Donde las dan, las toman
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El pedestal
Garzón y Pedro Jota son dos importantes personajes púbñicos de la vida española con grandes méritos en su haber.
Pero también con importantes nubarrones por los que, como el común, acaban, sorprendidos. rindiendo cuentas.
Es de justicia, hay que contarlo y nadie tiene por qué considerarse a salvo.
Exactamente lo mismo que ellos, los susodichos, reclaman de terceros en su quehacer cotidiano.
Responsabilidades que pueden oscurecer gravemente una vida plena de galardones. Y derretirla.
Porque se vive al día.
Porque un borrón de importancia obliga a rendir nuevas cuentas, pudiendo dar al traste con la leyenda, si la figura llega a caer del pedestal.
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Garzón, el hombre que está viendo anochecer
José Antonio Zarzalejos en El Confidencial, 241009. Vía Reggio's.
Baltasar Garzón fue objeto de una biografía autorizada (existen otros relatos menos amables) realizada por Pilar Urbano cuando el magistrado tenía sólo 45 años pero un densa y polémica trayectoria a sus espaldas. Corría el año 2000 y la periodista publicó Garzón, el hombre que veía amanecer en un momento estelar para el joven magistrado, titular de uno de los Juzgados Centrales de la Audiencia Nacional. Unos meses antes, a finales de 1998 y durante 1999, Baltasar Garzón se había convertido en el juez más conocido de Europa y de América Latina al ordenar la búsqueda y captura de Augusto Pinochet, que se había desplazado a Londres para ser tratado de una dolencia.
Logró que las autoridades británicas sometiesen al dictador chileno a arresto domiciliario y, a la postre, obtuvo un dictamen de la Cámara de los Lores favorable a la extradición a España del general golpista, devuelto sin embargo a su país aduciendo el premier inglés "razones humanitarias". Pero la audaz actuación jurisdiccional de Baltasar Garzón impulsó, además de la Corte Penal Internacional, la exigencia judicial de responsabilidades en Chile y Argentina por los terribles crímenes perpetrados por los regímenes de Pinochet y Videla. Ese fue el momento culminante de la carrera de un joven magistrado, ambicioso y mediático pero también un tanto volátil y un punto inmaduro.
Un paseo humillante por la política
Antes de ese episodio de éxito, había mordido el polvo de la humillación. Garzón, de la mano de José Bono, que fue quien le presentó al entonces Presidente del Gobierno, saltó a la política como escudero -número dos por Madrid-de Felipe González en las elecciones generales de 1993 que ganó el PSOE por estrecho margen a José María Aznar. La retribución que obtuvo el magistrado metido a político no estuvo a la altura de sus expectativas: González sólo le nombró Delegado del Gobierno para el Plan Nacional contra las Drogas.
Quizás herido en su orgullo -él siempre creyó que el Presidente le había llamado a su vera para "regenerar" España y se encontró con la displicencia del PSOE y la animadversión de los ministros- regresó a su Juzgado en la Audiencia Nacional desde el que emprendió una pelea judicial -en compañía de otros, hoy enemigos jurados del juez y viceversa- contra el partido que le acogió en sus listas: la célebre investigación del caso GAL -terrorismo de Estado- que acabó con los huesos de José Barrionuevo, ex ministro de Interior, y de Rafael Vera, secretario de Estado de Seguridad, en la cárcel de Guadalajara. Garzón pasó así, sin solución de continuidad, de compañero de fatigas del PSOE a constituirse en su mayor detractor, jaleado por el Partido Popular de entonces.
Garzón es un magistrado que produce habitualmente perplejidad. Capaz de dictar en un auto (agosto de 2002) la ilegalización cautelar de Batasuna, lo fue también de instruir desastrosamente procedimientos que recibieron luego sonoros varapalos de las instancias jurisdiccionales superiores. Amante de los focos y las relaciones sociales, ha golpeado al terrorismo y al narcotráfico. Un personaje que encierra muchas versiones de sí mismo. Pero por alguna razón que ahora vamos descubriendo, el magistrado-juez de la Audiencia Nacional no termina de infundir confianza ni en el ámbito de la judicatura, ni en el de la abogacía. Su egocentrismo causa recelo y su afán de protagonismo molesta porque el magistrado se superpone casi sistemáticamente a sus propias resoluciones.
