Afganistán, guerra humanitaria
elquicio121108_2En la base de las tropas en Herat, Chacón ha afirmado que "con su muerte hemos perdido a dos soldados valientes, a dos hombres de honor a los que debemos el más hondo reconocimiento y respeto" y que los terroristas que han atacado a los militares "amenazan la libertad y amenazan la seguridad de todos, también de nuestras familias".
Vía El País, 101108.
Donde antes dijimos 'digo' ahora decimos 'Diego', que es como se dice 'digo' en la lengua de Obama
Vía Santiago González, en su blog, 111108.
Siempre tuve una secreta admiración hacia la ministra Chacón. Fundamentalmente por la determinación de su carácter. Una mujer dispuesta a hacer lo que había que hacer sin sentirse presa de ataduras o rémoras del pasado, como serían para otros políticos sus propias palabras pronunciadas en el espacio público. Fue una ministra emancipadora. Como ministra de Vivienda se negó a creer en el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y llegó a interrumpir una entrevista con una corresponsal extranjera de TV que se atrevió a preguntar por el asunto. Comprendía la problemática de los jóvenes con la vivienda por razones generacionales y eso la llevó a compartir con el presidente la rueda de Prensa más espectacular realizada hasta el momento: las puertas de la Moncloa se abrieron para que anunciaran la buena nueva de que cada joven recibiría 210 euros para emanciparse de sus padres.
Hace en cada momento lo que tiene que hacer. Si hay que encabezar una manifestación junto a jovenes de las juventudes de su partido que llevan camisetas serigrafiadas con la leyenda 'Tots som Rubianes', pues se va. Ya saben, el Rubianes de "la puta España, que se la metan por el culo, etc." A pacifistas, nunca nos ha ganado nadie: "Soy una mujer pacifista y el Ejército también es pacifista". Por eso, nuestros soldados estaban en el exterior en plan Soldados Sin Fronteras, una Ong dedicada a la cooperación, la reconstrucción y otras tareas humanitarias en los lugares donde hay conflicto. Los pacifistas que gobernamos España sólo enviábamos nuestras tropas al exterior en misiones de paz, que es como llamamos los buenos a nuestras misiones bélicas. Por eso, todos los muertos anteriores no pudieron tener la cruz del mérito militar con distintivo rojo, porque habían muerto en misiones de paz.
Rubén Alonso y Juan Andrés Suárez tendrán el distintivo rojo. Ha bastado que llegara Obama para que vayamos a enviar más tropas a Afganistán antes de que nos lo pida, a ver si alguien va a creer que España no es una nación soberana. La paloma de la paz se ha transformado en una síntesis de María Pita, Manolita Malasaña y Agustina de Aragón, dispuesta a combatir "la amenaza a las familias españolas" que representa el terrorismo, porque "los enemigos desea someternos a su terror".
Y que nadie piense en que ha cambiado de principios. ¿Hay tarea más humanitaria que eliminar a los que eliminan a la humanidad? Es un acto de íntima coherencia que bascula entre dos grandes veneros de nuestra tradición intelectual. Ayer poníamos el acento en Gandhi. Hoy recuperamos al Miguel Hernández de 'Viento del Pueblo':
"Asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres".
[de 'Sentado sobre los muertos']
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elquicio121108
[sobre idea supra de S. González]La guerra tabú
David Gistau en El Mundo, 111108, vía Reggio’s Weblog.
En las películas de género negro, los malevos suben el volumen de la música para que el vecino no oiga los gritos y los disparos. Algo parecido está haciendo el Gobierno con las tropas españolas desplazadas a Afganistán. Sube el volumen de la propaganda que tañe melodías pacifistas, himnos de un credo ong como acompañados por una guitarra en una parroquia, para que la opinión pública no escuche el ruido de una guerra en la que estamos metidos. Así sea con la puntita nada más, con una contención y un velo de clandestinidad que ningunea el sacrificio de los militares e incluso enturbia su prestigio. La falacia sólo la desmiente, de vez en cuando, la terrible noticia de los soldados asesinados. Como ahora.
