30x12
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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)
Relato breve.
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Ella
Se llamaba Amada y su gran profesionalidad garantizaba unos servicios más allá de lo convenido. Jamás pasó una noche vacía; lo corriente era que disfrutase de la compañía de alguien que había esperado su turno y si, excepcionalmente, no acudía nadie, siempre estaba la luna en la cola para borrar sus sombras.
La última visita fue la de un viejo conocido que con asiduidad necesitaba de ella. Un encuentro con tacto de terciopelo, suave y agradable, donde lo importante eran las miradas infinitas al alma. Cerciorarse de que nadie era traslúcido. Que la bondad de dar al que lo solicita alegra a ambos y que el fuego de lo anhelado se extingue sólo en la reunión de los cuerpos.
Como todas las mañanas, ya sola, Amada ojeaba la prensa centrándose en las páginas de relaciones personales. Concretamente en la sección "ofertas sexy-relax". Allí encontró publicado de nuevo su explosivo anuncio: un espacio de veinticinco centímetros cuadrados en el que mostraba, con orgulloso descaro y elegancia, el mejor cuerpo, enmarcado con una fina línea a modo de lazo. Regalo de los dioses, ideal ofrenda a uno mismo con el sello de "alto standing" y la garantía de encontrar toda la sabiduría del arte de amar, en un paquete único.
Desde los veinte años vendía fina piel rosada, miradas de trocitos de cielo, abrigos de cabellos de luz y limpias sonrisas. Y, también, manos sabidas y estrella de reina. Era el suyo, un mundo de intercambio en el que entregaba su aspecto candoroso e inocente, junto a sus medidas perfectas y generosas, con todos sus buenos sentimientos, y acopiaba bienes para asegurarse el horizonte. En diez años de profesión nadie salió nunca de sus brazos cabizbajo o desengañado; al contrario, las despedidas siempre se convertían en nuevos preludios.
Él
Cuando admiraba su anuncio, se fijó en otro de reducidas dimensiones que le llamó poderosamente la atención: "Henry, masajista completo". No era la primera vez que lo veía. Siempre deseó un encuentro con un hombre del gremio. Éste, en la reproducción en blanco y negro, mostraba un cuerpo musculoso, sobresaltando sus abdominales muy bien definidos. Pero lo que le atraía de verdad, eran sus medidas íntimas, al fin reveladas: "30x12 de dotación".
Lo había reflexionado tantas veces que en esta ocasión no lo hizo. Cogió inmediatamente el teléfono y empezó a marcar los nueve números de su futuro obsequio. En la otra parte de la línea contestó una agradable voz masculina que se preocupó de informarla detalladamente de todos los servicios y de su correspondiente importe, con un tono cálido que envolvía de serenidad y paz al posible encuentro. Amada lo tuvo enseguida claro y acordó con él una cita en el chalet de lujo con el que se anunciaba.
El día elegido fue un domingo por la mañana, motivo por el que se incrementó el costo; pero a ella le daba más seguridad un festivo a esa horas. Una vez en la puerta, sin bajar del automóvil, pulsó el timbre del video-portero y reconoció al instante la voz dulce que le preguntaba:
-¿Dotación?
- ¡30x12!- respondió sin dudar, Amada.
Era la consigna convenida. Se abrió la gran puerta de hierro forjado y aceleró prudentemente hasta encontrarse con aquel hombre de mediana edad, alto y fornido. Lo encontró muy atractivo de cara y sus ademanes y educación le hicieron sentirse a gusto de inmediato. El jardín era inmenso, con diversidad de arbustos y árboles que cubrían gran parte del mismo y, en el centro, una fuente en forma de falo de la cual emanaba, violento, un chorro de agua hacia el cielo, amilanándose después sobre un pequeño estanque repleto de extraños cisnes negros.
De una forma natural empezaron a tutearse y, siguiendo su petición, introdujo el vehículo en el garaje accediendo al salón de la vivienda a través de un completo gimnasio. La luz del radiante día se mudaba a través de las cortinas, haciéndose tenue en el interior de aquella espaciosa estancia, repleta de pinturas con colores atrevidos que reflejaban escenas desenfrenadas. La música, a ritmo de vals, surgía de las columnas sonoras, arropando el diálogo mientras saboreaban sendos güisquis que él preparó. La conversación fue cogiendo tono y, cuando se quiso dar cuenta, se balanceaba siguiendo el ritmo que Henry marcaba elegantemente.
Sueños
Abrazada a aquel hombre, al que le estaba comprando su cuerpo, empezó a sentirse diferente, como si fuese otra mujer, y eso le hizo excitarse por momentos. Las espaldas imposibles de abarcar eran un muro seguro en el que parapetar sus nuevas dudas. Su cabeza descansaba sobre el depilado pecho cobrizo que aparecía corpulento y perfumado entre la abertura de la camisa de lino, mientras un colgante de oro macizo se alojó casualmente en su boca. No quiso abrir los ojos. Con sus carnosos labios recorrió el objeto de metal precioso y caliente reconociendo el contorno de un pene erecto, haciéndole sonreír con perversidad.
El apetito aceleró sus fantasías, y por un momento se sintió transportada en volandas al lecho de lo imposible: aquel en el que tal milagro de la naturaleza desmesurada, que la había traído hasta allí, se ahogara en su esencia de hembra. Pronto empezó a sentir escalofríos de efusión cuando, lentamente y con sumo cuidado, fue acariciando el miembro con dulzura. Sus manos parecían de muñeca intentando abarcar toda aquella solidez que superaba la medida del mayor deseo. Poco a poco sus labios fueron pervirtiéndose por el calor de su presencia e, incesantes en el tiempo, acabaron abriéndose lentamente, con delicadeza extrema, hasta sentir el placer de las estrujadas comisuras.
