Jetas y Getafe.
Telma Ortiz en la boda de su hermana Letizia con el Príncipe Felipe.
Asalto a la vida privada. El pasado domingo El Mundo publicó uno de los panegíricos habituales, por entregas, del antaño aparentemente serio, Alfredo Urdaci [y digo antaño porque el otro día trabajaba en La Noria entrevistando, en comandita, nada menos que al último ex novio de la Obregón], dedicados a Letizia Ortiz. Se titulaba 'Un Máster en Princesa: De Leti a Doña Letizia'. Quizás hayan tocado a rebato desde palacio para compensar la momentánea -esto no acaba aquí- y aparente [se trataba de medidas cautelares] derrota en tribunales de quien -en este caso, por ser hermana de Letizia- tiene que sufrir, como tantos otros, la persecución inmoral de unos desaprensivos, al que demasiados consideran periodistas y contribuyen a que no se tomen medidas al respecto. Resulta sorprendente que el profesional del periodismo tolere con tanta facilidad que mientras tiene que esperar quizás años para conseguir una entrevista de relieve, cualquier desvergonzad@ con jeta lo intenté por la calle incluso con el Rey, para conseguir la valiosa declaración informal de que quiere que gane el Getafe [sobre la integridad y rectitud de ZP prefiero abstenerme]. Pero también puede haber sido -por aquello del conocedor de lo oculto [Urdaci, amigo personal de Letizia]- para equilibrar la increíble entrevista a Cassinello en El País. En todo caso, siempre hay un roto para un descosido: el inefable Peñafiel también nos cuenta como la Reina madre tiene que seguir educando a una chica que nunca dejará de exigir que la dejen terminar [de ser ella].
Telma pierde el juicio. Martín Prieto en El Mundo, 190508. En El crítico como artista, Oscar Wilde hace dialogar a sus personajes: «Gilbert: el periodismo justifica su propia existencia merced al principio darwiniano de la supervivencia de lo más vulgar. Yo solamente me ocupo de la literatura. Ernesto: pero ¿qué diferencia hay entre periodismo y literatura? Gilbert: ¡Ah! El periodismo es ilegible y la literatura no se lee: eso es todo». Telma Ortiz ha sido llevada a un desolladero judicial por sus propios abogados en el intento de hacerle un Nuremberg a la comunicación chismosa. Pero Telma tiene razón; dedica sus esfuerzos a llevar su ayuda a países subdesarrollados, nunca ha dado un escándalo ni propiciado una persecución de cámaras y micrófonos, no pertenece a la Casa Real, no es miembro de la familia del Rey, y su única relevancia social es ancilar: ser hermana de la Princesa Letizia. No tiene el escudo de Palacio y le arrastran por los adoquines. Ya escribió Stevenson en sus Cartas a un joven caballero: «¡Qué cosa tan vacía y triste es eso que se llama popularidad!». Decía Santiago Rusiñol que la vida es como el palo de un gallinero: corta pero llena de mierda, y estas cosas duran pero acaban. En la Transición, creímos que el destape nos inundaba y se quedaba con nosotros, pero ni siquiera mudó al amarillismo inglés o alemán sino que se extinguió. Nuestro amarillismo es la prensa del corazón y, casi en exclusiva, la televisión de las ingles. Hemos evolucionado bien. No se sabe cuándo doblará esta ola gigantesca de intromisión en la privacidad de las personas, pero, alcanzado su culmen con El tomate, acabará pulverizándose en gotas como el destape. Mañana no será, pero dentro de 50 años escribiremos desde la tumba de otras cosas. A la pobre Telma Ortiz la van a linchar dos veces, dándole un repaso constitucional post-sentencia como si pretendiera la censura, y afilando objetivos y alcachofas para hacerle la vida insufrible en España. El muladar del periodismo debería limitarse a las empresas que se lucran de él y a los patéticos personajes que cobran por exponer sus miserias o simplemente gozan de su exhibicionismo, y dejar en paz a los que desean intimidad. Yerra la sentencia porque Telma no es un personaje público, como da a entender, porque una cosa es ir con pamela a la boda de tu hermana y otra que te hurguen en la bolsa de la compra. Le deseo que no tenga que exiliarse.
