Casa de huéspedes.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
Estudiaba en la escuela de ingenieros y había elegido vivir en una casa de huéspedes cercana. Estaba ubicada en uno de los paseos más importantes de la capital y el portero de la finca era un peculiar hombre que mataba sus ratos destripando relojes de cuerda.
El piso era enorme y con grandes balcones artesonados, como se construía antiguamente en las zonas de prestigio. La dueña, una anciana soltera, había pertenecido a una familia noble venida a menos y ahora sobrevivía arrendando sus múltiples habitaciones.
De todos los residentes, el que más sedujo al estudiante nada más llegar, por sus atractivas historias, era un juicioso médico que llegó a ejercer la pediatría por medio mundo. Junto a su cama, en el suelo, tenía un pequeño saco de levadura de cerveza que difundía su exclusivo olor por toda la casa. Se la tomaba continuamente con la ayuda de un baso de agua. Decía que era el alimento milagroso capaz de mantener los vasos sanguíneos en perfectas condiciones. Murió pocos meses después de conocerle.
Otro personaje no menos interesante era el pintor, Ramón, que además de vestirse siempre con el mismo traje negro, no usaba jamás ropa interior y se acostaba desnudo y con las ventanas abiertas de par en par. Tenía miedo a que le faltara el aire mientras dormía. Se duchaba con agua fría todos los días y se desayunaba a la hora de comer, una lechuga entera. Creía en el poder tranquilizador de las hortalizas.
Era un magnífico retratista y los encargos surgían de sus continuas caminatas por la sugestiva noche. Se orientaba por la ciudad gracias a los anuncios luminosos; por eso, el miedo a perderse le impedía salir durante el día.
Entre las prostitutas de nivel hacía trueques: retratos por noches de amor. Algunas tuvieron que acostarse con él e invitarle a copas no menos de doce veces, para obtener un pequeño óleo que, con su prodigiosa facilidad, lo realizaba en unas pocas horas.
Se conocía todos los lugares donde se encendía la luz de las pasiones y junto a él, el estudiante aprendió a caminar solazándose; distinguiendo lo bueno que no brilla y dejándose mimar por aquel mundo. Realmente le fascinaba su forma de vida tan peculiar y, durante un pequeño tiempo, intentó emularle aprendiendo a dibujar retratos; pero todo fue inútil.
En general, el ambiente de aquella mansión era agradable y el respeto brotaba con naturalidad. La nota triste la daba un ocupante maduro que casado en provincias con una mujer adinerada, decidió opositar forzado por el suegro y con el dinero de éste. Sufría tanto la lejanía de sus pequeños hijos y de su amor, que se encerraba día y noche con la intención de aprobar las oposiciones a la primera y poder regresar a casa con la cabeza alta, cuanto antes.
Una madrugada, en la que llegaron el pintor y el estudiante de complacerse, oyeron sus maldiciones y llantos desesperados. Se preocuparon tanto que fueron a calmarle. Después de sacrificarse durante todo un año, le habían suspendido el último examen y sucumbió a la desdicha del momento.
Nunca podrán arrancar de sus memorias a aquel ser humano, padre de familia, destrozado, abatido y queriéndose morir ante la perspectiva que se le avecinaba. No pudieron tranquilizarlo mucho y se vieron obligados a contactar con su mujer para que viniese a recogerlo urgentemente, pues se temían que la altura del balcón no estuviese al nivel de sus exigencias y se quedara peor de lo que estaba.

