La prueba del gato
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Era la oscuridad avanzada, cuando los murciélagos ya han calentado sus cuerpos revoloteando a ciegas por la ciudad y los perros aúllan temerosos de su soledad desde los balcones. Las estrellas parecían más pequeñas que nunca dejando el protagonismo a una luna presuntuosa, repleta de luminiscencia, mostrando impúdicamente sus cráteres.
Estábamos frenéticos porque en breves momentos nos sometíamos al último examen, el trascendente. La práctica final más peligrosa, expuesta y valorada. La prueba cumbre, en la que se debía demostrar las cualidades innatas de los finalistas.
El día anterior no pude descansar ni por casualidad. Los nervios se asentaron en mi cuerpo convirtiendo todo en una misión imposible. Pero para tener opciones, primero había que estar allí, en la fila, esperando el turno, y yo era uno de los doce privilegiados que, después de un "casting" multitudinario y dos años de estudios secretos, podía aspirar al puesto. Por eso llegué a sentirme esperanzada.
Lo teníamos todo aprobado y sólo hablábamos obsesionados a cerca de la gran noche: "La prueba del gato". Durante días estuvimos especulando sobre la altura a la que nos tenían que tirar: "que si a diez metros; que si como mínimo tenía que ser a quince metros; que no, que la altura era lo de menos y que incidirían más en la sorpresa y la brusquedad..." La verdad es que fuese como fuese, el momento en el que te lo juegas todo a una sola caída te hace palidecer hasta temblar.
Yo tenía la ventaja de ser la última de la cola, lo cual me proporcionaba una perspectiva inigualable y por tanto, poder estar preparada para cualquier circunstancia imprevista. Pero también sufría con los graves percances de mis compañeros. Me afectaban sus múltiples heridas y sentía paralizarme cuando les veía ingresar en la ambulancia. Al llegar mi turno, empezaron a temblarme las piernas de tal modo que parecía andar quieta, algo extraño que pronto se me pasó al realizar el obligado paseo por la azotea del imponente edificio de diez alturas.
Cuando quise darme cuenta ya me habían empujado con violencia inusitada por encima de la baranda y caía malamente al vacío, al principio de cabeza y después de espaldas. De inmediato, puse en práctica mis conocimientos aprendidos aplicando la técnica del gato:
primero, me llené de serenidad y orden; segundo, giré la cabeza hasta colocarla mirando al suelo, que me aguardaba sin piedad; tercero, volteé mis brazos ubicándolos en posición de protección para el impacto, rozando los cabellos de un vecino desvelado; cuarto, torcí la espina dorsal hasta tener la espalda alineada con la cabeza; quinto, roté la cadera para ordenarla con la espalda al mismo tiempo que giré las piernas. consiguiendo tener los cuatro miembros perfectos para el aterrizaje, mientras me llevaba, en mi vertiginoso descenso, parte de un precioso geranio; y cuando estaba a punto de estrellarme contra el suelo, extendí los cuatro miembros con intensidad y arqueé el espinazo todo lo posible para atenuar el ímpetu del golpe.
El impacto fue tremendo pero mi cuerpo consiguió absorber toda la fuerza brutal del instante y salir indemne. Me levanté y sacudiéndome con elegancia sonreí sin creérmelo, al tiempo que mis oídos percibían el aplauso de todo el tribunal. Era la única que había hecho todos los movimientos en el orden apropiado y con un resultado altamente satisfactorio. No tenía señal alguna de lesiones y la tensión contenida se desmadró provocándome un llanto insostenible de alegría.
Las felicitaciones me hicieron olvidar todas las penalidades del curso: por fin ya era el número uno, había conseguido la plaza de funcionaria del Estado. Allí mismo, en una ceremonia muy protocolaria, me hicieron entrega del traje especial de trabajo y, orgullosa, me lo puse de inmediato. Me veía soberbia con el vestido ajustado, los largos y finos tacones y mi peineta negra. Todo el mundo se sentía contento. Ya tenían la herramienta perfecta para poner en práctica la nueva ley secreta para el combate al soborno y la corrupción. Además, en sintonía con la filosofía progresista e igualitaria, gustaba mucho que la ganadora para salvaguardar la democracia de estas villanías, fuera mujer y lesbiana.
A partir de ahora me convertía en la superheroína española, una especie de Spanish Catwoman a las órdenes del estado: Lincewoman. No dudé en estrenarme adentrándome en la noche pisando con sigilo las azoteas de la gran ciudad, para sorprender a los villanos de alguna trama nefasta. Será difícil salvar a España, pero empeño en el trabajo no me va a faltar.
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Mi gato [2009]. Ilustración de Corbacchia [Rusia]. Vía horror1017.
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manolo dijo
Recuerdo cuando, buscado el super-gato, lanzábamos desde las azoteas del barrio a fuertes felinos, criados con desechos de la calle, a los que les frabricábamos un paracaídas de [mala] fortuna, que no impedía se estrellaran contra el suelo...
Tiempos bestiales aquellos en los que hasta los niños podíamos fumarnos un puro en las bodas...
8 Noviembre 2009 | 12:14 AM