Cuando la revolución es fascista.

El golpista, H. Chávez, acaba de perder el referendum para el cambio constitucional y en vez de marcharse a su casa -como haría cualquier demócrata- se encastilla en su poder revolucionario bolivariano lanzando a la oposición vencedora dos fascistas perlas: "nosotros estamos hechos para una victoria larga" y "por ahora, no pudimos".
Lo cual recuerda la constancia antidemocrática de aquellos independentistas que plantean referendum tras referendum hasta la victoria final y sin referendums de vueltra atrás.
Conviviendo con el fascismo.
En los paises democráticos occidentales llevamos una temporada con el cuento de que nuestros intereses [otra cosa son los valores, que parecen importarnos un carajo] -especialmente con Rusia [donde su lider acaba de lograr otra mayoría enigmática] y China, pero también con totalitarismos arabes o africanos, que tan ricamente han asumido, con matices planificadores, nuestra economía de mercado-, van viento en popa.
Simultáneamente, la nueva hornada de totalitaristas-indigenistas-populistas-latinoamericanos han tomado nota tanto del modelo como de su aceptación occidental, y avanzan vertiginosamente a lomos de su nuevo revolucionarismo bolivariano, que desde una victoria electoral más o menos democrática preconiza un partido único excluyente, apoyado en ejércitos y milicias populistas, en el marco de la asignación de la producción y el consumo de bienes y servicios que surge del juego entre la oferta y la demanda. Con todos los matices planificadores que se quiera [p.ej. monopolios estatales] y con algún deseo expansionista o de liderazgo que otro.
Y eso, toda la vida de Dios, se ha llamado fascismo [frente a la democracia liberal o al movimiento obrero].
Y nosotros, tan contentos, en tanto no pongan en verdadero peligro nuestros sagrados intereses económicos en el juego del mercado global. Los conflictos que generan o el sometimiento de sus poblaciones, del indivíduo, es cosa de ellos.
Se trata, pues, de movimientos que afectan a miles de millones de personas en distintos continentes, que -en muchos de los casos- nos consideran sus radicales enemigos y que creen en la paz exclusiva de los cementerios, utilizando los medios que sean menester.
Nosotros, que apoyamos a la mayoría de sus líderes por razones de distinta consideración, quizás nos percatemos del auténtico 'cambio climático' que se nos puede venir encima, cuando llamen a nuestro timbre de madrugada y ya no sea el lechero.
No es de izquierdas, es fascista. Ibsen Martínez, en El País, 011207. El referéndum para reformar la Constitución venezolana pretende culminar la llamada "revolución bolivariana". Pero los jóvenes se han convertido en la inesperada némesis de un régimen militarizante. Con una población de unos 26 millones de habitantes, Venezuela tiene 1,4 millones de estudiantes universitarios. Los sondeos más confiables arrojan que el 75% de ellos están en contra de la reforma constitucional urdida a solas por Hugo Chávez, aprobada en volandas y a puerta cerrada por su Asamblea Nacional y cuya sanción definitiva se votará en el referéndum de mañana domingo [por el 021207]. No son pocos los chamos (el modismo venezolano para "muchachos") que se oponen a algo que la sorna criolla ha bautizado polisémicamente como "la deforma". El movimiento estudiantil que, desde mayo pasado, desafía en las calles con tácticas de pacífica resistencia civil las más aparatosas medidas tomadas por Chávez para acallar arbitrariamente los medios independientes privados, ha resultado un agente colectivo novedoso tanto para la durante años errática dirección