¿La letra con sangre entra?
elquicio_080109_2En rueda de prensa conjunta con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, a quien recibió ayer en Madrid, Zapatero descartó que este rechazo a la ofensiva que Israel mantiene en Gaza le reste capacidad de interlocución con el Gobierno de ese país y defendió que
a un amigo como Israel "hay que decirle la verdad de lo que se piensa".
El presidente indicó que aún no ha hablado telefónicamente con el primer ministro israelí, Ehud Olmert.
Vía europa press, 080109.
La hipocresía del presidente
Edurne Uriarte, en ABC, 080109.
Lo peor de las declaraciones de Zapatero sobre la guerra entre Hamás e Israel es su insoportable hipocresía, la evidencia de que él, como presidente de nuestro país, actuaría exactamente igual que Israel en circunstancias parecidas. Lo sabe él y lo saben todos los mandos del ejército. Pero confunde y miente a la opinión pública cuando califica la respuesta de Israel de desproporcionada.
¿Qué sería proporcionado, como analizaba André Glucksmann [ver infra] en un magnífico artículo en El País? ¿Que Israel optara por los mismos cohetes que Hamás, por los atentados suicidas y por la selección deliberada de poblaciones civiles como objetivos? ¿O sería proporcionado que Israel imitara a Hamás y su deseo de desaparición del Estado judío y abogara por la aniquilación de Palestina?
Zapatero sabe que si ETA controlara totalmente el País Vasco y su estrategia fuera la de Hamás, su concepto de desproporcionado cambiaría totalmente. Con ETA haciendo una campaña de atentados suicidas a lo largo de toda España, lanzando cohetes contra los territorios cercanos de Navarra, la Rioja o Cantabria, con su población escondida en refugios antimisiles, y recibiendo, pongamos, armamento desde Francia e Inglaterra. Y nuestro presidente quiere hacernos creer que su respuesta sería policial, o que nos diría eso de que no hay una solución militar al conflicto, o que la «actitud» de ETA-Hamás ha sido «irresponsable».
O que se dedicaría unos cuantos años a mendigar una intervención de la ONU mientras los habitantes de varias comunidades viven en refugios, la población española está aterrorizada por los atentados suicidas y una potencia vecina, algún Irán europeo, amenaza con aniquilarnos con una bomba nuclear que está a punto de obtener. Ése es el único análisis que un jefe de Gobierno no concernido directamente por esta guerra puede hacer.
Todo lo demás es parte de esa inmensa mentira o ese show mediático (el Sarkoshow) en que algunos dirigentes europeos han convertido el conflicto palestino-israelí. Hasta que les concierna directamente, cuando la destrucción de Israel pueda ser la suya propia.
Los mismos «gazaprogres»
Alfonso Rojo, en ABC, 080109.
Se puede hacer la paz con gente que odia más a sus enemigos de lo que ama a sus hijos? La pregunta fue acuñada hace ya cuatro décadas por Golda Meier y desde entonces reverbera en el denso aire de Oriente Próximo.
No tengo la menor duda de que los palestinos, como cualquier ser humano, adoran a sus hijos, pero coincidirán conmigo en que después de cada atentado suicida hiela el alma escuchar al padre del que se acaba de inmolar, proclamar que su mayor deseo es que el resto de su prole siga el ejemplo del hermano mayor.
Algo tan espantoso sólo puede ser fruto de la histeria del momento, pero el alborozo colectivo con que suele ser acogido, refleja una sociedad moralmente enferma. Nadie puede permanecer impertérrito ante esas imágenes de niños ensangrentados o frente a la noticia de que un blindado ha masacrado a 40 refugiados en una escuela.
Las condiciones de vida del millón y medio de palestinos -atrapados entre Egipto e Israel- son detestables, pero mucho más lo es la conducta de sus dirigentes. Esos que estos días se esconden en búnkeres y se parapetan tras la población civil, nunca han hecho un solo gesto que pueda hacernos suponer que piensan cortar lazos con quienes se embuten en chalecos explosivos.
