La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

5 Febrero 2008

Eutanasias de oficio y a instancia de parte.

'Enferma con rosas y reloj' [1915]. Cuadro de Ferdinand Hodler [Suiza, 1853-1918] sobre su mujer,Valentine Gode-Darel, agonizando.


Últimas voluntades definitorias.

Jorge M. Reverte escribió el domingo pasado, en 'El Pais', un emocionante y brillante artículo -transcrito íntegramente a continuación- sobre las circunstancias que rodearon a la agonía de su madre, quien solicitó a uno de sus hijos que le ayudara a morir sin sufrimientos. Otra cuestión es la moralidad de lo acaecido, en la que no entro.

Sin embargo, discrepo absolutamente con el título -'Una muerte digna'-y, fundamentalmente, con la parte final del mismo [subrayada por mí en cursiva], que me parece de una gravedad, ésta sí digna de reseña.

La muerte digna, como título, obedece al criterio generalizado de que el fallecimiento con dolor es indigno, lo cual me parece una barbaridad. Elpadecimiento en la agonía de cualquier ser vivo -humano o no- es un sufrimiento inmerecido, injusto y, en muchos casos, evitable. Pero no indigno. Porque es una muerte tan natural como la placentera. Cuestión distinta es la indignidad del tercero, para el caso de que la produzca o la favorezca sin estado de necesidad que fundamente tal acción [por ejemplo, depredación o legítima defensa].

Pero lo que me ha dejado boquiabierto es la apuesta del escritor al vincular tal proceso con el acaecido en el hospital Severo Ochoa, a cuenta de los enfermos -más o menos terminales pero mayormente ancianos- que allí fallecían con ocasión de una praxis que han sido puesta en cuestión, en los últimos tiempos, por unos y otros.

Explico mi postura: en el caso hospitalario no se trata de enfermos o familiares que solicitaran la eutanasia, de una eutanasia con consentimiento [propio o -en caso de inconsciencia- de allegados].

Por ello es, precisamente, un deber moral que las Autoridades sanitarias madrileñas, Iglesia católica española, Colegios Profesionales, Justicia y, sobre todo, familiares y ciudadanía, se preocupen hondamente ante tales indicios.

EQM.


Reportaje: la muerte de Josefina.

Una muerte digna.

Jorge Martínez Reverte.

Se sentó a su lado, le tomó la mano, le dijo unas palabras de despedida, la besó de nuevo. Luego inyectó en el suero las dosis del combinado que harían de su muerte un tránsito indoloro y dulce. Y se quedó a esperar.
-

Josefina Reverte era una mujer guapa, madre de seis hijos, cariñosa y de derechas, que tenía 75 años cuando, en la clínica de la Concepción de Madrid, le diagnosticaron un cáncer de mama tan avanzado que ya no tenía remedio. Se habían perdido seis preciosos meses para que aquello pudiera ser tratado con alguna posibilidad de éxito. Un médico de una mutua privada le había dicho que tenía una erisipela, y se afanó en curarle de esa afección que había identificado sin realizar una mamografía.

A Josefina no le dijeron que su pronóstico era fatal. Tan sólo le hablaron de la grave enfermedad y de que tenía que ser tratada con quimioterapia y radiología. Su hija Isabel, que la acompañaba, fue quien recibió la noticia en toda su crudeza. De aquel hospital, los hijos, que tenían amigos médicos que se lo recomendaron, la llevaron a la unidad del dolor de otro hospital madrileño, el Gregorio Marañón. El director del servicio fue más preciso, cuando estudió la historia clínica, para hacer su pronóstico: le quedaban tres meses de vida. Los hijos hicieron hincapié en que a Josefina la trataran de forma que sufriera lo menos posible. Y el médico se lo aseguró. La paciente recibiría un tratamiento ambulatorio que daría, en las posibilidades de la ciencia médica, una protección frente al dolor y una mínima calidad de vida.

Las semanas pasaron y la enfermedad fue avanzando de la manera exacta a como había sido previsto por el médico. No es preciso describir sus manifestaciones en forma de úlceras y otros espantos. Ni los estragos, perceptibles día a día, que el cáncer provoca en quien lo sufre. El tiempo galopó para todos.

Josefina siguió con disciplina el tratamiento paliativo que todos sus hijos suponían que ella pensaba que podía ser curativo. Llevaba la situación con un humor que parecía insensato, y su chiste favorito de aquella época era uno en el que una mujer acude al médico y le dice:

-Entonces, doctor, dice usted que Géminis.