Zetapé es cautivo del repliegue electoralista, del ¡No a la guerra! en la solapa, de las tardes echadas detrás de una pancarta, de la ocurrencia de la Alianza de Civilizaciones, de aquella declaración de Túnez en la que invitó a la deserción general. Está maniatado por el denuesto de Azores, aquel precio que Aznar estuvo dispuesto a pagar para ubicar a España en la jerarquía global y contra el cual el actual presidente reaccionó con una equidistancia flower-power convertida en principio vertebral de su mandato. Es por ello que a Zetapé le cuesta resolver la contradicción del Irak no pero Afganistán sí. Es cierto que el escenario de Irak tiene menos brillo moral, pues lo forzó Bush por pulsiones indignas entre las cuales no hay que descartar la demencia y la codicia. Pero, a estas alturas, en ambos territorios se trata exactamente de lo mismo: estabilizar un limes a la romana, una primera línea de defensa contra el terrorismo islámico. Y como Zetapé no puede superar la contradicción, se ampara, como en tantas otras ocasiones, en la mentira: somos repartidores de magdalenas para un pueblo que nos ama y recibe con confeti. Y entonces, ¿por qué los muertos? ¿Por qué el asesinato de esos soldados que a buen seguro no comparten la idea aerofágica de Bono de que en la milicia es preferible morir a matar?
El Gobierno debería atreverse a dejar de mentir respecto de Afganistán. En parte, porque no debe temer amotinamiento alguno de los pancarteros: es una casta esclava del poder que se la envainaría, sumisa, aunque Zetapé cabalgara un misil Tomahawk igual que el cowboy de Dr. Strangelove. Y también porque, delatada la intrascendencia española por el asunto de la cumbre de Washington, habrá aprendido que la jerarquía global depende de un intercambio de favores por deberes, de la implicación en los frentes mundiales, con Obama como con Bush. Salgan del armario y digan conmigo: aunque no exista una foto tan explícita como la de Azores, en Afganistán estamos librando una guerra junto a los demonios imperialistas. Y nos cuesta vidas que merecen el homenaje de la sinceridad, y no la mentira que mercadea hasta con las condecoraciones.
La guerra de Afganistán que los españoles no podemos perder Las muertes del brigada Suárez y del cabo Alonso, a manos de un terrorista suicida en Shindand, al sur de Herat, no son más que otro terrorífico escalón en el horror afgano y vienen a corroborar lo que medio mundo sabe: en Afganistán se libra una guerra contra la barbarie talibán, contra la producción insoportable de la droga y en solidaridad con las mujeres más oprimidas del planeta. Pero ante la obviedad del conflicto bélico, conviene repasar determinados aspectos políticos y sociológicos que, gracias a la insistencia por ocultarlos, van calando en España. En todo Occidente, las opiniones públicas son cada día más conscientes de que Afganistán es una guerra casi total, pero en nuestro país seguimos, erre que erre, escondiendo la cabeza debajo del ala. Menos mal que la elección de Barak Obama como presidente de los Estados Unidos dejará sin excusas -o no- a quienes en este lado del planeta siguen pensando que los muertos tienen que ser americanos. Porque inexorablemente el mundo se aproxima a la redefinición de la misión que la OTAN mantiene en suelo afgano. Se trata de ganar la guerra sin paliativos. De lo contrario, la Alianza Atlántica y todos y cada uno de sus miembros mostraremos nuestras vergüenzas más inconfesables ante la China que observa atenta desde su frontera del Hindukush; ante los «tanes» ex soviéticos que siguen mirando con ojos rusos hacia el sur; ante Islamabad y el hervidero de terroristas dispuestos a viajar a Europa desde las montañas del norte pakistaní y, en definitiva, ante el terrorismo islamista. El acoso al que las tropas norteamericanas ha sometido a los talibanes desde el inicio de la operación Libertad Duradera ha convertido este conflicto en un laboratorio de la guerra del siglo XXI, más perfecto y perverso, si cabe, que lo experimentado en Irak. Así, a las acciones de combate de los primeros años de guerra les han sucedido operaciones de guerrilla contraatacadas por los talibanes con atentados terroristas que han ido evolucionando hasta la acción suicida, lo que hace pensar a los servicios de Inteligencia occidentales que ya ni siquiera son afganos los que lanzan el coche bomba contra los militares de la OTAN. Quizá, como ocurrió el pasado domingo contra el último vehículo del convoy español. A la fuerza, las bandas de combatientes, más diseminadas que nunca, huyen del sur hacia el norte y el oeste, donde confluyen dos características: los señores de la guerra siguen controlando el poder de las provincias y, además, las tropas allí establecidas no parecen dispuestas al combate, ya sea por las reglas de enfrentación impuestas desde sus gobiernos, como es el caso español, o por la propia dificultad de las acciones bélicas en un territorio absolutamente