Afectos impensables.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
Esa mañana, Alex, como acostumbraba desde algún tiempo, fue a ver a su querido pariente con la ilusión de encontrarlo menos pálido, de ver reducido ese amarillo opaco en su rostro que la enfermedad se obstinaba en maquillarle. Quería volver a disfrutar de su sonrisa satisfecha y relajada -a la vez, virtuosa e inteligente-, ver sus mejillas sonrosadas, las de una persona feliz.
Era un día más de esperanza imbatible y uno menos para la realidad de la estadística clínica. La dolencia invadía órganos importantes y se empecinaba en ir cerrando los cajones de la existencia. Hasta que, como una llave fatal, giró sobre su propio eje, cerrando el último de la cómoda en la que se amontonaban sus vivencias.
Cuando le dijeron lo ocurrido, quiso encerrarse a solas con el difunto. Sentarse a su vera sobre el colchón insensible y mirarlo largamente. Yacía voluminoso, con su graciosa papada inerme, pero sus bondadosos ojos cerrados se negaban a ver lo que su cerebro ya no era capaz de procesar.
El cuerpo llenaba la pequeña estancia y le iba produciendo un sosiego creciente, entreabriéndole el alma, con el recuerdo de los buenos instantes. Aquellos en que las experiencias cobran su aspecto más grandioso y en el que las comparaciones se imponen irremediablemente. Para acabar departiendo con el silencio paralizante de las despedidas forzosas.
En un instante, comenzó a hablarle, a decirle las cosas que por pudor no le dijo antes. Explicarle lo bien que le había hecho conocerlo, y sentirse apreciado y querido por él. De las cosas agradables que había sentido a su lado. Musitarle que lo quería y alegrarse por esos años de convivencia tan entrañables y, sobre todo, agradecerle que le hubiera señalado como el hijo que no tuvo.
Acababa de perder un plano repleto de calles marcadas donde visitar monumentos del sentimiento humano y saciarse de reconfortables emociones, apaciguadoras del equilibrio. No era un itinerario intelectual, más bien uno sagrado por el que llegar a la felicidad: el afecto. Y ahora temía extraviarse entre los sucios rincones donde se acumulan los desperdicios.
De momento, sintió la necesidad de cogerle de la mano y, estrechándosela con fuerza, empezó a lagrimear: era duro afrontar la marcha de un hombre al que deseó muchas veces como padre. En ese instante, se abrió la puerta de la habitación, que la tenía enfrente, y apareció su verdadero progenitor que, al ver tan íntima situación, la cerró de inmediato.
Alex se sintió desnudo y helado, sorprendido por la asombrada mirada de aquella visita inesperada. La última que hubiera querido ver en aquel preciso segundo. Avergonzado quizás por decirle a su suegro lo que debería ir destinado a un buen padre. Pero sabía que estaba haciendo lo justo y necesario, lo que le demandaba su espíritu. Y, orgulloso, siguió con el calor de los recuerdos, aferrado a aquel cuerpo gélido.
El Xiquet de Columbretes [2008]. Todos los derechos reservados.
Radiografía [1896] de la mano de Anna, esposa de Wilhelm Röntgen [Alemania, 1845-1923], descubridor de los Rayos X [1895]. Vía Revista chilena de radiología.
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Bárbara dijo
Precioso relato de sentimientos y culpas.
10 Febrero 2008 | 09:53 AM