Las tropas del Tsahal abandonaron la franja de Gaza en octubre de 2005 y desde entonces, los milicianos de Hamás no han cesado de disparar contra territorio israelí. A un promedio de 20 ataques diarios.
Los mismos «gazaprogres» que exigen indignados que se castigue a Israel por la invasión, podían haber reclamado una intervención internacional contra quienes permiten el lanzamiento cotidiano de cohetes «Kassam» o haber propuesto el despliegue de cascos azules de la ONU para bloquear la Ruta Filadelfi, bajo la que discurren los túneles por los que los ayatolás iraníes hacen llegar armas y explosivos a los facinerosos de Hamás.
No lo han hecho y la pregunta, tras 38 meses de silencio, cae. ¿Podemos condenar que Israel lance un ofensiva militar e intente eliminar a quienes agreden a sus ciudadanos?
¿Qué significa "desproporcionada"?
André Glucksmann, en El País, 060109.
Ante un conflicto, la opinión se divide entre los incondicionales, que ya han decidido quién tiene y quién no tiene razón, y los circunspectos, que consideran ésta o aquella acción como oportuna o inoportuna en función de las circunstancias, sin perjuicio de mantener cierta reserva hasta estar más informados.
El enfrentamiento en Gaza, por sangriento y terrible que sea, deja asomar, sin embargo, una luz de esperanza que las imágenes dramáticas muchas veces ocultan. Por primera vez en el conflicto de Oriente Próximo, el fanatismo de los incondicionales parece minoritario. El debate entre los israelíes (¿es el momento?, ¿hasta dónde?, ¿hasta cuándo?) se desarrolla como es habitual en una democracia. Lo sorprendente es que hay un debate similar a micrófono abierto entre los palestinos y sus partidarios, hasta el punto de que, incluso después de que comenzaran las operaciones israelíes de castigo, Mahmud Abbas, jefe de la Autoridad Palestina, tuvo el valor de achacar a Hamás la responsabilidad inicial del sufrimiento de la población civil en Gaza, por haber roto la tregua.
Por desgracia, las reacciones de la opinión pública mundial -medios de comunicación, diplomáticos, autoridades morales y políticas- parecen ir con retraso respecto a la evolución de los directamente afectados.
Es obligatorio destacar la palabra que triunfa y cimienta un tercer tipo de incondicionalidad, que condena urbi et orbi la actuación de Jerusalén por considerarla "desproporcionada". A las imágenes de Gaza bajo las bombas se añade, por consenso universal e inmediato, el subtítulo de que Israel actúa de manera desproporcionada. A veces, los reportajes y comentarios añaden palabras como "matanzas" y "guerra total". Afortunadamente, hasta ahora se ha evitado el vocablo "genocidio". ¿Será tal vez que el recuerdo del "genocidio de Yenín" (60 muertos), repetido machaconamente y después olvidado, paraliza el exceso de excesos? No obstante, la avalancha de opiniones se rige por la condena incondicional, a priori, de la desmesura judía.
Consultemos el primer diccionario a mano: desproporcionado es lo que está fuera de proporción, bien porque la proporción no existe, bien porque se ha roto, se ha transgredido. Esta segunda acepción es la que se utiliza para fustigar las represalias israelíes, que se consideran excesivas, incongruentes, discordantes, que superan los límites y las normas. El sobrentendido es quizá que existe un estado normal en el conflicto entre Israel y Hamás y que el belicismo de Tsahal (el Ejército israelí) lo desequilibra, como si el conflicto no fuera -como todo conflicto serio- desproporcionado desde su propio origen.
¿Cuál es la proporción justa que hay que respetar para que Israel cuente con unas opiniones favorables? ¿Que el Ejército israelí no utilice su superioridad técnica y se limite a emplear las mismas armas que Hamás, es decir, la guerra de los imprecisos misiles Grad, las piedras, la estrategia de los atentados suicidas a discreción, las bombas humanas y la selección deliberada de las poblaciones civiles como objetivos? O, mejor aún, ¿convendría que Israel espere pacientemente a que Hamás, gracias a Irán y Siria, "equilibre" su potencia de fuego?
