Recordando con desazón.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
El invierno, por disparidad, me trae a la memoria el caluroso verano y, aunque la lluvia haya borrado por fin las huellas de la maldita sequía, recibo la imagen de lo que fue un cuarteado día del último agosto con tanta fuerza que me siento trasladado al anterior año.
Una vez situado geográficamente, noto que la mañana me pide ascender. Sólo pretendo ver mejor las cosas. Una histórica alquería blanca señala el origen de mi itinerario; un reloj de sol y unas pocas palomas sobrevolándola con frecuencia marcan su singularidad. He tenido que pasar frente a ella para llegar a un olvidado corral viejo: cuatro paredes repletas de arcos de piedra y una cúpula rodena con su cruz partida. Hoy, monasterio de muchos sentimientos ocultos.
El día es caluroso y posiblemente no sea la hora oportuna, pues el Sol está muy alto y se precipita sin reparos reivindicando su dominio; sin embargo, intuyo que es el momento. Una roca enorme capaz de ensombrecer todo mi cuerpo marca el inicio de la senda de Levante, llamada así porque transcurre marcando con exactitud el Este. Es empinada y pedregosa como una torrentera. Los restos de estiércol que encuentro me hacen suponer que alguna caballería se me ha adelantado. Quienes quieran que sean no lo habrán tenido fácil.
Cuando llevo ascendiendo unos quinientos pasos, a mi izquierda se yergue protector un refugio de piedra en seco, a la espera de algún pastor inexistente. Aunque el año está siendo extremadamente seco y los guijarros abundan hasta la saciedad, albaidas, brezos y zarzas luchan por crear contrastes, aprovechando en su delirio las gotas de sudor que dejan caer los escasos caminantes.
Algunos pinos solitarios completamente desamparados, intentan no desfallecer estirando sus troncos para recibir la humedad diaria de la brisa costera. ¿Cómo se puede vivir sin agua contemplando continuamente la mar? No todo es tan seco en el camino: pasado el ecuador del ascenso, en un rincón milagroso, algunas cañas y juncos crecen en el barranco que corre paralelo para alegrar a los pocos pájaros que se atreven con estas horas.
Durante todo el recorrido, la imagen marina me acompaña como una verdadera amiga sin dejarme un solo momento. Mientras tanto, las cigarras van enmudeciendo a mi paso dejando oír mis cansinas pisadas; más adelante, cuando hago mis paradas de defensa, me invaden de nuevo con su estridente monotonía, consiguiendo que caiga en un estado de fatiga placentera.
Poco más de una hora he tardado en llegar a la explanada donde termina el sendero. Por fin, la sombra fresca de un carrascal me está esperando. Después del pertinente descanso me dirijo, por un camino flanqueado por albaidas y un desigual sendero, al famoso picacho: antesala de la cresta y aparente cabeza de animal, que me indica la dirección que me llevará a descubrir todas sus interioridades.
Esta cumbre quebrada y abierta es pura belleza y, en el crepúsculo despejado de un día de lluvia, sus rocas parecen enviar destellos como un inmenso faro. Si las fuerzas son seguras y el deseo prosigue, no hay nada como recorrer su largo y arriesgado contorno en busca de alguno de sus múltiples lugares mágicos. Yo así lo hago y, una vez encontrada la peña preferida, me derrumbo sobre ella dispuesto a comerme el paisaje.
Aquí arriba, el cielo parece más espacioso que nunca. Y compruebo toda la fuerza del gregal, sosteniendo con descaro la mirada a barlovento. No me acostumbro a la hermosura del horizonte y me asombra poder oler la mar rodeado de tantas plantas aromáticas. ¿Cómo es posible que estando en la lejanía experimente su proximidad? Me encuentro tan bien contemplándolo todo, que se me relajan los párpados y acabo llenándome de libertad.
Cuando la generosidad del día logra hacerme poderoso, la fuerza del viento se desvanece paulatinamente dejando paso a un sonido irritante que despierta mis oídos. Ruido que corta como una guadaña el hechizo de este lugar natural y que proviene de algo artificial: la autopista.
¡Me estaba acechando durante todo el camino! ¡No me perdía de vista! Era irremediable; tarde o temprano tenía que atraparme e impedirme soñar. Un peaje eterno, demasiado caro, que seguirá pasando factura a mi pequeña sierra.
El Xiquet de Columbretes [2008]. Todos los derechos reservados.
Mar y montaña. Ismael Rodriguez [Cuba]. Vía Arte de Cubanos.
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



Carmen dijo
Aveces creemos que a través del esfuerzo podemos llegar a ciertos lugares que son mejores y cuando llegamos, descubrimos que no es así.
13 Enero 2008 | 12:42 AM