El soporte del firmamento
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Retorno
El dormitorio, con su gran balcón abierto de par en par, se acabó impregnando del negro de la noche profunda y, del mismo modo, una vez recuperado el cuerpo, con lentitud de gran cambio, sus paredes empezaron a mancharse de gris. Hizo falta toda la gama de grises para llegar a pintarlas de luz blanca, de un nuevo día.
Lucio era de despertar temprano, paralelo a la misma madrugada, y tenía por costumbre desentumecer los músculos viviendo el paisaje del valle y su gran montaña: la reina de la cordillera, el soporte del firmamento que se ceñía corona de nubes y rayos, igual que una diosa. No acababa de entender la atracción que sentía por aquella montaña que siempre estaba mirándole, sin perderle de vista, como una verdadera amiga.
Desde que se refugió en la económica vida de su pueblo, huyendo de una ciudad fría e imposible, anhelaba volver a sentir la naturaleza igual que de pequeño, cuando iba de la mano de su padre. Por eso no cerraba nunca las ventanas. Quería ver enrojecida su piel, en el momento en que el Sol calentara el campo; soportar escalofríos si el hielo entumecía los árboles; sufrir la presión hasta resquebrajarse, en el instante en que el viento llegara a romper las ramas y; cuando la lluvia alimentara las huertas, crecer con ellas.
La quería sentir como un hijo siente a su madre y experimentar en cada momento las mismas sensaciones que ella. Aborrecía aislarse del exterior; no deseaba ver los pájaros sin oírlos ni dejar de percibir en su rostro, por un solo instante, el suave viento del mediodía. ¿Cómo emocionarse ante los copos de nieve sin ver salir el vaho del cuerpo?
En su ciudad adoptiva no le habían ido bien las cosas: un matrimonio desecho que le arruinó la moral y le afanó los bienes, dejándolo convertido en un resto doliente y demacrado y con una hija tan unida a su madre que nunca quiso mirar hacia el otro lado, donde estaba él. ¡Qué lejos quedan las ilusiones cuando te las roban los tuyos! Perder el futuro que soñaste junto a ellos porque cambiaron de parecer. Tener hijos para que sean sólo de los demás.
A veces se sentaba todo el día con su brandy en la mano, contemplando aquella montaña, admirando sus peñascos llenos de infinito. El encanto que desprendían sus rocas provocando mil formas fantásticas, en los atardeceres. ¡Qué belleza, en su falda de mil arbustos, ver salpicados de piñas doradas los pinos centenarios! Entonces le venían los recuerdos con tristeza, como cuando su madre se ausentó recién llegado a este mundo; trueque injusto que priva del pecho toda una vida, de la mitad del amor. Pero el alcohol no conseguía tapar el frasco de las esencias desdichadas, estaba demasiado lleno. Sólo el tranquilo vuelo de los buitres leonados era capaz de relajar el cerebro para que no se movieran los malos recuerdos.
Despreciaba la gran ciudad y todo lo que de ella surgía. Urbe que brota del obligado y competitivo trabajo, donde más futuro restan los aniversarios. Bregar el día, mendigando un trabajo, y la noche, salpicada de insomnio. Hasta que el tiempo del pedigüeño se eterniza y ya nunca se tiene sueño. Se sentía expulsado como una Magdalena entrada en años. ¡Maldita crisis!
Le gustaba andar con sus viejas botas de montaña por los estrechos senderos del valle, seguir el agua por los regueros de las huertas y descansar sus pies en la corriente fresca de esas venas de obra con sangre cristalina que enriquece la tierra. ¡Qué gozo ofrecer los dedos a esa fuerza y resistirla moviéndolos con dificultad! Notar como si mil hormigas frotaran tu piel con hielo hasta dejarla limpia y pulida, lista para reemprender de nuevo el camino.
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Escalada
Los habitantes del pueblo comentaban del poco trato que tenía con ellos, de su distanciamiento. Que no le interesaba la relación humana, que tenía el alma quemada por la pólvora negra de la amargura. El sufrimiento, a veces, llega a producir tanta tristeza y abatimiento que reduce la mirada y aprieta la boca.
A pesar de haber llorado tanto su existencia, aún seguía perdiendo diminutas lágrimas, residuos del corazón, calima que acababa llegando hasta su mismo espíritu. Apenas salía de la habitación abierta, con los ojos fijos en la montaña, obsesionado. El alcohol, sabedor de sus penas, empezaba a coger confianza acercándose peligrosamente a ellas.
