Francia, da de beber al sediento.

elquicio070507.
[sobre frag. de imagen de Asmodeo, del DiccionarioInfernal (1863), de J.A.S. Collin de Plancy(Francia, 1793-1887)]. Vía Cornell University Library.
Parece que el pueblo francés, rozando el record de participación de 1974, ha optado por una de las obras de misericordia corporales ['dar de beber al sediento'] al elegir ayer como Presidente de la República a Nicolás Sarkozy, a quien EL País, después de descalificarle durante toda la campaña [desde la 'independencia de la mañana', como se puede leer infra], le definía ayer como 'la sed de poder' .
¿Para qué le ha votado una abrumadora mayoría?
Precisamente para que cumpla su programa: nada de 35 horas; nada de paro a las personas que rechacen dos puestos de trabajo; nada de tolerancia con la delincuencia y los 'sin papeles'; nada de profesores sin autoridad; menor imposición y tasas; etc.
Y desde luego, nada de relativismo moral [adiós amayo68] y sí al HONOR, MERITO, CAPACIDAD, PATRIA, ATLANTISMO Y ORGULLO COLONIAL.
Su oponente socialista, Segónèle Royal a quedado a más de 7 puntos de diferencia.
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Zapatero, después de tomar partido por su derrotada oponente [que demonizó al vencedor como la derecha extrema], le ha presentado sus "más sinceras felicitaciones" a Sarkozy en un comunicado oficial.
Según ha dicho, "Sarkozy ha demostrado ser un político solvente y su estilo y propuestas han convencido a la mayoría de los franceses". En ese sentido, ha asegurado que el líder del UMP "representa a una derecha abierta y moderna capaz de encauzar el anhelo de cambio de un país llamado a recuperar la confianza en sí mismo".
Sarkozy: sí, pero...
Florentino Portero, en GEES, 070507.
Los franceses fueron a votar sabiendo que tenían ante sí dos opciones muy distintas. Sarkozy, el candidato conservador, representaba el cambio. Él mejor que nadie había diagnosticado el conjunto de problemas que habían llevado a la República a la situación de estancamiento económico y decaimiento moral en que hoy se encuentra.
Pero él también, como nos recordaba ayer Germán Yanke, asumió la responsabilidad de presentar un programa de reanimación, una terapia, hecho a la medida de aquellos problemas. A la gente no le gusta oír malas noticias. Cuando un político en campaña habla de hacer sacrificios sabe que está cavando su propia tumba. Tiempo atrás Mario Vargas Llosa hizo algo semejante en Perú y acabó facilitando el ascenso de Fujimori.
Sarkozy asumió el riesgo y demostró valor, en la confianza de que la madurez de la sociedad francesa y la claridad de su discurso le encumbrarían hasta el Palacio del Elíseo. Tuvo razón, una razón convenientemente escoltada por unas condiciones políticas excepcionales y mucho oficio. Ante la res de una campaña de desprestigio que trataba de presentarle como un hombre de la extrema derecha dispuesto a poner patas arriba la República, se atuvo a las normas clásicas en su versión orteguiana, de D. Domingo no de D. José: paró, templó, cargó la suerte y mandó.
Sarkozy rompe con la política seguida desde los años setenta para recuperar el pulso de los fundadores de la V República. Frente al relativismo, multiculturalismo, estancamiento económico y paro que caracterizan la Francia de nuestros días, él vuelve a los valores republicanos, a la creencia en el mérito y el trabajo bien hecho, a un menor intervencionismo del Estado y a una mayor asunción de responsabilidad individual. En este sentido, Sarkozy es un continuador de De Gaulle, Schuman o Aron, en las antípodas de Chirac, Villepin o Royal.
Sarkozy es catalogado como liberal y puede que lo sea en la perspectiva francesa o alemana, pero no más allá. Francia inventó la Monarquía Absoluta y, desde el siglo XVII, los franceses tienen una confianza exagerada en el Estado. Una dolencia que comparten con sus vecinos alemanes para desgracia de todos los europeos.
Mientras no se demuestre lo contrario, Sarkozy va a tratar de reanimar el mecanismo heredado, no de cambiarlo. En esto coincide con Merkel, esa discreta gran figura que viene de los Länder orientales para recuperar el espíritu renano.
