Diálogo del goce.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
José acababa de llegar a su dulce hogar y tras coger un bote de cerveza fresca se dejó caer sobre su sillón favorito. Le faltó el tiempo para estirar las piernas sobre el taburete mientras encendía un cigarrillo, quedándose extasiado ante la pequeña pantalla.
El día luminoso apenas le había apaciguado la inestabilidad que le produjo una intensa y complicada jornada de trabajo y necesitaba relajarse. Qué mejor que una de esas series donde se pasan el tiempo discutiendo los problemas personales en las salas de operaciones.
Su mujer, Josefa, terminaba de lavar a los niños y les ofrecía la cena sin gran éxito. Entre lloros de sueño y malestar de primavera, se desarrollaba la escena que comenzó a impacientar a los padres.
A medida que pasaba el tiempo, los pequeños se pusieron más tercos, provocando la reacción brusca de la madre:
— ¡Ya estoy harta de vosotros! ¡Todos los días igual! ¿De dónde habéis salido? ¡Hala, se acabó, a dormir todo el mundo. Ir a despediros de papá y a la cama, que ahora mismo voy yo! — gritó, limpiándoles la boca con los pechitos.
Los niños se acercaron a su padre y éste, con rictus de seriedad, les pasó la mano por sus pequeñas cabezas. Automáticamente se dirigieron a su cuarto sin rechistar. La madre, cuando se cercioró de que estaban todos bien tapados, en sus respectivas camas, les dió un beso a cada uno y, apagando la luz, les cerró la puerta.
Suspirando, se dirigió a la cocina a iniciar los preparativos de la cena. Cuando salía hacia el comedor a poner el mantel, oyó a José exclamando con voz cansina:
— Todos los días son igual de problemáticos. Siempre con tensiones. Tensiones en el trabajo, tensiones con los niños, tensiones contigo… Ya no puedo más, estoy llegando al cenit de la presión.
— ¡Pero si yo no te he dicho nada! Ahora resulta que encima de que me cargo con todo el trabajo de la casa y de los niños, mientras el señor descansa, encima se me tiene que criticar. La verdad es que…, ya no se qué pensar de ti. — respondió Josefa, desbordada.
— Hoy quizá, pero el otro día bien que me pusiste a caldo cuando se me ocurrió cambiar el coche — contestó él, resentido.
— ¡Si es que es cierto! ¿ A quién se le ocurre comprar otro coche si el que tenemos está perfectamente y nos hace un buen papel?. Además, el dinero que tenemos ahorrado es para cuando surja alguna situación dificultosa, no para gastar alegremente — sentenció ella.
— Mira, un buen amigo siempre me dice: “cuando tu jefe te esté jodiendo, tu mujer no te comprenda, los niños no te dejen en paz y tus suegros te creen dificultades, es que ha llegado la hora de cambiar de coche”. Y encima, tú te niegas a entrar en razones.
— Ya te lo he dicho una y mil veces, lo ahorrado es para tapar posibles brechas, no para caprichos subnormales — concluyó Josefa, sin soltar las servilletas .
— La subnormal serás tú, que siempre te niegas a todo lo que se me pueda ocurrir. ¡No, no, no, siempre no! No oigo otra cosa. Pareces la negación personificada. Estoy convencido de que disfrutas llevando siempre la contraria.
José, levantándose de inmediato, prosiguió con un tono chulesco:
— ¿Sabes lo que te digo? ¡Que ya no aguanto más. Me voy de esta casa harto de no vivir, de encontrarme constreñido por tus continuos “noes”!
— ¡Pues si te quieres ir, vete! ¡No quiero a nadie a mi lado que no valore mi esfuerzo diario, que no sienta el cariño que emana de su familia! Desaparece si quieres, pero ¡hazlo ya!. ¡No estoy dispuesta a compartir ni un minuto más de mi vida contigo!
Dirigiéndose a su habitación, José sermoneó a su mujer irónicamente:
— Ahora te vas a quedar sola con los niños y tus padres. Así podrás acostarte todos los días con un “no” diferente; seguro que te sentirás feliz...
Sin dejar de vociferar sus problemas abrió el armario y extrajo su vieja maleta de cuero -la que heredó de su progenitor- y, arrullándola, la miró orgulloso.
— Con ella papá se despidió de la convivencia con mamá; ¡y bien que hizo! — susurró entre dientes.
La abrió sobre la pulcra colcha y empezó a meter ropa en ella sin ningún orden, al tiempo que no dejaba de decirle a su mujer sus planes más inmediatos, culpabilizando a todos:
— Verás que pronto desaparezco y, además, ¡me voy a comprar el coche por cojones! y ¡me voy a ir a Madrid a disfrutar!. A pasarlo bien, a divertirme con la gente simpática de la gran ciudad y no con los paletos de pueblo que me rodean. ¡Sí!, paletos, que sois unos paletos todos los que me rodeáis!
— Eso, gástate el dinero de los dos y destroza tu vida por esos mundos de lujuria y vicio. Que sólo piensas en lo que yo me sé. ¿Qué crees, que estoy tonta? Pues hazlo, hazlo, y verás que pronto te quedas sin un duro. No te olvides que tus encantos se acabaran cuando pierdas el dinero; y, entonces, ¿qué? Eres un ingenuo, inocente, infeliz; un niño; eso es lo que eres, ¡un niño tonto y mimado!
— Tú di lo que quieras pero ya te demostraré con el tiempo que no te necesito para vivir. Y ahora, a divertirme y a ser verdaderamente feliz. ¿Qué crees, que sólo tú puedes cuidarme? también tengo mis valores y seguro que habrá mujeres que sabrán vérmelos.
José cerró la maleta y salió hacia el pasillo sin detenerse ni un instante delante de la habitación de sus hijos pequeños. Era como si la rabia hubiera invernado en su interior y ahora, con el buen tiempo, le saliera con toda su fuerza. Abrió la puerta de la casa y sin mirar a su mujer, decidido, salió cerrándola tras de sí con ímpetu.
Al cabo de cinco minutos sonó el timbre de la casa y Josefa abrió con naturalidad. Allí estaba él, con la cabeza gacha. Le había dado tiempo a bajar y subir de nuevo en el ascensor, como siempre hizo, con la maleta reluciente que fue de su padre y con suave expresión en su rostro.
Alzó el cuello y la miró con ojos de cerveza entre la espuma, levitando la sonrisa. Transcurrió sólo un segundo y su mujer ya no pudo evitar complacerle con sus labios, que enrojecieron mientras se exageraban, abriéndose toda sobre la alfombra del recibidor.
Unos gritos metálicos que provenían del televisor, remontando el tono de una discusión que se inició minutos antes en el quirófano de la serie, se mezclaban fortuitamente con frases soeces que les conducían a los gimoteados goces, preludio de un hijo nuevo para el dulce hogar.
El Xiquet de Columbretes [2008]. Todos los derechos reservados.
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Imagen autoría de Trevor Brown [Gran Bretaña], vía su web oficial.NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



Carmen dijo
Me parece que hay muchas parejas que son felices y se comportan como los protagonistas de la pequeña historia. ¿Es una relación de amor odio - sado masoquista?
20 Julio 2008 | 12:20 AM