Graves sospechas sobre el juez
Ahora Baltasar Garzón es un juez sometido a serias y graves sospechas y atraviesa por el peor momento de su vida profesional y personal. El Tribunal Supremo (Sala Segunda) ha admitido a trámite por unanimidad una querella por prevaricación interpuesta por un extraño sindicato llamado Manos Limpias (y las tengan o no, lo cierto es que los argumentos de sus abogados han sido convincentes para cuatro magistrados), que le acusa de haber iniciado, sin competencia alguna para ello y a sabiendas de la ausencia de habilitación legal para instruir ese procedimiento, una especie de causa general contra el franquismo al declarar que el "Alzamiento Nacional" del 18 de julio de 1936 constituyó en realidad un conjunto de delitos contra los altos organismos de la Nación, en conexión con otros de distinta naturaleza.
Con informe favorable de la fiscalía, la querella se ha admitido al observar la Sala Segunda del TS que el magistrado Garzón quebró todas las reglas competenciales para atribuirse la instrucción de la causa. Y la acusación puede prosperar según no pocas tesis jurídicas, que coinciden en señalar al instructor del procedimiento -el también magistrado Luciano Varela- como un profesional "serio, ecuánime y competente".
Pero hay más: la Junta del Colegio de Abogados de Madrid ha acordado interponer querella contra Baltasar Garzón por un posible delito de prevaricación y quebrantamiento del secreto de las comunicaciones, ambos presuntamente cometidos en la instrucción del caso Gürtel en Madrid. Efectivamente, Garzón permitió que saliesen a la luz pública conversaciones grabadas a imputados y otras personas que no lo están y que carecían de relevancia penal, aunque eran lesivas para los afectados, y ordenó la intervención de conversaciones entre los imputados y sus abogados, razón también por la que la que el colegio madrileño -apoyado por el Consejo General de la Abogacía Española que ha elevado su protesta más rotunda- quiere exigirle responsabilidades penales si no lo hace el Fiscal de oficio.
Y para que no haya dos sin tres, Garzón ha vuelto a blindar con el más hermético secreto procesal el procedimiento penal en el que se investiga el presunto chivatazo policial a miembros de ETA -el caso del bar Faisán- que podría implicar a algún alto cargo de Interior comprometido con el falaz "proceso de paz" que en la legislatura anterior protagonizaron el Gobierno y la banda terrorista ETA. La percepción en muchos sectores de que el juez estaría protegiendo al Ejecutivo socialista (pretende archivar la causa sin esclarecimiento alguno) está muy extendida y deteriora aún más la maltrecha reputación de un Garzón, cuyo futuro es más crepuscular que vespertino como auguraba sin acierto su biógrafa en el año 2000.
Garzón debe retirarse
Parece razonable que el juez central de la Audiencia Nacional se aparte, de forma urgente y voluntaria, de la instrucción de los asuntos -Gürtel, Faisán, "Alzamiento Nacional"- en los que el ejercicio de su jurisdicción crea polémica y desconfianza. Como juez es inamovible e independiente en su función jurisdiccional, pero cuando un magistrado se tiene que ocupar más de defenderse ante los tribunales que de impartir justicia, debe recapacitar seriamente hacia donde dirige su trayectoria profesional y humana.
Garzón se ha autoliquidado, se ha descapitalizado y ha neutralizado sus méritos contra el terrorismo y el narcotráfico con un temperamento descontroladamente egocéntrico, con una destemplanza en los comportamientos públicos demasiado notoria y con unos vaivenes de preferencias políticas e ideológicas -ora con unos, ora con otros-, que le han granjeado un profundo y extendido descrédito. Y no es grato afirmarlo de un juez que ha contraído en la lucha contra los criminales de ETA indudables méritos y en momentos críticos ha soportado muchas y duras presiones y descalificaciones.