Triunfo centrado de Sarkozy.
Pablo Sebastián, en Estrella Digital, 070507.
Nicolás Sarkozy ha alcanzado una brillante victoria política basada en la fuerza de su liderazgo, en su proyecto liberal y el llamamiento al centro de la política en favor de los sectores más débiles y desfavorecidos de la sociedad francesa, a la vez que ha extendido su mensaje, como lo hizo en sus primeras palabras tras conocerse los resultados de la contienda electoral, al resto del mundo para presentar a Francia como la nación que quiere liderar la defensa del medio ambiente, los derechos humanos y la paz.
La victoria de Sarkozy no ha sido sólo sobre la candidata del Partido Socialista, Ségolène Royal, sino que en su ímpetu se ha llevado por delante a la extrema derecha de Le Pen —que pidió la abstención en unas elecciones que han batido récord de participación (más del 85 por ciento)—, y también sobre el centrista Bayrou, que pretendió colarse en la recta final de la lucha por el palacio del Elíseo y que anunció que no votaría a Sarkozy, confiado en que esa decisión le daría una oportunidad en las elecciones legislativas del próximo mes de junio.
Una cita demasiado cercana como para que los socialistas puedan salir airosos de la reciente derrota y rehacer su conflictiva diversidad que está, entre otras cosas, en el origen de su fracaso en compañía de un discurso trasnochado y obsoleto que ha sido incapaz de asumir los cambios que ha sufrido el mundo moderno y globalizado, y sobre los que Francia lleva un notable retraso que ha afectado severamente a su desarrollo económico y al progreso social, los principales desafíos del nuevo presidente Sarkozy.
Una izquierda avejentada y dividida que Royal pretende seguir liderando, sobre la base de los cerca de 17 millones de franceses que la votaron, por más que ya se han levantado voces contrarias a esa pretensión de liderazgo continuado de Ségolène, como la del propio Strauss Khan, quien no perdió tiempo para declarar que ésta ha sido una gran derrota de la izquierda, la tercera, subrayó, y que él está decidido a luchar por el liderazgo de un PSF que debe girar de manera definitiva hacia la socialdemocracia y también hacia la modernidad.
Sobre la política exterior, Sarkozy ha anunciado el regreso de Francia a la política europea —pero a favor de la Europa política—, ha propuesto una gran iniciativa en torno al Mediterráneo entre Europa y África, y ha dicho que es el momento de encontrar para el Oriente Próximo un camino hacia la paz. También ha tendido la mano a Estados Unidos, pero diciéndoles que se puede ser amigo y aliado con discrepancias incluidas —en alusión a la guerra de Iraq— para pedir a los gobernantes de Washington que lideren la lucha contra el deterioro del medio ambiente mundial.
La victoria de Sarkozy tiene, con toda lógica, su natural influencia en la política española por motivos de Historia y proximidad, pero también porque Zapatero se implicó personalmente en la campaña electoral de Royal —por cierto, anunciando su victoria, como anunció la de Schroeder frente a Merkel y la de Kerry sobre Bush—, y porque el PP ha pretendido identificarse plenamente con el liderazgo de Sarkozy, que en nada se parece a Rajoy. Como en casi nada —salvo en la economía liberal que ahora va a defender el presidente francés— se puede homologar el discurso político del PP, conservador, partitocrático, atlantista y confesional, con el de la UMP de Sarkozy.
En todo caso, sí es cierto que el nuevo presidente de Francia tiene una muy especial relación con dirigentes del PP como Aznar y Gallardón, y en no pocas ocasiones ha declarado su pasión y admiración por España, cosa que nunca hicieron Giscard, Mitterrand ni Chirac, sin olvidar que, a su paso por el Ministerio de Interior galo ha sido un decidido colaborador de España en la lucha contra el terrorismo de ETA (banda que habrá recibido como un jarro de agua fría la victoria del implacable Sarkozy).
