Nuevas despedidas
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Admiraba los majestuosos cipreses del cementerio municipal, árbol de bienvenida -a la muerte y a la vida- esperando que llegara el entierro del padre de un gran amigo. Cuando entré en la necrópolis me dejé llevar de inmediato por el entorno, uniéndome al itinerario del sepelio. El procedimiento para el traslado del cuerpo fue tan atípico que me causó perplejidad. ¿Dónde estaban los voluntarios para llevarlo sobre los hombros? ¿Y los carretones clásicos de ruedas?: lo cargaron sobre un palé de madera transportado por un torito, como si se pasease por última vez a través de la fábrica donde trabajó toda su vida.
Mientras cruzábamos el campo santo, la evidencia del cambio era clarísima. Imposible ver y oler las clásicas velas de cera iluminando las tumbas, que habían dejado el paso a la última generación tecnológica: las luces de diodos led. Las flores naturales, made in china, ahora eran de eterno plástico. Y las fotos sepia ya eran en color y éstas desistían ante el avance de las pantallas lápida que, como vulgares televisores, reproducían con exceso de volumen los momentos estelares de sus vidas, rompiendo el bendito silencio.
Después de un gran trecho donde el voceo sepultó al murmullo, llegamos a un nuevo espacio: cientos de mininichos dispuestos para albergar las cenizas de toda la reducida familia que los quisiera estrenar, y, al final, en una pequeña plazoleta con tres farolas solares, los nichos corrientes, en los que caben los féretros de siempre. Allí estaba dispuesto un grupo de cuarenta.
El de nuestro difunto se encontraba en el último piso, más cerca del limbo, nivel cuatro, y el torito lo subió lentamente como si fuera una ofrenda industrial a los cielos. En ese momento nos percatamos del excelente día soleado, pues los rayos incidían en los muchos adornos metalizados del ataúd: bisagras, cantoneras, asas, pomos..., importunándonos. Ya se comentaba entre la gente del sepelio el excelente nivel y aspecto de su interior: fruncido con seda sobre guata y cubre cuerpo bordado. Todo un lujo para ser del seguro.
Cuando llegó a su cota los operarios se dispusieron a introducirlo por la justa y estrecha boca. Iniciado su ingreso, vieron que el pecho del precioso crucifijo de bronce lúcido que sobresalía de la tapa, tropezaba impidiendo su entrada. Decididos, lo desclavaron de inmediato y una vez la caja en su interior, lo situaron a un costado, donde cabía holgadamente.
La viuda, al ver lo sucedido y adelantándose al sellado y colocación de la lápida, les pidió que se lo entregaran para tenerlo como recuerdo y desde lo alto, uno de ellos le lanzó el cristo al hijo que, asombrado por el hecho y gracias a sus buenos reflejos, lo cogió al vuelo extrañándole su peso. Al entregárselo a su madre y ésta sopesarlo, descubrió que no era de aleación alguna sino de plástico y, sollozando, le salió la destemplanza contenida: "¡coño, si es malo! Que lo entierren también con él". Mientras, desechaba el pañuelo de papel, sacándose del bolsillo uno inmaculado y fino de lino blanco.
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



Rosa dijo
Ahora ni siquiera va el muerto al hoyo, porque se ha liquidado el cadaver y y el agujero se ha convertido en adosado.
5 Julio 2009 | 02:32 AM