La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

6 Diciembre 2009

30x12

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(Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes)

Relato breve.

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Ella

Se llamaba Amada y su gran profesionalidad garantizaba unos servicios más allá de lo convenido. Jamás pasó una noche vacía; lo corriente era que disfrutase de la compañía de alguien que había esperado su turno y si, excepcionalmente, no acudía nadie, siempre estaba la luna en la cola para borrar sus sombras.

La última visita fue la de un viejo conocido que con asiduidad necesitaba de ella. Un encuentro con tacto de terciopelo, suave y agradable, donde lo importante eran las miradas infinitas al alma. Cerciorarse de que nadie era traslúcido. Que la bondad de dar al que lo solicita alegra a ambos y que el fuego de lo anhelado se extingue sólo en la reunión de los cuerpos.

Como todas las mañanas, ya sola, Amada ojeaba la prensa centrándose en las páginas de relaciones personales. Concretamente en la sección "ofertas sexy-relax". Allí encontró publicado de nuevo su explosivo anuncio: un espacio de veinticinco centímetros cuadrados en el que mostraba, con orgulloso descaro y elegancia, el mejor cuerpo, enmarcado con una fina línea a modo de lazo. Regalo de los dioses, ideal ofrenda a uno mismo con el sello de "alto standing" y la garantía de encontrar toda la sabiduría del arte de amar, en un paquete único.

Desde los veinte años vendía fina piel rosada, miradas de trocitos de cielo, abrigos de cabellos de luz y limpias sonrisas. Y, también, manos sabidas y estrella de reina. Era el suyo, un mundo de intercambio en el que entregaba su aspecto candoroso e inocente, junto a sus medidas perfectas y generosas, con todos sus buenos sentimientos, y acopiaba bienes para asegurarse el horizonte. En diez años de profesión nadie salió nunca de sus brazos cabizbajo o desengañado; al contrario, las despedidas siempre se convertían en nuevos preludios.

Él

Cuando admiraba su anuncio, se fijó en otro de reducidas dimensiones que le llamó poderosamente la atención: "Henry, masajista completo". No era la primera vez que lo veía. Siempre deseó un encuentro con un hombre del gremio. Éste, en la reproducción en blanco y negro, mostraba un cuerpo musculoso, sobresaltando sus abdominales muy bien definidos. Pero lo que le atraía de verdad, eran sus medidas íntimas, al fin reveladas: "30x12 de dotación".

Lo había reflexionado tantas veces que en esta ocasión no lo hizo. Cogió inmediatamente el teléfono y empezó a marcar los nueve números de su futuro obsequio. En la otra parte de la línea contestó una agradable voz masculina que se preocupó de informarla detalladamente de todos los servicios y de su correspondiente importe, con un tono cálido que envolvía de serenidad y paz al posible encuentro. Amada lo tuvo enseguida claro y acordó con él una cita en el chalet de lujo con el que se anunciaba.

El día elegido fue un domingo por la mañana, motivo por el que se incrementó el costo; pero a ella le daba más seguridad un festivo a esa horas. Una vez en la puerta, sin bajar del automóvil, pulsó el timbre del video-portero y reconoció al instante la voz dulce que le preguntaba:

-¿Dotación?

- ¡30x12!- respondió sin dudar, Amada.

Era la consigna convenida. Se abrió la gran puerta de hierro forjado y aceleró prudentemente hasta encontrarse con aquel hombre de mediana edad, alto y fornido. Lo encontró muy atractivo de cara y sus ademanes y educación le hicieron sentirse a gusto de inmediato. El jardín era inmenso, con diversidad de arbustos y árboles que cubrían gran parte del mismo y, en el centro, una fuente en forma de falo de la cual emanaba, violento, un chorro de agua hacia el cielo, amilanándose después sobre un pequeño estanque repleto de extraños cisnes negros.

De una forma natural empezaron a tutearse y, siguiendo su petición, introdujo el vehículo en el garaje accediendo al salón de la vivienda a través de un completo gimnasio. La luz del radiante día se mudaba a través de las cortinas, haciéndose tenue en el interior de aquella espaciosa estancia, repleta de pinturas con colores atrevidos que reflejaban escenas desenfrenadas. La música, a ritmo de vals, surgía de las columnas sonoras, arropando el diálogo mientras saboreaban sendos güisquis que él preparó. La conversación fue cogiendo tono y, cuando se quiso dar cuenta, se balanceaba siguiendo el ritmo que Henry marcaba elegantemente.