hostil. El embajador estadounidense en Madrid, Eduardo Aguirre, me recordó, unas horas después de que Obama ganara las elecciones, que la necesidad de más tropas preparadas para el combate será ineludible. Pero esta evidencia traerá consigo, en breve, un reposicionamiento político de los Gobiernos que aportan efectivos a la región afgana. Ya no hay excusas. Obama ha despejado el camino y toca retratarse. ¿Podrán Europa y España soportar la llegada de aviones con los ataúdes, no ya de algunos asesinados en atentados esporádicos, sino con muertos caídos en combate? ¿No sería aconsejable ir preparando a la sociedad española -aunque habría que haberlo hecho hace años- a ser consciente de lo que allí hacen nuestros militares? ¿No sería ese reconocimiento el mejor homenaje a su labor, más allá de las sinceras y sentidas pompas fúnebres? El problema político radica en el cambio de discurso. De la paz a la guerra, del atentado a la batalla, de la defensa al contraataque. Sea como fuere, no nos engañemos. Los terroristas que asolan Afganistán no pretenden simplemente atacar a las tropas multinacionales. No. Lo que buscan es el poder en Afganistán. Pretenden derrocar a Karzai con la OTAN de por medio y conseguir así recuperar el control total del régimen de Kabul. Los ministros Miguel Ángel Moratinos y Carme Chacón me insistieron directamente, hace tan solo unos días, en la necesidad de poner el foco en la reconstrucción del país. De acuerdo, en principio; pero no será suficiente. Porque esa labor pasa en primer lugar por la edificación del propio Estado, de arriba abajo y al revés. Kabul parece estar bajo una dirección más o menos democrática, pero el resto del país sigue dominado por señores feudales, auténticas minidictaduras del poder absoluto, la corrupción, la droga y la humillación a la mujer. Y dar la vuelta al caos tardará varias generaciones. En segundo lugar, la reconstrucción pasará obligatoriamente por la formación del ejército nacional y sus fuerzas policiales. Lo que la OTAN reconoce como «afganización» de la seguridad. Más de lo mismo, porque este trabajo requerirá mucho dinero, mucho tiempo y mucha sangre. En este campo, todos los países de la Alianza reconocen el éxito del PRT español en Qala-i-Naw, donde alrededor de 200 soldados se encargan de la seguridad de la provincia de Baghdis. Un territorio de las dimensiones de la provincia de Zaragoza que intenta ser controlado por dos centenares de militares españoles, donde la seguridad se complica debido, fundamentalmente, a la extensión de los trabajos de cooperación y a la lejanía de las obras respecto a la propia ciudad. Cuanto más éxito tenga la labor de la AECI, mayor rechazo talibán provocará. También en este capítulo los protocolos de uso de la fuerza deberán cambiar para adecuarse a los nuevos escenarios. Por no hablar de la situación de la mujer. Existe una obligación moral, casi personal, de cada uno de los soldados occidentales allí destinados, para mejorar la consideración y la vida de las afganas. Basta hablar con ellos para corroborarlo. En todas las ocasiones en que yo mismo he deambulado por Afganistán, me ha sobrecogido hasta la vergüenza la visión fantasmal de las mujeres bajo sus burkas. ¿Quién iba dentro? ¿Una anciana, una adolescente? ¿Una persona? El capítulo de lucha contra la droga también merece un pequeño alto en la reflexión. Y es que desde Occidente se aprecia con razón que la exportación de todo tipo de drogas supone la fórmula de financiación multimillonaria de los talibanes, pero ¡ojo!, también es el modo de vida de la población rural y medieval por casi todo el país. ¿Se podrá acometer la destrucción de esos campos y, por lo tanto, condenar a sus habitantes, más aún, a la nada? ¿Se habla en serio cuando se pretende convencer a aquella gente de que el sustituto del opio ha de ser el pistacho? Hay que coger el toro por los cuernos y reconocer que aquello es una guerra con todo el horror que conlleva. España no debe quedar al margen de aquel desastre porque tenemos que ganar la batalla. A la vez, y aunque lleguemos tarde, tendremos que acometer por fin la formación de nuestra sociedad en la auténtica asignatura de Cultura de la Defensa. Ya está bien de mantener vivos los complejos posfranquistas, de no honrar a los muertos como se merecen y de no llamar a las cosas por su nombre. Fue el por entonces ministro Bono quien me comentó, pisando las piedras en la base de Herat, que nuestras tropas deberían seguir allí al menos diez años. Puede ser que se quedara corto. Por nuestro bien, por el futuro y porque no se puede perder la guerra de Afganistán, deberemos permanecer allí varios decenios, con todas las consecuencias. NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.
Ángel Expósito, en ABC, 111108.



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Rosa dijo
¡A ver ahora cómo se comen ahora el mantecao estos falsos pacifistas!
12 Noviembre 2008 | 10:23 AM