El disidente Pericay
Filologia catalana: memorias de un disidente. Xavier Pericay. Ediciones Barataria, 2009 [edición en castellano de la obra en catalán publicada en Destino, 2007]

Una valoración
Arcadi Espada en El Mundo, 130609.
Es probable que hayas leído ya los dos libros que acaba de publicar nuestro común amigo (y aún más tuyo que mío) Xavier Pericay. Tenía dudas en hablarte de ellos. Las cosas se han puesto muy difíciles. Por una parte están los libros que no puedo juzgar al estar recusado por enemistad manifiesta con su autor. Luego está la amistad manifiesta, también inhabilitante. Así pues o encuentra uno la manera o acabaría sólo hablando, y aun con precauciones, del cancionero estonio del XVIII. Ya veremos más adelante qué hago con las otras recusaciones a los que con sumo placer hincaría el diente; pero respecto de Pericay creo que he encontrado la manera. Por desgracia tendré que limitarme a uno de los dos libros. Para el de Pla su obligada laudatio no tiene coartada; y por si fuera poco, y como ya habrás visto, me está dedicado con afecto. Antes de que caiga sobre mí el peso de la ley déjame decir que es un libro sobre el viejo periodismo que permite un análisis profundo del nuevo. Y que es también una hermosa elegía, aunque aun no sé si sobre nosotros.
Filología catalana lo leí en su filología y ahora he vuelto en castellano. Estas memorias son de una gran limpieza moral y estilística, que es lo mismo. Al período escrito del autor le va bien el género. Hay que lamentar que el género vaya menos con su carácter y advertir de que éstas son unas memorías éxtimas de las que nos han sido hurtadas escenas de la vida sexual del protagonista, asunto que da una gran amenidad a este tipo de libros. O sea que desde este punto de vista estamos ante una pieza del género mi medio siglo se confiesa a medias que inauguró Ruano. Por lo demás lo principal que el libro cuenta es un destierro. Hay que agradecer a la finura del personaje que este asunto sobrevuele implícitamente las páginas sin apoderarse en modo lacrimal de la acción. No tendría por qué: nuestro amigo vive con salud y holgura en la isla de Mallorca, disfrutando de la vida de un homme de lettres, y como en la isla el tiempo va lento así crece su edad.
Pero que el destierro ni se explicite ni se lamente no quiere decir que no exista ni que no sea, como digo, el asunto de estas memorias que fueron escritas después de que el autor abandonase la Barcelona donde nació y vivió para instalarse en Palma de Mallorca. Cuando alguien que ha sobrepasado los cuarenta años toma una decisión semejante lo hace por razones de índole diversa. Jamás hay una sola razón. Pero lo cierto es que el filólogo Xavier Pericay abandonó Cataluña porque no le resultaba fácil ganarse la vida en ella. Ganarse la vida: aquel reflejo de fiera que Pla veía en los ojos de los milaneses cuando salían de los cafes tras haber sorbido un expresso en un minuto de reloj y constatar, ya en la calle, que los espaguetis del mediodía aún estaban en el aire. Ganarse la vida. Es una expresión turbadora y basta detenerse y masticarla para ver su vuelo, que deja muy atrás lo puramente material.
Las dificultades de un hombre como Pericay en la Cataluña actual son sorprendentes. No creo que haya aquí un filólogo sin trabajo, empezando pòr la familia Carod y el dinero que llevan dedicando a la filología, el último este millón de euros que donó a los indios tabajaras. Pericay no sólo es filólogo, sino bueno; y autor, con Ferran Toutain, del libro más agudo que se ha escrito sobre la lengua en la Cataluña moderna. Ha trabajado de periodista, de profesor de periodismo y ha enseñado a hablar catalán hasta a los maquinistas de Renfe. Y, encima, tiene buen carácter; aunque matizado por la evidencia de que ya no es de izquierdas ni nacionalista. Sabes de mi apego a hablar con pruebas. No es nada ético ni metodológico. Es por el placer. Voy a demostrarte al cabo de la carta por qué nuestro amigo no pudo ganarse la vida y le pondré un apéndice documental inédito a sus memorias.