No cabe la menor duda de que tras una presidencia contradictoria de Chirac, Francia entra en una nueva etapa de su historia que, aunque no anuncia la llegada de la VI República, como lo proclamaba Royal, sí va a deparar cambios importantes en el funcionamiento institucional del país, con una mayor profundización en la vida democrática y la separación de los poderes del Estado, prometida por Sarkozy, un político con capacidad de liderazgo en Francia y en Europa que ha levantado grandes esperanzas y expectativas en la escena internacional y de manera especial en su propio país.

Sarkozy El triunfo de Sarkozy o un mensaje de esperanza para quienes abominan de la izquierda hipócrita.
Jesús Cacho en El Confidencial, 070507.
Hay países que en determinadas circunstancias históricas deciden jugarse su futuro a la ruleta rusa y terminan pegándose un tiro en la sien del porvenir colectivo con la elección de gobernantes inadecuados, malamente preparados en lo intelectual y lo técnico, y mucho peor avituallados de esos resortes morales imprescindibles en todo líder político que se precie, ayunos incluso de algo tan poco común como el sentido común.
Es el caso de España, que en marzo de 2004 se puso en manos de José Luis Rodríguez Zapatero, un hombre al que, al margen de cualquier matiz ideológico, le faltaban varios hervores para ocupar un puesto de tanta responsabilidad como la presidencia del Gobierno de España, haciendo bueno una vez más aquello que dijera el gran Pío Baroja: “Los españoles hemos tenido desgracia con nuestros políticos”.
Ayer, una mayoría de franceses dejaron en el desván de los objetos perdidos la pistola suicida, optando por elegir como presidente de la República a Nicolás Sarkozy, obligando a la zapatera gala a dedicar al menos otros cinco años a prepararse adecuadamente para el cargo. El ganador ha doblegado un frente bautizado TSS (Tout sauf Sarko, Todo salvo Sarkozy), muy parecido al “Todos contra el PP”, o “Todo salvo el PP” que nuestro peculiar Zapatero remendón ha introducido en la vida española desde que llegó al poder como programa casi único de Gobierno.
La victoria de Sarko está llena de lecturas, casi todas buenas, para España y para los millones de españoles que, respetuosos con la hermosa diversidad de esta gran nación de siglos, desean una España unida capaz de mirarse todas las mañanas al espejo sin avergonzarse, capaz de integrar a todos en un proyecto colectivo, capaz de convertirse en el mejor baluarte de la prosperidad y la libertad individuales. A través de un discurso duro, directo y sin complejos, Sarko ha reivindicado la vocación de una Francia que “no es de derechas ni de izquierdas, porque para mí solo hay un pueblo, el pueblo de Francia”.
El candidato de la UMP ha reivindicado el regreso de la política al frontispicio de la vida francesa, afirmando que “la necesidad de política tiene como corolario la necesidad de nación. La nación también había sido condenada” en Francia, como lo ha sido en España desde que el PSOE volvió al Poder en 2004, abjurando de una política nacional para entregarse en manos del nacionalismo disgregador.
Frente al fortalecimiento de ese concepto integrador que reivindica el líder galo, asistimos en España a la liquidación de la nación, una idea que aquí se bate en retirada, desaparecida del discurso político y del debate intelectual, prohibida casi en los medios de comunicación, como pasada de moda, avergonzada, obligada a refugiarse en las catacumbas, porque, como escribiera Umbral en una de sus columnas, “en la actual subversión de valores, un patriota español es un fascista y un fanático de su pueblo es un progre”.
Nuestro carismático Zapatero nos dice que no pasa nada, y que preocuparse por la nación, reclamar la existencia de un Estado capaz de satisfacer las demandas mínimas de cualquier ciudadano en Reus o en Rota, es cosa de nostálgicos del pasado, incluso de fachas. Sarko, por el contrario, reivindica la nación como seña de identidad colectiva frente a un mundo globalizado, “pero la nación no es sólo la identidad”, afirma, “es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que, juntos, somos más fuertes y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos afrontar”.