-No señora, cáncer, cáncer.

Lo que provocaba una nerviosa hilaridad general entre sus vástagos, que seguían pensando que ella era ajena al poco tiempo que le quedaba. La última vez que contó el chiste coincidió con una situación insólita: todos sus hijos, los seis, acompañados por alguna nuera, habían coincidido en torno a su lecho, que era, esta vez sin ninguna literatura, de dolor. Aquella reunión multitudinaria la hacía tan feliz que quiso demostrar su buen humor con una extravagante petición:

-Quiero un gin-tonic.

Y la moribunda se calzó, con aire festivo y la ceremonia obligada que debe escoltar a un buen trago largo, su dosis, acompañada de todos sus directos descendientes, en un ambiente de risas francas y mimos desbordados. No le faltó algún comentario sobre la forma mejor de construir el cóctel y varios recuerdos sobre antiguas visitas a ese lugar de perdición que era el Chicote de la posguerra, adonde iba de cuando en cuando acompañada, eso sí, por su marido y otras parejas de amigos tan jóvenes y mundanos como ellos.

Al acabar la reunión, uno de los hijos, sin que nadie más que ella supiera el porqué de la elección, se tuvo que quedar para recibir una confidencia de Josefina que reventó en sus oídos como un bombazo: ella era consciente de que iba a morir pronto y no se sentía con fuerzas para acudir más veces al hospital a recibir sus periódicas dosis de morfina y engaño piadoso.

Pero a la revelación salvaje le seguía una cola de mucha mayor potencia. El hijo quedaba emplazado a cumplir una doble misión. La primera parte consistía en mantener el suministro de la medicación que garantizaba, hasta donde era posible, que el dolor fuera soportable. La segunda, mucho más dura, era la de responsabilizarse de que su madre tuviera una muerte digna y exenta de sufrimientos. Los demás hermanos no deberían ser consultados ni informados de la petición. Es sensato suponer que en el ánimo de Josefina estaba evitar debates sobre una decisión de la que era soberana. Y la dulzura con que estaba hecho el encargo no engañaba sobre su calidad de indiscutible. Llegada a un punto la evolución de la enfermedad, el hijo tenía que tomar la decisión de hacer que la muerte fuera más fácil y de que el desenlace se produjera en el momento preciso. Y no había más que hablar.

Parte de la misión era sencilla. Una íntima amiga del hijo, una curtida profesional de la anestesiología que trabajaba en otro hospital público de Madrid, se haría cargo del suministro y aplicación a domicilio de las drogas que paliaban el dolor. La otra parte cayó como un metro cúbico de plomo sobre el alma del recadero.

Ya no hubo más reuniones con gin-tonic. Josefina había sabido medir sus fuerzas a la perfección, había sido capaz de discernir cuándo podía tomarse la última copa con la que se saltaba a la torera las recomendaciones convencionales de los médicos, que, obligados por la solemnidad de su papel, son a veces capaces de prohibir a un desahuciado los excesos que podrían acortarle la vida a medio plazo. Ella había sido tan fuerte como para todo eso, y le ordenaba al hijo que lo fuera él para escoger el momento de su muerte. Las palabras clave que se grabaron en la cabeza del hijo, las que estaban recalcadas en el discurso de su madre, eran dignidad y sufrimiento. Mantener la primera y evitar el segundo.

A partir de aquel día del gin-tonic, la rutina en el domicilio familiar se fue haciendo más oscura y los chistes sobre el cáncer y los signos del zodiaco se fueron espaciando hasta desaparecer, porque Géminis había dejado de importar. Los gestos de cariño ya no se impostaban, para que una caricia jamás pareciera casual. Y cada una de esas caricias era como la última. La jovialidad se mantenía; la naturalidad al lavar a la enferma, al ayudarle a incorporarse, al leerle un artículo del periódico en voz alta, surgía sola, como surgen en muy poco tiempo las rutinas en los comportamientos de todos los seres humanos. Los nietos que acudían a visitarla, ignorantes por supuesto de la gravedad de la enfermedad, se abrazaban a ella intuyendo que aquellos abrazos no formaban parte de una cantidad infinita de abrazos. Ella sonreía entonces forzada para darles lo que le había sobrado siempre, alegría.

