La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

15 Julio 2007

El último reto.

(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).

Relato breve.

Un día, decidí subir a pié los doce pisos que me separaban de mi vivienda. Ya estaba harto de ver como los músculos de las piernas se iban aflojando con el tiempo. Era, ciertamente, un sacrificio demoledor para mi madura y sedentaria edad, pero esperaba que, en poco tiempo, la costumbre se convirtiera en una monotonía saludable y así, con optimismo, inicié lo que sería el último reto.

Dicho y hecho. El día era frío y aproveché para entrar en calor hasta que, sin darme cuenta, caí rendido en el último escalón de la trascendental sexta planta. Sentado, inicié la recuperación pensando que quizás había impuesto un ritmo excesivo, para ser la primera vez.

Estaba frente a la puerta que tantas veces crucé en mis sueños y recordé, enseguida, una divinidad de mujer. Hermosa por donde la mirase y con una expresión plena de luz centelleante, mágica, es decir: de las que te dilatan las glándulas salivares y te hacen desenvolverte como un baboso.

Siempre supe que tenía algunas opciones con aquella bellísima viuda, aunque me retraía permanentemente por culpa de la responsabilidad que conlleva estar casado. Además, mi mujer era un ejemplo en todo, siempre dispuesta al sacrificio por conservar nuestro matrimonio, y temía defraudarla.

Mientras pensaba en todo ello, de repente, se abrió aquella puerta y salió la seducción. Desde mi humilde posición miré primero sus sólidas y proporcionadas piernas y cuando alcé la mirada me dirigió una de sus cautivadoras muecas. Se preocupó por si necesitaba ayuda y, riéndonos, le expliqué mi pequeña hazaña. Tenía prisa y cuando llegó el ascensor se fue, no sin antes prometerme que tendría la puerta entreabierta, siempre que subiera andando, para obsequiarme con un verdadero descanso.

Aquella noche intenté serenar mi alma inquieta, trastocada por su entornada oferta, y me fue imposible. Me convertí en una centrifugadora de deseos mareando a la almohada una y otra vez. Al final de la noche, derrotado por el agotamiento, acabé profundamente dormido.

Un nuevo día aportó su correspondiente jornada de trabajo y a continuación, un ascenso de escalones que me dirigieron directamente a los brazos de aquella floreciente hembra. No cesó de decirme, que mi destreza decoloraba su luto volviéndolo blanco gozoso, como hacía el agua con lejía. Y nos humedecimos hasta empaparnos en la particular e íntima colada.

Los encuentros se repitieron cada vez que remontaba las alturas con esfuerzo y cuando me devolvía al rellano para encumbrarme hacia mi más alto destino, me costaba horrores llegar. Mi mujer, durante un tiempo, al verme entrar tan desmejorado, comentaba extrañada que no entendía que subiendo tan pausadamente, llegara en tales condiciones.

Los días, las semanas y los meses pasaron. Todos albergaron mis tenaces hechos. Y una tarde que subía con más fuerza que nunca, me encontré con la entrada atrancada. No quiso dejarme pasar. La viuda tenía un hombre más joven que no estaba dispuesto a compartir con nadie su pasión. Y me dispuse a seguir el camino sin paradas, con los ojos llorosos, entristecido por la pérdida.

Cuando remontaba cabizbajo sorprendí a mi mujer enjuagándose las lágrimas frente a la cerrada puerta del viudo, nuestro vecino del décimo. Entonces, me quedé paralizado a la espera de su reacción, que fue de silencio, y nos miramos boquiabiertos. Víctimas doblemente machacadas por el desamor -el nuestro y el sustituto- acabamos confesándonos las infidelidades.

No tuvimos dudas: con los lacrimosos ojos echamos un vistazo a los corazones de siempre y ahondando en los sentimientos, acercamos los cuerpos como en los viejos tiempos. Y la envolví con mis brazos y nos besamos mientras subíamos, ceñidos y emocionados, los últimos peldaños, esta vez y para siempre, en el ascensor.

El Xiquet de Columbretes [2007]. Todos los derechos reservados.


Ascensor [1956].
Art Frahm [EEUU, 1907-1981]. Vía podgallery


NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.

servido por elquiciodelamancebia 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

cali

cali dijo

bien, muy bien

15 Julio 2007 | 12:26 PM

rafael

rafael dijo

que jodido, no, tener que volver a las lentejas cuando estas tienen también sabor a polla ajena...

a mi me dejó mi mujer, que también se comía lo que podía, pero, con los años, la veo todos los atardeceres sentada, sola, en la terraza de un triste y destartalado bar, llena de arrugas y con el café en la mesa, sin una puta leche que comerse ya...

yo, mientras tanto, sigo lamiendo preciosos coños veinteañeros, a poco más de 20 leuros...

15 Julio 2007 | 03:25 PM

CENIZA

CENIZA dijo

EL REFUGIO DE UNA DERROTA COMPARTIDA.

DE AHÍ AL CEMENTERIO.

¡QUÉ DIGO!: AL CREMATORIO.

15 Julio 2007 | 03:28 PM

paula

paula dijo

igual podia haver acabado matando el a ella es lo que se lleva menudo cabron

15 Julio 2007 | 07:36 PM

Profe

Profe dijo

Cuando un matrimonio está lleno de cuernos lo mejor es admitirlo e intentar de nuevo la convivencia. Otra posibilidad es suicidarse ambos o seguir tirandose al resto de la escalera.

15 Julio 2007 | 09:28 PM

ku

ku dijo

te leo bien

16 Julio 2007 | 01:07 PM

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Apoyado en el quicio, perplejo y preocupado ante una sociedad blanda que pasa de historias, tratando de averiguar por qué chirría con su amado óxido. Para mis adentros. Será la edad (España).



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