Impúdicas manipulaciones finalistas.
Leopoldo Calvo-Sotelo [España, 1928-2008], Presidente del Gobierno de España [21/02/1981-01/12/1982]. Fot. Bernabé Cordón.La procacidad de la prensa del Movimiento.
El fallecimiento de ex-Presidente Calvo Sotelo quedará señalado, mediáticamente, por el precioso y preciso artículo de Victoria Prego [leer infra] y el obituario desvergonzado y sectario de Juan Luis Cebrián [leer más infra, si lo considera oportuno].
Viene al pelo la cita de Ángel Duarte sobre el ninguneo definido por Octavio Paz: “una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno.”. Aunque yo me quedo con la acepción del menosprecio, porque a menudo se ningunea a nadie.
Hace tiempo mantengo la tesis de que, precisamente un don nadie [jaleado, eso sí, por millones de felices votantes], desde el Gobierno, mantiene su verdadero empeño en ningunear a los españoles, con las tres armas más poderosamente destructoras con que se ha dotado al respecto: la memoria histórica [una suerte de educación rectificadora del pasado], la educación para la ciudadanía [o como ilustrar, desde el poder, sobre el bien y el mal], y -más importante, si cabe- la [in] educación a secas [sólo sé que no sé nada].
En esta tarea le acompañan ínclitos palmeros que, aprovechando la intencionada devastación que produce tal ninguneo, acaban de tuertos entre los ciegos.
El objetivo es perpetuar el mundo de Fritzl -estoy hablando, claro, de la vida de su entorno: el silencio de los corderos- por la nueva vía del desconocimiento supino ['es que aunque hubiera sabido no hubiera entendido' o 'yo de política no entiendo'].
Pero, a veces, se pasan, produciendo -imagino- incluso vergüenza propia entre sus conmilitones.
Porque, afortunadamente, todavía queda gente -bien es verdad que, poca y mayoritariamente anciana- que ve con sus dos ojitos, cansados, también, de tanta intencionada desfachatez.
Y lo de un mal periodista del Movimiento [etapa dictablanda fascista] restando créditos a un señor escritor, presidente democrático, explica sobradamente -como ya he comentado en alguna ocasión- que TVE haya seleccionado, para lo que sea, a Rodolfo Chikilicuatre.
Pero hay que estar 'al loro'. El proyecto les otorga frutos irreversibles. Sin ir más lejos, los lectores del diario gubernamental aceptan tal impudicia de buen grado [votación mayoritaria incluida], sin el menor enervamiento.
La antológica disección que, en su reflexión de ayer, hace Arcadi Espada sobre el vomitivo artículo de Cebrián, no tiene desperdicio. Pues de disección se trata aunque la pieza carezca de entrañas.
Léanla seguidamente, si lo desean.
En las exequias de Calvo-Sotelo el periódico tiene menos problemas de memoria que la competencia. Arcadi Espada, en El Mundo por dentro, 040508. El periódico tiene, todavía, limitados problemas de memoria, porque apenas acaba de cumplir la mayoría de edad. Así puede organizar con una gran comodidad las exequias de Leopoldo Calvo-Sotelo, donde brilla especialmente una doble página (brilla: hermosamente ilustrada en blanco y negro), con textos del muerto sobre sí y su circunstancia, transcritos por Victoria Prego en su libro Presidentes. Los problemas los tiene la prensa socialdemócrata, y no es la primera vez ni será la última. La prensa socialdemócrata se ve obligada a reconocer, con demasiada frecuencia, que todo aquello que combatía ha acabado teniendo razón. Su actitud, en los días del nombramiento de Calvo-Sotelo la resume aquella frase de Santiago Carrillo, pudorosamente ocultada hoy en todas las ediciones "Si Calvo-Sotelo es el candidato le haremos la vida imposible". Un parrafón editorial de entonces dice sobre el discurso de investidura del candidato: "Acentuó premonitoriamente las líneas conservadoras de su programa y sólo se mojó -como dicen los castizos- a la hora de manifestar su voluntad atlantista, de apoyar sin rodeos la energía nuclear y de reafirmar una política económica acorde en lo esencial con las aspiraciones y reivindicaciones de las organizaciones empresariales". Es decir, todo lo que ha acabado apoyando (por más que haya tardado), Felipe González. El editorial, titulado El síndrome gris es, de punta a cabo, un prodigioso espectáculo, donde se le reprocha al candidato que dedique demasiado tiempo a la economía (¡en la España del 20% de paro!) y muy poco a la cultura. En efecto: aquel periodismo literario con que nos hicimos hombres. Hoy se reservan los mayores elogios al Calvo-Sotelo que colaboró decisivamente en la fundación de UCD. El periódico cita expresamente ese mérito en su editorial. En 1981 la prensa socialdemócrata (y nunca mejor este calificativo para la prensa que tenía en