Yo estuve allí
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Yo lo vi todo, fue un abrir y cerrar de ojos, un cambio brusco, de los que suceden en esta incierta vida. El día era gris y dentro de la temporada cinegética mi amigo y yo habíamos decidido participar en una batida de jabalíes cerca de la costa del Mediterráneo. Nos unía, además del amor al campo, el rechazo de nuestras mujeres a la caza y los perros. Estábamos en un puesto fijo, aguardando detrás de unas piedras desordenadas. El lugar: una muela limpia de árboles y repleta de arbustos almohadillados y espinosos que, a modo de alfombra erizada, cubrían casi todo el suelo de la zona. Asientos de pastor, decían los del terreno con guasa.
Éramos ya de una edad avanzada para subir montañas e ir detrás de la jauría; de hecho resolvimos que, después de esa jornada, colgaríamos el equipo en la entrada de nuestras casas como recuerdo de las múltiples experiencias compartidas. Allí estábamos por última vez y, pese a no necesitar perro alguno, mi amigo llevaba a su podenco andaluz de pelo duro y ojos de miel. Era un animal tan perspicaz que, consciente del silencio que se debía de guardar en aquella espera, se quedó quieto y mudo tumbado a nuestro lado.
Esa mañana habían apretado a los jabalíes desde el valle y, forzados por los ladridos, ascendieron las vertientes a través de la red de trochas cubiertas, cruzando encinas, acebuches y lentiscos y arrollando romerales. Pero dio la casualidad que frente a nosotros, donde empezaban las coscojas, en la línea de tiro, no pasó ninguno. Fue una jornada aburrida, como si el destino quisiera acabar nuestra afición con un gran chasco.
El cielo mostraba deslucidas nubes finas y largas de aspecto extraño y el viento empezó a hacerse fuerte en la cumbre descaradamente abierta. Mi amigo había encendido su inseparable pipa mientras, sentado en una piedra caliza, descansaba el arma sobre el cuerpo, entre las piernas. El perro, sentado frente a él, con las orejas recelosas, no le perdía de vista, atento como nunca a sus movimientos. Quizás rumiaba sobre su denegrido futuro tantas veces sentenciado y definido por su dueño.
Recuerdo que una racha fuerte se llevó de inmediato el humo de la última bocanada y al seguirlo, descubrí sobre las alturas insólitas una poderosa y esbelta águila perdicera que planeaba mostrando su vientre blanco y brillante, jalonado con lágrimas oscuras hasta el pecho. No se por qué volví a fijarme en el perro cuando éste ladeó su cabeza con la mirada perdida. Mi amigo le llamó por su nombre y, entonces, el podenco se abalanzó hacia él con un saltito, como hacía siempre; pero esta vez, uno de sus pies de liebre acabó dentro del guardamonte, accionando el gatillo con su peso, produciéndose un disparo mortal.
Si, yo estaba allí y lo vi todo. Mi amigo se desplomó contra las matas punzantes. Fue horrible: el rojo predominó sobre las piedras y por un momento alcé la mirada y el águila entró en picado descendiendo vertiginosamente mientras el cielo emulaba el color de la muerte. ¿Fue el albur el que quiso cambiar las cosas o el instinto de supervivencia de un perro amenazado? Nunca lo sabremos y yo, lo viví para no olvidar jamás el hecho.
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Fragmento de Escena de caza del Barranco de la Valltorta, en Castellón, España. Arte rupestre levantino de tipo parietal, durante el Mesolítico [10.000 ac - 5.000 ac]. Vía educarex. [+].
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



leopodo dijo
La naturaleza es más fuerte que nosotros. Mire el avión francés, señor. Saludos.
7 Junio 2009 | 12:53 AM