La gruta de los escarabajos
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Últimamente empezaba a cuestionar mi vida. Reflexionaba sobre mi forma de entender los afectos y me sentía un necio que no lograba apreciar a la humanidad. Mi fortuna económica había crecido alimentándose de la sangre de los débiles. Desde pequeño, hacer negocios era algo natural en mí. Creía ser diferente, frío, incapaz de sintonizar con las frecuencias de la misericordia. No podía vivir sin aprovecharme de las deficiencias de los demás. Mi lema: servirme de todo. Constreñir a la gente y violentar las normas había sido un error que ahora me lastraba la conciencia. Y estaba hastiado de mi mundo, del aura de egoísmo que anulaba mis sentimientos. Y cada vez lo tenía más claro: debía de cambiar radicalmente.
Alguien me habló del aislamiento para mudar corrientes y abandoné el pasado y mis negocios para elegir una montaña desierta repleta de coscoja y experimentar en la soledad, lejos del materialismo envolvente. Desde ella se veía un renovado mar de azules volubles que articulaba con el cielo apareciendo como un solo mundo etéreo. La vista me relajaba el espíritu y las brisas limpiaban mis vanidades. Más no sentía la fuerza suficiente para renacer en un plano superior.
Una noche cerrada de calma absoluta, refugiándome de la precipitación suave pero persistente, acabé en una reducida gruta de los roquedos que culminaban las vertientes. Desde allí, y sin saber por qué, me introduje en una galería siguiendo a un escarabajo de cuerpo convexo y muy brillante que con sus largas antenas parecía querer dirigirme. A continuación: la oscuridad, reflejo de mi propia vida. Y en ese mismo momento, el escarabajo se iluminó como cien luciérnagas creando un lugar lineal y despejado: el camino de mi destino.
Siguiendo la extraña luz, llegué a una zona circular y espaciosa donde las paredes atestadas de columnas y cortinas estalagmíticas, estaban repletas de idénticos insectos errantes, fosforeciendo el recinto. Allí me quedé, en el centro, sobre una piedra plana cercada por la arcilla húmeda. La bóveda cárstica de la cavidad era como un cielo radiante de estrellas y el vuelo de los murciélagos parecía resonar multiplicando sus chirridos cuando pasaban rasantes una y otra vez sobre mi cabeza.
Después, cerré los ojos y vino el silencio, sólo roto por el crujir de alguna pared y el audible goteo de las minúsculas filtraciones. Tenía mi cuerpo relajado y atento a la recepción de sensaciones nuevas. Sabía que me encontraba en la médula de un complejo de redes compartidas: fisuras, fracturas, galerías profundas con sifones, túneles y pasillos, muchos ramificados hacia la nada; y seguí en la total quietud, absorbiendo su energía.
Era el momento para estar solo en el presente, sin nada más. Como el que piensa sin enjuiciar. Aceptarlo tal y como se mostraba. Vencerme a ese instante para que no me afectara el pasado y potenciar la fuerza que fluía de mis renovados sentimientos. Al poco, mi conciencia se liberó de la resistencia a la alteración y empezó a ser diferente. Pasaron las horas y el ayuno creó la debilidad que me hizo temer por mi deseada transformación. Si bien una fuerza inusitada que surgió de los laberintos oscuros del macizo calcáreo me llevó a profundizar en la eliminación de los signos físicos hasta notar como se disolvía mi cuerpo. Percibí que morían mis formas y quedaba mi yo energético. Pasada una estación, logré escuchar por un segundo el rumor de las aguas cavernícolas profundas y razoné la verdadera paz, convirtiéndola en sublime y espiritual hasta llegar a ser la luz misma y, entonces, los escarabajos se apagaron como linternas consumidas por el tiempo. Era la hora de salir al exterior, de reencontrarme con el mundo de los albores.
Cuando emergí, ahí estaban, junto a mis pies: el poleo blanco y el té de roca; y más allá, los coscojos, lentiscos, jaras y un dosel de pinos carrascos; y en las riberas de la rambla, los alegres colores de las adelfas. Noté como el viento mecía el paisaje repartiendo sobre todos los bichos vivientes la paz que emanaba de mí ser. Paz elevada y hechizadora que dejaba fluir mi compasión volviéndome sanador. Entonces, cavilé que todas las criaturas que vinieran a verme se sentirían emocionadas por la armonía que les produciría. Y me di prisa en habilitar un buen sendero que llegara a la carretera más próxima.
Aquí vivo ahora, en La Gruta de los Escarabajos, bajo tierra, más cerca del cielo; en compañía de la energía piadosa. Y quiero que las gentes vengan, me conozcan, que se aprovechen de mis virtudes hasta paliarles el sufrimiento. Por eso, temporalmente, he dispuesto un precio asequible: veinte euros.
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Ceremomia de sanación en la mitología Huichol [México]. Antonio Carrillo de la Cruz [México, 1934]. Vía Real de Catorce.
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



Elvira dijo
¡Cuánto se acerca la felicidad del sabio a la del ignorante!
Sólo sé que no sé nada.
Cuanto más profundidad, mayor generosidad y mayor sentido a la vida.
Me encantó lo de hacia abajo/hacia arriba.
Saludos.
24 Mayo 2009 | 12:23 AM