La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

13 Julio 2009

Chivos y expiaciones en gama de grises

.

Grafismo de Sequeiros para el artículo de Arcadi Espada [ver infra], en El Mundo del sábado.


Mentiras en blanco y negro

Y la mentira blanca. Cuánta verdad! Un recuerdo falso es un recuerdo de un evento que no ocurrió o una distorsión de un evento que ocurrió, según se puede saber por hechos corroborables externamente. La continuidad de la memoria no es garantía de verdad, y la alteración de la memoria no es garantía de falsedad.

Aunque peor es el falso recuerdo, esto es, la mentira negra, aprovechando, por ejemplo, que puede resultar útil para hundir al marido en la más absoluta de las miserias, con motivo -quizás- del proceso de divorcio.

Así, el sábado el periódico nos comunicaba que la Justicia ha sentenciado -aun sin firmeza- que el marido de Lydia Bosch no abusó de la hijastra, menor. En la anterior fase de medidas provisionales ya dio señales su Señoría, cuando denegó la petición de alejamiento presentada por su Señora, que le acusaba de lo mismo que Mia Farrow a Woody Allen. Sabiendo el primero de lo que es dormir en los calabozos y de lo que supone socialmente una acusación de tal naturaleza. Para toda la vida. Para la ruina definitiva de él y de sus hijos.

Otro chivo que jamás podrá volver a ser el mismo: sin esperanza de que se haga justicia penando a quien le acusó. Y la sociedad muda, mudita, satisfecha de que paguen justos por pecadores.

Por cierto, siempre me acordaré del caso del Duque de Feria, que le llevó a la tumba -consternado, al modo de Michel Jackson, otro que tal- y que fue emblemático por pionero en la practica linchatoria de personajes conocidos -a poder ser, nobles- en los que se pudiera rascar ¿En quién no?  Lapidación que continúa impunemente y con la familia rezando unida.

 

EQM.

La mentira blanca

Arcadi Espada en El Mundo, 110709.

Querido J:

Cuando escribí Raval, hace ahora diez años, lo hice en un estado de inocencia completa. Entre los asuntos claves de ese libro estaba el de la implantación de falsos recuerdos (mucho mejor en andaluz: la farsa memoria) en la conciencia de varios niños que afirmaban haber sido víctimas de abusos por una supuesta trama de pederastas que actuaba en una zona del barrio viejo de Barcelona. Pero entonces yo no sabía nada de eso.

Ni lo sabía yo ni la policía que investigó ni la fiscal que acusó ni el juez que instruyó ni los psicólogos que peritaron ni los magistrados que condenaron. Ni las víctimas ni los culpables. Es decir, de ninguna boca implicada había surgido la expresión «falsos recuerdos». Aunque eso no quiere decir que aquella policía o aquellos psicólogos no fueran grandes expertos en el asunto. Lo eran sin saberlo. Tampoco quiere decir que yo no hubiese detectado la falsedad en los relatos de muchas víctimas: en realidad ése era, como sabes, el objetivo clave de mi libro.

Lo que todos ignorábamos (y esa ignorancia intelectual facilitó el sufrimiento de muchos inocentes) es que el sintagma existía como tópico y que los mecanismos de su elaboración llevaban varios años perfectamente definidos.

Al menos desde 1993 cuando la psicóloga Elizabeth Loftus publicó en la revista American Psychologist su iniciático artículo Perdido en las galerías comerciales.

El artículo se inscribía en un paisaje fabuloso (anotado en la primera línea de la noticia periodística mejor y más completa que se ha dado de Loftus en España, escrita por Fernando Peregrín, Claves, octubre de 2005): en Estados Unidos se pasó de 6.000 casos de denuncias de abusos infantiles en 1976 a los más de 350.000 de 1988. El exponencial aumento se atribuyó a razones muy diversas. Peregrín enumeraba las dos principales: «Los cambios culturales que condujeron a una mayor liberación en materias de sexo de la sociedad americana y una mayor conciencia de que el mundo no estaba formado sólo por adultos posibilitó que los niños se sintieran más libres para denunciar los abusos cometidos contra ellos.»

Lauren Slater, en el capítulo dedicado a Loftus de su inolvidable Cuerdos entre locos anota una explicación de novelería, aunque elegante y sofisticada: «El ambiente en el país era de euforia. Por todas partes caían muros. Mijail Gorbachov anunciaba la desintegración de la Unión Soviética. En los Estados Unidos muchas personas identificaban su propio telón de acero, su yo dividido, y reunían las piezas.» Yes.