A no ser que se trate de equilibrar no sólo los medios militares, sino los fines que se persiguen. Ya que Hamás -en contra de la Autoridad Palestina- se obstina en no reconocer el derecho de existir del Estado judío y sueña con la aniquilación de sus ciudadanos, ¿querríamos que Israel imite ese radicalismo y proceda a una gigantesca limpieza étnica? ¿De verdad queremos que Israel refleje "de forma proporcional" los deseos exterminadores de Hamás?
Cuando ahondamos en los sobrentendidos del reproche biempensante sobre la "reacción desproporcionada", descubrimos que Pascal tiene razón y que "quien quiere pasar por ángel, se vuelve una bestia". Todos los conflictos, ya estén latentes o en ebullición, son por naturaleza "desproporcionados". Si los adversarios llegaran a un acuerdo sobre el uso de sus medios y los fines que reivindican, dejarían de ser adversarios. Donde hay un conflicto, hay una falta de entendimiento, por lo que cada bando se esfuerza en utilizar sus ventajas y explotar las debilidades del contrario. Tsahal no renuncia a ello y "se aprovecha" de su superioridad técnica para escoger sus objetivos. Y Hamás tampoco, porque utiliza a la población de Gaza como escudos humanos sin tener en cuenta los escrúpulos morales ni las obligaciones diplomáticas de su adversario.
Para trabajar a favor de la paz en Oriente Próximo, es necesario huir de las tentaciones de la incondicionalidad, que persiguen no sólo a los fanáticos dispuestos a todo, sino también a las almas angélicas que sueñan con una sacrosanta "proporción" que equilibre de manera providencial los conflictos asesinos.
En Oriente Próximo, no se lucha sólo para hacer respetar unas reglas del juego, sino para establecerlas. Está bien debatir libremente sobre la oportunidad de ésta o aquella iniciativa militar o diplomática, pero sin considerar que el problema está resuelto de antemano por la mano invisible de la buena conciencia mundial. Querer sobrevivir no es desproporcionado.
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André Glucksmann es filósofo francés. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Hay que liberar a los palestinos de Hamas
Bernard-Henry Lévy, en El Mundo, 070109.
Dado que no soy un experto militar, me abstendré de juzgar si los bombardeos israelíes de Gaza habrían podido ser más precisos y menos mortíferos.
Dado que, desde hace décadas, jamás pude distinguir entre buenos y malos muertos o, como decía Albert Camus, entre «víctimas sospechosas» y «verdugos privilegiados», también yo me siento horrorizado antes las imágenes de los niños palestinos asesinados.
Dicho esto y teniendo además en cuenta que un viento de locura parece haberse instalado en algunos medios de comunicación, una vez más y como siempre cuando se trata de Israel, me gustaría recordar algunos hechos:
1.
Ningún gobierno del mundo, ningún otro país más que este vilipendiado Israel, arrastrado por el fango y demonizado, habría tolerado ver miles de obuses caer, durante años, sobre sus ciudades. Y por lo tanto, lo más importante del caso, el auténtico tema de sorpresa no es la «brutalidad» de Israel, sino su enorme moderación.
2.
El hecho de que los cohetes Qasam de Hamas y, ahora sus misiles Grad, hayan ocasionado tan pocos muertos, no demuestra que sean artesanales o inofensivos, sino que los israelíes se protegen, que viven enterrados en los sótanos de sus casas en una vida de pesadilla, siempre en vilo, siempre atentos al sonido de las sirenas y de las explosiones. Yo estuve en la ciudad israelí de Sderot y lo pude comprobar.
3.
El hecho de que, en cambio, los obuses israelíes provoquen tantas víctimas no significa, como bramaban los manifestantes de este fin de semana, que Israel se haya lanzado a una «matanza» deliberada e indiscriminada, sino que los dirigentes de Gaza optaron por la actitud inversa: exponer a su población. La vieja táctica del «escudo humano» que pone en práctica Hamas, tal y como hiciera Hizbulá hace dos años, instalando sus centros de mando, sus stocks de armas y sus búnkeres en los sótanos de edificios, hospitales, escuelas y mezquitas, es una táctica eficaz pero repugnante.