Junto a la exaltación de la idea de nación, la necesidad de hacer que la moral retorne a la política, algo más necesario que nunca en la cloaca de inmoralidad por la que hoy discurre la política española. Es absolutamente inmoral utilizar la Justicia con fines partidarios, haciendo que la Pantoja duerma una noche en los calabozos de Málaga, el mismo día, y casi a la misma hora, en que el presidente, fuera de programa, visita la comisaría afectada, y afirmar al día siguiente, tan fresco, que él, es decir, Zapatero, no sabía nada, y continuar la operación de despiste colectivo con la aparición del juez Torres, en la primera de El País, claro está, afirmando que no conoce a ZP. Cierto, el juez no lo conoce, pero sí conoce, y muy bien, al fiscal López Caballero, amigo personal de Conde-Pumpido, y sin cuya opinión no da un paso.
Cuando estas operaciones –que se parecen como gotas de agua a la detención en su día de Lola Flores y de Mariano Rubio, ex gobernador del Banco de España- se montan con tanto descaro, es que la política y la moral navegan en España con rumbos enfrentados. Inmoral y torticero ha sido el procedimiento seguido por el Gobierno, vía Abogado del Estado y Fiscal General, para evitar la ilegalización de todas las candidaturas de ANV, en contra del más elemental sentido común, algo que solo puede explicarse por la existencia de algún tipo de acuerdo, formal o implícito, entre el Gobierno y la izquierda abertzale, que obliga al Ejecutivo a facilitar su acceso a las instituciones, de acuerdo con las exigencias de la banda ETA.
De modo que ahí tenemos algo que se ha convertido en leit motiv de esta legislatura: la puesta de los intereses de partido, incluso los personales de Zapatero, por encima de los supremos intereses de la nación. Es el ‘relativismo moral de la izquierda’, francesa y española, que con tanto vigor ha fustigado Sarkozy a lo largo de esta campaña. Es el “haced lo que yo digo, pero no hagáis lo que yo hago” tan propio de nuestra progresía.
Es la izquierda dispuesta a devaluar la enseñanza hasta la náusea, tan proclive al aprobado general, tan presta a permitir pasar de curso en el Bachillerato con la mitad de las asignaturas suspendidas, tan reacia a cualquier cultura del esfuerzo, del sacrificio y del trabajo bien hecho. Es la izquierda siempre dispuesta a comprender, disculpar, tomar partido por los alborotadores callejeros –acabamos de verlo en Madrid con los incidentes del barrio de Malasaña- frente a la labor de la policía que intenta mantener el orden.
Es esta ‘izquierda hipócrita’ a la que ha fustigado Sarko con pasión la que, en opinión del líder galo, ha contribuido, con el cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales, “a debilitar la moral del capitalismo”, preparando el terreno para “el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador”.
Es la cultura del “haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago” de la izquierda española la que ha preparado el terreno en España para la fastuosa eclosión del capitalismo del ladrillo en los últimos tres años, para el atroz intervensionismo de un Ejecutivo convertido en una especie de clan, banda o club de amiguetes dispuesto, desde esa Oficina Económica del Gobierno que anida en La Moncloa, o desde ese Intermoney que le abastece de expertos, a intervenir en provecho propio en toda clase de operaciones económico-financieras, con la ayuda gustosa del peor capitalismo patrio, esos Botines siempre dispuestos a sacar tajada de la corrupción moral -también de la otra- de nuestra clase política.
Enhorabuena a Nicolas Sarkozy y a los franceses, que han salido huir de los riesgos que representaba la Royal, una bomba de relojería, como nuestro Zapatero prodigioso, andante que, de momento, no llegará a explotarles haciendo añicos su futuro. Y ¿qué decir del programa político de Sarko? Ahí mejor callar. Las elecciones galas han puesto de manifiesto una vez más una realidad ya vieja: en lo económico no hay en Europa derecha e izquierda: solo hay socialdemocracia a palo seco. Ni rastro de liberalismo. Y así va Europa, claro está. Salud y suerte para Sarko y una recomendación para nuestra triste, plúmbea derecha: lean y aprendan de un discurso del que Rajoy y sus gentes podrían extraer muchas provechosas lecciones.
Revoluciones francesas [EDITORIAL], en El País, 070507.