Y así fue, sigo a Slater, como Miss America volvió a ver a su padre entrando en el cuarto para abusar de ella; como la actriz Roseanne Barr ocupó la portada de People: «Soy una superviviente del incesto», y como Times y Newsweek, y hasta el Premio Pulitzer (Heredarás la tierra), dieron cumplida cuenta y ampliación del fenómeno.

Hasta que llegó Loftus y rompió el cuento.

Dijo que buena parte de esas historias de abusos fueron inventadas. Tan inventadas como la teoría freudiana del recuerdo reprimido. Se le echaron encima y no sólo intelectualmente. Durante una época gastó guardaespaldas.  Como dice Slater hace falta mucho valor para romper el cuento cuando la protagonista es una víctima. Lo importante de Loftus es que no correspondió a la palabrería con palabrería, sino con hechos. Es decir, demostró, a través de una miríada espectacular y apasionante de experimentos psicológicos, cómo podrían fabricarse falsas memorias y convencer a las personas de que habían vivido sucesos en los que nunca participaron.

Luis Alfonso Gámez explica que ella misma llegó a ponerse como objeto de la experimentación: descubrió que había sido un comentario implantador de su tío el que le había hecho sostener durante muchos años que su madre «flotaba boca abajo en la piscina, el coche patrulla con sus luces, la camilla con el cadáver cubierto por una sábana blanca»... Siendo la verdad que nunca llegó a ver a su madre muerta. Y más ciertas todavía estas palabras suyas: «La hipótesis más horripilante es que aquello que creemos con todo nuestro corazón no sea necesariamente la verdad.»

Toda esa historia entre autobiográfica y libresca, y sus pliegues cavernosos, me vuelve ahora por un estudio que acaba de publicarse en el Journal of Neuroscience y en el que han participado investigadores españoles. El estudio anuncia: Las diferencias en la evocación de recuerdos verdaderos y falsos están relacionadas con la microestructura de la materia blanca. Uno de los investigadores, Antonio Rodríguez, de la Universidad de Barcelona, me explicó con paciencia el sentido del estudio y también algunas ideas útiles y fascinantes sobre la trazabilidad de los recuerdos.

Te lo escribiré con mis palabras para no comprometerle enteramente: hay morfologías cerebrales que parecen más susceptibles de producir falsos recuerdos. La microestructura de la materia blanca. La mentira blanca. Hace un par de años, en el mismo Journal, Kim y Cabeza, publicaron otro estudio sobre el asunto. Así se anunciaba: Confiando en nuestros recuerdos: disociando las correlaciones neuronales de la confianza en los recuerdos verídicos versus los ilusorios. Otro poema. Este puramente funcional: los investigadores comprobaron que el recuerdo falso y el recuerdo verdadero activan grupos distintos de neuronas; es decir, que la verdad y la invención viajan por avenidas diferentes.

Le envié el estudio español a Elizabeth Loftus. Y contestó al punto: «Parece ser un estudio brillante. Demuestra que se pueden encontrar diferencias en el cerebro entre grupos de recuerdos verdaderos y falsos. Pero seguimos estando muy lejos de ser capaces de tomar un recuerdo individual y clasificarlo de forma fiable como verdadero o falso. Esto es lo que desearía el sistema legal, pero habrá que seguir esperando durante bastante más tiempo.»

Su respuesta me sorprendió. No por su prudencia, desde luego, sino por su optimismo. Enunciar la posibilidad, aun lejana, de que pueda distinguirse, ¡materialmente!, entre un recuerdo verdadero y otro falso supone un puntapié cósmico al dualismo. Pero ése es justamente el umbral donde estamos.

Comprenderás que estos asuntos me desmoralicen tanto como me excitan. La mentira blanca ha destruido muchas vidas y algunas de ellas forman parte de mi propia vida. En cualquier caso confirma lo que siempre creí sobre el caso del Raval y muchas otras injusticias de su estilo. Obra de necios antes que de malvados.

Sigue con salud
A.

(Versión digital y enlaces en rojo: Verónica Puertollano)

 

NOTA.- Enlaces [en azul], corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.

 

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ver dijo

Cuantos locos en la cácel y cuanto cuerdos criminales, sueltos!

13 Julio 2009 | 02:58 PM

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Apoyado en el quicio, perplejo y preocupado ante una sociedad blanda que pasa de historias, tratando de averiguar por qué chirría con su amado óxido. Para mis adentros. Será la edad (España).



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