Cacerías y democracia
elquicio_160209
[sobre fragmento del dibujo de Ricardo en El Mundo, 150209]
Cacería
Manuel Vicent, en El País, 150209
Un ministro de Justicia de cualquier país, de cualquier ideología, con una escopeta o con un rifle de mira telescópica en la mano, apuntando a un ciervo, a un muflón, a un guarro, a un conejo o a una perdiz es una imagen que le deja a uno desarmado. Si encima ese ministro de Justicia es socialista y se deja fotografiar rodilla en tierra agarrado con orgullo a las cuernas de un venado, que exhibe un balazo en la frente, entonces esa estampa resulta tan grosera que no da otra opción que la de salir corriendo en dirección contraria.
Juntos, el ministro Bermejo y el juez Garzón han participado en varias cacerías. Puede que lucieran abrigos con fuelles en las axilas y una pluma en el sombrero, que desayunaran migas con chorizo en compadreo con el resto de la cuadrilla, que entonaran a coro la salve de los monteros antes de la matanza.
Basta con este pavoneo para merecer la repulsa de gran parte de los ciudadanos, más allá de que trataran o no de apañar algún mejunje judicial entre animales muertos o de que ofrecieran, como membrillos, una baza política a la derecha. Hay que imaginar al ministro de Justicia con el rifle cargado, bien apalancado en el puesto ante un venado, que se ha destapado entre unos arbustos.
A través de la mira telescópica vislumbra en primer plano por un instante sus ojos de terciopelo, su belleza, su inocencia y, no obstante, frente a esa armonía de la naturaleza no duda en apretar el gatillo. Entre gran alborozo recibe la felicitación de los secretarios por ese tiro tan certero y luego marca la culata de la pieza ensangrentada con sus iniciales. No posee un espíritu muy fino el ministro Bermejo si no es no es capaz de percibir que los ciervos que mata, miran antes la boca de su rifle llorando.
Hay que imaginar también al juez Garzón ajusticiando con propia mano a unos venados, que han sido cebados entre alambradas sólo para que después unos señoritos de pelo ensortijado se den el gustazo de llenarles de plomo la barriga. El ministro Bermejo y el juez Garzón, juntos o por separado, no deberían matar animales, porque el oficio tan delicado de hacer justicia no encaja en una afición tan violenta y antiestética.
Es como ver al ministro de Sanidad totalmente borracho. Ése y no otro es el escándalo.
Los cochinos y la luna
PJ Ramírez en El Mundo, 150209. Vía Reggio’s Weblog.
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La primera acepción que el Diccionario reserva para un guarro se refiere, naturalmente, a su condición zoológica; la segunda apela al desaliño físico y la tercera, a la mala educación. Pero todavía hay una cuarta por la que, coloquialmente, se define así a todo «hombre ruin y despreciable».
No seré yo quien atribuya tales condiciones morales de forma esencialista a nadie, pero ambos adjetivos me parecen muy adecuados a la conducta de quienes abusan de su poder de manera cainita, siempre con la misma pretensión maniquea de demostrar que el adversario ideológico es el compendio de todos los males, errores y vicios a extirpar y por eso «ahora nos toca luchar contra los hijos, igual que luchamos contra los padres». Y muy adecuados son también esos términos para hacer frente al sucio utilitarismo de quienes, creyendo que todos los deberes y funciones se cumplen con igual laxitud, son capaces de explayarse con exclamaciones del estilo de «¡Poco tienen que tener para tener que tirar de esto!».
Tener o no tener, esa es la cuestión. ¿Cuánto tiene Garzón? ¿De cuántos tiene Garzón? ¿Cómo tiene Garzón? ¿Desde cuándo tiene Garzón? Afortunadamente un periódico -al menos el nuestro- se parece muy poco a esa especie de imaginario fichero de la Pide o de la Stasi del que tocaría echar mano -por no abandonar a esta pareja de clásicos- «en el momento en que lo aconseje la jugada». Cuestión distinta es, como digo, que Garzón organice su juzgado y ejerza su jurisdicción mirándose en el espejo de aquellos jueces del Tribunal Revolucionario que por las noches subían a la tribuna del Club de los Jacobinos para denostar, en un ambiente de francachela y camaradería maloliente, a los enemigos políticos a los que a la mañana siguiente pensaban condenar a la guillotina.
Volvemos a centrarnos, por lo tanto, en el esto. O sea en la «cacería» con comillas que comenzó el pasado fin de semana contra el PP. Y, de entre todas las modalidades que se practican para abatir suidos, es decir jabalíes, es decir marranos, guarros o cochinos, la que me parece que viene más al caso es la práctica del aguardo o acecho nocturno en los lugares estratégicos a los que el animal acude en busca de comida.
Basta visitar los foros de internet en los que los esperistas intercambian consejos y experiencias para comprender hasta qué punto la astucia y la tenacidad del cazador compiten con las de su presa. Sobre todo cuando el propósito es cobrarse como pieza uno de los llamados «catedráticos», «macarenos» o «chanchos viejos» con el colmillo doblemente retorcido por la selección natural y la experiencia. Así un cazador veterano relataba recientemente en un texto titulado Los guarros y la luna el acopio de paciencia de que tuvo que dotarse hasta lograr liquidar a «un macareno ladino que entraba al comedero cada vez que las nubes tapaban a la luna». Y es que, como dice el autor, «serán guarros, pero no tontos».