Sueños

Abrazada a aquel hombre, al que le estaba comprando su cuerpo, empezó a sentirse diferente, como si fuese otra mujer, y eso le hizo excitarse por momentos. Las espaldas imposibles de abarcar eran un muro seguro en el que parapetar sus nuevas dudas. Su cabeza descansaba sobre el depilado pecho cobrizo que aparecía corpulento y perfumado entre la abertura de la camisa de lino, mientras un colgante de oro macizo se alojó casualmente en su boca. No quiso abrir los ojos. Con sus carnosos labios recorrió el objeto de metal precioso y caliente reconociendo el contorno de un pene erecto, haciéndole sonreír con perversidad.

El apetito aceleró sus fantasías, y por un momento se sintió transportada en volandas al lecho de lo imposible: aquel en el que tal milagro de la naturaleza desmesurada, que la había traído hasta allí, se ahogara en su esencia de hembra. Pronto empezó a sentir escalofríos de efusión cuando, lentamente y con sumo cuidado, fue acariciando el miembro con dulzura. Sus manos parecían de muñeca intentando abarcar toda aquella solidez que superaba la medida del mayor deseo. Poco a poco sus labios fueron pervirtiéndose por el calor de su presencia e, incesantes en el tiempo, acabaron abriéndose lentamente, con delicadeza extrema, hasta sentir el placer de las estrujadas comisuras.

Después le ofreció la bocana de su puerto natural y, con deseo paciente, logró ubicarla casi toda a su abrigo, no sin antes recelar varias veces de su suerte. Qué locura de presión aquella que la fragmentaba en mil emociones sintiéndose ingrávida en el goce. ¿Era una o eran tres? Un ligero movimiento de aquel sexo certificó más su vida, sintiéndose atiborrada de amor como nunca. La aceleración de movimientos la hizo montarse en un caballo triunfador consiguiendo, uno a uno, todos los laureles y, cuando una descarga de fuego le empezó a quemar por dentro, intentó, sin éxito, sacar de lo más profundo el mayor gemido de gozo de toda su existencia. Ante la imposibilidad, abrió los ojos y se quedó paralizada.

Realidad

Todo había sido un gran y fallido sueño. Fue su signo acelerado la que la impulsó a ello. Y ahora se sentía aturdida, con imágenes turbias que le impedían razonar con equilibrio. Giró la cabeza a derecha e izquierda, arriba y abajo, en busca de sus desconocidas circunstancias. Los ojos examinaron toda la estancia en segundos, los mismos que tardó en descubrir que estaba atada de pies y manos a una camilla de masajes. El descubrimiento de sentirse enmudecida por una cinta adhesiva que borraba su sugerente boca, le hizo temer lo peor: ¿inmovilizada para la muerte? Y su precioso y desnudo cuerpo empezó a segregar pánico.

No tardó mucho en hacer acto de presencia el hombre amable que esta vez en su total desnudez mostraba un pene firme propio de un niño de corta edad. Henry era una gran mentira, un cebo envenenado. La miró sonriendo al tiempo que acariciaba a una muñeca hinchable, plagada de parches, que portaba en su brazo y, colocándose a los pies de la cama, le dijo:

-¡Sois todas unas golfas de mierda! ¿Qué pensabas? ¿Gozar más que nunca? ¡Vas a acabar como todas las demás!

Como si estuviese poseído por el peor de los demonios, se lanzó sobre ella propinándole interminables bocados por todo el cuerpo, haciéndola sangrar abundantemente. Los ojos expresaban todo el terror que su silenciada voz era incapaz de emitir, oscureciendo sus lágrimas. Entonces, el desconocido Henry, descolgó de la pared un enorme falo de madera con unas proporciones salvajes, salpicado de sangre. A ella, por más que se revolvía, le era imposible desprenderse de las ataduras y la situación desesperante junto al dolor tan insoportable, acabó desmayándola. El aciago personaje, al verla inmóvil, se alejó de la habitación maldiciéndola sin parar.