política opositora como para el propio Chávez. Me apresuro a decir que este artículo no pretende reseñar lo que los enviados especiales de la prensa mundial ya han divulgado suficientemente, en muchos casos con no poca simpatía hacia estos chamos. Pero no me perdonaría seguir adelante sin compartir con los lectores de EL PAÍS el intercambio ocurrido entre una reportera de la televisión oficial que hace pocos meses, sorprendida en el fondo como el que más por la repentina aparición de millares y millares de chicos y chicas de todos los sectores sociales en las manifestaciones de protesta, entrevistaba a uno de sus dirigentes: -¿Pero de dónde han salido ustedes? ¿Dónde han estado todos estos años? -Estábamos creciendo, mamita -fue la fulminante y jocunda respuesta del chico quien, efectivamente, y como los millares que se han incorporado al llamado "Bloque por el No", contaría sólo nueve u 11 años de edad cuando el comandante ganó las elecciones de 1998. Chávez tiene ciertamente en los estudiantes universitarios a un inopinado adversario dispuesto a darle pelea a sus designios autocráticos y totalitarios más allá del 2D. En varias ciudades de Venezuela, ya sea que estudien en planteles de educación privados o públicos (donde el chavismo, pese a todo su poderío institucional y económico, no ha podido en casi una década ganar una sola elección en los consejos estudiantiles), los muchachos se han convertido en la inesperada némesis de un régimen crecientemente militarizante. La respuesta del presidente de Venezuela ha sido tan intemperante y desatinada como cabía esperar. En poco tiempo ha pasado de despacharlos como "niños de papá" a llamarlos "agentes de la CIA"; bien pintándolos como bobalicones "peones del imperio"; bien como peligrosos terroristas conchabados con un protervo plan golpista de la "oligarquía". Lo que estas notas buscan, más bien, es oponer algunos argumentos que contradicen campanudas aseveraciones hechas, una y otra vez, por los valedores extranjeros que Chávez y su "revolución bolivariana" se han granjeado entre algunos sectores de la izquierda política, académica y mediática del llamado Primer Mundo. Es sabido, también, que Chávez, en su obsesión mediática, ha reducido la cancillería venezolana a ser sólo una versión criolla de la célebre Secretaría de Información y Turismo franquista. Ello explica por qué, y es sólo un ejemplo, el embajador venezolano ante el Reino de España, don Alfredo Toro Hardy, publicase el jueves pasado en El Universal de Caracas un artículo reproducido en medios globales de Internet. Pretendiendo tapar con un dedo nuestra interminable discordia nacional, Toro Hardy termina diciendo: "En síntesis, los venezolanos son los ciudadanos más satisfechos de Latinoamérica en términos del funcionamiento y la equidad de su democracia y de la situación de su economía". Llegado aquí, me serviré de las declaraciones que el joven líder estudiantil venezolano Jon Goicoechea, en modo alguno un niño de papá sino el nieto de laboriosos inmigrantes vizcaínos que acumula cum laude como estudiante de Derecho en la Universidad Católica Andrés Bello, brindó esta semana al corresponsal de La Vanguardia de Barcelona: "Chávez no es de izquierda: es fascista". ¿Con qué razones desaira de este modo este crío el docto parecer de gente tan engagé como Tariq Ali, Ignacio Ramonet, Gaspar Llamazares y, hablando en general, de todo lo que la guasonería criolla llama "eurochavismo"? ¿Será posible que, en Venezuela, pese a la prédica a favor de los pobres, la amistad con Cuba y la vociferación antiimperialista contra Bush, los adelantados del emperador