Fernández Ordóñez su mayor confidente) hablaba de ese papel fundacional en estos términos: «El jefe de la patrulla de desembarco gubernamental en el extinto Centro Democrático.» Jefe de patrulla, jefe de centuria. Sin embargo, en ningún otro lugar se advierten el difícil encaje entre pasado y presente como en el asombroso artículo necrológico que Juan Luis Cebrián escribe hoy en la cabecera de opinión. Tan asombroso que dudo si lleva su fisking incluido, en un supremo ejercicio de autocrítica. En ese pozo sin fondo hay este otro parrafón: «Virtuoso del piano, experto en economía, persona de erudición considerable y gran lector, Calvo-Sotelo no fue sin embargo hombre de escritura. Pese a ello, ya casi vencido el siglo XX, se empeñó en ser elegido para la Real Academia Española. Recabó los auxilios de sus pares en la presidencia del Gobierno, y tanto Felipe González como José María Aznar firmaron cartas de recomendación al respecto. Fue en este trance cuando recuperé una relación con él que había decaído después de su abandono del poder.» Se empeñó, dice el académico Cebrián, que le ayudó... pero no pudo ser. Le faltaba escritura. Postrero empeño. Hoy no tienen otro remedio que darle la razón en todo. Pero se reservan la hostia consagrada, el altar supremo. La literatura. El territorio infalsable. El patético académico exhibiendo sobre el cuerpo del muerto su presunta superioridad literaria. Lástima: no pudo ser. No fue un hombre de escritura. Sólo que sus memorias, junto a las de Fernández de la Mora, son el mejor libro que ha escrito un político español después de la guerra civil. No fue un hombre de escritura, dice el autor de La Rusa. ¡Hay que enervarse! Buenos días. Nota de EQM.- La aportación fotográfica de la portada de El País es de Arcadi. No así el resto de imagenes y sus pies, así como los enlaces. El gran olvidado. Victoria Prego, en El Mundo, 040508. Madrid.- Le tocó bailar con la más fea de las legislaturas y muy pocos se lo han reconocido, y mucho menos agradecido, en vida. Cierto que Adolfo Suárez, su predecesor en el arte de bailar un tango sobre el alambre y conseguir llegar al otro lado sin romperse la crisma, lo tuvo tan complicado como él. Pero no más. Y tenía razón este hombre afectuoso y adusto cuando decía, vitriólico, que para "mala herencia recibida", la suya. Hablaba, claro, de los lamentos que los dirigentes del PSOE trompetearon a todos los vientos cuando, con 202 diputados en el zurrón, que es tanto como decir con un blindaje popular a prueba de bomba, insistían en recordar las malas condiciones en que se encontraba el país cuando ellos recogieron el testigo para gobernarlo. Y tenían razón. Pero más razón tenía Leopoldo Calvo-Sotelo en recordar que lo que a él le había caído en las manos en aquel mes de febrero de 1981 no había sido una patata caliente sino una patata de plomo derretido. Para empezar, este hombre, que nunca tuvo vocación de suplente y que, al contrario, sí tuvo un clarísimo y sólido proyecto para España, que pudo llevar parcialmente a cabo –hasta allí donde los suyos se lo permitieron– se quedó solo desde el primer instante en que asumió el poder. Se quedó solo porque Adolfo Suárez tardó apenas un par de horas en marchar de vacaciones después de que Calvo-Sotelo, dominado ya el intento de golpe, juró su cargo ante el Rey. Y se quedó solo también porque gobernó de principio a final sobre un partido que se le deshacía entre los dedos y que no le respaldaba sencillamente porque no era el "suyo": prácticamente ninguno de los dirigentes de la UCD le debía su cargo a él sino a Suárez y/o al círculo de poder de Suárez. En esas condiciones de dramática soledad política se enfrentó a un país paralizado de miedo y de desconfianza por culpa de un intento de golpe de Estado que todos sabíamos –y él mejor que nadie aunque toda su vida lo haya estado negando– que podía en cualquier momento volver a repetirse. Como, efectivamente, 20 meses después se repitió. Administró después con pulso frío y gran tesón la estrategia desestabilizadora de los golpistas y sus esfuerzos constantes por involucrar al Rey en el golpe fracasado y derribarle así de su papel constitucional. Fue capaz de controlar la violentísima zozobra provocada por el juicio a los imputados en el golpe. Y tuvo el valor político de recurrir ante la jurisdicción civil aquella sentencia emitida por un tribunal militar. Fue Leopoldo Calvo-Sotelo quien se empeñó personalmente en que la última palabra sobre la sublevación de unos militares la tuvieran los tribunales ordinarios. Y con las condenas del Tribunal Supremo a los golpistas se dio, aunque ya casi nadie lo aprecie, un paso histórico en