Ahora también eran las noches tiempo de bebida, de miradas ausentes que doblaban el cielo. Nunca antes había visto tantas estrellas. ¿Cómo es posible que ninguna de ellas le trajera fortuna? De pronto, de la oscuridad empezaron a surgir maullidos lúgubres, unos próximos y otros lejanos, pero todos enérgicos lamentos de terror. Los gatos desaparecieron del pueblo en segundos, dejando a las entrelazadas tejas totalmente solas, frente a una inexistente Luna. Los perros, sin salir de sus escondrijos, alertaban a sus dueños con incansables y repetitivos aullidos. Eran signos que hacían presagiar una funesta visita.
Con la misma rapidez que lo haría un demonio, apareció sobre la baranda del balcón un inmenso gato de pelo largo y revuelto, oscuro y abigarrado. Sus enormes ojos refulgían en la oscuridad igual que lámparas de aceite y las garras, exageradamente largas, se deslizaban con insistencia sobre el frío hierro, produciendo un sonido agudo, cada vez más intenso, hasta que acabó cautivando a Lucio.
La bestia nocturna lo miró fijamente y con una voz gutural extremadamente grave, le dijo mientras comenzaba a llover: “la reina de la cordillera desea verte”. La mente, confusa por la ebriedad, no acabó de entender aquellas palabras del esotérico mensajero hasta que empezó a lamerle con su lengua rugosa repleta de papilas córneas. Y pronto empezó a experimentar esperanzas encontradas que le hicieron confiar en aquel extraño ser.
Un impulso misterioso le obligó a levantarse y, sin pensarlo, se deslizó como un felino por la fachada de la casa. Iba sin calzado, con un pantalón ancho y una camisa desabrochada y húmeda de alcohol. Lentamente empezó a subir por aquella montaña siguiendo al endemoniado gato. Quizás al principio su radiante sonrisa no era más que el resultado de un estado ebrio, pero después, cuando llevaba un tiempo andando por los difíciles y pesados senderos, bajo la lluvia, todo se volvió conscientemente alegre.
La marcha se hacía cada vez más dura y difícil y ahora era un chaparrón intenso el que dificultaba la ascensión. Un cansancio demoledor le hizo reposar de inmediato y el animal le aguardó con infinita paciencia. A partir de ese momento, las paradas de recuperación se hacían más frecuentes, pues el agua empezaba a crear un barro pegajoso y resbaladizo que le obligaba a hincar las rodillas con frecuencia. Era turbador verlo calado hasta los huesos haciendo esfuerzos por mantenerse firme en la subida.
Pasaba el tiempo y también la noche. Y empezó a encontrarse con las aventuradas y resbaladizas rocas, mientras intensas luces presagiaban una monumental tormenta. Cada vez estaba más próxima y relámpagos y truenos apenas se distanciaban segundos.
Ante una pared excesiva, Lucio se quedó parado con una mirada impotente. El gran gato arcano se le acercó mirándole con fijeza, levantó la cabeza hacia el cielo y emitió un desgarrador maullido. A continuación, animado por el espíritu de aquel animal, empezó a trepar con éxito sin darse cuenta de que sus uñas se habían convertido en poderosas y afiladas garras. Ya no tenía límites trepando por aquellos riscos, asediado por la violenta manifestación de poder.
Culminó la cima trepando por una gran roca de apariencia esférica. Y se quedó en ella sin fuerzas pero erguido, mientras aquel extraño compañero de ascensión le lamía con delicadeza sus fríos pies ensangrentados.
Desde allí dominaba el valle, bien visible coincidiendo con aquellos interminables resplandores que, lejos de amedrentarle, le animaban. La alegría de Luciano rallaba en la locura: miraba al infinito al tiempo que alzaba sus brazos en cruz, profiriendo exclamaciones.
Sólo estuvo así unos segundos hasta que una descarga eléctrica, ensartando el firmamento y fulminando la oscuridad más tenebrosa, fue a parar a la roca a través de su húmedo cuerpo. Nadie hubiera imaginado tal explosión de energía. El ensordecedor estallido hizo temblar la gigantesca piedra y la lluvia siguió cayendo con fuerza; esta vez sobre su cuerpo yacente.
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Carmen dijo
Tierna y dura historia de un perdedor que quiso ausentarse por la puerta trasera de su pueblo.
1 Febrero 2009 | 12:30 AM