Pero la habitación estaba en penumbra muchas horas al día, porque la mujer necesitaba cada vez mayores dosis de medicación para poder soportar el dolor, la inmovilidad, la falta de fuerzas en las piernas, la escasez de aliento. Pasaba cada día unos minutos más que el anterior dormitando, dejándose llevar por la creciente potencia de la morfina y los demás venenos que la ayudaban a no sentir las terribles punzadas.

En realidad, estaba ya a la espera de que se cumpliera la atroz certeza que se había instalado en su ánimo. Y pedía, con insistencia, en sus momentos de lucidez, que le abrieran la ventana, que el cáncer olía. No podía soportar que ese olor se instalara en su entorno, que lo percibieran los que se acercaban a su almohada para darle un beso en la frente. Sus hijos pensaban que su madre olía igual de bien que siempre, y se creían que le daban el mismo beso de siempre, aunque, en casos así, un beso cambia su naturaleza y se torna temeroso, leve.

Un día, y de forma desprovista de importancia, añadió otra orden, esta vez sí a todos los hijos que andaban por allí haciendo como que lo que pasaba en aquel cuarto que estaba siempre ventilándose estaba dentro de la normalidad, que allí no había nadie muriéndose. Josefina dijo que quería que incinerasen su cuerpo, y dónde deberían ser esparcidas sus cenizas. Pero el aviso no contenía ninguna referencia temporal, podría haber sido un reclamo para veinte años más tarde. Todo iba quedando atado.

Las jornadas pasaban una tras otra con una insolente falta de solemnidad. Y su vida se iba apagando en una monotonía asistencial de enfermera contratada, porque le humillaba que sus hijos tuvieran que atender el deterioro de su cuerpo que se iba rompiendo, y de turnos de guardia para darle lo que necesitara a lo largo de las interminables noches de padecimientos en torno a un gotero que se nutría de sueros y fármacos cada vez más potentes.

Un viernes de invierno, en 1992, el hijo que estaba encargado de cumplir los terribles encargos de Josefina se despidió de ella porque iba a pasar el fin de semana fuera de Madrid. Y antes de irse, cuando la iba a besar para decirle que el domingo por la tarde volvería, Josefina le oprimió el brazo con la mano que apenas era capaz de sostener un vaso de agua. Y le miró de una manera que no dejaba lugar a la duda. Luego cayó otra vez presa del sueño morboso de la química.

Dos días después, la amiga anestesista acudió a la cita cargada de cariño y de algunos frascos. Exploró a Josefina, que respiraba con alguna urgencia, pero sin abrir los ojos, y coincidió con el lego en que el momento había llegado. Ya no contestaba a las preguntas, ya no besaba cuando era besada, ya sólo respiraba con una cierta agitación. Las instrucciones eran muy sencillas: si no había recuperación de la conciencia, era que el momento había llegado.

De madrugada, el hijo aprovechó un momento de soledad, se sentó a su lado y le tomó la mano. Le dijo unas palabras de despedida y la besó de nuevo. Luego inyectó en el suero las dosis del combinado que harían de su muerte un tránsito indoloro y dulce. Y se quedó a esperar. La respiración de Josefina se hizo paulatinamente más pausada, y su vida se extinguió sin que pudiera escucharse un estertor, porque no había agonía, sólo una expresión de serenidad. Cuando el pecho se quedó en calma, la muerte se convirtió en una de tantas muertes.

Los hijos de Josefina cumplieron sus deseos de ser aventada en un precioso rincón de la sierra de Madrid, y no volvieron a hablar del proceso de su muerte, plagado de sobreentendidos, porque no había nada que aclarar. Pero todos sabían que había pasado como ella quería que pasase.

Años después, muchos años después, las noticias de la prensa sobre la acción de las autoridades sanitarias madrileñas y la Iglesia española contra los médicos que habían aplicado métodos paliativos para aliviar el dolor y la pérdida de dignidad a muchos enfermos terminales y sus familias, hicieron coincidir a todos los hijos de Josefina en el recuerdo del final de su madre y en el carácter atroz e injusto de la persecución emprendida contra los médicos y, sobre todo, contra los enfermos del hospital Severo Ochoa de Leganés.

Uno estaba ilocalizable en Kenia. Los demás coincidieron en que sería duro, pero que sería bueno recordar su historia, la de Josefina, para que muchos ciudadanos meditaran sobre lo que significa una acción así. Decidieron romper el tácito pacto de silencio que una vez hicieron, y violar el carácter íntimo de su pequeña historia, para enviar a quien pudiera llegar una reclamación de piedad y de decencia.