El periódico cuelga a la princesa Letizia de la percha. Arcadi Espada en El Mundo por dentro, 180508. ¿Por qué? es una pregunta periodísticamente muy peligrosa. Desgraciadamente el why se ha incrustado entre las obligaciones (las dobles uves) del oficio, trayendo problemas sin cuento. Sin embargo, hay otro porqué cargado de peligro que recuerda mucho la crítica leve e inmortal de aquel estreno de teatro: «Ayer se estreno la obra tal y tal... ¿Por qué?» Crítica por cierto que debe de ser tan legendaria como el titular del accidente ferroviario: «Afortunadamente, todos los muertos viajaban en tercera» Algo va mal cuando el lector, ante el periódico desplegado en torno a una noticia, se pregunta por qué. Así la apertura del suplemento Crónica. "Un máster en Princesa". O sea: un artículo de Alfredo Urdaci, antiguo compañero televisivo de la periodista Letizia Ortiz. ¿Por qué? No lo digo por el contenido del artículo. Sólo por la oportunidad del artículo. La entradilla, rápida, viene a justificarse. Lo que en periodismo chusquero llamamos la percha: "El jueves se cumplen cuatro años..." Hummm... ¿Era preciso el día exacto de la semana? Lo habría sido si se tratara del primer aniversario, del quinto aniversario, del décimo. Pero ese jueves, ahí en la entradilla, como un garbanzo... En cuanto a la percha en sí misma... ¿Cuatro años? Cuatro años no son nada. Hay pocos números dotados con menos sex appeal. El cuatro sólo sirve para esperar al cinco, después de la orgía que supuso el tres, ese número, en verdad interesante, con el que las parejas encaran el rubicón del ser o no ser. El mosqueo aniversario aumenta cuando se comprueba que la competencia dedica a la princesa Letizia medio suplemento dominical. En la entradilla: "Se cumplen cuatro años..." Las sinergias contraprogramadoras entre los dos principales diarios españoles son conocidas. Pero no es lo más interesante del caso, ni aunque hayan existido. Sigo con la percha. El periódico no celebró ni el segundo ni el tercer aniversario de la boda. Ni siquiera el primero, subsumido por la noticia ginecológica. Del segundo sólo pareció acordarse Peñafiel, con su retranca habitual (Peñafiel debió de ser el crítico del por qué, ahora lo veo), esta vez nimbada por San Juan de la Cruz: «El lunes 22 hizo ya dos años de la boda de Felipe y Letizia, un aniversario que ha pasado sin pena ni gloria. Han pasado dos años. (...) La Casa Real ya no es la misma de entonces. Ni el Rey ni la Reina ni, por supuesto, el Príncipe quien, desde ese día, lleva en su rostro la descripción de su cuerpo y de su alma de hombre enamorado. Y ya se sabe lo que decía San Juan de la Cruz del alma enamorada: blanda, mansa, humilde y paciente.» Hoy Peñafiel ni menciona los cuatro en su zarzuela semanal. Que está dedicada, por cierto, a la auténtica percha del extraño aniversario. La hermana Telma. La hermana Telma y los deseos de agradar del periódico, que ya tengo dicho dicho que es más bueno que el pan. Buenos días. El Rey de España y el baile de máscaras. Jesús Cacho en El Confidencial, 190508. Telma Ortiz ha salido de los juzgados de Toledo con su orgullo entre las piernas como consecuencia de un cálculo erróneo: ella no es miembro de la Familia Real, por mucho que su hermana sea la esposa del heredero de la Corona. Confundir los planos en una democracia como la española, con un sistema judicial sometido al capricho del poderoso -sobre todo si es banquero- y propenso al castigo del humilde, tiene estas cosas. La peor es servir de disculpa a una Justicia necesitada de lavar sus vergüenzas y ganar crédito en el Jordán de algún despistado/a al que el Sistema cruje, porque lo coge como coartada para que el lerdo escarmiente y el invento del señor conde de Lampedusa siga girando, impávido, hasta nuevo aviso. Seguro que el Rey Juan Carlos se habrá reído en Zarzuela al enterarse del fallo judicial. Escarmentando, que es gerundio. El Rey, sin embargo, goza de la inmunidad penal que le garantiza la Constitución y del derecho de pernada que le otorga una sociedad