Cuestión distinta es «cuando se sale a hacer carne», es decir cuando los cazadores se conforman con abatir a los animales más jóvenes, conocidos como «chanchitos parrilleros», pues al ser su textura más tierna van directamente a la sartén o la cazuela.Todo es mucho más sencillo porque se mueven en grupo como parte de la piara y apenas si toman precauciones al salir a alimentarse cuando les entra el apetito. Hacer así carnicería es como para un escopetero tirar a pichón parado.
Si hubiera que extrapolar tales reglas a lo ocurrido estos días en el Juzgado de Instrucción Número 5 de la Audiencia Nacional, cabría apuntar que en su imaginada batida de jabalíes Garzón y Bermejo -con el inestimable apoyo estratégico del Comisario Jefe de la Brigada Judicial que acudió a despachar y luego volvió a la retaguardia- sólo «salieron a hacer carne» y de momento se limitaron a llenar de plomo a unos cuantos «chanchitos parrilleros» tan glotones e insaciables como Correa y Asociados. Con unos tíos que no perdonan ni un aperitivo, ni una merienda, ni una sobrecena y encima van echando cuartos al pregonero, inflando el tamaño de los platos, exagerando la variedad de las viandas e implicando a los mejores chefs, casi podríamos decir que las armas se disparan solas.
Pero todos sabemos que si Garzón y Bermejo han afilado sus colmillos como gumías, han cepillado sus orejas puntiagudas, han estirado al máximo sus jetas relucientes y han embutido sus pezuñas en las botas que chapotearon ya en 1.000 ciénagas, no es para contentarse con la pedrea. No, ellos buscan liquidar a uno o varios «catedráticos» de postín para cortarles la cabeza, mandarla a los taxidermistas mediáticos habituales y poder exhibirla en la sala de trofeos de la Santa Izquierda Hunting Club.
Y la técnica que están empleando aparece descrita en otro de esos foros de esperistas, pues consiste en sembrar las inmediaciones de una charca con una apetitosa mezcla de manzanas y maíz -las filtraciones del sumario o los propios autos que mantienen el enigma de quiénes fueron sobornados- y aguardar a que en las noches de cuarto menguante algún chancho con galones, atraído por el olor y la curiosidad, comience a merodear discretamente por las inmediaciones, tratando de averiguar que es lo que de verdad hay allí depositado.
Si se tratara de cazadores novatos, dispararían en cuanto vieran moverse la primera sombra. Pero ellos tienen ya suficientes muescas en la culata como para saber contener la impaciencia y retener la adrenalina. Lo que harán será observar noche tras noche la trayectoria del «catedrático» para ir vallando las distintas vías de salida, mientras aumentan poco a poco las dosis que incluyen en el cebo. Sólo cuando la presa ya no tenga escapatoria, apretarán el gatillo. Uno y otro se precipitarán entonces, entusiasmados, hacia el cadáver de la víctima, le quitarán la careta, levantarán el velo del misterio y derogarán el secreto del sumario: ¡Anda, pero si es un excelentísimo señor alcalde! ¡Mira, mira, que es un ilustrísimo consejero o conseller! ¡Fíjate lo que hay aquí, nada menos que un miembro de la Ejecutiva Nacional!
El problema es que, como se descuiden, a lo mejor se encuentran con que tienen overbooking y toda una generación de idealistas maleados va quedando en evidencia, noche tras noche. Es lo que decía Atahualpa Yupanqui: de tanto mirar la luna, ya sólo sabes trincar. O lo que advertía Hobbes, plagiando a Plauto: el hombre es un guarro para el hombre.
