La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

21 Junio 2009

Asiento nº 13

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.
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A Serafín su protectora madre le dijo un día de cielo vivo y extremado azul, que lo había parido en un autobús de la línea 6: "Lo reconocerás porque aún tiene una pequeñísima grieta en el parabrisas, en el lado del conductor. No dejes de ir y observar el asiento número 13: allí naciste tú", acabó diciéndole. Y desde entonces, cuando juntaba unas monedas, subía y se sentaba en él, asomado a la ventanilla. Si estaba ocupado, se mantenía a la espera en el pasillo y cuando quedaba vacante ¡zas! se dejaba caer de satisfacción.  Era capaz de voltear la ciudad varias veces sin bajarse de aquella plaza.

Pasaron apenas dos meses y después de una jornada de trabajo en la que su madre no regresó, cambió el descanso por el insuficiente quietismo y estuvo contemplando la noche plagada de inmortales estrellas. Fue tan duro sobrellevar su abandono que necesitó más que nunca encontrar un gran aliento en su autocar, y empezó a reiniciar  sus visitas. Rara era la semana que después del colegio no se paseara al menos una vez desde aquel pedestal. Allí veía las cosas de otra manera, quizá más resplandecientes, con mayor seguridad y encontraba la esperanza de hallarla a ella en alguna calle de la gran ciudad.

El tiempo hizo transcurrir los años y cambiar su cuerpo que ahora era grande, recio y fuerte.  Sin embargo, su mente seguía debilitada por la ausencia inexplicable del amor materno. El cariño y afecto de su padre no eran suficientes y las sacudidas de culpa le constreñían el alma martirizándose de continuo. Por ello necesitaba frecuentar aquel asiento que le irradiaba una energía especial, como si estuviera abrazada a ella. Era una bendición, una fuente de vida. Y eso le creó una necesidad desmedida, una obsesión que le obligaba a tenerlo siempre presente.

Una tarde avanzada de intensa lluvia, esperando en la parada a que llegara su maravillosa poltrona, se le hizo el cambio de día. Con la esperanza rota y calado hasta los huesos, volvió a su casa.  La próxima jornada, al repetirse la ausencia, temió lo peor y durante la noche sólo quiso ver la confusión.  A la mañana siguiente se trasladó a la empresa de transportes y le dijeron que por su vejez lo habían retirado de la circulación. Que se encontraba en un desguace de las afueras de la ciudad.

No tardó nada en presentarse en las oficinas de aquella infinita explanada, afirmación callada y detenida de hierros y motores avejentados, a preguntar por su autobús de línea. Esa mañana se había adueñado del escenario un viento que levantaba nubes intensas de tierra. A pesar de sufrir molestas rachas que le cegaban, llegó a localizarlo. Cuando lo hizo, se sentó en su zona 13 del alma y las lágrimas arrastraron los restos de polvo rojo de sus mejillas. Enseguida notó su particular sensación  benéfica.

Estuvo mucho tiempo visitando aquel desguace del extrarradio hasta que su vital vehículo desapareció. Sólo supieron decirle que lo habían vendido a un chatarrero que se dedicaba a exportarlos a un lejano país. Allí, dada las circunstancias de pueblo subdesarrollado, sería útil unos años más.  No podía quedarse  de brazos cruzados. Para él era una misión de vida o muerte localizar su sillón mágico donde nació y, si Dios quería, en el que morir con el recuerdo de su madre, gozando de una paz inolvidable. Por eso  tenía que ponerse de inmediato en su búsqueda. Dedicó sus vacaciones íntegras a patear la totalidad del tercermundista Estado, hasta hallarlo en los maltrechos hangares metropolitanos de una histórica ciudad.

Ante la delicada situación decidió urdir un plan para, amparándose en la noche, desmontar el asiento y recuperar su imprescindible trono. Parece que las estrellas no quisieron ver tal irresponsabilidad y decidieron ocultarse tras unas nubes invisibles que sólo mostraban, de tarde en tarde, una luna tan menguante que era talmente un hilo fino y retraído de luz.

Con determinación y sutileza logró  saltar la alambrada sin hacer ruido y entrar en el espacioso vehículo. Ayudado por una llave inglesa lo desmontó y cuando decidía irse, se dio cuenta de un extraño y diminuto sobre de plástico bien sujeto y oculto en el reverso de la base. Lo arrancó de inmediato, extrajo una tarjeta descolorida e iluminándose con la pequeña linterna leyó: "Serafín, hijo mío, cuando leas esta nota tu padre ya me habrá matado y enterrado en algún lugar oculto. Así que no podré volver, pero nunca te olvidaré. Te quiero y siempre te querré".

