura verde repleta de naranjos. Sus padres la obligaban, desde muy pequeña, a atender el puesto familiar donde vendía la fruta levantina más codiciada. Y allí estaba, un día más.
El suelo de tierra roja, el cielo abierto, descarado, y la única brisa, la que creaban los coches al pasar. Capaz de hacer flamear las múltiples banderas rojigualdas con el simbólico toro, tan negro como el color de su preciosa piel de muchacha. Y, aumentando la atención de los conductores, llamativas bolsas de clementinas que pendían, como racimos, de lo alto de gruesos palos.
En su corta vida había visto desfilar más automóviles que nadie y se preguntaba sin cesar que hacía allí, sola, viendo pasar a toda esa gente. ¡Tenía tan cerca el camino! Y soñaba con el día en que viajara ella también, montada en uno bien grande, arrimada a un buen hombre. Y saludaría como hacen muchos de ellos, con el regocijo del que sabe que el día se abre mostrándose diferente.
Nunca estuvo mal con sus padres; ella no era como su hermana la mayor, excesiva en todo, grosera e impulsiva. Que no pudo aguantar en la familia. Y que ahora trabajaba la noche y era libre para recorrer todas las discotecas del mundo. Pero las largas e interminables jornadas de quietud, expuesta al paso acelerado de la vida, no le eran apetecibles. Deseaba que algo cambiara. Recorrer las carreteras del mundo desconocido. Vivir lo nuevo.
El día pasaba sin grandes ventas, poco a poco, con la lentitud interminable de los segundos que cubren todas las horas. Y cuando el atardecer imitaba el color de sus frutas, paró una furgoneta de la que bajó un grupo mixto de jóvenes achispados. Eran la alegría de la vida. Compraron varios kilos y después de servirles, sintió algo extraño, fuerte, como un empuje irreflexivo.
Cuando se dispusieron a marcharse, la chica, siguiendo la llamada del asfalto les preguntó si podía acompañarlos. No contestaron, se limitaron a abrir sus puertas entre risas y sin pérdida de tiempo abandonó su puesto, rumbo al horizonte.
Era la escapada de la esperanza, el cruce de la frontera, la búsqueda natural de lo desconocido. Una decisión que el destino quiso truncar convirtiendo la aventura en breve. La condujo hasta salirse a pocos kilómetros, en una curva maldita. Allí se quedó, entre la chatarra, humedecida por el zumo de las naranjas destripadas, con su cuerpo inerte.
Ahora sigue atendiendo de nuevo el viejo puesto de fruta, próximo al arcén, pero ya no está sentada sobre una caja: lo hace sobre una silla de ruedas con sus piernas recogidas. Se pasa el día pensando en aquella corta vivencia, soñando que alguien se la lleva de nuevo, en sus brazos.
El Xiquet de Columbretes [2007]. Todos los derechos reservados.

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Juan dijo
La vida son dos hermosos y negros días de primavera.
A veces, incluso una simple tarde anaranjada de sangre.
Después, la melancolía, en forma de aviso de que la vida son dos días.
Pero la chica es preciosa y transmite enormes ganas de saber vivir.
Déjemos que tropiece ella sola.
15 Abril 2007 | 01:42 AM