Pero Garzón se ha mostrado como el peor enemigo de sí mismo. Por eso, es un hombre que ahora está mirando su propio anochecer. Sobre todo porque su entorno profesional -la magistratura-, y con el que se relaciona -la abogacía y los jurisperitos- le entienden y le asumen como un ajeno a quién han congelado cualquier ascenso, después de veinte años en el mismo destino y al que intentan sentar en el mismo banquillo que él ha utilizado tan profusamente. Y es que se puede jugar por libre, pero no reventar el partido. Y Baltasar Garzón lo ha intentado con resultados que, como se ve ahora, le están resultando autodestructivos.
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Óleo al natural de Pedro J. Ramírez
Juan Carlos Escudier en El Confidencial, 241009. Vía Reggio's.
Pedro J. Ramírez es de familia bien y hace las cosas a lo grande. A su hija Cósima la vistió de largo hace dos años en el Bal des Debutants del Hotel Crillon de París, con un traje de Lacroix y del brazo de un chico riquísimo de Eaton llamado Donnelly. Para celebrar el 20 aniversario de su periódico, él mismo se vistió de largo y se fue a apagar las velas de la tarta del brazo de Zapatero, que igual te soluciona el conflicto de Oriente Medio o te refunda el capitalismo que te anima una soirée con discurso y todo. Dicen que la fiesta ha sido el acontecimiento del año. Varios miles de personas en el Palacio de los Deportes, todos ellos gente muy principal, canapés a tutiplén y mucha haute couture, el PP al completo con Rajoy a la cabeza, altas magistraturas del Estado, vicepresidentas, ministros, jueces, empresarios... Teleramírez, o sea Veo, retransmitiendo en directo y conectando hasta con el espacio interestelar. El acabose con música de Pitingo.
Si el poder de un individuo se mide por el número de coches oficiales que acuden a celebrar sus onomásticas, el de Ramírez es enorme, mucho más que el que se supone a un simple periodista. El jueves era un tipo feliz, derretido de gusto mientras el presidente del Gobierno citaba el alegato del Supremo de Estados Unidos a favor de la libertad expresión en el caso de The New York Times contra Sullivan, y se imaginaba a sí mismo como su paladín indomable, como el Ben Bradlee de la piel de toro, capaz de encontrar cada día un Watergate o de fabricarlo a su capricho si fuese menester.
Director de periódico durante tres décadas, los invitados al magno acontecimiento tenían ante sí a un residuo vivo -y para muchos tóxico- de la Transición española. Presidentes de Gobierno y de banco, líderes de la patronal y de los sindicatos, grandes editores, artistas... todos se han rendido al inexorable paso del tiempo; el de Logroño permanece incólume. De aquellos años del pantalón de campana, sólo Teddy Bautista le sobrevive, y eso porque el de la SGAE tiene un pacto con el diablo a cambio de no cobrarle derechos. "No deseo el poder, ni la riqueza ni el agasajo social", afirmaba este modesto intérprete de la realidad en una de sus varias hagiografías, de la que, en su modestia, él mismo era coautor.
De Ramírez se ha escrito bastante, casi siempre a su dictado. Sus semblanzas le describen como uno de los grandes del oficio, paradigma del periodismo de investigación, incansable buscador de la verdad, desvelador de corrupciones, regenerador de la vida pública y otros tantos talentos. Su figura ha sido bañada de forma tan intensa en luz blanca que la aparición de Pedro J. Ramírez al desnudo (Editorial Foca), el retrato que de él hace en casi 700 páginas José Díaz Herrera, ha sido un eclipse solar completo, como si a Caravaggio le hubieran ofrecido terminar un oleo de Soroya, de esos de señora con vestido vaporoso al viento, sombrilla y mar azul de fondo.
A Díaz Herrera se le puede haber ido la mano con el pincel en algunas partes pero tiene un mérito inicial: considerar a Ramírez no un periodista sino un oligarca, y a partir de ahí resaltar sus contradicciones y sus miserias. Habrá a quien no le interese saber que el riojano secuestraba las Barbie de su hija, y le pedía rescate después de enviarle orejas de la muñeca o mechones de pelo, pero no tendrá más remedio que reconocer que sus ideas sobre los juegos infantiles podrían haber dado pie a una nueva corriente pedagógica, con raíces en el Sade más libertino.