La elección clara de Nicolas Sarkozy a la presidencia de la República refleja un deseo de cambio, y viene de la mano de una auténtica revolución en la política francesa cuyos efectos no se detienen en una bella jornada democrática. Estos comicios han vuelto a despertar el interés de los franceses por la política, con una participación récord tanto en la primera como en la segunda vuelta de ayer, especialmente entre los jóvenes, y un debate previo entre Royal y Sarkozy que decantó el resultado. Pero Sarkozy tiene ahora que combatir al que se puede convertir en su peor enemigo: él mismo y su tendencia al populismo. El presidente no puede ser como el candidato o el político que quería llegar. Ya ha llegado. Su reto inmediato es que Francia salga unida y fuerte de su crisis real y psicológica.
Sarkozy supone una revolución en otros sentidos. Pertenece, como Royal, a una generación que no vivió la Segunda Guerra Mundial ni los primeros pasos de la integración europea. Tras Mitterrand y Chirac, Francia necesitaba de un rejuvenecimiento de sus políticos. Ya lo tiene, además con el primer hijo de inmigrantes que llega a tan alta magistratura, aunque con un discurso antiinmigración. Es también un político puro que no ha pasado por las grandes écoles de las que suelen salir las élites francesas. Francia está necesitada de menos mandarinismo.
Este resultado demuestra que en los últimos lustros, la sociedad francesa se ha movido hacia la derecha. Sarkozy hizo suyo buena parte del ideario de Le Pen, que ha contaminado toda la política francesa. Debería rectificar, pues el riesgo de romper la sociedad francesa es grave. Sin embargo, no es una broma que Sarkozy haya llamado a enterrar el Mayo del 68 ni que le hayan apoyado muchos intelectuales que venían de aquellas barricadas.
Ségolène Royal se ha presentado como una socialista moderada. Su única opción estaba en abrirse al centro, pues el granero de votos a su izquierda era casi inexistente. Ayer, en un ejemplar reconocimiento de su derrota un minuto después de cerrados los colegios electorales y anunciarse el resultado de los sondeos, llamó a "renovar a la izquierda, más allá de sus fronteras actuales". Royal piensa ya en las elecciones legislativas de junio y más allá, y a ello se lanzó. Con su resultado, la candidata socialista no sólo ha lavado la afrenta de Le Pen, que en 2002 desbancó a Jospin en la primera vuelta, sino que se ha convertido en la referencia de un Partido Socialista que se dividió con el referéndum sobre la Constitución europea. Puede que tenga más recorrido político que lo que la derrota de ayer pudiera indicar, aunque la izquierda francesa debe ser consciente de que ha perdido tres elecciones consecutivas a la Presidencia francesa.
En la V República, el presidente de Francia acumula un enorme poder, pero sólo cuando además cuenta con una mayoría en la Asamblea Nacional. Para llevar a Francia a donde quiere y a donde ha propuesto, Sarkozy necesita también ganar las elecciones legislativas en junio. En ellas se verá si el resurgimiento del centro que ha representado François Bayrou se convierte en una realidad, incluso superando las cortapisas de un sistema electoral que favorece el bipolarismo, o se pincha como una burbuja.
Sarkozy simpatiza con España. Como crucial ministro del Interior francés, se ha comportado con total apoyo y lealtad. España y Zapatero tienen en él a un aliado plenamente fiable.
Europa en su conjunto ha esperado mucho tiempo a Francia. Puede aún esperar hasta junio, si es para que este país, clave para Europa, recupere su plena vitalidad intelectual, social y económica. Es de esperar que Sarkozy logre con sus reformas sacar a Francia este agujero en el que se ha metido por sí sola. El nuevo presidente declaró que "Francia está de vuelta a Europa", si bien con un nada disimulado espíritu proteccionista. No está dispuesto a volver a presentar al voto de los franceses la Constitución europea. Aboga por un minitratado. Posiblemente sea ésa la única salida. Pero hay que defender al máximo los avances del texto original. Una Europa fuerte requiere una Francia en forma, pero ésta necesita también una Unión Europea con capacidad de decisión e influencia.
---AYER MISMO EN EL PAIS.
