A la escucha.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato Breve.
Todo lo que deseaba lo tenía justo al lado, tan cerca de mí que no me lo creía. Pero únicamente podía escucharlo, por eso alcancé a desarrollar tanto el oído; era capaz de captar cualquier frecuencia de cualquier intensidad. Todos mis anhelos se apaciguaban a través de aquellas paredes. Me había convertido en un maníaco de la escucha.
Al principio empecé utilizando el sistema tradicional para captar las conversaciones: arrimar la oreja con el vaso de cristal. Con el tiempo llegué a practicar algunos orificios de pequeña profundidad, en zonas claves de la casa, para arrebatarles todas las palabras con aquellos procedimientos elementales.
La obsesión por mejorar me hizo conocer las mejores tiendas de “espías” y con ello, dominar el tema. Eso me llevó a comprar variedad de artilugios especializados: diminutos micrófonos inalámbricos de UHF, direccionales de alta captación y grabadoras compactas para mis ausencias, auténticas maravillas de la electrónica.
El piso que había alquilado era medianero con el que me interesaba, de tal forma que en el dormitorio principal y el cuarto de baño compartíamos la misma pared. Me fue realmente fácil realizar las primeras escuchas y sentir con verdadero desazón los amores de aquella pareja de recién casados.
Pasado el tiempo, mi piso se convirtió en una locura de cables y aparatos sofisticados que implantados más allá del aislamiento, curioseaban segundo a segundo para trasmitirme la vida de la que era y sigue siendo mi verdadero amor: ella.
Posiblemente, yo no tenía la buena apariencia de su novio, ni era tan joven como él, pero estoy seguro de que la hubiera hecho más feliz. Esta reflexión siempre formará parte de mi historia. El verano que la conocí en la zona de baño, tomando el sol, me pareció el más caluroso vivido en el pueblo. Hicimos buena amistad e incluso me leía las cartas de su prometido, hoy su marido, que le enviaba desde Londres, donde estaba practicando el idioma para afrontar con garantías el examen de fin de carrera.
Jamás olvidaré aquella tarde de esperanza. Se nubló tanto que nos quedamos solos hablando sobre el césped recién cortado, y cuando nuestros cuerpos fueron diana de la lluvia seguimos conversando sin darle importancia. No queríamos irnos, nos sentíamos vivos acompañados por la tormenta. Recuerdo sus cejas preservando aquellos ojos grandes, que miraban con descaro y confianza rodeados de una piel dorada y húmeda. Por boca tenía la satisfacción permanente y el cuerpo pequeño era un tobogán de seguras sensaciones.
Cuando la intensidad del aguacero subió inesperadamente, me clavó la mirada con tanta hondura que, en un segundo, salté sin dudarlo sobre la lámina de agua perforada por las violentas gotas. Antes de llegar al fondo de la piscina percibí el abrazo desnudo de su cuerpo, que me obligó a emerger unidos.
En la superficie, pronto busqué el bajío para darnos sustentación y serenidad en el gozo. Los labios no querían desprenderse del mutuo conocimiento, bajo la cortina espesa de agua y fino granizo, que caía intentando contener la fogosidad del momento; y las manos, ahogadas, se ceñían, explorando con deseo los cuerpos. ¡Que momento tan generoso bañado por el cava de la vida!
Fue una inesperada locura que rompió la monotonía para volver a ella poco después. Siempre se sintió obligada al anterior compromiso que alimentó el tiempo y eso nos distanció hasta lograr que nos separara un deshonrado muro.
Quiso la existencia que acabara conformándome con oír la voz de anís de sus momentos suaves y de la alterada por pasiones ajenas; y también de otros sonidos, que, como huellas, me dejaban su rastro: sus andares descalzos, la ducha sugerente, el crujir del cabezal... Estaba continuamente al acecho de sus vivencias para apropiármelas y hacerlas mías. Deseaba lo mejor para ella a pesar del desencuentro.
Con el tiempo descubrí que, posiblemente, el alcohol ahuecó el cerebro de su marido implantándole conductas violentas que la hacían gimotear. Muchas veces, sin saber que hacer, no tuve más remedio que sollozar como ella. Empecé a estar muy preocupado por el trato que le daba; y la amargura empezó a instalarse paulatinamente en su casa y, por tal razón, en la mía.
Cuando se acercaba la noche todo mi cuerpo palidecía y un temblor de estremecimiento me dejaba frío escuchando sus lamentaciones. Mi inmenso amor por ella fue cargándome de tensión día tras día, produciéndome indecisiones que apretaban mi corazón y dilataban el sufrimiento.
Una noche, desesperado por sentirla morir, armado con un mazo, no pude evitar destrozar la fina pared e introducirme en su dormitorio. No quise ver nada, la furia me espoleó contra su hombre, pariendo el delito.
Años después, desde el centro penitenciario, aún me lacero con la misma pregunta: ¿se entregaba desde siempre al placer del dolor o la transformó el canalla de su marido?
El Xiquet de Columbretes [2007]. Todos los derechos reservados.

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Gual Z. dijo
El sadomasoquismo es una más de las variaciones y caminos lícitos del extenso sexo. El que no comprenda esto está perdido.
29 Abril 2007 | 11:00 AM