sin tradición democrática, siempre necesitada de mitos y, algunas veces, de caudillos. Su reciente irrupción en la política española, a cuenta del elogio desmedido a José Luis Rodríguez Zapatero, ha provocado hondo escozor en la derecha sociológica española, cuyas consecuencias a largo plazo seguro que Zarzuela no se ha parado a pensar. Desde mucho antes del 9 de marzo pasado, en los ambientes políticos por cuyas cañerías discurre la realpolitik, esa que no circula a través de agencia de noticias, se venía hablando de algunas curiosas, cuando menos, iniciativas reales tendentes a intervenir más o menos veladamente en el curso de los acontecimientos políticos. La legislatura pasada acabó con la institución en la picota, con algunos episodios –quema de retratos del monarca; episodios de falta de respeto (o pérdida de miedo) a la Corona como el de la revista El Jueves, etcétera- que llevaron la preocupación al entorno de Su Majestad. El caso es que en los jardines de Zarzuela volvieron a germinar algunas viejas semillas que se creían abandonadas desde los tiempos de Mario Conde, ¿se recuerdan?, aquel intento de “Gobierno de Concentración” nacional –auspiciado por el Monarca y presidido por el banquero- de la última etapa del felipismo, cuando los escándalos de corrupción colocaron a nuestra partitocrática clase política al borde del abismo. Con las encuestas apuntando un resultado cercano al empate o una victoria por la mínima de cualquiera de los dos grandes partidos nacionales (si es que al PSOE se le puede seguir calificando de tal), la imposibilidad de formar un Gobierno más o menos estable, en ausencia de mayorías claras, fue interpretado en Palacio como un riesgo claro para la estabilidad de las instituciones, con la propia Corona al frente. Llovía sobre mojado. La negociación con ETA y los intentos de arrinconar al Partido Popular, entre otras cuestiones de menor enjundia, habían dado como fruto perverso una de las legislaturas más tensas que se recuerdan, equiparable a la última de González: la crispación, ese clima político de guerra fría que tan buenos réditos electorales ha terminado reportando al zapaterismo. Y en Palacio dijeron “basta”. Era necesario evitar otra nueva legislatura como la pasada. Las fuentes sostienen que el Monarca “leyó la cartilla” por igual a PSOE y a PP, es decir, a Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy, en fechas previas al 9-M. Si las urnas terminaban arrojando un resultado electoral tan apretado como el que pronosticaban las encuestas, los dos grandes partidos debían abandonar la confrontación para embarcarse en algo parecido a un Gobierno de coalición. Un deber patriótico, o algo así. No estaba claro si el jefe de tal Gobierno hubiera sido el candidato del partido más votado. Hay quien sugiere incluso que podía haber sido un tercero en discordia, a quien se hubieran comprometido a apoyar ambas formaciones. La promesa formulada por Rajoy durante la campaña, según la cual en caso de ganar las elecciones ofrecería al día siguiente al PSOE un amplio pacto para la reforma constitucional, es interpretada por quienes endosan esta tesis como parte de ese acuerdo verbal suscrito con el Monarca. La relativamente holgada victoria de Zapatero el 9-M, gracias al voto del nacionalismo radical y de IU, alejó algunos de los peores fantasmas de Zarzuela. “El Rey ha impuesto una versión light del plan original”. En esa línea, ambos líderes se han comprometido a enterrar el hacha de guerra y rebajar los decibelios de su enfrentamiento. Un diseño cuyo primer y casi único pagano es Rajoy –como demuestra la brutal crisis que vive el PP desde el momento en que el gallego ha hecho amago de virar hacia el centro-, inducido a abandonar la política de la confrontación a cara de perro por otra de colaboración, siquiera relativa, con Zapatero. Tal es el resultado de los movimientos reales por las zahúrdas de la política española. Y es que el Monarca tiene mucho más protagonismo político del que la gente del común cree, y desde luego mucho más