La mosca tigre
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Hace ya muchos años, en una playa mediterránea extensa y agreste, plagada de dunas conmovidas por las brisas, las gaviotas de patas amarillas anidaban con agrado al cobijo de los enebros de costa o cercanas a las campanitas rosadas de mar. Allí se las podía ver formando bandadas en la arena, con respeto, esperando la salida del sol. Después, a efectuar espectaculares picados y rapidísimos ascensos sobre las olas, como cometas codiciosos. Y cuando divisaban las barcas de pesca se ponían detrás, en sus popas, siguiendo la estela de agua y espuma, a la espera del descuido.
Frente a ella, los días despejados, mucho más allá de las praderas de falsas algas de Posidonia, en la línea del horizonte del este, donde el cielo se macera, se veían sobresalir los acantilados de unas pequeñas islas volcánicas que gozaban de la paz del retiro. Sus tierras y riscos, salpicados por reprimidos arbustos, repletos de escorpiones y serpientes, emergían de las aguas profundas y enigmáticas donde fosforecía el Pez Hacha. Por encima, en las aguas azul oscuro, invernaba el Pez Ángel, un tiburón rayiforme, y un poco más arriba, cerca de la superficie descarada, donde la luz comenzaba a ser intensa, erraba el enigmático y pesado Mola mola, el Pez Luna.
Cuando el verano incitaba a mojarse, aquella playa salvaje mudaba su espectáculo pausadamente, llenándose de sombrillas que se abrían de inmediato hasta configurar un campo de flores gigantescas, urgentes, de múltiples colores y dibujos geométricos; extraños pétalos con flecos movidos por el viento. Y las gaviotas dejaban el lugar a los bañistas que, ansiosos por tantear sus olas, se agolpaban en las aguas trasparentes brincando con divertimento. Algunos se refrescaban haciendo pie y pasándose pelotas alegres de diversos tamaños que a veces eran llevadas por las corrientes lejos de sus despagados dueños
Una vez yo estuve allí, con toda esa gente y se me acercó un periodista de la cadena de radio local. Estaba formulando preguntas en directo a cualquiera que se le arrimara para, a través de su programa, dar testimonio de la actualidad turística de la zona. Y micrófono en mano se interesó acerca de lo que pensaba sobre el ambiente. En un segundo, me puse serio y le señalé que el día estaba siendo preocupante porque la Mosca Tigre estaba atacando abiertamente en la zona.
Se quedó extrañado y atento, pues nunca había oído hablar de dicha mosca e insistió que le hablara sobre el tema. Con voz clara y rotunda le dije que a pesar de ser un insecto volador exclusivo de las islas y de reducida resistencia de vuelo, los del club deportivo habíamos comprobado que últimamente se alojaban en los hoyaos de las velas multicolor de los catamaranes que navegaban cercanos a sus costas. Así llegaban descansadas a nuestra playa con la intención de morder los pechos de los bañistas y chupar su sangre caliente.
La noticia resonó por todos los aparatos de radio y transistores de los oyentes que atentos a mis explicaciones aumentaron el volumen. El presentador insistió que siguiera, lo cual hice después de sacudir en el aire a una incierta Mosca Tigre que me rondaba. Le comenté que el mayor peligro lo corrían las mujeres cuando llevaban los bañadores mojados, recién salidas del mar. E insistí: "a estos insectos malditos les gusta introducirse por el interior del bañador húmedo hasta el pliegue de la base del pecho y allí, a gusto bajo la tela fresca, iniciar su dolorosa incisión.
Mis palabras, a través de la ampliación de las ondas y las continuas repeticiones con exceso de énfasis del entrevistador que advertía, una y otra vez, del peligro que suponían las telas húmedas en los pechos, empezaron a causar un revuelo que alteró a todo el mundo. Por momentos vi, con verdadera expectación y asombro, cómo todas las mujeres que abarrotaban la playa iban despojándose poco a poco de la parte superior del bikini y las que vestían bañador se lo bajaban hasta el talle sin ningún pudor. Parecía que ya tenían la excusa para sentirse más bellas y seguras que nunca.
Aquel hecho provocado por una broma de verano revolucionó a la gran ciudad y desde entonces abrió los ojos a las mujeres aceptándolo como un símbolo de libertad y en los meses de agudo calor, todo el arenal se engalana de hembras descubiertas. Como siempre ocurre, algún avispado quiso promocionarlo por todo el mundo. Y como decir ‘desnudez de cintura para arriba de una mujer' era complicado, le llamó topless. Y yo, gracias a mi sentido del humor y fantasía, estoy orgulloso de ser el máximo responsable de una moda universal.
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



Paco dijo
Hay gente que tiene facilidad para embaucar a la gente lerda, que ews mucha. saludos.
28 Junio 2009 | 01:00 AM