No transcurrió mucho tiempo cuando Amada volvió en sí. La situación era desesperada y el dolor le marcaba como un hierro candente. De pronto, le vino a la memoria que para ir al encuentro se había colocado un recogedor de pelo que le regaló un amigo anticuario. Estéticamente era normal, pero al abrir el cierre, éste se convertía en una menuda hoja afilada. Era una de esas piezas extrañas, de colección, que algún antiguo artesano había creado para que las damas de la alta burguesía de la época se defendieran ante sucesos límite.

Como los brazos estaban sujetos cerca de la cabeza, intentó, sin más preámbulos, desprendérselos cortando las cintas que la sujetaban. Era realmente difícil, pero tras varias tentativas lo consiguió. Gemía no dando crédito a lo que estaba viviendo y una vez en libertad decidió huir desbocada. Sólo la voz de aquella bestia la dejó petrificada en la puerta tres segundos, que fueron una eternidad. Cuando se percató de que no se le acercaba, salió corriendo al jardín en busca de una salida. El muro era tan alto y la urgencia tanta que sólo pudo refugiarse, sufriendo los terribles pinchazos de los tallos, entre un grupo de frondosos palmitos. Allí se quedó enroscada sobre el tronco de uno de uno de ellos, quieta y firme como una tuerca oxidada.

La bestia no consiguió encontrarla y las horas se sucedieron serenas hasta lograr un crepúsculo avanzado; entonces, una nueva fémina fragmentó el silencio pulsando el botón de la entrada. A los pocos segundos recibió la pregunta acostumbrada:

-¿Dotación?

-¡30x12! -reveló la futura víctima.

De aquella mansión resurgieron los compases de un viejo vals vienes que como una brisa suave, se extendió por el jardín provocando el movimiento de las ligeras ramas y el sudor frío de Amada. Pero esta vez aquella mujer iba de uniforme y en el instante en que se abrió la puerta, le amenazó con la pistola. Él no ofreció resistencia alguna y protegida por el resto de policías que esperaban acabar con sus asesinatos, le leyó sus derechos mientras lo esposaba.

Un registro posterior de la vivienda y aledaños dio con un viejo aljibe atiborrado de cuerpos desangrados y con la aterrada Amada que, sin acertar a articular palabra, se empeñaba en no destrabarse de aquel pequeño tronco, derramando multitud de lágrimas con sus ojos espantados. Se quedó largo tiempo con el cuerpo agarrotado y por las noches, decía que le inquietaban las dolientes aves negras. Nunca más se volvió a ver su admirado anuncio.

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El Xiquet de Columbretes [2009]. Todos los derechos reservados.
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Lámina de bomba de succión del siglo XIX para el alargamiento del pene, mediante instrumento inventado por el Dr. Zabludowski [Rusia, 1850-1906]. Del libro del Dr. Albert Moll [Alemania, 1862-1939], 'Handbuch der Sexualwissenschaften' [manual de sexologías (1911)], en la edición de F.C. Vogel, Leipzig 1921, p. 718. -. Vía Wikimedia Commons.

 


NOTA.- Enlaces, corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM.

servido por elquiciodelamancebia 14 comentarios compártelo

14 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Laura/G

Laura/G dijo

¡Que fuerte, tío! Yo que no descartaba un encuentro de este tipo, se me han ido las ganas para siempre.

6 Diciembre 2009 | 12:25 AM

Pilar

Pilar dijo

El mundo está plagado de violentos que como "cebos envenenados"nos están esperando para hincarnos los dientes en nuestras jóvenes carnes. Por eso debemos de ir con pies de plomo y ser muy cautas en las relaciones.

6 Diciembre 2009 | 12:40 AM

Rosa

Rosa dijo

Yo he probado con mi marido un aparato de esos pero moderno y el muy cabrón dice que le duele y no quiere cosas conmigo y cuando me descuido se mete en el baño a acerse pajas...

6 Diciembre 2009 | 12:54 AM

Mira

Mira dijo

El riesgo es como la droga. Hay gente que vive atrapada por él y cuando menos se lo espera le estalla en la vida.

6 Diciembre 2009 | 12:56 AM

Carmen

Carmen dijo

Sin riesgo la vida es mucho menos vida, por lo que si queremos vivir de verdad, con plenitud, debemos arriesgar nuestra propia vida constantemente, sin cesar, aunque sepamos que es lo único que tenemos verdaderamente importante, eso sí, prestado.

