En busca del último horizonte.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
A mi amiga Irene, la de los ojos liberados.
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Desde pequeño tuvo una fijación: la lejanía. Vivía en una grandísima llanura y su padre le decía siempre, por miedo a perderlo, que detrás del paisaje remoto no había nada. Cuando hubo crecido descubrió que lo que creyó siempre como el final, era el principio, y desilusionado, soñó con elevarse hasta el cielo para ver el postrero horizonte.
Llevado por su ofuscación, decidió pasar un gran tiempo dedicado a instruirse sobre el tema. Hasta que leyó en un viejo y mágico libro que los únicos que podían volar tan alto como para ver la última lejanía, eran los ángeles. Y pensó que estando junto a ellos adquiriría sus poderes. Ya crecido, y enterado de que anidaban en los viejos árboles monumentales, se fue de casa en su búsqueda.
Durante años recorrió cantidad de bosques de todo tipo, en los lugares más insospechados, encontrando árboles gigantescos y, cuando los tenía enfrente, no dudaba en trepar a lo más alto de sus ramas en busca de los nidos blancos. Pero siempre acababa bajando desesperanzado.
Un día, poco antes del atardecer, se hallaba recuperándose de sus sufridas decepciones en un pequeño arroyo, cercado por plantaciones inmensas de algodón. El cielo, hasta ese momento claro y limpio, cambió de repente, transformándose en un embrollo de nubes bajas muy blancas. Advirtiendo, incrédulo, como surgían del laberíntico firmamento un grupo de ángeles. Éstos, sobrevolaban el campo realizando vuelos rasantes sobre las plantas, acopiando las fibras blancas de los capullos con el ánimo de preparar sus grandes moradas.
Cuando salió del hechizo, tuvo necesidad de algunos minutos para serenar su emoción. Los avistamientos habían convulsionado su mente. Vio como partían. cargados con sus livianos e inmensos copos blancos. hacia el norte. Creyó entender, entonces, que era una señal eterna y, sin dudarlo, emprendió su marcha, convencido, ahora más que nunca, de poder acariciarlos algún día.
Mientras tanto, seguía indagando, y preguntaba a los sabios de los lugares que visitaba sobre las costumbres de los espíritus celestes. Llegó a la conclusión de que debía acercarse al inmenso valle salvaje donde nacía el frío bóreas, vieja tierra que sufrió durante miles de años el azote continuo de convulsiones y resquebrajamientos volcánicos.
Después de jornadas de intensas caminatas llegó al lugar y se adentró en los bosques impenetrables, en busca de una pequeña zona agreste donde se suponía reinaban los gigantescos abetos rojos, todos ellos tan altos que sobrepasaban el centenar de metros. Se perdió incontables veces hasta que quedó boquiabierto al descubrir un misterioso lugar, entre una silenciosa neblina. Frente a él, cantidad de columnas arbóreas limpias e interminables mostraban un seductor y mágico paisaje. Había llegado, por fin, al templo de sus sueños albos.
Su determinación era firme y a base de ingenio y valor, logró ascender por el peligrosísimo tronco del que intuyó más vibraciones. Tuvo que pernoctar varias noches, colgado de su verticalidad, hasta poder llegar a las primeras ramas. Y necesitó encaramarse a lo más alto para encontrar, por fin, una resplandeciente luz que salía de un gran nido de algodón puro. Se quedó mudo. Allí estaban tres diminutos e inmaculados niños alados esperando a sus criadores y él, embadurnándose de harina con urgencia, se anidó pegado a ellos.
No se lo podía creer, se encontraba en la copa boscosa del mundo, tocando el cielo a la espera del momento crucial más importante de su vida, en la antesala de la inmortalidad. Cuando volvieron los ángeles encargados de la protección, entendió que éstos no se percataron de su artimaña, pues le dieron, como si se tratara de uno más, el alimento sagrado: miel de escaramujo blanco.
Con el tiempo, aquellos cuidados extraordinarios acabaron por desarrollarle unas suaves y delicadas alas y una madrugada, creyéndose dotado de los poderes soñados, se lanzó al vacío con la intención de cernirlo todo desde bien alto. Pero cuando quiso batirlas se percató de que la resulta de su engaño, era otro engaño; y empezó de inmediato a ver, cada vez con más claridad, su último horizonte.
El Xiquet de Columbretes [2008]. Todos los derechos reservados.
"El ángel herido", óleo sobre lienzo pintado en 1903 por un maestro del simbolismo, Hugo Simberg [Finlandia, 1873-1917]; actualmente se exhibe en el Ateneumin Taidemuseo de Helsinki [Finlandia], siendo considerada en tal país como una especie de "joya de la cultura nacional". NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



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Babe dijo
Hacía tiempo que no leía algo tan tierno y a la vez aleccionador.
13 Abril 2008 | 12:43 AM