Que afloren los aforados S. González en su blog, 140209. Aquello, junto al requerimiento de pruebas sobre la muerte del imputable, parecía insuperable y en cierta medida lo era como espectáculo. Pero el auto del jueves es un alarde de perfección minimalista. Háganse el favor de leerlo y comprobarán que tiene menos sustancia que un discurso de Pajín. Aquí no hay fuentes, ni siquiera traducidas; no hay acusaciones concretas a personas determinadas; no figuran cantidades, ni sobrecogedores, ni fechas; hay imputados que carecen de apellidos en la lista del juez, aunque uno de ellos tiene hipocorístico, 'Pepechu'. A medida que escribo me doy cuenta de que no es una gigantesca chapuza, como pensaba. Es una obra maestra de la literatura judicial, inatacable en su minimalismo porque no ofrece un solo resquicio al requisito popperiano de la falsación. Anatole France llegó a intuir una pieza semejante a comienzos del siglo XX. En su sátira sobre la historia de la humanidad que es 'La isla de los pingüinos', cuenta France el caso Dreyfus. El militar francés en la ficción se llama Pyrot. "Casi nadie puso en duda que Pyrot hubiese robado las 80.000 pacas de forrraje. No se dudó, por ser en absoluto ignorado este negocio, y la duda necesita motivos, pues no es posible dudar sin motivos como lo es creer sin ellos. No se dudó, porque deseaban que Pyrot fuese culpable y se cree fácilmente los que se desea. No se dudó, porque la facultad de dudar no es común, sus gérmenes no se desarrollan sin cultura. (...) [Los pingüinos] tenían fe en la culpabilidad de Pyrot y esta fe se convirtió pronto en uno de los principales artículos de sus creencias nacionales y en una de las verdades esenciales de su símbolo patriótico. Pyrot fue juzgado secretamente y fue condenado. El general Panther informó de la terminación del proceso al ministro de la Guerra. -¡Pruebas!- murmuró Greatauk-. ¡Pruebas!¿Qué prueban las pruebas? No hay más que una prueba segura, irrefutable: la confesión del procesado. ¿Pyrot confesó? -No, mi general. -Confesará: debe hacerlo, Panther: es preciso decidirle a que lo haga. Decidle que le conviene. Prometedle que, si confiesa, obtendrá favores, disminución de la pena, indulto. Prometedle que si confiesa se le declarará inocente y hasta que le condecoraremos. Despertad sus honrados sentimientos. Que confiese por patriotismo, por la bandera, por el orden, por el respeto a la jerarquía, por mandato especial del ministro de la Guerra, ¡militarmente!... Decidme, Panther: ¿Es posible que no haya confesado aún? Porque hay confesiones tácitas: el silencio es una confesión. -Mi general, Pyrot no se calla. Grita como un energúmeno y vocifera que es inocente. -Panther, las confesiones de un culpable resultan a veces de la vehemencia de sus negativas. Negar desesperadamente es confesar. Pyrot ha confesado. Sólo faltan los testigos de sus confesiones. La Justicia lo exige. Hasta aquí el modelo literario. Ayer, en un amable almuerzo con dos amigos que son de lo que antes se llamaba 'la situación', argumentaban al mismo tiempo que la dimisión preventiva del consejero de la Comunidad de Madrid era una prueba de la culpabilidad del PP y que la reacción de todos los dirigentes populares posando en la misma foto era impresentable. No se trata de restar importancia a la corrupción que pudiera implicar a personas relacionadas con el partido de la oposición. Tal como decía el editorial de El Mundo ayer, hay que llegar hasta el fondo. Garzón debe ser apartado de la causa, "pero no para taparla, sino para destaparla, para que un juez imparcial llegue hasta el final sin que nadie pueda escudarse en el manifiesto deseo del instructor, no de investigar al PP, sino de destruirlo." Carrascal escribía ayer un vigoroso primer párrafo en su columna de ABC sobre la doble naturaleza de los indicios que asoman en este caso: “Hay indicios de corrupción en el PP, y de prevaricación en el PSOE. A vileza, allá se andarán ambos delitos, pero democráticamente, es mucho más grave el segundo, al afectar a los órganos del Estado, que deja de ser de Derecho, para convertirse en arbitrario. En realidad, la prevaricación no es otra cosa que la corrupción estatal." NOTA.- Enlaces [en azul], corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos, respetando el texto, que puede leerse en el original pinchando el enlace.
Pie de foto.-Baltasar Garzón deambula entre aforados del PP en búsqueda de imputados para su operación Gürtel. Hay que escoger la cabeza que permita un mayor lucimiento al taxidermista.
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En el asunto que nos ocupa hay dos cuestiones. La primera, unas imputaciones cuyo alcance está aún por descubrir hasta que pueda desencriptarse la prosa del auto de Garzón. Sería la cumbre de la literatura judicial si el propio autor no hubiera escrito el auto de la memoria histórica el pasado mes de octubre. En aquella ocasión fundamentó un delito de genocidio en la entrevista a Franco de un corresponsal de guerra fantástico, stricto sensu, Jay Allen, del Chicago Tribune. Ni siquiera se molestó en acudir a la fuente original, la hemeroteca del periódico. Con muchos menos medios que la Justicia española, pero con muchísimo más rigor que el juez, el periodista Arcadi Espada abrevó en la fuente original y el resultado no era el mismo.
-Por fortuna-dijo-, la certidumbre de los jueces suplió la falta de pruebas.



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rp dijo
7 Preguntas al lobo
S. González en su blog de hoy
¿Cuánto cuesta cada cacería del juez Baltasar Garzón y de su partenaire, Mariano Bermejo?
¿Cuándo dejarán de filtrarse los datos en poder de su Juzgado?
¿Cuándo escribirá sus autos con menos información de la que tienen los periódicos?
http://santiagonzalez.blogspot.com/2009/02/virgen-santa-perdonen-...
¿Cuándo dejará de administrar las sospechas sobre la identidad de los imputados para no soltar el caso?
Si él y su amigo Bermejo hicieron tamaña escabechina con unos pobre muflones, q¿ue habrían hecho contigo, pobre lobo?
¿Cuándo dejará de acaparar casos que no le corresponden para activar sumarios que sí son suyoa y llevan tres años durmiendo el sueño de los justos?
¿Cuándo nos explicará el chivatazo policiál al dueño del bar Faisán?
16 Febrero 2009 | 02:15 PM