Fuerza perversa.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato Breve.
Hace tiempo que mi marido está extraño. Ya no se comporta como antes. Suele estar menos en casa y cuando lo hace su mutismo es una lápida que me abate y me impide ventilar el alma. La comunicación desaparece y ya es una lejanía, un recuerdo que sólo está en mi aturdida memoria.
No siento el cobijo de su espaciosa espalda, porque se niega a abrazarme. Sus ojos no me hablan, ni sorprenden, afirman, embelesan, flirtean… Son ojos de ciego, imposibilitados para ver los caudales de mi cuerpo. Y sus voluptuosos labios ardientes, mil veces amados, permanecen prietos, escasos, sin iluminarse.
Hasta su silueta ha cambiado. Ha maltrecho una figura esbelta y atlética, a la que cortejé apasionadamente. Sus carnes sueltas escapan de mis caricias y su deformado abdomen borra su leyenda. Nada puedo hacer por mudarla, pero, aún aceptándolo, mis aspiraciones a ser rondada se han vuelto quimeras.
La casa es desencuentro, desequilibrio, intranquilidad. Y todo se vuelve más confuso, como los días nublados por la pólvora que deja una dilatada fiesta. Tengo el futuro obscurecido por la clausura de un hombre inmediato que amé profundamente. ¿Qué se puede esperar de la derrochada frialdad y de su gesto áspero que comienza a producirme temor?
En la cama se vuelve todo más comprometido. El espacio parece menguar como queriendo obligarnos a un imposible, pero el despego se hace fuerte y su hielo no se derrite ni siquiera para humedecerme un momento. Son noches cargadas de turbaciones, obstinadas en impedir mi necesario descanso.
Siento que estoy apartada, asediada por la soledad; que ya no hay posibilidad de una vuelta atrás. Desconozco sus motivos y pretensiones y esto me inquieta. ¿Puede ser que una fuerza perversa, que haya generado su espíritu, me persiga para destruirme hasta mi total desaparición?
Últimamente se lleva a la cama un machete que aloja bajo su almohada durmiendo prieto sobre él. Quizá asiéndolo con fuerza, dispuesto a usarlo mientras masculla oraciones negras para darle impulso y salvar sus recelos. Pienso que soy yo el destino de tan terrible arma afilada, mientras mi angustia cubre la vieja colcha.
Son muchas noches sin sosegarme, en vilo, a la guardia permanente, al acecho del demonio. Y esta vez el silencio es un volcán de dudas, que las esparce por la casa quemándome las entrañas. Sigo sin saber qué hacer, qué determinación tomar ante las amenazas que intuyo, y por fin… decido armarme. Me acuesto nerviosa con mi pequeña daga oculta por la mano, para que no la vea, y arropo mis miedos.
La oscuridad hoy es más hermética que nunca. Mis manos, dos braseros que me queman, y mientras pasan los minutos escucho todos los sonidos de la expiración. El reloj marca las tres de la madrugada y no tardo en oír llegar el camión del servicio de limpieza. Durante unos segundos adopto la postura fetal procurando relajarme a la espera de que terminen la recogida.
Escucho el ruido de un grueso motor alejándose pausadamente. Abro los ojos y veo diminutas luces que parecen escapar de la oscuridad y sonrío. Enciendo la luz de la habitación y no hallo más cuchillo que el mío. Sin embargo, me es indiferente. Porque ahora ya puedo dormir tranquila, con el olor a la sangre que me impregna mientras retozo sobre ella. ¡El vehículo de la basura se marcha con el diablo!
El Xiquet de Columbretes [2007]. Todos los derechos reservados.
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Carlos L. dijo
Las mujeres, en su locura, son peligrosísimas, y como en el cuento, pueden acabar con la vida de un santo que, en esta ocasión, la está aguantando sin rechistar pensando que es su obligación, pues es de buen cristiano seguir al lado de la mujer en su enfermedad.
Muy acertado.
20 Mayo 2007 | 10:45 AM