Los hijos de Josefina se llaman Javier, José, Jorge, Cristina, Isabel y María José. La anestesióloga que les ayudó no puede tener nombre.

Vía El País, 030208.


LAMELA cumplió con su deber.

Editorial de El Mundo, 030208. Vía e-pesimo.

El PSOE intensificó ayer su campaña contra Manuel Lamela, ex Consejero de Sanidad, contra el que dirigentes socialistas lanzaron descalificaciones de grueso calibre. Zapatero llegó incluso a pedir a Rajoy su dimisión.

Los socialistas argumentan ahora que la decisión de la Audiencia Provincial de Madrid de archivar el caso contra el doctor Luis Montes, coordinador de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés, demuestra que este profesional fue injustamente destituido y difamado. Acusan a Manuel Lamela de haberse excedido de sus funciones al apartar de su cargo a Montes y también pretenden presentarle como el instigador de la investigación judicial sobre las sedaciones.

El propio Montes, convertido en un héroe por el PSOE y ensalzado como una víctima de la ultraderecha, ha anunciado incluso que va a entablar acciones penales. ¿Contra quién?

La realidad es que los socialistas están hinchando un globo que se puede pinchar fácilmente porque lo que la Audiencia ha decidido es que no existen pruebas que acrediten que las muertes de los pacientes del doctor Montes fueran provocadas por la sedación. De ello se deriva que Luis Montes no tiene responsabilidad penal, pero sigue sin estar claro si sus prácticas médicas eran correctas.

La propia sentencia del juzgado de instrucción de Leganés que le absolvía consideraba que se produjo «mala praxis» médica, aunque ahora la Audiencia estime que ello carece de relevancia penal.

Puede carecer de relevancia penal pero no moral y profesional. Que Montes no administró los tratamientos adecuados a algunos de sus enfermos lo dice el informe de los peritos del Colegio de Médicos de Madrid, encargado por el juez, que habló de sedaciones «inadecuadas, excesivas y contraindicadas». Las conclusiones de los peritos ratificaron otro informe previo de prestigiosos expertos, elaborado a instancias del propio Lamela, en el que también se concluía que había sedaciones irregulares o indebidas.

Lo que hizo Lamela -que ayer dio la cara reivindicando su conducta- es cumplir con su obligación: suspendió de sus funciones a Montes y colaboró con la Justicia que optó por investigar penalmente su conducta. Esta decisión la tomó un juez de Leganés y no el Consejero. La Comunidad de Madrid ni siquiera se personó en el caso. Por tanto, Montes debería ser un poco más discreto y no pretender tapar sus inquietantes prácticas con acusaciones urbi et orbe que a muy pocos convencen.


'Neocona'.

Maruja Torres, en El Pais, 310108.

[...]

[Esperanza Aguirre] La indiferencia moral, esa congelación de la conciencia hasta cero grados -ni frío ni calor, que decía el viejo chiste-, esa muñecona sonrisa con que recibió la noticia de la exoneración de toda culpa con que la justicia ha cerrado el caso de las falsas eutanasias en el Severo Ochoa de Leganés... Sería para vomitar de inmediato si no tuviéramos ya los zumos gástricos muy trabajados por la cadena de mentiras neocon que, empezando por Bush y siguiendo por Aznar, nos ha ido acostumbrando a preparar las sales antidisturbios antes de que éstos abran sus bocazas.

Ahora bien, puestos en tal trance cabe preguntarse si la doctrina neocon -salvarse a sí mismo y forrarse mientras se pretende salvar el país y se le arruina, arracimarse como secta globalizada, pisotear a los perdedores y a los desposeídos- es lo que produce el cinismo, o si se trata, por el contrario, de que para imponerla sólo sirven quienes poseen dicha cara dura. O ambas dos posibilidades. Deberían sedarla/los en el hospital de Leganés.


«Kulturkampf».

Hermann Tertsch, en ABC, 040208.