del que le concede la Constitución. Lo publicó, tal cual, el ABC del 11 de mayo pasado: “Urkullu dice que se vio con el Rey y Zapatero para hablar de la situación en el País Vasco”. ¿Qué es lo que hablaron? ¿Qué acuerdos adoptaron, si alguno? ¿Qué pinta el Rey en esos encuentros? ¿Dónde queda el papel del Parlamento? Preguntas de imposible respuesta en un régimen de monarquía parlamentaria, donde el papel de Rey está perfectamente tasado por la Constitución. En este orden de cosas, las recientes declaraciones del Monarca elogiando sin recato alguno al presidente Zapatero, no son sino un episodio más de la intromisión real en la vida política española –tal vez producto de la edad y de esa sensación de impunidad que, 33 años después de la muerte de Franco, produce intervenir sin coste alguno en la política por la puerta de atrás de las Cortes-, hasta el punto de que un PP menos miedoso, menos respetuoso con sus viejos fantasmas, tendría que haber formulado una enérgica nota de protesta contra esas declaraciones, como expresión pública de rechazo al alineamiento del Jefe del Estado con una opción política concreta. Curiosa la posición de una derecha llamada por causa divina a apoyar la Monarquía, pero dispuesta al mismo tiempo a recibir las bofetadas de una Monarquía que se siente más cómoda con la izquierda republicana en el poder que con ella. Naturalmente que son muchos los que piensan que el Rey juega con fuego, y no hace falta estar muy versado en asuntos históricos para acordarse de lo acontecido a su abuelo, el Rey Alfonso XIII, obligado a exiliarse al perder el apoyo de los sectores sociológica, política y emocionalmente llamados a sostenerle. El 14 de abril de 1931, el Monarca salió de Palacio cuando terminó de enajenarse la simpatía de las clases políticas que apoyaron la Restauración. ¿Está el Rey Juan Carlos I ganándose a pulso la desafección de la derecha política y sociológica española? Porque la pregunta del millón sigue siendo tan simple como demoledora: ¿está el Rey comprometido con la defensa del modelo de Estado que consagra la Constitución del 78 (“La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”), o ha abdicado de la defensa de ese modelo, para abrazar el diseño federal o confederal que más o menos concientemente propugna Zapatero? Parece obvio que si el Rey no defiende punto tan esencial como la unidad de la nación española, su principal obligación constitucional, no pocos españoles podrían sentirse tentados a pensar que en tal caso sobra el Rey y sobra la Monarquía. Muchos ciudadanos piensan que el Rey está emocionalmente -¿también activamente?- implicado en el diseño de esa España plural que abandera el presidente del Gobierno por la vía de los hechos consumados. El Monarca ha puesto en manos de Zapatero la estabilidad institucional. Pero, o mucho me equivoco, o confundir al de León con un nuevo Disraeli (curioso, el líder tory saltó a la fama al publicar un manifiesto en Defensa de la Constitución inglesa en forma de carta a un noble Lord) puede ser un error de graves consecuencias para la sucesión a la Corona. Porque difícilmente el PP va a transigir con los eventuales compromisos asumidos por Rajoy ante el Monarca, tendentes a dejar suelto a Zapatero y propiciar una legislatura light, y porque el propio diseño del Estado de las Autonomías ha sentado ya las bases jurídicas y fiscales –ahí está el Estatuto de Cataluña, que el Tribunal Constitucional se dispone a refrendar- para esa versión confederal de España de imposible encaje en la Constitución del 78. El intento real de embridar una situación de deterioro cuyas bases sentaron los padres de la Constitución, se antoja tardío en exceso. Si me apuran, el gran error del Monarca reside en echarse en brazos de un partido, el PSOE, que no tiene capacidad para gobernar como tal, puesto que depende cada día más de sus diversas franquicias regionales, muchas de ellas poco o nada dispuestas a defender la vieja idea de la unidad de España. El Gobierno de la nación pinta cada día menos, tiene cada