JODE – RESKY.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
La mañana era pura luz, sin ninguna nube que manchara el azulino celeste. Los troncos de los árboles de la plaza del Ayuntamiento, rectos como columnas, esperaban la salida de los protagonistas de la ceremonia. Cuando hicieron acto de presencia, una calurosa brisa movió caprichosamente las finas ramas henchidas de pequeñas hojas acorazonadas. Era su sexto matrimonio y ambos, como siempre, creían haber encontrado la media naranja perfecta.
La pareja dejó atrás las dependencias municipales, proclamando su felicidad, besándose y sonriendo con insistencia. Nadie salió a su encuentro, únicamente algunos curiosos que se alegraban contagiados de su estrenada felicidad. Familiares y amigos estaban saturados de pruebas oficiales y decidieron pasar la página de los intentos, para siempre.
Luciendo sus respectivos trajes de boda se dirigieron a un restaurante cercano donde, a solas, degustaron las exquisiteces propias de un día tan señalado. No faltó la blanca tarta nupcial ni el burbujeante cava.
Parecía que aquella soledad que les cercó con obstinación durante el día no conseguía borrarles la expresión de optimismo. Por el contrario, a medida que pasaban las horas su bienestar se afianzaba de forma incuestionable. Y, aprovechándose del aislamiento, dejaron que entrara toda la belleza de aquella noche en sus vidas, consumiéndola entre arrullos.
A la mañana siguiente, el amor seguía coronando sus cabezas produciendo unas aureolas espectaculares que se percibían a gran distancia con suma facilidad. No habían sentido nunca tanta fuerza en sus corazones y sus ojos brillaban tanto que parecían encenderse como pequeñas bombillas de feria.
Empujados por el miedo a que su cariño se desvaneciera como en anteriores experiencias, se aproximaron a un chamán para que les glorificara con alguna pócima mágica. Que les asegurase el eterno encanto, y si la pasión se esfumara aburrida, les ilustrara en el camino del reencuentro.
El hombrecillo delgado y semidesnudo los atendió con displicencia y les dijo: "tenéis que buscar una chumbera de tronco viejo y elegir dos hojas tiernas que estén encaradas. En una de las palas deberéis dibujar un corazón, recortarlo y extraerlo; y en la otra, un pene en erección con su escroto y, una vez recortado, deberéis enterrarlo en una maceta junto con el corazón y humedecer ésta, ligeramente, una vez por semana".
Así lo hicieron y, pasados pocos días, salieron dos brotes, uno de cada recorte. Con el tiempo se convirtieron en dos chumberas que entrelazaban sus hojas y crecían tanto que les obligaba a cambiar de tiesto cada año; hasta que les fue imposible tenerlas en el balcón y se vieron forzados a mudarse a un ático, donde siguieron creciendo.
Mientras tanto, el amor progresaba entre ambos y la confianza en aquella unión prevalecía sin alterarse. Pero las chumberas llegaron a ser de tal tamaño que ya no encontraron recipiente que pudiese acogerlas en su terraza, obligándoles a trasladarse a vivir al campo.
Eligieron para seguir disfrutando de su cariño un paisaje idílico junto al mar y, en buena tierra campa, trasplantaron las chumberas. Aquel lugar favorecía el crecimiento de todos los implicados en la historia y. de la misma manera que su amor se hacía grande, en poco tiempo las plantas llegaron a ser de tal envergadura que traspasaban en altura a los árboles más viejos del lugar.
La satisfacción llenaba sus vidas creyendo que estaban en el buen camino. Hasta que un día, muy de mañana, en el que los pájaros tuvieron que ahuecar sus plumas al máximo, recibieron un desolador impacto: estaban heladas. El cambio climático, sorpresivamente, hizo que las temperaturas bajaran en vez de subir, acabando con su existencia.
Espantados por el bruno acontecimiento, preámbulo de un devenir quebrado, se presentaron de inmediato al lugar del viejo chamán a la espera de nuevas instrucciones y éste, ya no estaba. Los del lugar les aseguraron que se había marchado de la vida. Y se quedaron afligidos; amenazados por la inminente disolución; llenos de desesperanza.
Pero antes de que ésta les robara la pasión y que sus ojos ya no chispearan, decidieron abrazarse desnudos comulgando con el sexo, envueltos en sus respectivos nimbos. Mientras un aire, contaminado y mortífero, salía por una querida espita despejada y los envolvía, desprendiéndolos del pánico para siempre.
El Xiquet de Columbretes [2007]. Todos los derechos reservados.

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javi dijo
¿y ese nonbre?
4 Noviembre 2007 | 01:58 PM