No hay mal que por bien no venga
elquicio_020209¿Hay alguien ahí?
Como viene a decir Aloysius Beauvier [Meryl Streep], en la formidable película 'La duda' -a la que, proximamente, dedicaré un trabajo- 'a veces, para perseguir el mal hay que alejarse del bien'. Lo del fin y los medios [Gallardón y el diario co-progubernamental] a todo meter, mientras el eterno asombrado no sale de su asombro y el optimista profesional, -atento a la jugada y ante tal persistente bicoca- aparta a un lado a a la embarazosa Ministra aspirante y comienza a mostrar -a través del tremendo pepiño- su patita electoral 2012.
En el supuesto que Rato haya aprendido en cabeza de Pizarro que fuera de casa hace mucho frío. la pregunta que se hacen muchos peperos es: ¿pero, hay alguien ahí? Además de Rosa Díez, claro.
EQM.
Espionaje político en la Comunidad de Madrid
Aguirre y Rajoy no alcanzan un pacto
Dirigentes del PP piden mano dura por la 'crisis de los espías' - La presidenta y el líder popular han conversado al menos dos veces por teléfono en los últimos días
Fue la tarde del pasado domingo. Después de su triunfal discurso de estilo obamista, Mariano Rajoy estaba descansando en su casa. Sonó el teléfono, y era Esperanza Aguirre. Sobre la mesa estaba lo que los aguirristas consideraban una agresión: una información de EL PAÍS en la que el ex tesorero del PP Álvaro Lapuerta, hombre muy respetado y clave en la historia interna del partido, aseguraba que en mayo de 2008 había avisado a Rajoy de que le estaban espiando.
Lapuerta pensaba que eran personas de la Comunidad de Madrid, como respuesta a críticas que había hecho a adjudicaciones de esta administración que consideraba sospechosas. Para colmo, según la visión de los aguirristas, el propio Rajoy, a través de su responsable de Comunicación, Carmen Martínez Castro, había confirmado la noticia. Lapuerta es además amigo del presidente del PP, con lo que todos los aguirristas atribuyeron al líder la bomba informativa.
Espionaje, adjudicaciones y una investigación interna en marcha. Eran demasiados fusiles apuntando a Aguirre, y todos de fuego supuestamente amigo, esto es desde Génova, la sede central del PP.
La presidenta llamó al líder para, según diversas fuentes populares, mostrarle su preocupación por la situación y reclamarle que busque una salida que no le haga daño a ella ni al partido.
Rajoy, fiel a su estilo, no entró de lleno en el asunto y trató de tranquilizarla con la idea de que seguramente habrá una solución. Pero no hubo acuerdo, y desde entonces la situación se ha complicado.
El diario El Mundo ha publicado graves acusaciones de conductas irregulares tanto de Lapuerta como de su sucesor, Luis Bárcenas, por haber presionado a la Comunidad de Madrid en diversas adjudicaciones. Todos los marianistas lo interpretaron como una venganza del aguirrismo.
A mediados de semana, mientras se publicaban dossiers con supuestas irregularidades de la mano derecha de Aguirre, Ignacio González, amigos y familiares suyos, hubo al menos otra conversación telefónica entre los dos dirigentes, de tenor similar, según las mismas fuentes.
Aguirre insiste en que la investigación interna que dirige la secretaria general, Dolores de Cospedal, es una gran muestra de desconfianza hacia ella, que no va a encontrar nada porque nada hay, y que se debe cerrar cuanto antes.
Rajoy insiste en su ambigüedad. En privado buscan un pacto, pero ella quiere un apoyo público que él no le ha dado. Y por eso las espadas siguen en alto mientras la situación es cada día más explosiva.
El entorno del líder y algunos dirigentes regionales, muy enfadados por lo que consideran un ataque directo al corazón del partido, le piden mano dura, un gesto de autoridad. "Casi todos estamos aquí de paso, pero Lapuerta y Bárcenas son la casa, los que dan continuidad al PP. Ir contra ellos es ir contra el partido, no contra Rajoy. Esto no puede quedar así", señala un marianista.
Mientras, Aguirre no está dispuesta a aceptar que el presidente le pida la cabeza de nadie, porque insiste en que no hay ninguna prueba de que el espionaje saliera de la Comunidad ni de ninguna irregularidad en ninguna adjudicación.