En la primavera del 2005 fui invitado junto a Pericay y un traductor holandés a una mesa redonda en el Instituto Cervantes de Utrecht. La mesa redonda era sobre Josep Pla, del que ambos hemos escrito bastante, y el holandés era su traductor. Fue un acto magnífico y con el punto entrañable de la reproducción de la entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Pla, y que, como te digo siempre, incluye el momento histórico en que el nombre de Montaigne se pronunció por última vez en la televisión española. Dimos la charla, paseamos bajo la lluvia de Utrecht, bebimos genever y cerveza y volvimos a casa encantados de la vida nórdica.
No lo sabíamos, entonces, pero alguien nos seguía implacable. Y era nada menos que la diputada Gil del grupo de Convergència i Unió. El 22 de febrero de 2006 su pesquisa sigilosa llegaba al parlamento. Un verdadero aldabonazo. Preguntaba por escrito: "¿Qué valoración ha hecho el Gobierno, especialmente el departamento de Cultura, de la realización del programa sobre ‘cultura catalana' realizado por el Instituto Cervantes de Utrecht el año 2005? ¿Y que valoración le merece que uno de los dos coloquios programados fuera protagonizado por los señores Arcadi Espada y Xavier Pericay?". Ahora vuelvo. Fíjate en las comillas de ‘cultura catalana'. Y qué valoración esos dos tipos.
No te fíes nunca de las comillas ni de las cursivas. Se le ponen a las palabras extranjeras para identificar su origen infamante. En realidad los destinatarios de las comillas eran los dos conferenciantes; pero a esta gentecilla siempre les falta una punta de valor. Algo en lo que participen esos dos expósitos será siempe cultura catalana entre comillas, aseveraba por la espalda la diputada Gil. Compitiendo en su amoralidad llegó la respuesta socialdemócrata y pilates de la entonces consejera Mieres. No avergonzó por escrito ni a viva voz a la diputada; no le devolvió en su saliva la pregunta: ¿Y usted por qué pregunta eso y por qué le importa? No le pidió que la retirara. Se lavó las manos y dijo que era cosa del Cervantes lo de esos dos tipos
La estirpe totalitaria a la que pertenece la diputada Gil no pregunta para conseguir respuestas. Pregunta por la misma fisiología que los perros orinan en las esquinas: marcar tipo y territorio ante los futuros programadores que puedan tener un momento de vacilación y por ignorancia o voluntad se decidan a contar con un pericay. Evítate problemas programador: si quieres ser feliz y comer perdices, no analices, muchacho, no analices.
Aunque está publicada en el Diario Oficial aún la releo como si no existiera. Una pregunta parlamentaria para saber que valoración le merecen a un gobierno dos hombres.
Pero es en tales coloquios que fuimos perdiendo la vida.
Sigue con salud
A.
Diario de un disidente
Carta enviada a Arcadi Espada a raíz de la publicación de su artículo Una valoración (sobre el libro Filología catalana de Xavier Pericay).
Querido y siempre leído Arcadi,
tu crítica del 13 de junio sobre el libro de Filología Catalana de Xavier Pericay me llega demasiado pronto. Me explico.
Acabo de leer el libro y aún lo estoy digiriendo. Es una digestión lenta de varios días, como una boa constrictor que se ha tragado un explorador con salacot incluido. Tu artículo me ha cortado la digestión. Yo estuve presente en este original coloquio en Utrecht, en el que participastes tú, Xavier Pericay y Adri Boon, el traductor del Quadern Gris al holandés, el único libro de Pla traducido, hasta ahora, a esta lengua. El tema del coloquio era la lección holandesa de Pla, el cual había estado varias veces en Holanda y había escrito sobre Dordrecht, ciudad en la que yo he vivido varios años.
Por primera vez, pues, se tendía un puente desde Holanda hacia su obra, hacia su apreciación por la civilización -y las mujeres- nórdicas, todo ello gracias a la capacidad de innovación y amor por la literatura de Isabel Lorda, directora del Instituto Cervantes de Utrecht.
El momento fue memorable porque era la primera vez que el viejo periodista catalán recibía su merecida atención en Holanda y porque lo hacía de la mano de dos de los estudiosos de su obra y su vida con más independencia mental e ideológica.
