Cerca del cielo
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Dicen que entre las plantas y los gatos es necesario escoger. También que el mundo de las fantasías se nutre de la ingenuidad de los niños. El suceso que reúne estas dos cuestiones y les voy a a relatar acto seguido exactamente tal y como ocurrió, supuso una conjunción que me perturbó para siempre, yendo más allá del entendimiento meramente racional.
Tenía seis años, la edad límite del 'pensamiento mágico', cuando andaba jugando con un gatito que me acababan de regalar. No inventaba otra cosa que perseguirlo para que corriera vertiginosamente, entre la puerta del salón y la barrera de macetas que, al fondo, cubrían la baranda metálica de la terraza. Él parecía disfrutar tanto como yo y, de vez en cuando, se detenía a orinar unas gotitas en la planta de las flores rojas para, acto seguido, continuar con las correrías. En una de sus aceleraciones, siempre incontroladas por culpa del resbaladizo pavimento, el felino fue directo hacia aquella murciana florida y antes de que chocara contra la maceta... ¡Juro que aquel tiesto se apartó para dar paso al mortal vacío!
Su caída fue precipitada, rápida, no como las hojas secas de geranio que tiraba mamá. Y yo, angustiado, insistí en bajar con papá a recoger al tierno compañero de juegos. Una vez en la calle, nos lo encontramos cadáver sobre la cuadriculada acera. Llorando, pregunté a mi padre: "¿por qué se ha muerto si los gatos tienen siete vidas?" Él, después de unos segundos, me respondió muy concluyente: "has de pensar que el gatito ha caído de un octavo piso, si hubiese sido un séptimo..." Sollozando, le inquirí de nuevo: "¿y por qué vivimos tan alto?" Y me reveló que él entendía que era bueno estar cerca del cielo. Cuando regresamos a casa, a espaldas de mis padres, no paré de mear todos los días en aquella planta, hasta matarla. Después, por si acaso, rompí el tiesto y lo tiré a la basura. Nunca más volví a pisar la terraza.
Poco tiempo después, una mañana de domingo repleta de fiesta, al regresar de la feria con la familia, me dijeron que mi madre, limpiando una ventana apoyada en la barandilla de aquella terraza, se precipitó al vació. Las pequeñas luces de colores del tiovivo que aún llevaba en el pensamiento, se me apagaron para siempre. Mi padre estrenó una mueca doliente que ya nunca perdería. Acabó hablando solo, susurrando gemidos y sus ojos se volvieron opacos para no ver la luz de la vida. Era el sino que le condujo al suicidio por el mismo camino.
Desde entonces miro al cielo con temor porque le tengo verdadero recelo. Siempre recorro las calles pegado a las paredes por miedo a que alguna maceta florida quiera acabar el ajuste de cuentas. Y vivo en una planta baja, donde las caídas son tontas. Carente de jardineras, sin las tonalidades caprichosas de las flores y sus seductoras fragancias, pero rodeado de mis queridos y cariñosos gatos de mil colores; marcado con sus aromas que huelen a compañía
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Gato azul en balcón. Vía 愚か者の戯れ言.
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Carmen dijo
Xiquet, me agradan tus enigmáticos relatos.
25 Octubre 2009 | 12:50 AM