Cospedal, que aún tiene que interrogar a algunos, se prepara para enviar su informe al Comité de Derechos y Garantías del partido. Si su papel recomienda sanciones, como apuntaba el durísimo comunicado de la semana pasada, y éstas no están pactadas con Aguirre, la guerra será total y ella se resistirá hasta el final. De momento todo sucede en pasillos, pero la próxima semana probablemente habrá un Comité Ejecutivo Nacional, el órgano de gobierno, donde se verá hasta dónde llega la batalla y si alguien sigue a Aguirre en su resistencia numantina a ofrecer ninguna cabeza, ni siquiera la de algún jefe intermedio de los espías.
Vía El País, 010209.
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Tácticas dilatorias
El consejero Granados no aclaró la trama de los espías; ahora deben explicarse Aguirre y González
El consejero de Justicia e Interior, Francisco Granados, compareció el viernes ante la Asamblea de Madrid para dar cuenta de la trama de espionaje en la Comunidad que gobierna Esperanza Aguirre. Sobre su departamento recaen las principales sospechas por los seguimientos a diversos altos cargos del PP. Su estrategia ante las preguntas de la oposición consistió en reclamar la presunción de inocencia, por un lado, y en minusvalorar los hechos conocidos, por otro. Sólo al final de la sesión, Granados reveló haber llevado a cabo la investigación interna que se le solicitaba desde dentro del partido. Según su versión, los resultados no permitirían vincular los informes conocidos con su departamento.
Pero no es eso lo que se deduce del propio tenor de los informes, con lo que el consejero Granados se instaló en una posición contradictoria ante la Asamblea: admitir implícitamente la veracidad de los documentos y, al mismo tiempo, no extraer las consecuencias evidentes de su contenido. Tal vez por ello recurrió a un sorprendente procedimiento que parecía destinado a ganar tiempo y comprobar si, entretanto, amaina el escándalo: se declaró a la espera de nuevas informaciones periodísticas para seguir investigando. No es de recibo que un responsable de Justicia e Interior espere deliberadamente el estímulo de los medios para esclarecer un asunto que, por lo sabido hasta ahora, viola derechos fundamentales, además de poner en evidencia los métodos empleados en la lucha interna de un partido político.
La intervención de Granados estuvo dirigida a limitar el nivel político al que puede afectar la trama de espionaje. Pero, de nuevo, se produce una paradoja. Al intentar ponerse a salvo, no logra evitar que las responsabilidades lleguen más alto: si él no está en condiciones de dar una respuesta, ésta deberá exigirse en instancias superiores. Lo contrario sería tanto como admitir que el Gobierno de la Comunidad de Madrid está dispuesto a tolerar que se practique el espionaje desde alguno de sus departamentos. El propio Granados se dejó deslizar por esta vía cuando, a preguntas de la portavoz de Izquierda Unida, rechazó "poner la mano en el fuego" por todos los funcionarios y cargos de la Comunidad. Su responsabilidad le exige estar en condiciones de ponerla. Si no la asume, deberá hacerlo la instancia superior.
Y el siguiente es el vicepresidente Ignacio González, quien, no por casualidad, también se encuentra en el ojo del huracán. Por una parte ha sido espiado (las evidencias son abrumadoras) y, por otra, todo parece indicar que la cadena de mando real de los agentes que han seguido a políticos del PP (Cobo, Prada, etcétera) conduce directamente a él, puenteando al jefe natural, el consejero Granados. Queda, pues, la presidenta. Aguirre se enfrenta al mayor escándalo de su carrera. Y finalmente está Rajoy, quien sopesa estos días cuándo y en qué sentido cierra la investigación que ha ordenado sobre un asunto que amenaza con despedazar al PP: lo único que no puede hacer es cerrar los ojos.
Rodrigo Rato y la estatua de sal
Lucía Méndez en El Mundo, 310109. Vía Reggio’s Weblog.
«Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego y destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos sus habitantes, y todo lo que crecía sobre la tierra». Génesis, 1, 19: 24-25. «Pero la mujer de Lot miró hacia atrás y se convirtió en estatua de sal». El Antiguo Testamento ya alertaba de los peligros de vivir mirando al pasado. Emulando a la mujer de Lot, todo el PP -salvo Gallardón- se dio cita esta semana en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid para ver a Rodrigo Rato y recordar los esplendorosos días del poder y la gloria. Huyendo de las tribulaciones del valle del vicio y la perdición, el PP se ha convertido en una gigantesca estatua de sal. No se les ocurre otra cosa para salir del atolladero que peregrinar al pasado en busca de un salvador.