¿Arderán los suburbios franceses si Nicolas Sarkozy es elegido hoy Presidente de la República, como prevé su rival socialista, Ségolène Royal, y muchos habitantes de las banlieues? O, al contrario, ¿es el candidato conservador la única persona capaz de llevar a cabo las reformas que este país necesita con urgencia para recuperar su crecimiento económico, como cree The Economist y, según todas las encuestas, la mayoría de los franceses? Nunca un candidato había despertado un movimiento de adhesiones y rechazos tan profundo, si exceptuamos al ultraderechista Jean-Marie Le Pen, cuando pasó a la segunda vuelta en 2002, y nunca un candidato había dejado tan clara cuál es su ambición: dar la vuelta al país.
Nicolas Sarkozy, de 52 años, de los que lleva 30 en política, no ha ocultado que pretende acabar con el sistema que Francia ha forjado a lo largo de las últimas décadas: flexibilizará las 35 horas, quitará el paro a las personas que rechacen dos puestos de trabajo, encarcelará a los reincidentes y tirará la llave, suprimirá casi totalmente los impuestos de sucesión y reducirá las tasas, creará un Ministerio de Inmigración e Identidad Nacional, limitará los mandatos presidenciales a dos, defenderá un minitratado para la Unión, obligará a que los alumnos se levanten cuando entre el profesor en el aula, instaurará servicios mínimos en los transportes, endurecerá las leyes de inmigración para el reagrupamiento familiar...
"Juntos todo es posible" ha sido el lema de su campaña, durante la que hizo concesiones a la derecha extrema en la primera vuelta y al centro en la segunda, y refleja la ambición de alguien que quiere cambiar Francia de arriba abajo, aunque también tiene en cuenta el rechazo a la globalización y un sentido del proteccionismo económico que comparten la mayoría de los ciudadanos (las críticas contra el Banco Central Europeo por mantener el euro tan alto están entre sus temas favoritos).
"Nos quedan dos días para decir adiós a la herencia de Mayo del 68", exclamó al final del último mitin de su campaña, celebrado en Montpellier, retomando otra de sus obsesiones: borrar de la conciencia francesa aquella primavera en la que se podía encontrar la playa bajo los adoquines. Su proyecto de 16 folios está resumido en 15 puntos, que van desde "el orgullo de ser francés" hasta "rehabilitar el trabajo", "Europa como resistencia a la globalización" o "vencer el paro".
"Sarkozy es alguien que conoce profundamente los recursos de la comunicación pública y el lenguaje político", explica la politóloga Fiammetta Venner. Esta habilidad le ayudará a vender sus primeras medidas -en Francia se dice que un presidente recién elegido debe tomar las decisiones más importantes de su mandato en las primeras semanas-; pero también le ha permitido distanciarse de la acción de un Gobierno del que ha formado parte en dos carteras tan cruciales como Finanzas e Interior y sobrevivir a una campaña que se ha centrado en atacarlo.
"Elegir a Nicolas Sarkozy sería peligroso", declaró Ségolène Royal el día del cierre de la campaña. "Me temo que pueden producirse revueltas después de su elección, es algo de lo que todo el mundo habla en las banlieues", señala el escritor Mohamed Razane, habitante del departamento de Seine-saint-Dennis, que concentra gran parte de los barrios más calientes, trabajador social experto en jóvenes conflictivos y autor de la novela Dit violent (Gallimard). "Mi departamento ha sido el que ha conocido el mayor número de inscripciones de votantes de Francia y no se trata de que los jóvenes hayan vuelto a creer en la política; se debe sobre todo al anti Sarkozy", prosigue Razane.
En las últimas horas de la campaña, jóvenes socialistas repartían propaganda electoral en París con pegatinas en las que podía leerse Stop Sarko, mientras que el lema Todo Salvo Sarkozy (TSS) ha estado muy presente. Sin embargo, el candidato conservador se ha mostrado de teflón frente a las críticas y ha conseguido transmitir esta impenetrabilidad a su equipo.
Los rumores dan por hecho que François Fillon, un veterano tecnócrata sin demasiado carisma, aunque con fama de eficaz, que salió tarifando del Gobierno conservador en 2005, será el primer ministro si se confirma la rotunda victoria que pronostican los sondeos. Si el resultado es más estrecho, se habla de Jean-Louis Borloo, más centrista y uno de los miembros más populares del Gobierno. En cualquier caso, nadie duda de que ya se están repartiendo las carteras.