vez menos poder y menos recursos para imponer una determinada política a nivel del Estado. El Gobierno, en realidad, pinta tan poco, que Zapatero podría nombrar ministros/as a los/as jardineros/as de Moncloa sin que se notase la diferencia. En estas circunstancias, aparentar normalidad desde Palacio, como si aquí no pasase nada, mientras el Parlamento mantiene mis prebendas, es artificio tan vano como inútil en el tiempo. Y todo ello, ante la crisis económica más seria que ha conocido nuestro país en mucho tiempo. Cuando ya no se trata de gravar la riqueza, sino de repartir la pobreza. Aunque los procesos históricos son lentos, no son pocos los que consideran que el baile de máscaras toca a su fin. El Rey y ZP. Raúl del Pozo en El Mundo, 130508. Alfredo Pérez Rubalcaba, la inteligencia vigilante del Estado, ha comentado que a Juan Carlos I le cogieron con la guardia baja cuando dijo que ZP es íntegro, honesto y no divaga. «Las palabras del Rey fueron inapropiadas aunque aquí todo el mundo tiene derecho a tener la guardia baja». Lo que le ha ocurrido al Rey es lo mismo que me ocurrió a mí con ZP, antes de saber que el presidente es hipnólogo y algo parapsicólogo: te mira con esos ojos de prestidigitador y te reduce a un estado letárgico; terminas aceptando, como reales, sus fantasías, hasta el punto de que yo le hubiera votado si no hubiera descubierto a tiempo, y así lo declaré a Libération, que es un Robespierre sonriente. El Rey es un buen árbitro en bermudas. Sólo permite que le saluden con ese cómico medio arrodillamiento en las recepciones; parece que en las cacerías lo tratan como al Rey Sol, y le dispensan toda suerte de envaramientos. He estado un par de veces con él y he incumplido los requisitos de la etiqueta severa. Empiezo a decirle Majestad y casi acabo llamándole tío, porque es muy tratable. Me aconsejaron una vez que fui a la Zarzuela que al Rey no hay que preguntarle nada y acabé interesándome por el culo de Lady Di, a la que acababa de ver en biquini durante las vacaciones en Palma. Yo creo que el Rey es condescendiente porque lo ha pasado tan mal como los españoles de su generación. Franco vigilaba hasta su cuenta de teléfono. Aquí lo de «Delenda est monarchia» no cotiza. Los jacobinos están en el PP; apenas quedan intelectuales al servicio de la República. A los intelectuales les dan premios en palacio, los visten de pingüinos y los ponen ciegos de whisky. Los políticos saben que no hay, de momento, otra alternativa que la monarquía. Es verdad que Don Juan Carlos mataba a abrazos a Felipe González y a Aznar le llamaba enano, en privado; comprendo que sea molesto habitar en un país monárquico, católico y centrista si se es republicano, ateo y de izquierdas, pero eso es lo que hay, un gobierno de centroizquierda, un monarca que caza bisontes y una conferencia episcopal que hace manifestaciones en vez de congresos eucarísticos. Claro que el Rey no puede equivocarse con el pito; me refiero al silbato porque ese monarca campechano y constitucional está libre de toda responsabilidad, no de toda sospecha. El Monarca, ese lujo nórdico, oficio vitalicio, hereditario, ha sido durante 30 años el relaciones públicas de ese quilombo esplendoroso que es España; nunca se ha escorado a un lado de la refriega. La izquierda se hizo juancarlista la noche que Juan Carlos se vistió de centurión; ahora hasta los banqueros son socialistas. Pero al Rey hay que despertarlo de la hipnosis. Necesita una terapia para liberarse de la omnipotencia de la mirada de ZP. Si no, un día puede despabilar en Cartagena. NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



ADVERTENCIA SOBRE COPYRIGHT: Este es un blog no comercial. Las imágenes, música y documentos se editan citando la fuente gratuita [donde se encuentra, de forma libre y sin exigencia de abono de derecho alguno, exactamente lo mismo]. En caso de existir COPYRIGHT si, por error, se hubiera publicado algo inadecuadamente, comuníquenoslo y el documento, la imagen o la música serán eliminados de forma inmediata. Gracias.