Universo
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Estoy en el perímetro de la Vía Láctea y mi fascinación excede todo lo previsible. Voy hacia el centro de un millón de estrellas apelotonadas por la fuerza de la gravedad. El telescopio espacial CS-69 vigila mi viaje con precisión desde el planeta Tierra; las expectativas son excelentes y los científicos auguran esperanzas de encontrar vida.
Llevo viajando más de un año y desde que se murió mi comandante he pasado por situaciones difíciles. Como cuando me arrolló una nube de polvo estelar dejada por un cometa y recibí el impacto de múltiples meteoritos que, afortunadamente, sólo dañaron levemente el fuselaje. Pero lo más duro ha sido seguir en la soledad más absoluta.
La colmena de estrellas parece tener una reina y voy a su encuentro pilotando la nave Terra-CP. Mientras me acerco a su centro vital investigando lo soñado, tengo miedo del futuro inmediato, pues estoy notando, cada vez más, un impulso profundo que me dificulta el control del rumbo; es la pujanza del universo. Parece como si tiraran del vehículo espacial todos los animales del mundo y. ante la imposibilidad de controlarlo, decido parar los propulsores y dejarme llevar por ella.
El paisaje a través del monitor de alta definición, no se puede describir: azules, amarillos, naranjas, y violetas intensos vestidos de luz, destellan por todas partes. Es difícil ver un solo milímetro cubierto de negro. Los resplandores unifican los colores y todo parece estar quieto a pesar de la enorme velocidad de lo que nos rodea. Si Dios existe, debería vivir aquí.
La Terra parece moverse tal que un piojo entre una manada infinita de imponentes mamuts. Al entrar en contacto con esta porción misteriosa del cosmos, razono que me he convertido en lo más parecido a una molécula y me pregunto si físicamente existo; si soy real o una ficción, un espíritu que vaga perenne y perdido como un cuerpo celeste que sigue orbitas de autodestrucción.
Por momentos, el poderío que me impulsa a través del espacio se agranda hasta hacer temblar la estructura de la nave. En el panel central se dispara la alarma indicándome la aproximación a un temible agujero negro y, entonces, me apresuro a cobijarme en el cilindro de socorro. Comprimida por el aire de protección, estoy quieta, ajustada en mi traje especial y resignada a esperar lo que parece inevitable.
La nave, por un instante, es balanceada violentamente como si dos fuerzas inmensas y opuestas lucharan por atraparla en su libre desplazamiento. Entonces, una fuerte explosión exterior que me aturde, produce una aceleración violenta, un golpe de energía brutal, desplazándome de rumbo. La computadora de abordo me avisa de que he sido golpeada por la presión de un agujero blanco que interactuaba con el anterior, creando, misteriosamente, una puerta de gusano del inter-universo, por la que me desplazo.
Parece ser un camino plácido que se mantiene abierto gracias a las cuerdas cósmicas y me traslada a un mundo paralelo. A pesar de haber perdido el contacto con mi base en La Tierra, la normalidad de los datos técnicos me anima a salir de mi refugio y ponerme de nuevo ante la pantalla central. Lo que ven mis ojos es alucinante: planetas similares al mío, azules y brillantes, de todos los tamaños, inundan el campo visual intergaláctico. Es una imagen fascinante que no deja de asombrarme permanentemente.
El grupo de radares tridimensionales con su intermitencia roja y sonora me devuelve a la vigilancia extrema. La proximidad de un basurero espacial puede hacer que impactemos con alguno de los miles de fragmentos de chatarra que circulan sin control. Realmente es una gran noticia, pues sólo mentes inteligentes son capaces de crear estos peligros. Estoy emocionada y me viene un soplo de esperanza. Vamos por el buen camino y pronto encontraremos vida en alguno de estos planetas próximos que me fascinan.
Después de un tiempo navegando sin dificultades, disfrutando del más maravilloso paisaje nunca jamás visto, decido, siguiendo el nuevo plan de vuelo, activar las turbinas de gas y poner rumbo a uno de los planetas más azules y pequeños, al que bautizo, en el visor de cartas, con mi nombre: Aurora. Los datos técnicos me indican que las características de su atmósfera son prácticamente las mismas que las de mi origen y me voy preparando para entrar en su influencia.
Por primera vez recojo señales inteligentes e indescifrables que provienen del planeta al que me dirijo. La dificultad que encuentra el ordenador de abordo para descifrar las indicaciones radioeléctricas que recibo, me está retrasando las decisiones. Una vez ajusto ciertos parámetros, comienza a identificar las señales de bienvenida, junto con las órdenes de vuelo que debo de seguir para un buen avistamiento de la pista y “aterrizaje”.
Superando el límite de la mesopausa, compruebo ciertas reacciones de aeroluminiscencia que me traen la nostalgia de la Tierra. Conecto los cuetes de frenado y atravieso gradualmente todas las capas de su atmósfera para acabar cruzando una de ozono virgen y volar en su troposfera. La visión es limpia y espectacular pero debo de concentrarme en alinear los difusores de empuje vectorial y aplicar el poder máximo que me permita “aterrizar” en aquel descubrimiento sin igual. Cuando lo hago, siento una emoción especial, indescriptible. Me siento un Colón del siglo treinta.
Acabo de parar todos los generadores y dejo ajustadas las baterías que se encargan de dar el servicio mínimo, imprescindible para la apertura de puertas y la salida al exterior. Mis manos tiemblan e inicio unos sollozos de emoción. La pista de descenso es un gigantesco círculo de color verde repleto de cientos y cientos de naves totalmente diferentes entre sí. Como si cada una de ellas hubiese venido de civilizaciones distintas.
Llevados por la emoción del suceso increíble que se está produciendo, se han agolpado multitud de criaturas que me esperan ansiosas para conocerme. Hay un ambiente verdaderamente festivo y ardo en deseos de bajar las escalinatas y contactar lo antes posible con ellas.
Cuando desciendo el último escalón cargada con mi “glosolalia”, equipo portátil de traducción simultánea, se me acercan unos seres de piel gris y morfológicamente casi idénticos a los terrestres. Van con manga corta y sombrero de aparente paja, acompañados de una singular banda de música destierra. Me abrazan efusivamente y dándome la bienvenida, agradecen mi visita y suscripción al evento.
Al advertir mi ignorancia sobre tal hecho y rebatir su suposición, extrañados, se apartan hacia un lado mostrándome orgullosos un grandísimo cartel. Éste pende de dos torres altísimas e iluminadas, en el que se puede leer una frase que de inmediato introduzco en mi intérprete electrónico. Unos segundos después, en su pequeña pantalla de 69 megapilx se refleja la traducción: “Bienvenidos al LXIX concurso de miss universos”
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados. .

NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



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Pilar dijo
Xiquet, eres la ostia.
8 Febrero 2009 | 12:41 AM