A Rodrigo Rato no le son ajenas las desgracias de su partido. Otra cosa distinta es que vaya a escuchar los cantos de sirena que le llegan de banqueros, empresarios, profesionales, amigos e incluso enemigos. Más o menos lo que transmite a sus fieles es lo siguiente. No admite peregrinaciones a su despacho, no hará nada para desestabilizar el liderazgo de Rajoy, aunque es bien conocido que no se llevan bien, no aceptará de ninguna manera volver a la política ni aunque un sanedrín de todos los notables del PP se lo pida de rodillas. En el caso de que en un futuro se llegara a convocar un congreso abierto a varias candidaturas, y sólo en ese caso, Rato estaría dispuesto a pensar en la posibilidad de competir por el liderazgo. El deseado ex vicepresidente es un tío listo y no quiere ni oír hablar de cuadernos azules escritos por la Providencia.
Rodrigo Rato es el pasado del PP. Y él lo sabe, igual que supo en su día que el PP había perdido la empatía con los españoles e igual que se dio cuenta de que Zapatero era un líder temible para sus adversarios. Entonces no le hicieron caso y así les ha ido.
Rato no es, ni puede, ni quiere ser el salvador del PP. Los que le esperan lo hacen en vano. Tan en vano como los que creen que la crisis de los espías y los dossieres se cerrará con algún o algunos muertos. No los habrá. Mariano Rajoy no ha matado a nadie desde que es presidente del PP -tal vez ése sea su problema- y no va a empezar ahora. Es altamente improbable que la investigación de María Dolores de Cospedal pida la cabeza de ningún alto cargo.Los hechos son difíciles de probar para ella. Rajoy hubiera querido que Esperanza Aguirre entregara voluntariamente a Ignacio González y/o a Francisco Granados. Pero Aguirre ha optado por resistir y atacar. Y en esa tesitura, el líder del PP tiene las manos atadas, salvo que quiera arrojar azufre y fuego para destruir el valle y a sus habitantes. Cosa que no está en su naturaleza.
Así no se trata a una dama
Pedro J. Ramírez en El Mundo, 010209. Vía Reggio’s Weblog.
30 de diciembre de 1994. España lleva 10 días conmocionada por las revelaciones de Amedo a EL MUNDO, detallando la intervención personal de Barrionuevo y Vera en el secuestro de Segundo Marey. El juez Garzón ha dado la suficiente credibilidad e importancia a su testimonio como para dictar prisión preventiva contra tres altos cargos de Interior. El felipismo está contra las cuerdas cuando esa tarde en una tertulia política -cómo no- de la Cadena Ser surge un inesperado paladín del ex ministro del Interior: el portavoz del PP en el Senado Alberto Ruiz-Gallardón.
En presencia del interesado, Gallardón se declara «convencido de que Barrionuevo no tiene ninguna responsabilidad ni penal ni política en el caso GAL». Arremete en cambio contra el ex policía que ha decidido colaborar con la Justicia: «Lo único que sabemos a ciencia cierta es que Amedo miente. ¿Qué declaración es falsa, la de antes o la de ahora?». Es obvio que para el prometedor aspirante a la presidencia de la Comunidad de Madrid la falsa es «la de ahora», la que incrimina a Barrionuevo.
La tertulia concluye con un lamento compartido -la injuria y la calumnia están despenalizadas de facto en España-, con una recomendación que como hemos visto el hoy alcalde de la capital no se aplicará luego a sí mismo -no te querelles nunca contra ningún periodista o medio de comunicación- y con un vaticinio -1995 será para Barrionuevo «un año extraordinario en lo personal»-.
Por si alguien pudiera pensar que se trataba de una reacción poco meditada, fruto de una situación de camaradería entre tertulianos, Gallardón concede una semana después una entrevista a Lucía Méndez y afirma en este periódico: «José Barrionuevo dio su palabra de que él no tenía vinculación con los hechos delictivos de los GAL. Yo dije entonces y reitero ahora que yo creo en la palabra personal de José Barrionuevo. Conozco hace mucho tiempo a Barrionuevo, tengo una relación personal con él, he discutido mucho con él y he llegado a apreciarle».