Vía El País, 060507.
El 'macguffin' de Mayo del 68.
Joaquín Estefanía en El País, 060507.
EN EL PENÚLTIMO MOMENTO, Sarkozy sacó un conejo de la chistera con el objetivo de mantener la superioridad en los sondeos frente a la socialista Ségolène Royal: una versión maniquea de lo que supuso Mayo del 68 para Francia y el resto de Europa. Nicolas Sarkozy, el ministro del Interior de un hombre como Jacques Chirac, que un día equiparó comunismo y liberalismo (tan "desastroso" es uno como otro, dijo), se atrevió a criticar el relativismo moral de las ideas sesentayochistas.
Como el maestro Hitchcock, el candidato de la derecha presentó un macguffin, un falso culpable, un pretexto, un rodeo, un espejismo, una coartada, una muleta con la que se atrae en el cine al espectador para contarle otra historia completamente diferente. Como si lo que ocurre en Francia, lo bueno y lo malo, fuese responsabilidad siempre de otros, no de él y de los equipos de Chirac que han gobernado los últimos años. Lo recordaba el periodista Joaquín Prieto en este mismo periódico (EL PAÍS del 29 de abril pasado): el presidente de Francia no es precisamente una figura decorativa. No depende del Parlamento ni se somete a sesiones de control, ni necesita votos de investidura, ni puede sufrir mociones de censura; quema a los Gobiernos cuando y como le conviene, sin que esto le afecte; está protegido de cualquier investigación judicial, nombra a todo el Gobierno, preside el órgano supremo de los jueces y supervisa personalmente tanto la política exterior como la de defensa, además de vigilar toda la acción del Ejecutivo, para lo cual asiste a los Consejos de Ministros. Algo tendrán que ver el poder de Chirac y sus ministros fuertes, como Sarkozy, en las teorías del declive que tanto hieren a Francia. Por ejemplo, en las opiniones mayoritarias de los ciudadanos respecto a la globalización (más del 60% opina que es una amenaza para las empresas y el empleo) o a la economía de mercado (sólo el 36% la apoya sin reservas).
Las críticas al sesentayochismo han sido aclamadas por parte de la derecha mediática española, tan acomplejada históricamente respecto a esos valores que otros atacan: siempre han preferido discutir sobre ideologías (representaciones falsas de la realidad) que sobre ideas, aunque haya sido por personas superpuestas. En el prólogo del libro de conversaciones con Sarkozy, que la FAES ha editado en España (La República, las religiones, la esperanza), Aznar ataca "a una izquierda relativista que añora el paraíso socialista que ocultaba el muro de Berlín". Aznar nunca decepciona.
Más discutible fue la presencia de algunos intelectuales franceses que antaño apoyaron Mayo del 68, en la tribuna del mitin desde la que se lanzaron las consignas exterminacionistas. Pero como demuestra Tony Judd en su estupendo estudio de reciente aparición (éste sí, auténticamente crítico) sobre la intelligentsia gala (Pasado imperfecto. Editorial Taurus), parte de los intelectuales franceses nunca son más fieles a su pasado que cuando rompen con él.
No corresponde ahora polemizar sobre las bondades de un movimiento que el año que viene cumplirá 40 años, muchas de cuyas conquistas son hoy derechos adquiridos de difícil regresión. El debate más bien está en cómo conseguir que Francia recupere los ritmos de crecimiento económico de los países europeos más dinámicos; que reduzca una tasa de desempleo (el 8,3%) que incorpora en su seno la realidad de que más del 21% de los jóvenes menores de 25 años está en paro y que este porcentaje supera el 44% en algunas de las periferias urbanas que protagonizaron las revueltas de hace un año; que la deuda pública, de más de un billón de euros, supera los porcentajes admitidos en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento con el que se han dotado todos los países que pertenecen a la zona euro, etcétera.
Discutamos de historia, pero también del presente y sus responsabilidades. Como escribió Montaigne, nadie está libre de decir sandeces, pero lo penoso es cuando se dicen de forma solemne.
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



lolo dijo
el que venda valores será escuchado, en momentos de crisis.
7 Mayo 2007 | 10:58 PM