el difícil camino del establecimiento definitivo de la superioridad jerárquica del poder civil sobre el poder militar. Leopoldo Calvo-Sotelo metió a España en la OTAN. Contra viento y marea, contra el amotinamiento político pero también social de toda la izquierda española, este presidente de Gobierno del que muy pocos se acuerdan cuando hablan de los grandes protagonistas de la Transición, supo con certeza que sólo integrando al país en las grandes estructuras occidentales de cohesión España podía arrancar definitivamente y salir del barranco al que la había empujado la Historia. Cerró el mapa autonómico que hoy conocemos. No todos los estatutos de autonomía pudieron aprobarse bajo su mandato, es verdad. Pero si no se hubiera visto obligado a adelantar las elecciones generales, como se vio, 15 de los 17 estatutos habrían estado aprobados y en vigor bajo su presidencia. Por eso decía tantas veces que le hubiera gustado ser el Javier de Burgos de nuestro tiempo. No pudo ser. Como tampoco pudo ser que cumpliera su viejo sueño de presidir el momento en que España entró a formar parte de la Comunidad Europea. Un hombre de las dos Españas. Juan Luis Cebrián, en El País, 040508 Leopoldo Calvo-Sotelo era en sí mismo un paradigma de las dos Españas. Sobrino del líder de la ultraderecha José Calvo Sotelo, cuyo asesinato encendió la mecha de la Guerra Civil, y tío de la actual ministra de Educación del Gobierno socialista, su biografía es rica en lazos familiares de alta significación política, debido también a su segundo apellido, Bustelo, que le hizo entroncar con sectores de la izquierda y el liberalismo republicano, y, a través de ellos, por vínculos familiares indirectos, con los Azcárate, nombre de prosapia en la izquierda socialista y comunista de nuestro país. Por si fuera poco, había casado con Pilar Ibáñez Martín, hija de un ministro de Educación de Franco y genuino representante del integrismo católico. Fue en esta doctrina en la que sin duda se inspiró la educación primera del joven Leopoldo que militó después de la guerra en las Juventudes Monárquicas y en la Asociación Nacional de Propagandistas (Acción Católica). Su fervor religioso y su compromiso social le llevaron a formar parte de las partidas de la porra que trataron de boicotear, por inmoral, el estreno de la película Gilda, en la que Glenn Ford propinaba una sonora bofetada a Rita Hayworth. Presidente de Renfe y procurador en Cortes durante la dictadura, Calvo-Sotelo estaba llamado, por cuna y por formación, a ocupar mayores responsabilidades políticas en la democracia. Ministro de Comercio con el primer Gobierno del posfranquismo y de Obras Públicas después, se ocupó personalmente de la elaboración de las listas electorales de Unión de Centro Democrático para las elecciones de 1977. Tras la victoria en éstas, ocupó varias carteras de Gobierno, hasta que en 1981 sustituyó a Adolfo Suárez como presidente después de su dimisión. El azar quiso que, de nuevo, el apellido Calvo-Sotelo estuviera ligado al comienzo de un golpe de Estado, pues fue durante la votación de su investidura cuando el teniente coronel Tejero entró disparando a mansalva en el hemiciclo y el general felón Milans del Bosch declaró el estado de guerra en Valencia. Una biografía así podría llevar a la suposición de que Calvo-Sotelo era un agitador o un activista, pero nada más lejos de esa realidad. Fue un hombre de talante moderado y buenas maneras, educado desde la infancia para el ejercicio del poder, una persona culta y un conversador ameno, con un sentido del humor muy a la gallega. Alguien a quien Mariano Rajoy quizá le hubiera gustado parecerse como líder de la derecha española. No fue un hombre de Estado, en el cabal sentido de la palabra, pero sí un político capaz que decidió la entrada de España en la OTAN y trabajó tenazmente por la incorporación de nuestro país a las Comunidades Europeas. Durante su breve mandato, de apenas dos años, tuvo que enfrentar además la nada fácil papeleta de llevar a cabo el juicio contra los militares golpistas del 23-F, tarea en la que contó con la inestimable ayuda del ministro Alberto Oliart y del general Alonso Manglano. Todas esas tareas las llevó a cabo con pulcritud y eficacia. Sin embargo, su encarnadura intelectual y su condición de ingeniero no le facilitaron el desempeño en los aspectos teatrales de la política. Hubiera podido lanzarse por el tobogán del populismo, como hicieron algunos de sus sucesores, pero no lo hizo y en 1982 protagonizó una de las más estrepitosas derrotas electorales que haya podido experimentar un partido en el Gobierno. Virtuoso del piano, experto en economía, persona de erudición