Las dotes del joven político popular como pitoniso no quedaron demasiado acreditadas ese año. O tal vez sí. Tan «extraordinario» resultó 1995 para Barrionuevo que el 7 de septiembre el fiscal solicitó al Tribunal Supremo su suplicatorio, el 20 de octubre el juez Moner, nuevo instructor de la causa, hizo suya esa tesis para poderle interrogar como imputado, el 26 de octubre los 11 componentes de la Sala Segunda adoptaron tal acuerdo por unanimidad y el 23 de noviembre el Congreso accedió a ello por 204 votos a favor, 122 en contra y 2 abstenciones. Tan «extraordinario» fue, efectivamente, 1995 para Barrionuevo que antes de que llegara a su término se había convertido en el primer ministro de la historia de España inculpado por malversación, detención ilegal y relación con banda armada.
En ninguna hemeroteca consta declaración alguna por la que Gallardón rectificara antes, durante o después de tales resoluciones aquel cheque en blanco de la víspera de Nochevieja. Ni siquiera es posible encontrar una nueva valoración de los hechos después de que en el 98 el ex ministro fuera condenado a 10 años de cárcel o después de que el Constitucional dijera la última palabra ratificando tal sentencia. Por asombroso que pueda parecer, tratándose de un hombre tan prolífico en comparecencias y declaraciones, su única posición pública sobre el fondo del asunto sigue siendo por lo tanto aquélla: «Barrionuevo no tiene ninguna responsabilidad ni penal ni política en el caso GAL».
Sí que existe, en cambio, una glosa o explicación de esa postura que, almacenada en nuestra morgue electrónica, adquiere hoy el impactante esplendor de las mejores perlas cultivadas. Tiene fecha del 14 de octubre de 1999 y vino a cuento de la imputación de su entonces consejero de Sanidad, Ignacio Echániz, en el llamado caso Funeraria. Para justificar su decisión de mantenerle en el cargo -plenamente acertada, por cierto, ya que la acusación contra él decayó pronto-, Gallardón invocó, sacando pecho, el antecedente de su condescendencia con Barrionuevo «a pesar de las críticas procedentes de mi propio partido».
Como se ve la jactancia del «verso suelto», que volvería a manifestarse tras el 11-M, viene ya tan de antiguo que casi habría que considerarla patológica. Pero lo que nos deja boquiabiertos no es eso, sino la dimensión que adquiere, leído hoy, el siguiente tramo de su argumentario, pues Gallardón se permitió establecer una división casi zoológica «entre los políticos que creen en la presunción de inocencia y la aplican en todos los casos y aquellos que defienden la presunción de inocencia de sus correligionarios y se la niegan a sus oponentes».
Es obvio que él se situaba en la primera categoría, pero, casi 10 años después, su conducta de la semana pasada, primero en un programa televisivo y al día siguiente en una rueda de prensa, puso de manifiesto que habría que habilitar un tercer espacio, tan insólito como para dedicarlo a su exclusivo usufructo, el de quienes defienden la presunción de inocencia de sus oponentes y se la niegan a sus correligionarios.
Sólo así cabe interpretar sus temerarias afirmaciones de que en la Consejería de Interior de la Comunidad de Madrid funciona «una unidad parapolicial» dedicada a actividades ilegales y de que el presunto espionaje a dirigentes del PP había sido realizado «por personas que estaban adscritas a una unidad de la Comunidad Autónoma». Todo ello en un contexto de corroboración y asentimiento de los titulares periodísticos que inequívocamente afirmaban día tras día que «el Gobierno de Aguirre espió» a zutanito, menganito y perenganito.
Si descartamos la hipótesis de que Gallardón considere más grave apuntar las horas de llegada de Cobo a la oficina que ir por ahí secuestrando personas -en estos tiempos de relativismo moral todo podría ser-, sólo se me ocurre para justificar tan estruendoso doble rasero que o bien, al cabo de tantos años de empreñamiento mutuo, al alcalde ya se le nuble la vista y se le inyecten los ojos en sangre ante la estimulante perspectiva de darle a la presidenta una buena tunda; o bien sea tanto lo que cree poder ganar en este envite, que hasta el más básico manual de urbanidad política se haya convertido para él en un estorbo.
Es cierto que nunca como ahora ha tenido Gallardón tan cerca la perspectiva de ver arder en la hoguera a su bruja favorita, pues Aguirre está tan rodeada que puede tener la certeza de que, como decía el general Ridgway en la guerra de Corea, «esta vez el enemigo no escapará». Ya que habló de poner «la mano en el fuego» por su equipo, al menos cuatro frentes de teas incendiarias se aproximan a la pira a la que el alcalde cree tenerla agarrada de cuerpo entero: el riesgo creciente de perder la batalla por el control de Caja Madrid frente al sospechoso numantinismo autoperpetuatorio de Blesa, sus pésimas relaciones con Génova -o más bien con Rajoy- que tocaron fondo a mediados de semana, el escándalo del espionaje y el escándalo de los dossieres.