Después le ofreció la bocana de su puerto natural y, con deseo paciente, logró ubicarla casi toda a su abrigo, no sin antes recelar varias veces de su suerte. Qué locura de presión aquella que la fragmentaba en mil emociones sintiéndose ingrávida en el goce. ¿Era una o eran tres? Un ligero movimiento de aquel sexo certificó más su vida, sintiéndose atiborrada de amor como nunca. La aceleración de movimientos la hizo montarse en un caballo triunfador consiguiendo, uno a uno, todos los laureles y, cuando una descarga de fuego le empezó a quemar por dentro, intentó, sin éxito, sacar de lo más profundo el mayor gemido de gozo de toda su existencia. Ante la imposibilidad, abrió los ojos y se quedó paralizada.
Realidad
Todo había sido un gran y fallido sueño. Fue su signo acelerado la que la impulsó a ello. Y ahora se sentía aturdida, con imágenes turbias que le impedían razonar con equilibrio. Giró la cabeza a derecha e izquierda, arriba y abajo, en busca de sus desconocidas circunstancias. Los ojos examinaron toda la estancia en segundos, los mismos que tardó en descubrir que estaba atada de pies y manos a una camilla de masajes. El descubrimiento de sentirse enmudecida por una cinta adhesiva que borraba su sugerente boca, le hizo temer lo peor: ¿inmovilizada para la muerte? Y su precioso y desnudo cuerpo empezó a segregar pánico.
No tardó mucho en hacer acto de presencia el hombre amable que esta vez en su total desnudez mostraba un pene firme propio de un niño de corta edad. Henry era una gran mentira, un cebo envenenado. La miró sonriendo al tiempo que acariciaba a una muñeca hinchable, plagada de parches, que portaba en su brazo y, colocándose a los pies de la cama, le dijo:
-¡Sois todas unas golfas de mierda! ¿Qué pensabas? ¿Gozar más que nunca? ¡Vas a acabar como todas las demás!
Como si estuviese poseído por el peor de los demonios, se lanzó sobre ella propinándole interminables bocados por todo el cuerpo, haciéndola sangrar abundantemente. Los ojos expresaban todo el terror que su silenciada voz era incapaz de emitir, oscureciendo sus lágrimas. Entonces, el desconocido Henry, descolgó de la pared un enorme falo de madera con unas proporciones salvajes, salpicado de sangre. A ella, por más que se revolvía, le era imposible desprenderse de las ataduras y la situación desesperante junto al dolor tan insoportable, acabó desmayándola. El aciago personaje, al verla inmóvil, se alejó de la habitación maldiciéndola sin parar.
No transcurrió mucho tiempo cuando Amada volvió en sí. La situación era desesperada y el dolor le marcaba como un hierro candente. De pronto, le vino a la memoria que para ir al encuentro se había colocado un recogedor de pelo que le regaló un amigo anticuario. Estéticamente era normal, pero al abrir el cierre, éste se convertía en una menuda hoja afilada. Era una de esas piezas extrañas, de colección, que algún antiguo artesano había creado para que las damas de la alta burguesía de la época se defendieran ante sucesos límite.
Como los brazos estaban sujetos cerca de la cabeza, intentó, sin más preámbulos, desprendérselos cortando las cintas que la sujetaban. Era realmente difícil, pero tras varias tentativas lo consiguió. Gemía no dando crédito a lo que estaba viviendo y una vez en libertad decidió huir desbocada. Sólo la voz de aquella bestia la dejó petrificada en la puerta tres segundos, que fueron una eternidad. Cuando se percató de que no se le acercaba, salió corriendo al jardín en busca de una salida. El muro era tan alto y la urgencia tanta que sólo pudo refugiarse, sufriendo los terribles pinchazos de los tallos, entre un grupo de frondosos palmitos. Allí se quedó enroscada sobre el tronco de uno de uno de ellos, quieta y firme como una tuerca oxidada.
La bestia no consiguió encontrarla y las horas se sucedieron serenas hasta lograr un crepúsculo avanzado; entonces, una nueva fémina fragmentó el silencio pulsando el botón de la entrada. A los pocos segundos recibió la pregunta acostumbrada:
-¿Dotación?
-¡30x12! -reveló la futura víctima.
De aquella mansión resurgieron los compases de un viejo vals vienes que como una brisa suave, se extendió por el jardín provocando el movimiento de las ligeras ramas y el sudor frío de Amada. Pero esta vez aquella mujer iba de uniforme y en el instante en que se abrió la puerta, le amenazó con la pistola. Él no ofreció resistencia alguna y protegida por el resto de policías que esperaban acabar con sus asesinatos, le leyó sus derechos mientras lo esposaba.
Un registro posterior de la vivienda y aledaños dio con un viejo aljibe atiborrado de cuerpos desangrados y con la aterrada Amada que, sin acertar a articular palabra, se empeñaba en no destrabarse de aquel pequeño tronco, derramando multitud de lágrimas con sus ojos espantados. Se quedó largo tiempo con el cuerpo agarrotado y por las noches, decía que le inquietaban las dolientes aves negras. Nunca más se volvió a ver su admirado anuncio.
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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Lámina de bomba de succión del siglo XIX para el alargamiento del pene, mediante instrumento inventado por el Dr. Zabludowski [Rusia, 1850-1906]. Del libro del Dr. Albert Moll [Alemania, 1862-1939], 'Handbuch der Sexualwissenschaften' [manual de sexologías (1911)], en la edición de F.C. Vogel, Leipzig 1921, p. 718. -. Vía Wikimedia Commons.
NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.



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Laura/G dijo
¡Que fuerte, tío! Yo que no descartaba un encuentro de este tipo, se me han ido las ganas para siempre.
6 Diciembre 2009 | 12:25 AM