Hay algo que difícilmente va a cambiar ya en el estado anímico de los españoles y en el escenario político, social y cultural de España en años, sea cual sea el resultado de las elecciones del 9 de marzo. Se equivocan quienes creen que la polarización política, la destrucción del tejido social y de la voluntad de convivencia impuesta a la legislatura se revelará como fenómeno pasajero. El radicalismo sectario y la voluntad excluyente no son la «enfermedad infantil del zapaterismo» (Lenin pixit-dixit) sino la esencia de un proyecto político aglutinado en torno a una persona, rodeado por una guardia pretoriana intelectual encanallada, una sofisticada y abrumadora maquinaria de intoxicación y una soldadesca política que busca la eliminación de todo disenso, crítica y oposición. Aunque Zapatero tuviera un arrebato de decencia para dimitir o su partido para inhabilitarlo, mucho tardará en recomponer el (aún) ciudadano español, la voluntad de convivencia y respeto que existía antes de que Z nos lanzara hacia «las ansias infinitas de paz».

Esta última semana demuestra que la deriva en la que nos embarcó un presidente del Gobierno llegado de la nada con el único bagaje del odio a su antecesor y su mensaje redentorista, nos ha llevado a una situación de difícil retorno. La proclamación oficial de la existencia de un enemigo interno en el sistema democrático se produjo muy pronto en la legislatura cuando Zapatero se identificó plenamente con un bando de la guerra civil y proclamó su voluntad de llevarlo, 70 años después, a la victoria. Para imponer así su intrínseca bondad. Quienes se opusieran se situaban con el mal y eran enemigos a batir y humillar.

Pronto es para hacer balance de tanta desgracia. La catarata de insultos, descalificaciones e insidias, las manipulaciones y tergiversaciones de las palabras críticas hacia el poder la única oposición parlamentaria del PP, la Asociación de Víctimas del Terrorismo, movimientos cívicos y ahora la Iglesia Católica y la infinita sumisión de la inmensa mayoría de los medios de comunicación al dictado de un líder tan despreciado como temido que muchos se resignan o desean ver ya como fundador de un nuevo régimen, han creado ya en España una situación de democracia anómala. Nada tiene que ver con la legítima y leal competencia entre opciones políticas, diversas y adversarias, pero con vocación de buscar el bien común de toda la sociedad. La voluntad de Zapatero de consolidar un nuevo régimen que nada tiene que ver con letra y espíritu de nuestra constitución, -con una victoria en las urnas que considerarán un plebiscito a favor de toda su política-, se traduce en su política sistemática de quebrar la voluntad de los discrepantes, acallar toda voz crítica y amenazar a disidentes potenciales.

A pocos parece importar que voceros del régimen, desde ministras a columnistas llamen al frentepopulismo con independentistas y socios de ETA a la ofensiva común para la liquidación de la oposición en Cataluña o a la sedación de opositores (curioso resulta que un periódico publique el deseo de una escribidora de ver muerta a una líder de la oposición y la envíe a la sala de urgencias con el doctor Montes. Grave lapsus freudiano de la indigente intelectual. Su periódico no lo percibió, habituado como está al olor de su sentina. Montes debería querellarse contra Torres por sugerir que es Mengele).

Miedo.

Este nuevo «Kulturkampf» desatado por Zapatero, ante la temida posibilidad de que toda su tropa reclutada en la selección de los peores del PSOE se quede sin sueldo el 10 de marzo, nos lleva al enfrentamiento social. Aquí no hablamos del Estado laico que Bismarck defendió en su día. Se trata de la persecución de la oposición y por tanto de una voluntad totalitaria cada vez más agresiva. La Iglesia debe callar ante la amenaza de linchamiento. Eso sí, la SGAE tiene franquicia fanariota con el canon. La oposición no debe oponerse ni a la mentira del presidente respecto a las negociaciones con ETA -que ningún jefe de Gobierno europeo habría sobrevivido políticamente-, ni a la coordinación de políticas con la banda terrorista, ni a la ocultación de datos sobre economía. «Nadie se oponga porque no lo vamos a tolerar». Sería recomendable que todos los españoles empezaran a tener miedo.


NOTAS.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.

digno, na.- (Del lat. dignus). 2. adj. Correspondiente, proporcionado al mérito y condición de alguien o algo.

ZETA.- La zeta [Z] es el logotipo escogido por Zapatero para la presente campaña electoral.

servido por elquiciodelamancebia 1 comentario compártelo

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juan

juan dijo

Eso es como la enseñanza pública.

¿Llevaría ZP a su familia a que la tratara el médico en cuestión?

Yo tampoco.

El que puede manda a sus hijos a la enseñanza privada, normalmente religiosa.

5 Febrero 2008 | 09:27 PM

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