considerable y gran lector, Calvo-Sotelo no fue sin embargo hombre de escritura. Pese a ello, ya casi vencido el siglo XX, se empeñó en ser elegido para la Real Academia Española. Recabó los auxilios de sus pares en la presidencia del Gobierno, y tanto Felipe González como José María Aznar firmaron cartas de recomendación al respecto. Fue en este trance cuando recuperé una relación con él que había decaído después de su abandono del poder. El hecho me deparó un par de sorpresas: la primera, las malas relaciones que durante su etapa de Gobierno había mantenido conmigo, aun sin yo ser muy consciente de ello. La segunda, su capacidad de criterio en el análisis de la realidad, que yo había puesto recurrentemente en duda durante su desempeño como gobernante. Sobre las tensiones que mantuvimos, yo sabía que había solicitado a Jesús Polanco, reiterada e inútilmente, mi destitución como director de EL PAÍS. Pero nunca imaginé, hasta que él mismo me lo contó años más tarde, hasta qué punto ésa que yo consideraba una simple anécdota constituía una carga en su ánimo, llegando a crearle incluso una especie de sentimiento de culpa que él mismo trató de explicarme. En cuanto a su lucidez de análisis, se me hizo patente en los comentarios sobre el devenir de la derecha aznarista, sobre la que era capaz de opinar sin tapujos, al tiempo que mantuvo siempre una actitud de respeto impoluto hacia su sucesor al frente de la derecha española. Guardo en mi biblioteca la parva obra de Leopoldo Calvo-Sotelo. En su Memoria viva de la transición, la dedicatoria dirigida a mí añade: "... con quien tengo pendiente una pelea a soneto limpio". Él conocía nuestra común manía de garrapatear ripios jocosos, y hasta era autor de uno que circuló por los corrillos madrileños y que versaba más o menos así: "Qué dilema en el que están, / y qué triste situación, / quienes huyendo de Ansón / van a parar en Cebrián". Lamento que se haya marchado para siempre sin que nuestro certamen literario haya tenido lugar. Los papeles de un cesante me los envió "con afecto antiguo y gratitud reciente". Ésta hacía referencia a los muchos encuentros que mantuvimos para preparar su nonata candidatura a la RAE. "¡Quién me iba a decir a mí -comentaba- que al final serías precisamente tú mi principal aliado!". Los hechos demuestran que le serví de muy poco. En ese mismo libro, que publicó como prólogo obligado para intentar el ingreso en la Academia, acusado como estaba de no tener obra, expresa su opinión sobre las relaciones entre políticos y periodistas: "Son, si no enemigos, sí adversarios". Para añadir: "El político que tiene relaciones demasiado buenas con los periodistas no es un buen político". Parece evidente que él soportó mal las críticas de la prensa y que tomó alguna iniciativa para evitarlas. Pero ni por manera de ser ni por convicción hubiera sido capaz de desatar la caza de brujas contra los disidentes, ni el clientelismo descarado con los amigos, a los que se vieron tentados algunos de sus sucesores. Ambas actitudes han distinguido el comportamiento, en el poder y en la oposición, de muchos dirigentes de Alianza Popular, y no me tomaré más tiempo en demostrarlo. Por eso creo que merece la pena recapacitar sobre las lecciones que el paso de Calvo-Sotelo por la política nos depara. La primera, que hay una derecha española capaz de gobernar desde la conciliación y contra el odio. La segunda, que el liderazgo político no se enseña en las aulas ni se aprende en los libros, no es fruto necesario ni de la inteligencia ni de la cultura, y no puede ser reemplazado por unas oposiciones a un cuerpo técnico del Estado. Por último, que la condición de español nos lleva irremediablemente a estar rodeados por todas partes de meapilas y rojos, de liberales y socialdemócratas, de comunistas y demócratas cristianos, y que todos caben en nuestra memoria común y en nuestro futuro posible. Se nos va un político conservador en las ideas y liberal en las formas, que defendió el respeto y la tolerancia como normas obligadas de comportamiento. Las dos Españas, que él vivió en carne y hueso, le deben gratitud. NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos, respetando el texto, que puede leerse en el original pinchando el enlace.
Portada de El País, 220281 [apretar el enlace para ver en grande].
Frag. de la fot. de la portada anterior, del candidato a Presidente, tocando el piano.





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Rosa dijo
Cuando los hijos y cómplices del fascismo se meten a socialistas y reivindican la limpieza ideológica de los demás, sólo hay una respuesta: sois unos sinvergüenzas.
5 Mayo 2008 | 01:40 PM