También fue memorable en este coloquio, no solo que se mencionara por ùltima vez a Montagne en la televisión española, tal como tan irónicamente indicas en tu texto, sino también que se oyera a Joaquín Soler Serrano hablando en español, que es lo mismo que decir que es la última vez que se habló español bien en el medio televisivo en su totalidad. El acto estaba claramente originado por el respeto y el interés de todos los participantes por la obra planiana, incluso en sus zonas menos estudiadas y conocidas como era su relación con la Europa del Norte.
Se me corta la digestión del libro, que ya me está costando esfuerzo, al leer la reacción de la clase política que vuelve a meter a Pla en el cajón ideológico al que pertenece según ella , robándole así su humanidad y el valor de su extensa y variada obra literaria. Arrastrando, además en esta espiral, a los atrevidos disidentes que se atreven a opinar sobre ¨nuestro¨ Pla sin ser de la ceba. (Nota: catalanista).
[...]
A mí, la verdad, el libro de Xavier Pericay, Filología Catalana, me ha impresionado mucho. Es un libro honesto, nítido y elegante. Como soy de Barcelona, nacida tambíen a finales de los años cincuenta de una familia local, reconozco, como si fuera mi propia historia, mucho de lo que cuenta Pericay: abuelos en la guerra civil, el miedo, el silencio, y sobre todo, la permanente presencia en la cuarta dimensión de las otras vidas que hubiéramos podido tener todos si la guerra no hubiera ocurrido. A nivel más personal, el libro me ha impactado porque el padre de Xavier Pericay fue mi profesor de griego en el instituto de enseñanza media en el que cursé bachillerato, así que saber como era el ¨senyor Pericay¨ en la intimidad y cual era su historia, hace la lectura para mí aún más viva y auténtica porque veo a mi antiguo profesor en cada página del libro.
También reconozco la naturalidad con la que asumíamos una ideología reivnidicativa de la identidad catalana de izquierdas. Comparto incluso la simpatía de Pericay por el anarquismo por encima de los muermos del PSUC (Nota: Partit Socialista Unificat de Catalunya, entonces aún muy marxista) que eran más serios que un ajo tieso.
Hasta aquí llega mi reconocimiento con la trayectoria de Xavier Pericay. Porque yo me marché en al año 1981 de Barcelona. Lo que ha ocurrido en estos veintiocho años no lo he vivido directamente ya que no tenía consecuencias para mi vida diaria, para mi funcionamiento laboral o para mi vida social. Leo con asombro hasta que punto la ideología ha ido impregnando la sociedad y como ha ido afectando la vida de los ciudadanos, especialmente los que se dedican a actividades culturales, educativas y públicas. Leo en las memorias de Xavier Pericay cómo ocurre un cambio de perspectiva. La crónica de Pericay es, efectivamente, la crónica del disidente, del que en un momento dado no puede negar ya más que lo que le dice su sentido común está en contradicción fehaciente con la ideología. Esto sí lo reconozco, lo entiendo muy bien. Cualquiera que haya dado este paso mental, lo entiende. En mi caso, este paso me ha llevado a opiniones muy distintas de las de Pericay. Me refiero en concreto a su crítica de que la inmersión en catalán sea parte de un proceso de asimilación de los emigrantes en la nacionalidad catalana que les obliga a olvidar sus orígenes. Mi experiencia en la emigración en Europa es que esto es lo mejor que le puede ocurrir a un emigrante. Opino que la conservación de lenguas y culturas durante tres y cuatro generaciones llava al aislamiento y a la marginalización, a pesar de que yo mismo haya colaborado con mi trabajo a la institucionalización del relativismo cultural de la socialdemocracia europea.
Leyendo el libro de Pericay me pregunto: ¿es que es la derecha ahora la que es progresista y regenadora de la política? Esta pregunta también se aplica al panorama político holandés. Pero esto es otro tema.