Lo más animado de aquella casa eran las mascotas de la señora. Un gato rubio mimado, capaz de, apoyándose en las paredes, recorrer todo el largo pasillo sin tocar el suelo; solía hacerlo acompañado de unos graves maullidos y si te cogía desprevenido podía darte un sincope. Otra, una perra Basset, de esas llamadas salchicha.
Dormían los dos en la cocina; la perra encima de un sillón viejo de mimbre y cubierto con una pequeña manta y el gato debajo, en el suelo. Alguna noche el can se veía obligado a bajar para hacer sus necesidades y, entonces, el gato aprovechaba la ausencia para subirse de inmediato y ocupar su puesto. Cuando el “salchicha” volvía, el gato lo amenazaba con sus garras y aquel acudía a su dueña, a llorarle para que le resolviera el problema. Eran como críos y los celos alumbraban sus sibaritas y aburridas vidas.
Estos recuerdos le aparecen con insistencia al estudiante, porque con ellos viene siempre Lola, una mujer joven, morena, de sonrisa ingenua que era sobrina de la dueña y estaba recién casada con un suboficial de telecomunicaciones de las Fuerzas estadounidenses, de cuya relación tenía una hija muy pequeña.
Vivian allí debido a que el nuevo destino de su marido, un país en conflicto, era poco seguro para ellas y acordaron separarse durante ese periodo de tiempo, esperanado a que él obtuviese méritos que después les permitieran un puesto algo más acorde a sus pretensiones.
La recuerda alegre, muy alegre, con vestidos sueltos de vivos colores y grandes pendientes, con nariz y labios destacados y una descarada mirada que lo veía todo. Sus andares seguros, pisando chanclas, oscilando las caderas y con un acento meloso que lo había sisado en Canarias, donde vivía su madre.
Cuando sonreía se le desplegaban hasta sus ojos negros y el rostro se le transformaba en una gran arcada de marfil, donde se apreciaba el fogoso horizonte. El que le hacía temblar. Al principio no supo asimilar tanta satisfacción inesperada, pero pronto acabó necesitando verla durante el día para soñar las noches.
El tiempo largo y los espacios cortos, cargados de roce, propiciaron la relación y cuando se le cercaba con confidencias de su amor y familia, sentía que deseaba decirle algo más. ¿Sólo consejero de sus añoranzas y desvelos?, se negaba a quedarse sin otras opciones. Pero aquella mujer, entre la abierta frescura de sus años y la cerrada responsabilidad de madre, le mareaba las expectativas.
Hasta que una noche avanzada, repleta de tormenta eléctrica, que les robó la luz y en la que, por casualidad, coincidió el regreso del estudiante con su salida del baño, obró el milagro. No esperaba encontrarse con nadie, por eso apareció íntima, transparente, sosteniendo una candela. Se quedaron turbados, cara a cara y sus miradas se cruzaron en silencio, a través de la llama rojiza, caldeando el deseo.
La gente durmiendo, la casa callada, y de pronto, el beso mil veces visionado coincidiendo con un estruendo y los cuerpos inmediatos, afines. El estudiante sintió levitar en su boca. Sus manos se aferraron para ir a su espacio, el de los sueños solitarios, y allí entendió la nostalgia de la lejanía, la necesidad del abrazo y la imposible contención en una noche de relámpagos.
La romántica vela que duró hasta el amanecer, no les iluminó ninguna vez más. Cuando irrumpió el desahogo, los miedos y la conciencia impidieron que la encendieran de nuevo. Para ella eran demasiados compromisos rotos. Entonces, tuvieron que distanciarse y admitir la relación inversa: dejar de mirarse durante el día para no tener nada que desear por las noches.
El estudiante no pudo soportarlo porque no tenía otro lugar tan incitante donde fijar su mirada. Y decidió escapar para contener el gimoteo del alma. La mañana de su despedida, el Sol producía los mayores contrastes en los caminos empedrados del parque y los miles de coches, con sus desechos, seguían tiñendo de negro los viejos balcones. Y al ir a darle un beso de adiós, en la mejilla, ella se adelantó colocando los labios en su comisura, dejándole la estela caliente y húmeda de una lágrima espesa.
El Xiquet de Columbretes [2008]. Todos los derechos reservados.

La primera fotografía [de la serie 'rooms', 2005] es de Ricardo González [España, 1957] y la segunda ['amor furtivo', s. 1999] de Joel Salcido [EEUU].
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



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Carmen dijo
Preciosos recuerdos de alguien que vivió con intensidad la vida.
17 Febrero 2008 | 01:48 AM