4.
Entre la actitud de unos y de otros hay, dígase lo que se quiera, una diferencia esencial y que no pueden ignorar los que quieran tener una idea justa y cabal de la tragedia y de los medios para ponerle fin: los palestinos disparan contra las ciudades, es decir contra civiles (y eso, en el derecho internacional, se llama «crimen de guerra»), mientras los israelíes apuntan a objetivos militares y ocasionan, sin quererlo, terribles daños civiles (es lo que, en lenguaje militar, se llama «daño colateral», una palabra que, a pesar de ser odiosa, remite a una auténtica disimetría estratégica y moral).
5.
Dado que hay que poner los puntos sobre las íes, es necesario recordar un hecho del que la prensa francesa apenas se hizo eco y del que, sin embargo, no conozco precedente alguno, en guerra alguna ni por parte de ningún ejército del mundo. Y es que, durante la ofensiva aérea, las unidades del Tsahal llamaban por teléfono sistemáticamente (la prensa anglosajona habla de 100.000 llamadas) a los habitantes de Gaza que vivían en los alrededores de los blancos militares, para invitarlos a evacuar el lugar. Es evidente que eso no evita la desesperación de las familias sin hogares, ni a las vidas truncadas, ni las matanzas. Pero que el hecho sea así no deja de ser un detalle significativo.
6.
Tampoco es totalmente real ni exacto el famoso bloqueo integral, impuesto a un pueblo hambriento, al que le falta de todo y que lo hunde en una crisis humanitaria sin precedentes (sic). Los convoyes humanitarios nunca dejaron de pasar hasta el comienzo de la ofensiva terrestre. Por el control de Kerem Shalom, sólo el día 2 de enero, fueron 90 los camiones de víveres y de medicinas que, según The New York Times, pudieron entrar en Gaza. Y sólo evoco, para recordárselo a algunos (porque es algo habitual, aunque, escuchando a esos tales, no lo parezca), que los hospitales israelíes siguen recibiendo y curando, todos los días y al menos hasta el momento en que yo escribo, a los heridos palestinos.
Esperemos que los combates cesen cuando antes. Y esperemos que, cuanto antes también, los comentaristas vuelvan en sí. Ese día descubrirán que Israel cometió muchos errores durante estos últimos años (ocasiones fallidas, largo rechazo a la reivindicación nacional palestina, unilateralismo), pero que los peores enemigos de los palestinos son esos dirigentes extremistas que nunca quisieron la paz, que jamás quisieron un Estado y que sólo pensaron para su pueblo en un Estado concebido como un instrumento de secuestro.
Lo demuestra la siniestra imagen de Jaled Meshaal del sábado día 27 de diciembre, que, ante la inminencia de la respuesta israelí tan deseada, sólo sabía exhortar a su «nación» a «ofrecer la sangre de más mártires». Y lo decía desde su confortable exilio, desde su cueva de Damasco.
Hoy en día, una de dos. O bien los Hermanos Musulmanes de Gaza restablecen la tregua que rompieron y, al mismo tiempo, declaran periclitada y sin efecto un acta fundacional basada en el rechazo de la «entidad sionista». En ese caso, se unirán al amplio frente del diálogo que, gracias a Dios, sigue creciendo en la zona, y vendrá la paz. O bien se obstinan en seguir viendo en el sufrimiento de los suyos únicamente un carburante para sus pasiones recocidas, su odio loco, nihilista y sin argumentos. Y en ese caso, habrá que liberar de las sombrías garras de Hamas no sólo a Israel, sino también a los palestinos.
NOTAS.-
Quien bien te quiere te hará llorar.
Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



Rosa dijo
La pregunta es quiénes son los amigos de ZP. Porque miente por sistema. Hoy, 3 millones de parados cuando hace 12 meses pronosticaba el pleno empleo.
No quiero ni pensar en qué estaban y ESTARÁN pensando aquellos parados y trabajadores hoy en paro que le votaron en las elecciones.
9 Enero 2009 | 09:48 AM