Una mezcla de sosiego y de rabia contenida le hizo debilitarse y empezar a sudar. El liberador silencio incrementó su extraña armonía mientras repasaba una y otra vez aquella milagrosa y sorprendente nota póstuma. Cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, sobre el respaldo de su asiento, al mismo tiempo que apretujaba con fuerza la tarjeta, como si esperara sacar algo más de ella. En ese instante resonó en el interior de aquel viejo autobús los gruñidos graves y amenazadores de tres enormes perros de guarda, no tardando un segundo en lanzarse sobre él hasta destrozarle. Decidió la indefensión. Y sólo quedó la luz tenue de la linterna que, acomodándose a su pulso, se fue extinguiendo lentamente, mientras dirigía su débil foco sobre el secreto que Serafín se llevaba pletórico de paz.

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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 Frag. de fot [original en color] de un viejo autobus en Cuba. Vía therealcuba

NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.

 

servido por elquiciodelamancebia 12 comentarios compártelo

12 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Rosa

Rosa dijo

A los autobuses , con la edad, les pasa lo mismo que a las personas: tiene que reducirse, acabando sus días donde buenamente pueden.

La historia, muy bien contada, está llena de nostalgias y determinismo: el destino.

Saludos.

21 Junio 2009 | 12:21 AM

Rosa

Rosa dijo

A los autobuses , con la edad, les pasa lo mismo que a las personas: tienen que reducirse, acabando sus días donde buenamente pueden.

La historia, muy bien contada, está llena de nostalgias y determinismo: el destino.

Saludos.

21 Junio 2009 | 12:21 AM

Carmen

Carmen dijo

Triste historia de amores que matan y se dejan matar.

21 Junio 2009 | 12:40 AM

Pilar

Pilar dijo

Este personaje estaba tan ligado a ese asiento que no le podía pasar aquello de: "Quien se va a Sevilla pierde su silla"

21 Junio 2009 | 01:23 AM

Domenech

Domenech dijo

En el final del relato, con una sola frase corta: “Decidió la indefensión”, el autor deja claro que para Serafín, después del “regalo” de su madre y del amor que siente hacia su padre, sólo podría encontrar la paz en la muerte. ¿Por qué están los hijos siempre en el medio?

21 Junio 2009 | 09:51 AM

malpensante

malpensante dijo

Con los tiempos que corren,

¿no será que el nene fue quien asesinó a su mami y se ha inventado la historia para meter de por vida a su papi en la cárcel, dado que éste no le compró, en su momento, una bolsa de pipas?

21 Junio 2009 | 12:10 PM

Lesdel

Lesdel dijo

Ingenioso relato con impactante foto. Enhorabuena Quicio.

21 Junio 2009 | 09:43 PM

kik

kik dijo

guay mi madre también se suicidó y la yoré mucho

22 Junio 2009 | 10:31 AM

Nelo Bacoreta

Nelo Bacoreta dijo

Cuanto más solitario soy, más entusiasmado de los mitos me he vuelto, decía Aristóteles; y si he de ser sincero tu fábula de hoy, Xiquet, se aproxima al mýthos.

Serafín bien podía ser hijo del dios Zeus. Con sus tres pares de alas, simboliza la eterna humildad y amor. Canta sin cesar la música del cosmos, regula el movimiento de los cielos y es la vibración armónica del amor.

Su madre, Europa, fue seducida y raptada por Zeus, que transformándose en toro consiguió que Europa subiera a sus lomos. En agradecimiento Zeus le regaló a Laelaps un perro que nunca soltaba a su presa; los otros dos perros que devoran a Serafín son el can de Orión y la perra Nera. Los tres forman la constelación de los perros, la constelación de Sirio. Y todos observados por las pléyades de Tauro, la forma animal que Zeus adoptó para conquistar a Europa.

¿Y el número 13? Doce eran los dioses que formaban el cortejo de Zeus, el trece era una serpiente de fuego –un serafín- que murió devorada por los cíclopes.

¿Venganza o amor?

D´allò més bé, Xiquet, y a otra cosa mariposa.

Nelo Bacoreta.

23 Junio 2009 | 03:11 PM

Rosa

Rosa dijo

inconmensurable Nelo!

23 Junio 2009 | 03:47 PM

EQM

EQM dijo

nelo, tiene razón Rosa, estás que te sales...

Enhorabuena.

23 Junio 2009 | 03:48 PM

El Xiquet de Columbretes

El Xiquet de Columbretes dijo

Nelo Bacoreta, me encantan tus vastos conocimientos y como diseccionas el texto en busca de acertadas deducciones. Eres inigualable y por eso te valoro.
Un abrazo.

Gracias a todos por vuestros comentarios.

28 Junio 2009 | 12:15 AM

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Apoyado en el quicio, perplejo y preocupado ante una sociedad blanda que pasa de historias, tratando de averiguar por qué chirría con su amado óxido. Para mis adentros. Será la edad (España).



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