Promesa blanca.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato Breve.
Era tarde y seguía nevando con delicadeza; la encarnada luz crepuscular incidía en los pequeñísimos copos que en su lento descenso parecían encenderse. La insistencia cubrió los suaves colores del paisaje y ahora todo era ya níveo, heladamente blanco, uniforme del invierno.
Se habían refugiado en la camioneta ametrallada y sucia de la explanada deportiva, en el rincón de los desechos que produjo la guerra; donde jugaban habitualmente. Allí iba a parar todo cuanto era innecesario. Y se sentían ocultos, privados.
Estaban solos para cumplir con un compromiso, una palabra dada, un trueque de intereses que había que consumar del todo. Tenían tan sólo diez años curiosos y el niño se comprometió con su compañera de clase en hacerle las divisiones de dos cifras con la condición de que se dejara dar un beso de los de verdad. Y hecha la labor, ahora ella tenía que cumplir su promesa.
Permanecían quietos en los destartalados asientos traseros, con las puertas entornadas y los cristales estallados, dejando ingresar el álgido aire. Él la miró fijamente quitándose el grueso gorro de lana a la vez que se apartaba el fastidioso flequillo de la cara. La cría, comprimida por la situación, hizo lo mismo dejando ver enteras sus largas y pelirrojas trenzas. Se miraron las caras repletas de pecas y no se hablaron.
Para el chiquillo era un momento tan trascendente que creía soñar, como el día de su primera comunión. Por besarla hubiera hecho cualquier cosa, incluso regalarle sus cromos de futbolistas. Y ahora tenía la oportunidad de hacerlo con su consentimiento y sentirlo por primera vez. Hacerse un chicote.
Tras una corta vacilación, la abrazó dulcemente y fue aproximando su boca hasta que se tocaron sus pequeñas y rojizas narices, entonces giró el cuello y se pegó literalmente a sus labios. Se quedaron soldados traspasándose su ingenuo cariño.
Ella iba preparada por su hermana mayor que le aseguró que un beso auténtico era el que se daba con lengua, por lo que no debía de interrumpirlo hasta que la notara y sintiera volar. Pero el niño dejándose llevar por su total inocencia, seguía adherido sin realizar movimiento alguno, estático como una lapa.
Pasó tanto tiempo que, aburrida de esperar, decidió tomar la iniciativa para ver si era capaz de elevarse. Y al notar su lengua, él se despegó de inmediato escupiendo y restregándose los labios con su bocamanga. Por un momento se quedó patidifuso y a continuación, huyó velozmente.
La pequeña de pronto se sintió entristecida. ¿Había hecho una cochinada? Tal vez su hermana la engañó para divertirse. Su salida fue lenta, pausada, propia del que no entiende nada, y se marchó en dirección opuesta.
En su cavilación alargó el camino de vuelta a su casa y dejándose llevar por el espectáculo del oeste correteó por terrenos inexplorados. Hasta que una explosión limitada, fundiendo la nieve, la hizo resplandecer como una virgen, dejándola abierta, sin vida. ¡Malditas minas!
Esa noche no hubo silencio ni reposo. Algunas luces lejanas establecían el horizonte a donde todos deseaban huir. Y cuando sus huellas de niña desaparecieron, terminó de nevar y se dejaron ver las estrellas.
El Xiquet de Columbretes [2007]. Todos los derechos reservados.

Hagamos felices a los niños[1937]. Autor: Hernanz. Firma: Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad - Comisión de la Semana del Niño. Cartel de la Guerra Civil Española [1936-1939]. Vía El canto del búho.
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dea dijo
De quitarse el sombrero y me lo quito.
6 Mayo 2007 | 11:53 AM