Entre aves
.
(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
.
Dicen que el amor puede nacer en cualquier lugar del mundo y hora del día. Que evita los problemas eligiendo siempre el júbilo. Por eso, yo, sonreía a todas horas. El mío surgió en la orilla del mar: manifestando mi alegría tumbada en la confluencia de la quietud y el movimiento. Mi bikini era blanco y las olas lo volvían cristal: divina transparencia. Él paseaba por la orilla y, una vez salvó mi cuerpo, noté una ráfaga de brisa fresca que me erizó el bello e hizo que sintiera el efecto de la noria. Sin decirme nada, se sentó al lado consumiéndome con la vista. Ya nunca miraríamos a nadie que no fuera el uno al otro. Fue un amor silencioso y apasionado, mientras duró: en una ocasión, prefirió dar una ojeada a otra que sonreía más que yo; y se me acabó la feria y las nubes de algodón de azúcar.
El desamor me llevó a huir del mar y adentrarme en las montañas. Cambiar las gaviotas blancas por las cornejas negras. Perderme entre los bosques donde no llegara ni un ápice de la brisa marina. Quería olvidarme del entorno donde se fraguó mi pasión. Elegí un pueblo hundido en un valle rodeado de cumbres y allí empecé a reflexionar sobre mi pérdida. Las calles estrechas y frías acabaron por enclaustrarme. Entonces se inició un trasiego de recuerdos, añoranzas y melancolías que se adueñaron del cerebro, entristeciendo mi rostro hasta dejarlo apagado, sin rastro de frescura.
Pasó el tiempo y seguía afligida. Un precioso atardecer, orillando el río con el anhelo de que la belleza del entorno me sedujera lo suficiente como para ir cubriendo las reminiscencias, me encontré con un hombre tumbado frente a mí. Al ir a sortearlo, se levantó saludándome con dulzura. Me atrajo tanto su trato que decidí sentarme junto a él. Enseguida se percató de mi sufrimiento. Estuvimos hablando durante largo tiempo y me dio ánimos para sobrellevar los problemas. Fue una charla plácida que equilibró mi mente.
Días después, me regaló una gaviota de madera, que había hecho con sus manos, de esas móviles que se cuelgan en el techo y se activan con un tirón. Dijo que no había que huir de la realidad y que me ayudaría. Para ello, debía de colgarla en dirección a la costa y todas las mañanas al levantarme, estirar del hilo de nylon para hacerla "volar" un rato. Así lo hice durante un tiempo y fue verdad, relajó mi espíritu e hizo desaparecer el desasosiego. Una mañana de primavera tiré tan fuerte del hilo que el ave no cesó de moverse con pujanza. Siguió así hasta romper las sujeciones y, sobrevolando mi cabeza, desapareció por la ventana en dirección al mar; eso vi en mis sueños. Cuando me desperté, no estaba. Me quedé alucinada y ese día no paré de sonreír por lo acontecido y al percatarme de mi alegría, pensé que se avecinaba un cambio.
La gaviota blanca me indicaba con su vuelo que debía de retornar el camino, que ya era el momento de enfrentarme a los miedos; de sentirse de nuevo segura y radiante; de sonreír al mundo para que apareciese de nuevo el afecto. Y cuando llegué a mi destino me faltó el tiempo para ponerme el bikini y retozar sonriente en la arena del mar. Sólo pude estar unas horas esperando que alguien abriera de nuevo mis sentimientos, porque acabé descubriendo que éstos ya estaban abiertos. Y abandoné precipitadamente las olas saladas para regresar a la orilla del dulce río.
El día era alegre y los rayos del sol producían lluvias incandescentes que atravesaban las copas de los árboles, iluminando la belleza de los rincones más sombríos del bosque. Andaba junto al caudal oyendo su fluir moderado: sonidos tenues, vaporosos, que se fusionaban con los producidos por el aire al mover las ramas de los olmos y sauces. Me descalcé para pisar la suave hierba y comulgar con aquel paraje mágico. Sabía que se encontraba muy cerca, allí, en su río. Y presa de emoción, sonreí desmelenándome. De pronto, frente a mí, se posó una fétida abubilla con la cresta plegada apuntando hacia mi estrella. Y en esa dirección, estaba él, abrazado a un hombre, febrilmente. Entonces, quise ser como los grandes árboles que se aferran con inusitada fuerza a la tierra para aguantar los golpes de las crecidas. Pero me fui como el ave, con el moño plegado, siguiendo su vuelo errático, tal que una mariposa gigante.
.
El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
.

'Homenaje a Man Ray' [1997]. Fotografía de Jerry Uelsmann [EEUU, 1934]. Vía Marioneta de papel.
•



Carmen dijo
¿Qué es más duro, el desamor después del amor o la esperanza fallida?
15 Noviembre 2009 | 12:21 AM