Carlos V y el rey Juan Carlos de Borbón, haya comenzado a condensarse una oposición "de izquierda" al comandante Hugo Chávez? La pregunta es oportuna, creo, porque con frecuencia escuchamos a voceros del eurochavismo exclamar "¿Cuántas elecciones tiene que ganar Chávez para que se le tenga por demócrata?". Hacer algo de historia reciente quizá vendría bien. En 1996, casi al mismo tiempo que Hugo Chávez terminaba su travesía del desierto predicando -justo es recordarlo- el abstencionismo electoral, Fareed Zakaria terminaba de escribir un ensayo llamado a ser muy influyente en breve tiempo. Uno de los párrafos iniciales de este ensayo, titulado The rise of Illiberal democracies (El ascenso de las democracias no liberales), decía lo siguiente: "Regímenes democráticamente electos, a menudo, regímenes que han sido reelectos o reafirmados en virtud de referenda, están ignorando rutinariamente los límites constitucionales al poder y despojan a sus ciudadanos de derechos y libertades básicos. Ya se trate del Perú o de la Autoridad Palestina, de Sierra Leona o Eslovaquia, de Paquistán o las Filipinas, asistimos al ascenso de un perturbador fenómeno internacional: la democracia no-liberal". Nótese que Chávez no aparecía todavía en escena. Llegado el momento, Zakaria hizo de su ensayo la nuez de un libro, El futuro de la libertad (Taurus, Madrid, 2003). "En realidad" -sigo invocando a Zakaria- "este paquete de condiciones [imperio de la ley, separación de poderes y libertades básicas], que podrían llamarse 'liberalismo constitucional' es teóricamente diferente e históricamente distinto de la democracia a secas". Zakaria señala algo valioso al advertirnos que en el mundo que nos ha tocado vivir, a fines del siglo XX y albores del XXI, la democracia puede estar floreciendo, mas no el liberalismo constitucional. En el caso de Venezuela se añade el fenómeno de ser nuestro país un petro-Estado heredero de la tradición regalista española: el petróleo de nuestro subsuelo nunca ha sido ni de los ricos ni de los pobres, sino tan sólo del Estado; esto es: "del Gobierno". Los petro-Estados se caracterizan por su incapacidad para sacar provecho de los booms de precios, y por su munificencia sin controles: Chávez halló 13 ministerios y hasta la fecha ha creado 30 más sin que la pobreza ni la corrupción hayan disminuido un ápice. En cuanto a lo ideológico, el bolivarianismo -"la única filosofía política que los venezolanos hemos sido capaces de discurrir en casi dos siglos de vida independiente", como afirmó el desaparecido historiador venezolano Luis Castro Leiva- es un historicismo de la peor especie que entraña una moral inhumana e impracticable y, por ello mismo, tremendamente corruptora de la vida republicana. Una perversa "escatología ambigua" que sólo ha servido para alentar el uso político del pasado. ¿Puede extrañar que entre los integrantes del bloque por el NO, se cuenten ahora sindicalistas de raigambre trotskista que llevan años resistiendo los designios de Chávez de crear un sindicalismo dirigido desde Palacio? ¿O que Podemos, una importante fuerza de su coalición de izquierdas y que en las presidenciales de 2006 obtuvo 800.000 votos, más varias gobernaciones, se oponga hoy vehementemente a la reforma? Si hiciese falta otro indicio de que una izquierda democrática insurge contra el autoritarismo militarista y de partido único de Chávez, ahí están los chamos como Goicoechea que siempre, siempre, están a la izquierda. - Vía El País, 011207. Las fuente de las imagenes cartográficas de Venezuela y la pintura de Simón Bolivar, son de de Wikipedia. La de Chávez, de agencias.
