Velando a la muerte
Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes).
Relato breve.
Nació con la piel de cirio, de los usados para sepelios. Creció admirando en blanco y negro a “Morticia”, de la “Familia Addams”, velando a los difuntos y siguiendo con verdadera devoción a todos los entierros que veía. Acabó aficionándose a pisar las huellas que abandonaba en el barro la fastuosa y barroca carroza fúnebre con sus negros caballos emplumados.
Se pasaba las horas muertas paseando por el cementerio del pueblo, ahora contando las tumbas de los recién nacidos, ahora calculando los años de los más viejos de aquel tétrico lugar. Sentarse en los rincones más sombríos y permanecer callado hasta la puesta del sol, viendo como se alargaban sobre el campo santo las sombras de las cruces y de los ángeles custodios, le placía sobremanera.
Cumplido el tiempo de la mayoría de edad, descubrió que lo que le sucedía era que deseaba sentirse más vivo que nadie y entonces, decidió vestirse de negro, lucir un crespón de dolor y vivir con los muertos. No paró hasta conseguir lo que quería: un trabajo de enterrador.
Hizo las prácticas por su cuenta en cementerios de pueblos abandonados, cavando en todo tipo de terrenos y profundidades, hasta que enterrar y exhumar cuerpos en ruina fue cosa de coser y cantar. Después, como complemento, trabajó en la manufactura de ataúdes, convirtiéndose en un versado.
Tuvo que acumular experiencia pasando por muchos cementerios del país para llegar a realizar su sueño: ser el sepulturero de la necrópolis más grande de Europa, con derecho a casa en el centro mismo del complejo. Vivía cercado por cinco millones de esqueletos. Desde su vivienda, abriera la ventana desnuda que abriera -no quería cortinas que le interfirieran el paisaje-, siempre veía lo mismo: tumbas marmóreas glorificando a los muertos.
Para culminar su felicidad se casó con una descarnada mujer que vestía medias y pañuelo negros y disfrutaba realizando trabajos de combustión a 900 grados en la incineradora de la municipalidad. Irradiaban felicidad porque en las noches de tormenta, haciendo el amor sobre las frías y pétreas lápidas, lograban los orgasmos más acentuados cuando los relámpagos iluminaban las cruces y las figuras de los panteones parecían cobrar vida.
El día que su mujer quedó embarazada el regocijo entró en el hogar y ante el miedo a perjudicar al feto, tuvo que guardar reposo y dejar sus dos hobbies: limpiar las lápidas de los nichos más altos y preparar aquellas barbacoas que le recordaban los benditos tufillos de su trabajo diario. Lo establecieron todo para que pudiera parir en el interior de un nicho a estrenar y la noche del alumbramiento, como no podía ser de otra manera, su hijo nació muerto.
.
El Xiquet de Columbretes [2008]. Todos los derechos reservados.
.
Lapida en mármol de Carrara de la tumba de Laurence Matheson, encargada por su esposa. Cementerio de Mount Macedon, Victoria [Australia]. Obra de 1987 del escultor Peter Schipperheyn [Australia, 1955]. NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.




ADVERTENCIA SOBRE COPYRIGHT: Este es un blog no comercial. Las imágenes, música y documentos se editan citando la fuente gratuita [donde se encuentra, de forma libre y sin exigencia de abono de derecho alguno, exactamente lo mismo]. En caso de existir COPYRIGHT si, por error, se hubiera publicado algo inadecuadamente, comuníquenoslo y el documento, la imagen o la música serán eliminados de forma inmediata. Gracias.
Martirio dijo
Mejor no se puede narrar una historia de amor por la vida.
9 Noviembre 2008 | 12:31 AM