Un caso abigarrado
.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
.
Había oído hablar de los poderes secretos de los animales: percepción extrasensorial, instinto de orientación, sexto sentido… También de sus destellos inteligentes y cómo no, de la relación con lo divino. Un mundo paralelo repleto de seres, desde el más diminuto hasta el gigantesco, que nos envuelve con su prodigiosa magia y misterio. Pero lo que me tocó vivir personalmente sobrepasa todos los límites de la razón.
Acababa de ingresar en un hospital de la retaguardia, durante la guerra. Mis heridas eran muy graves. La sala en la que me acomodaron después de múltiples operaciones estaba bien soleada y sus grandes ventanales mostraban las hermosas e interminables campiñas. Era uno más de los cincuenta pacientes que luchábamos por subsistir repletos de males. Toda una prueba para mi malogrado ánimo.
Un día, sobre la media noche, en ausencia de sanitarios, entró un insólito gato abigarrado con ritmo flemático y aire de sabiduría y distanciamiento. Como si supiera secretos que no quisiera compartir. Sus ojos eran linternas que iluminaban el zócalo por el que transitaba paralelo, rozando su desgreñado pelo. Recorrió todo el perímetro de la estancia y una vez finalizado, se situó en el centro. Allí, se acentuó su comportamiento extraño: movía la cabeza y sus orejas parecían atentas a algo que los demás ignorábamos mientras su cuerpo se estremecía. Acaso le acariciaba alguien invisible.
Siempre me habían asustado los gatos. Eran animales de la noche y me los imaginaba como protagonistas de historias espeluznantes. Gatos espectrales que se paseaban por los senderos de tejas bajo una luna enigmática, sobre casas laberínticas de escaleras de caracol, rompiendo el silencio con sus sonidos equívocos, tras los cuadros descolgados y cortinajes viejos. Pero aquel parecía incrementar mucho más mis temores. Probablemente su profunda mirada purpúrea lo hacía lúgubre al límite.
Cuando el reloj del pasillo hizo sonar sus menudas campanas doce veces, el gato, tal que un autómata se puso en marcha dirigiéndose hacia uno de los enfermos, y, subiéndose de un salto limpio a su cama, se posó relajado sobre sus pies. Más tarde me despertó su actitud violenta: rabo erizado y zarpazos al aire, como si estuviera luchando contra un espectro. Después, allí se quedó el resto de la noche, quieto, sin moverse ni un ápice.
A la mañana siguiente el gato ya no estaba y los médicos certificaron de inmediato la muerte de aquel aquejado. Al principio, lo acontecido me pareció normal, pero cuando el hecho se repitió varias veces, un escalofrío atravesó mi cuerpo aterrorizado. Temía ser el próximo. Era una historia descabellada e inverosímil que me arrastraba al abismo. Y se apoderó de mí un estrés cada vez más dañino, hasta el punto de obsesionarme con vigilar que la puerta estuviera siempre cerrada para que no entrara nunca más aquel gato fantasmal pleno de presciencia.
El tiempo pasaba mejorándome, y, con la esperanza de mi buena suerte pues así lo reflejaban mis análisis, creí salir de allí en breve. Mas, no se supo por qué, en pocos días, emprendí un camino de vuelta atrás, empeorando súbitamente. Mi ánimo se fue a tierra cuando una de esas noches apareció de nuevo el funesto felino. La puerta estaba bien cerrada pero debió de acceder por algún lugar mágico. Y después de su acostumbrado ceremonial, lo que tanto temía se hizo realidad: saltó sobre la cama acomodándose en mis pies.
Creyendo que había llegado mi hora, reflexioné sobre lo vivido, recordando los mejores momentos junto a mi familia. Ingerí un tranquilizante y me preparé para una despedida establecida. El resto de internos me ojeaba trágicamente. No pude conciliar el sueño sintiendo su cuerpo. Cuando entró la enfermera de la mañana descubrió al gato, que seguía sobre mis pies y al ir a rechazarlo se percató de su muerte.
Aún se me ponen los pelos de punta cuando despierto aquel instante. No sabía qué hacer, cómo comportarme ante lo imprevisible del momento. Recuerdo que lloré un buen rato en silencio, no se si por él o por mi nuevo horizonte de esperanza. Cuando hube desterrado toda mi tensión explayé la mirada sobre las inmensas y verdes campiñas. Ese mismo día, ante mi situación de mejoría extrema y misteriosa, me dieron el alta.
Hoy, aquel suceso es algo lejano que siempre está conmigo; un guiño que me provoca cosquilleo. Pero mi puerta permanece siempre abierta y los únicos gatos que se suben a mi cama son una pareja de suaves y dulces siameses que me han regalado mis tataranietos en el día de mi ciento cincuenta cumpleaños; longevidad que nadie se explica.
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
.
Las hijas del pintor con un gato [s.1760; obra inacabada en la que el felino aparece como una suerte de espectro que abarca a las dos niñas]. Thomas Gainsborough [Gran Bretaña, 1727-1788]. Vía Web Gallery of Art. Más obras del pintor en Ricci-Art y en Ciudad de la Pintura.
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



ADVERTENCIA SOBRE COPYRIGHT: Este es un blog no comercial. Las imágenes, música y documentos se editan citando la fuente gratuita [donde se encuentra, de forma libre y sin exigencia de abono de derecho alguno, exactamente lo mismo]. En caso de existir COPYRIGHT si, por error, se hubiera publicado algo inadecuadamente, comuníquenoslo y el documento, la imagen o la música serán eliminados de forma inmediata. Gracias.
CARMEN dijo
Verdaderamente misterioso y con un fin largo en el tiempo.
10 Mayo 2009 | 01:05 AM