Y no dejará de sorprenderse ante la orweliana reescritura de su propia historia. "No se contrasta con la hemeroteca", argumentaba en la propia fiesta de aniversario el eximio Jiménez Losantos para destacar los males del periodismo actual. Díaz Herrera lo hace profusamente. "No hay derechos humanos a la hora de cazar al tigre. Al tigre se le busca, se le acecha, se le acosa, se le coge y, si hace falta, se le mata. Podrán caer cincuenta etarras en combate y las manos de España continuarán limpias de sangre humana (...) A los policías que disparen contra ellos se les recibirá como valientes", destacaba el editorial de Diario 16 dirigido por Ramírez el 23 de marzo de 1981. "La lucha contra ETA debe practicarse como una campaña de desratización, aplicando una serie de técnicas tan viejas como la historia misma del mundo. O acabamos con la plaga o la plaga acabará con aquello en cuanto creemos", insistía editorialmente el 15 de abril de ese mismo año. El hombre que lleva siempre colgada de su pechera la medalla de haber combatido los GAL fue uno de los que con más fuerza instigó la guerra sucia.
Ramírez es un péndulo. El baluarte de la unidad de España, vigía infatigable de los supuestos intentos del Gobierno de Zapatero por romperla, escribía esto en 1996 en las páginas de El Mundo del País Vasco: "No somos un periódico independentista, pero defendemos el inalienable derecho de autodeterminación de los pueblos y nada tendríamos que oponer si limpia y democráticamente el País Vasco optara un día por la separación del resto de España". El gran detractor de las negociaciones del Gobierno con ETA añadía más adelante lo siguiente: "Yo mismo firmé no hace mucho un artículo titulado ‘Un noruego para ETA', proponiendo una vía de negociación tan secreta y remota como la que Israel y la OLP desarrollaron en Oslo". Vivir para ver.
La biografía escrita por Díaz Herrera pone de manifiesto la amoralidad del personaje, de la que algo saben todos y cada uno de los que han trabajado en sus inmediaciones. Nuestro particular Ciudadano Kane no ha dudado en convertir en asuntos de Estado su piscina o su trasero. Sus palabras de este jueves cuando aseguraba haber cumplido la promesa de hacer del periodismo "un fin en sí mismo y no un medio para conseguir otras cosas" hubieran debido a mover a la hilaridad de la concurrencia. Especialmente cuando concluyó la frase: "Y aquí nos tenéis picando piedra".
El picapedrero, el mismo que un día dijo aquello de "si tuviese dinero sería el hombre más pobre del mundo porque no sabría qué hacer con él", posee según las estimaciones del autor, una fortuna de entre 50 y 60 millones de euros, maneja varias SICAV, ha especulado con viviendas a través de sociedades patrimoniales, ha usado información privilegiada con las acciones de su propio diario, y utiliza su medio a mayor gloria del grupo de intereses que mantiene con su actual pareja, la diseñadora que puso de moda los vestidos con revisiones cada 10.000 kilómetros.
El retrato puede parecer tenebrista pero, al menos, sirve para centrar el papel y la trayectoria de quien, envuelto en la bandera de la libertad de expresión, ha pervertido el periodismo hasta convertirlo en caricatura. Ello no es óbice para desear desde aquí larga vida al medio que dirige y suerte a los profesionales que lo componen. "A este grupo de profesionales les queda para rato, pero todos tenemos nuestros límites", decía Ramírez a sus invitados, sugiriendo su relevo. No caerá esa breva.
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NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



El Guerrero del Antifaz dijo
Cuando se busca el exceso de protagonismo aparecen los aduladores sacando brillos y también los enemigos denunciando las sombras. Y hay algunas sombras que pueden ser tan oscuras que acaban con la lumuniscencia de toda una vida profesional. Así es la vida.
27 Octubre 2009 | 08:59