En este sentido entiendo la valentía del paso mental de Pericay y admiro la claridad con que lo expone. Pericay escribe de una forma intelectualizada que no consigue ocultar un apasionamiento amortiguado y muy personal. Es decir, son las memorias de una persona-autor que sabe quién es y cómo ha llegado hasta este punto. Vamos, que no tiene ni un pelo de tonto y sabe per què sóc conservador. (Nota: título de un artículo de Josep Pla en el que explica el por qué es conservador después de haber visto el convulso siglo XX).
Yo ceo que a Pla este libro le hubiera gustado mucho. Ojalá este libro vigorice el género de las memorias, ya que es ejemplar de como apasionar al lector diciendo la verdad.
Un abrazo desde la lluviosa Holanda,
Eugenia Codina, en su blog, 150609.
De Marsé a Pericay
Al catalán Juan Marsé le han dado por fin el Premio Cervantes, considerado el más importante de las letras españolas, y el catalán Xavier Pericay acaba de publicar la versión española de Filología catalana, donde además de contar su vida explica cómo fue cociéndose la dictadura blanca que hoy impera en Cataluña
Iván Tubau, en El Mundo, 070509.
Me cupo el riesgoso honor de presentar, con Ana Nuño y Arcadi Espada, Filología catalana, versión española -hecha por el propio autor en claro castellano- de la Filología catalana de Xavier Pericay. Para lo que quiero decir de ese libro, subtitulado Memorias de un disidente e indispensable para entender por qué Cataluña y sus lenguas han llegado a ser lo que son, el espacio de que dispongo aquí es insuficiente. Más aún teniendo en cuenta el espléndido prólogo de Jon Juaristi, imprescindible para comprender la grotesca tragedia etnolingüística y etarra del País Vasco.
Por fortuna, pocos días antes le habían entregado el Premio Cervantes, el más importante de las letras españolas, a Juan Marsé. Y Marsé me resuelve el problema hoy (otro día ya veremos). Acudo a Google y escucho su discurso de aceptación, que el titular de un periódico sintetizó muy bien: «Soy catalán y escribo en castellano. ¿Y qué?»
Oigo a Marsé y veo su cara mientras lee en Alcalá de Henares -no improvisa- ante reyes, presidentes y académicos: «Soy un catalán que escribe en lengua castellana. Yo nunca vi en ello nada anormal. Y aunque creo que la inmensa mayoría comparte mi opinión, hay sin embargo quien piensa que se trata de una anomalía.» La sobrina de Jaime Gil de Biedma, presidenta de la Comunidad de Madrid, sonríe -¿cuándo deja de sonreír esta mujer?- y asiente satisfecha.
Vuelvo a Pericay, una de las más límpidas prosas españolas que se puede (no «pueden») leer hoy, tan eficaz que incluso resiste el parangón con Quim Monzó y algún otro de los escritores catalanes que escriben hoy en los periódicos el mejor español del siglo. El segundo capítulo de la tercera parte, titulado «Un fenómeno coyuntural a liquidar», lo dedica Pericay entre otras cosas a explicitar e ilustrar ese escalofriante sintagma, parido en su número de julio-agosto de 1977 por la revista Taula de Canvi, próxima al PSUC y dirigida por Alfons (antes Alfonso-Carlos) Comín, católico comunista o comunista católico.
Ahí, hace más de 30 años, casi recién estrenada la monarquía democrática española (échale oxímoron, Espada) estaba ya el huevo de la serpiente que convertiría a Cataluña en la «dictadura blanca» que hoy es, que anunció por primera vez en 1982 el presidente Tarradellas en la larga entrevista que le hice y se publicó en Diario 16 el 15 de agosto de aquel año. Los barros de Taula de Canvi anunciaban ya los lodos de la intolerancia lingüística gubernamental que anegan la Cataluña de hoy y ningún otro lugar de la Unión Europea. Repito: ninguno. Lean, lean en Filología catalana qué insignes intelectuales formaban el consejo de redacción que concibió y parió este monstruo: «Los catalanes (de origen o de radicación) que se expresan literariamente en lengua castellana [...] ¿deben ser considerados como fenómeno coyuntural a liquidar a medida que Cataluña asuma sus propios órganos de gestión política y cultural?». Lean las respuestas de insignes o no tan insignes escritores «de origen o de radicación», desde el patético charnego agradecido Candel al arrepentido cómplice Vázquez Montalbán, un chico de mi edad nacido como yo en el Chino de Barcelona, después rebautizado «Raval».