Claro que no es de izquierdas. Lluís Bassets, Director Adjunto de El País, en su blog, 031207. Seguro que a muchos les habrá sorprendido el titular del artículo de Ibsen Martínez publicado el sábado en El País: No es de izquierdas, es fascista. Yo coincido plenamente con esta idea. El presidente de Venezuela es, ante todo, un militar golpista, un hombre rebosante de ambición y de osadía, muy bien adaptado a la comunicación televisiva, que ha cabalgado sobre las inmensas injusticias que hay en América Latina para alcanzar el poder y ahora mantenerse en él. Es tan de izquierdas como lo era Juan Domingo Perón. O como lo son Putin y Ahmadinejad, con quienes Chávez juega al tres en raya exactamente igual como Perón lo hizo con Franco. El argentino se benefició de la riqueza agropecuaria de su país como el venezolano se aprovecha de la riqueza petrolífera. Lo que hay de supuesto socialismo en su política no es más que clientelismo político a gran escala, subsidio y asistencia a cambio de votos. Chávez, Putin y Ahmadinejad se dedican a fumarse la riqueza del país para consolidarse en su poder personal en vez de mejorar de verdad la vida de los ciudadanos y garantizar su futuro. De paso crean una burguesía corrupta alrededor de los negocios realizados con dinero público. La riqueza petrolífera se ha demostrado que veces puede ser una desgracia para el país que la tiene y no sabe aprovecharla. La jornada de seis horas que pretende implantar la nueva Constitución que ayer se votaba es una buena muestra de esta demagogia. ¿Cómo quiere Chávez levantar un país poniéndose en la cola del trabajo del mundo? [...]. Chávez ha sido elegido por las urnas, pero su forma de gobierno es plebiscitaria y personal. Si no es todavía una dictadura es porque hay gente que se resiste a que lo sea, incluso dentro del propio chavismo. Pero no por Chávez, que se siente con derecho a mandar él sólo en Venezuela y en las cumbres de jefes de Estado y de Gobierno. A él nadie le da la palabra, se la toma y basta. Y quien le llame la atención porque no deja hablar a los otros, aunque tengan el turno de palabra, se convierte en enemigo de Venezuela, en alguien que veja el honor y la soberanía de los venezolanos. Chávez lo tiene todo, el espíritu, el carácter y la (de)formación para ser un dictador. Sólo le falla su vocación de cantante y de locutor verborreico, que le acerca más a Berlusconi que a Mussolini, aunque uno y otro también en muchas cosas coinciden. No hay democracia sin derechos ni respeto a las minorías. Ésta no es una idea de derechas sino de izquierdas, de izquierda radical: la libertad es siempre la libertad de los otros, de los que piensan distinto (Rosa Luxemburgo). Tampoco hay democracia sin medios de comunicación libres: y él los está eliminando. Además de eliminar los poderes separados e independientes. El legislativo es un puro apéndice del ejecutivo. Y el judicial del legislativo: círculo cerrado. Sólo falta la práctica eliminación del pluralismo político que empezará con la nueva Constitución en caso de que sea aprobada. ¿Hay alguien seriamente en la izquierda que pueda defender este desatino? ¿También son de izquierdas los enemigos que Bush tiene en Moscú y en Teherán? ¿O se trata únicamente de recoger todo lo que sirva para fastidiar a Estados Unidos? ¿Acaso ser de izquierdas es ser antiamericano? Yo no lo veo así, en absoluto. En América Latina hay otras izquierdas que vale la pena observar con atención. En Brasil y en Chile, por ejemplo. La izquierda transformadora es la que consigue elevar el nivel de vida de la gente, que todos coman varias veces al día como se propuso Lula, llevar a los niños a la escuela, crear redes de sanidad pública, mejorar la vivienda, dar agua corriente y salubridad, construir redes de transportes colectivos, crear puestos de trabajo dignamente remunerados, y con ello evitar las emigraciones masivas. La demagogia, el reparto, la revolución, el socialismo castrista, ya se ha visto a qué destino conducen. Esto era la izquierda del siglo XX, de la época de la lucha de clases y de la bipolaridad ideológica, pero ahora, en pleno siglo XXI, en manos de militaristas como Chávez, de déspotas como Putin y de fundamentalistas como Ahmadinejad, todo esto no es la izquierda, no puede ser la izquierda, no queremos que sea la izquierda. Es el fascismo del siglo XXI. Por favor, amigos con el corazón a la izquierda, alejémonos de esta nueva peste negra.
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



Ibsen Martínez es escritor venezolano.
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El Gorrión de Java dijo
Chávez quiere cambiarlo todo para que no cambie nada. La misma pobreza y los mismos corruptos. Desde la independencia hace 200 años, los sucesivos gobiernos de Venezuela han sido incapaces ( como los países musulmanes) de aprovechar la gran riqueza petrolera para crear un país fuerte, y esa es la verguenza más grande de los políticos venezolanos.
La solución mo está en la izquierda roja o la derecha blanca, está en una ética que facilite la conversión de los politicos y los funcionarios corruptos en gente de bien. Esa es la única solución.
4 Diciembre 2007 | 01:38 PM