La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

13 Julio 2008

Altos vuelos.

(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).

Relato breve.

La habitación está casi desnuda: un pequeño crucifijo de bronce y un almanaque de 1945, esperando le arrebaten el pasado día, son los únicos ornamentos. Tiene el techo alto y es amplia como la ventana orientada al sur, que pronto dejará entrar los inicios del eterno comienzo.

Una cortina pesada que besa el viejo pavimento, deja entrever el alféizar donde un esbelto palomo enamorado se mueve con gran soltura. El ave hace rato que corteja a su hembra con arrullos entusiastas y ruidosos que traspasan el cristal. Es parte de la belleza del alba. Por unos instantes, parece distraído con el mantenimiento de sus plumas timoneras, pero enseguida reinicia sus demostraciones de ternura con el buche hinchado. No es un palomo vulgar, se diría que es de altos vuelos.

Dos pesadas mantas de lana cubren casi por completo la cama de hierro forjado. La almohada gruesa y larga parece no tener posibilidad alguna de escapar del lastre de Marcelino, que aborda de forma alterna sus dos extremos, abrazándola sensualmente. La estructura del lecho sufre los movimientos bruscos del despejado ocupante, que se ve impotente ante el sueño roto.

Se suele levantar temprano pero, un rato antes, la naturaleza le recuerda que el amor que reproduce es un canto a la vida. Hoy, más que nunca, odia ese canto y teme saber todos los porqués. Abre un momento los ojos y obtiene un primer plano de quien se adelanta al despertador. Es consciente que le queda media hora de insomnio y está desesperado.

Hace ya tiempo que sufre cada nuevo día al pertinaz palomo y todas las ideas que ha puesto en práctica para evitarlo no le han dado ningún resultado. No puede rehuir las imágenes violentas que se plasman en su mente, temiendo ser incapaz de controlarse.

Una vez más se levanta como perdedor, cubriéndose con un batín a cuadros, y estudia a su enemigo. Éste, ignorante de su presencia, continúa alborotando con sus galanteos y besuqueos.

Su mano abre con sigilo la hoja acristalada y, después de una larga y concentrada mirada, sorprende al palomo de un manotazo. Sus enormes dedos abarcan todo el cuerpo del ave, inmovilizándola de inmediato. El aplastamiento va exprimiéndole la vida, al tiempo que sus pequeños ojos rojos van cerrándose, hasta negarse a ver a su verdugo.

Sólo su cabeza impide confundirlo con un pañuelo blanco abandonado, a la espera de que una ráfaga de viento lo ascienda a los cielos. La hembra, desde una cornisa próxima, no entiende el silencio y espera impaciente poder compartir su próximo vuelo.

Marcelino siente un gran alivio. Ya no habrá más madrugadas rotas y además, nadie lo ha visto. Quiere desmemoriarse y, al tiempo que sus brazos se descuelgan sin fuerza a lo largo del cuerpo, como si lo hecho le hubiese restado una gran energía, se deja caer en la cama. El somier chirría por el desplome que busca un inmediato sueño reparador.

Su descanso llega a ser tan profundo que no controla el tiempo y cuando despierta casualmente, se apercibe que está a punto de no llegar a su cita diaria. Se levanta veloz y dirigiéndose a la ventana con la esperanza de todo haya sido producto de su imaginación, sonríe aliviado al descubrir que no hay vestigio alguno de realidad.

Baja las escaleras con premura en dirección a la sacristía. En la parroquia hay un gran silencio. Misteriosamente, no ha venido nadie. Nunca antes había ocurrido. No quiere pensar y se dispone a celebrar, sólo, el sacrificio de la misa.

Situado frente al altar con su casulla gótica de seda, abre el misal del atril dorado y aparece, entre sus páginas, un puñado de plumas blancas. La piel le palidece, los ojos se agrandan de miedo y una convulsión de terror deforma completamente su rostro, haciéndole hincar las rodillas en el gélido mármol.

Nunca pudo celebrar aquella misa y, desde entonces, cuando rompe el día, unos arrullos ensordecedores perforan sus oídos hasta hacerle enloquecer.

Hoy, Marcelino deambula viejo y maltrecho por las calles de la gran ciudad, enfermo y sin rumbo, alimentándose únicamente con duros granos de maíz.

El Xiquet de Columbretes [2008]. Todos los derechos reservados.

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Representación en piedra del Espíritu Santo: su santidad queda indicada con la orla de la cabeza. Clave en la iglesia de San Miguel de Michaelsberg (Cleebronn, Alemania). Vía wikipedia-Klaus Jähne [kjunix].


NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.

servido por elquiciodelamancebia 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Carmen

Carmen dijo

Intrigante historia.

13 Julio 2008 | 08:05 AM

Carlos Gardell

Carlos Gardell dijo

Las palomas totalmente blancas, por si acaso, no se deben de tocar nunca.

13 Julio 2008 | 09:08 AM

win

win dijo

los secretos de la secta

13 Julio 2008 | 04:01 PM

Neo-Pedrín

Neo-Pedrín dijo

Hoy, Neo-Pedrín llega, echa una ojeada al bello relato del Xiquet, siempre un placer estético, y, cual vagabundo errante, como don Marcelino, se despide hasta setiembre.

O dea, sis felix aestas.

Neo-Pedrín.

13 Julio 2008 | 06:10 PM

Luis González

Luis González dijo

Xiquet sempre de categoría. Muy bien, eres un genio.

13 Julio 2008 | 08:58 PM

El Xiquet de Columbretes

El Xiquet de Columbretes dijo

Neo-Pedrín, a todo el mundo le llega su tiempo de holganza, y yo me alegro. Espero que aproveches cada momento y saborees los manjares del mediterráneo bajo tu sombra plegable. No podría soportar verte comer duros granos de maíz.
Un fuerte abrazo y gracias.

Gracias a todos los que participáis.

14 Julio 2008 | 09:08 PM

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Apoyado en el quicio, perplejo y preocupado ante una sociedad blanda que pasa de historias, tratando de averiguar por qué chirría con su amado óxido. Para mis adentros. Será la edad (España).



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