6 Diciembre 2009 | 09:02 AM

Penchu

Penchu dijo

Hay mucho cabrón suelto con multitud de complejos que sólo tienen valor para enfrentarse a la mujer y hacerla culpable de sus enfermas cabezas. Deberían estar todos bajo tierra, en el aljibe de los hijos de puta, secos de sangre y aplastados por el peso de la ley. ¡¡Cabrones!!

6 Diciembre 2009 | 09:19 AM

Roberto-/-

Roberto-/- dijo

Si no fuera por la insatisfacción de Amada no hubiera pasado nada. Amada parece que necesitaba algo diferente, sublime, extraordinario. No se conformaba con lo natural, lo habitual, y esperaba sentir cosas diferentes. La culpa es sólo de ella, por querer más y más, por salirse de la cotidianidad y entrar en lo extraordinario. Y cuando se toman esas decisiones arriesgadas el verdadero culpable sólo es uno mismo. Quería sentir por una vez en la vida algo totalmente diferente, tener entre sus manos un récord y eso lo pagó casi con la muerte. Ahora me parece que en sus ratos lúcidos deberá estar culpándose de todos sus males, maldiciéndose de su errónea decisión. Me da pena pero su fatal destino lo escribió ella misma. Descanse en paz.

6 Diciembre 2009 | 09:30 AM

Forúnculo Bravo

Forúnculo Bravo dijo

Roberto, dices muy bien cuando culpas a la protagonista del relato. Sólo ella es la causante de su perdición. Las mujeres son un peligro para todos los hombres de bien. Son máquinas sexuales sin fin, hembras con permanente insatisfacción que arrastran al hombre hasta destrozarlo. Por eso debemos de controlar sus instintos sexuales. Yo a la mía le hago un brebaje que se lo doy todas las mañanas para mantener su equilibrio y evitar salidas de tono sexual que no podría garantizar.

6 Diciembre 2009 | 10:47 AM

El Guerrero del Antifaz

El Guerrero del Antifaz dijo

Quicio, me gusta la ilustración y demuestra una vez más que el hombre es una víctima de la mujer.

6 Diciembre 2009 | 08:50 PM

lilí

lilí dijo

Yo soy travesti y tengo un micropene y dejo satisfecho a todo el mundo, no se porque la gente vusca el tamaño gigante, creo que es porque no estan bien porque no hace falta

7 Diciembre 2009 | 01:12 AM

Nelo Bacoreta

Nelo Bacoreta dijo

Una experiencia de perfección sobrenatural, una unión directa y momentánea con su Dios, una santa. Amada, Xiquet, es una Santa.

Quiso suplantar la realidad con la idea, un propósito bello, una ferviente ilusión, pero que está condenada siempre al fracaso:

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando y eras ido.

Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura

En la interior bodega
de mi Amado bebí, y, cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.

Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

El enamorado, el místico y el borracho siempre han sido la recurrencia del hombre y de la mujer para entrar en el reino de la orgía, para cumplir el mandato interior, que todos llevamos dentro, el salir “fuera de sí”.

¿Acaso tu relato no remeda estos versos de San Juan de la Cruz?

De lo bueno, Xiquet, de lo bueno.

El pene del doctor, ni con las mejores penas, pudo salir adelante. Qué pena de pene le quedó.

Nelo Bacoreta

7 Diciembre 2009 | 09:42 AM

de reojo

de reojo dijo

genial el cuento, la afoto y el nelo. como siempre.

7 Diciembre 2009 | 03:46 PM

El Xiquet de Columbretes

El Xiquet de Columbretes dijo

Nelo, me da la sensación de que “Henry”, el hombre del pene infantil, desde su oscura celda, también leerá con atención tan maravilloso cántico espiritual de San Juan de la Cruz. A todos nos viene bien leer sus cánticos didácticos.

Un abrazo y gracias por tus acertadas aportaciones.

Gracias a todos por vuestros comentarios.

11 Diciembre 2009 | 02:01 PM

sdfg

sdfg dijo

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14 Diciembre 2009 | 09:10 AM

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Apoyado en el quicio, perplejo y preocupado ante una sociedad blanda que pasa de historias, tratando de averiguar por qué chirría con su amado óxido. Para mis adentros. Será la edad (España).



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