Quítense el sombrero ante Juan Marsé, único que se negó a contestar esa encuesta. Y quítense la barretina ante Maria Aurèlia Capmany, que pese a contestarla osó decir: «El cerebro que ha parido esta fórmula o bien está tétricamente deformado por la ideología nazi o fascista, o bien lleva peores intenciones que un interrogatorio de tercer grado.»
Bien mirado, me habré pasado la vida yendo a la contra. Como un adolescente. Primero, el trocito final del franquismo. Luego, el nacionalismo. Sólo aquellos años insólitos de la Transición habrán quedado allí como un exponente de que la política catalana puede gestionarse de otro modo. En los últimos tiempos, a raíz de la creación de Ciutadans de Catalunya, me he encontrado a menudo discutiendo con algún amigo si la estrategia frentista era o no la más adecuada. Es decir, si se podía ser sólo «anti» o si también era necesario que una propuesta política, la que fuese, tuviera unos contenidos propios, al margen de la oposición a los principios ideológicos que se pretendía combatir. Y en esta clase de discusiones he creído siempre que la primera opción era la buena. No porque la otra no fuera conveniente y necesaria, sino, simplemente, porque no era prioritaria.
Pericay logra el tour de force de convertir método filológico en estilo narrativo, en un gesto que no deja de evocar el que condujo a Proust de sus ensayos y crónicas al definitivo salto de la Recherche. (Ana Nuño)
Un libro magníficamente escrito, interesante e inteligente, lleno de ideas... (Lluís Maria Todó)
De Filologia catalana emerge un personaje sensible, culturalmente sofisticado y políticamente complejo. (Albert Branchadell)
Uno de los mejores libros de memorias que se escribirán en el (...) siglo. (José García Domínguez)
Un libro valiente, convincente y honrado, que hay que tener en cuenta. (Laura Freixas)
[Un libro] lleno de humor, la némesis del nacionalismo. (Gabriel Tortella)
Escrito con prosa modélica, injertado de pugnaz ensayismo, permanentemente belicoso con el modelo cultural de los gobiernos de Jordi Pujol (modelo asumido después por el nacionalprogresismo). (Jordi Amat)
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Xavier Pericay (Barcelona, 1956) es licenciado en Filología Catalana por la Universidad de Barcelona. Aunque las circunstancias le llevaron, en 2005, a suscribir el manifiesto «Por un nuevo partido político en Cataluña», su vida ha transcurrido hasta la fecha entre la filología y el periodismo. Ha escrito, junto a Ferran Toutain, Verinosa llengua (Empúries, 1986) y El malentès del noucentisme (Proa, 1996), y ha traducido al catalán libros de Gide, Balzac y Stendhal, y al castellano los Dietarios de Josep Pla (Espasa, 2001-2002) y las Memorias de un intelectual de Julien Benda (Espasa, 2005). En 1987 fue responsable de la confección del Llibre d'estil del Diari de Barcelona (Empúries).
Desde 1991 se dedica a la enseñanza del periodismo (actualmente en el cesag, adscrito a la Universidad de las Islas Baleares) y a escribir en los papeles, en particular en el diario Abc. Como editor ha publicado Cuatro historias de la República (Destino, 2003) y La Segunda República española (Destino, 2006). En 2007 apareció en Tentadero Progresa adecuadamente y, de nuevo en Destino, Filologia catalana. Memòries d'un dissident. Acaba de publicar, también en Destino, el ensayo Josep Pla y el viejo periodismo.
Vía ed. barataria.
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Rodolfo V. dijo
Quicio, muy interesante lo que expones. Siempre me he preguntado si los políticos catalanes con su obsesión nacionalista están alejandose de todos. Ahora veo con tristeza que incluso de los propios catalanes. Los servicios de inteligencia de la Generalitad volcados en mantener limpia de libres ciudadanos dejándoles la marca de apestados. Todo un poema trágico.
19 Junio 2009 | 09:35 AM