Sin descartar que algunas de las acusaciones contra ellos puedan ser ciertas, la manipulación simultánea de estos dos últimos elementos contra Ignacio González y Francisco Granados es la mejor prueba de que Aguirre tiene motivos para sentirse víctima de una maniobra pérfida y advertir eso de que «políticamente van a por mí» sin perder ni por un instante la sonrisa. Una de dos: o aquí lo terrible es espiar a la gente y el fin no justifica los medios empleados o aquí lo terrible es estar bajo sospecha de haber incurrido en prácticas venales y bienvenidas sean las vigilancias y seguimientos que permitan descubrirlas. Lo que no es de recibo es aplicar a los colaboradores de Aguirre el filo más cortante y devastador de ambas proposiciones al mismo tiempo y a sus enconados enemigos, el más romo o mellado.
Exactamente ésa ha sido la posición de la cúpula del PP, al haberse precipitado a abrir una investigación sobre «escuchas (sic) y seguimientos» de irrelevante perjuicio para sus hipotéticas víctimas cuando los sospechosos eran González y Granados y apresurarse a correr un tupido velo sobre la guerra de los dossieres dirigida contra ambos desde la propia sede nacional. Si la misma dirección que pretende depurar responsabilidades porque alguien haya podido apuntar desde la vía pública las horas a las que entraban y salían Cobo y Prada se llama andana ante la exhibición coactiva de documentos gravemente infamantes con conocimiento del líder del partido en sus propias dependencias, es que aquí hay gato encerrado y la lideresa debería huir de todo pacto de silencio o componenda.
Al día de la fecha las únicas víctimas reales de estas prácticas repelentes son sus dos alfiles, pero cualquier vacilación en el empeño de que se esclarezca todo lo ocurrido puede ser interpretada como un signo de debilidad política, amén de una invitación a la sospecha de que, efectivamente, alguno de sus hombres pueda tener el techo de cristal. La única estrategia viable de Aguirre es insistir en que se llegue hasta el final en la averiguación de los hechos, poniendo a Rajoy, Cospedal y compañía en la tesitura de actuar con ecuanimidad o quedar en evidencia, tal y como les viene ocurriendo en el caso de Caja Madrid donde, con su respaldo implícito al pacto de Gallardón con Izquierda Unida y los sindicatos a favor del atornillamiento de Blesa, están incumpliendo flagrantemente el principio enunciado contra los zaplanistas de la CAM, en el sentido de que el PP no toleraría jamás que «una parte del partido» pactara «con otro partido».
La constancia de que a Esperanza Aguirre se la quieren apiolar políticamente con sadismo y encarnizamiento algunos poderosos compañeros de partido me ha hecho recordar el título y el cartel anunciador de una película que vi en Estados Unidos a comienzos de los 70: No way to treat a lady. Era una curiosa mezcla de comedia y cine negro en la que una Lee Remick con la misma apariencia saludable que por aquellos años debía tener la lideresa compartía estrellato con dos actorazos como Rod Steiger y George Segal. El título brotaba del comentario de la madre de uno de los personajes, encargado de investigar una serie de asesinatos con móviles sexuales en los que el criminal se ensañaba con los cadáveres: «Me pone enferma que mi hijo tenga que ver esos cuerpos de mujeres desnudas, así no se trata a una dama».
En la copia del póster que guardo entre mis recortes de aquella época figura una advertencia: «Recommended as adult entertainment». Todos los medios deberíamos incluir un sello así a la hora de tratar las guerras intestinas de los partidos para evitar en lo posible que el público infantil tuviera acceso a las obscenidades habituales que las caracterizan.
La principal diferencia entre aquel triángulo y éste, es que mientras Lee Remick estaba flanqueada por un policía malo y otro bueno -de hecho el asunto terminaba en boda-, Esperanza Aguirre afronta un riesgo doble y su gran duda es si tiene más motivos para temer las cuchilladas de un lado o las del otro. Qué diferente sería todo, dentro y fuera del PP, si el alcalde respetara el guión de la película.
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



rp dijo
Las razones que da Rato para declinar la propuesta de convertirse en candidato a presidente del Gobierno en lugar de Rajoy: soy demasiado viejo
http://www.elconfidencialdigital.com/Articulo.aspx?IdObjeto=19458...
2 Febrero 2009 | 10:26 AM